24 de enero 2018    /   CREATIVIDAD
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Silvia Grav: fotografías al límite de la realidad

24 de enero 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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A Silvia Grav hay algo que no le gusta de su cámara. «Depende demasiado de la realidad», observa. Eso, según esta fotógrafa vasca, es algo negativo. La realidad objetiva, defiende, puede ser «estadísticamente triste e injusta». Impone límites. A ella le gusta expresarse sin cortapisas, así que ha decidido poner parches al realismo, retocar sus fotos y situarlas en un punto impreciso entre realidad e imaginación. Ella lo explica de otra forma y dice que surgen de la yuxtaposición de dos planos: «Digamos que la realidad subjetiva serían dos seres humanos que se atraen, y la subjetiva todas las capas de intimidad, la profundidad del mundo y del lenguaje que pueden llegar a construir entre sí».

La verdad es que a Silvia Grav nunca se le ha dado muy bien seguir las reglas. Comenzó estudiando Bellas Artes, pero acabó dejándolo y aprendió de forma autodidacta, algo que ella entiende como natural. «Aprendemos por imitación y experimentación», explica mientras avanza otro elemento clave en su formación: la observación. «Ser observador es importante para prácticamente cualquier cosa que hagas», asegura.

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Grav nació en el País Vasco, se crió en Málaga y se mudó a Madrid. Cuando sus fotografías comenzaban a ganar popularidad, Flickr se fijó en ella y la incluyó en 20 under 20, una iniciativa que buscaba talentos menores de 20 años y que la llevó a visitar Estados Unidos para una exposición conjunta en la Milk Gallery de Nueva York. La experiencia le gustó y acabó mudándose a la otra costa de EEUU, a Los Ángeles.

Esta vida nómada ha ido marcando su trabajo. Se podría decir que Grav tiene muchas musas, pero cuando se le pregunta qué ciudad es más fotogénica lo tiene claro. «Los Ángeles. Cambia demasiado rápido y es demasiado grande. Mezcla lo sucio, lo nuevo, lo oscuro y toda la luz. Es como un caos muy tranquilo al que nunca te acostumbras, y que siempre mantiene la misma sensación de novedad y de hogar».

No tener ni idea de lo que hacía facilitó que la cagase las veces necesarias como para perder el miedo a cagarla

Silvia Grav dispara, diseña, escribe y dibuja. Es una artista polifacética, pero en todos sus proyectos se intuye un sello propio. «Es que no diferencio entre disciplinas», explica. «Controlo la parte visual con muchísima más facilidad, pero siempre hay lugares a los que no puedo llegar con imágenes y sí con palabras, y viceversa». En los últimos meses ha encontrado un nuevo vehículo de expresión: el vídeo. Hasta ahora, la fotografía ha sido el medio en el que se ha sentido más cómoda, pero por algún motivo, en este punto de su carrera, el vídeo se le antoja como la manera más apropiada para reflejar las cosas que quiere contar.

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Cuando empezó su pasión por el vídeo se planteó hacer una película, pero después de hacer promos y videoclips ya ha abandonado la idea. «Lo configuré como meta porque en el momento no concebí nada más difícil«, explica. «Intuí que cuanto más lejos me propusiera llegar más lejos llegaría. Ahora sigo queriendo crecer, pero he entendido que mi sueño en realidad solo eran muchos, más pequeños, y ya se cumplieron hace tiempo».

Esta evolución anárquica no atiende a ningún plan preconcebido, Silvia Grav se guía por impulsos. «Cuando crear es una necesidad, la emoción es la que controla la perspectiva», asegura. Pero también matiza que le gusta crear de una manera más racional. La combinación de estas dos formas de trabajo es lo que la mantiene alerta, consciente y libre.
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La libertad de hecho siempre ha sido una prioridad para esta fotógrafa. Creció dibujando sin reglas y por eso quiso eliminar los muros de realidad de las fotografías. Aprendió por sí misma y por ello quiso abandonar la creatividad encorsetada de la universidad. La fama ha añadido una presión que hace tiempo no tenía, pero no por ello se siente menos libre. «Es una libertad distinta», explica, «alimentada por una autoestima más sana y una confianza más estable en mi trabajo».

Echando la vista atrás, Grav reconoce que empezó a trabajar de forma impulsiva e inconsciente, pero no ve eso como algo negativo. Fueron elementos clave para sobrepasar los bloqueos que dificultan el primer salto al vacío, para lanzarse a hacer cosas y enseñarlas dejando de lado el pudor y el orgullo. «En otras palabras, no tener ni idea de lo que hacía facilitó que la cagase las veces necesarias como para perder el miedo a cagarla», explica. En aquel momento la libertad significó confiar y saltar. Ahora es una libertad más racional, pero Grav sigue derribando muros de realidad para poder ver más allá, y de paso, mostrar al mundo su visión.

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A Silvia Grav hay algo que no le gusta de su cámara. «Depende demasiado de la realidad», observa. Eso, según esta fotógrafa vasca, es algo negativo. La realidad objetiva, defiende, puede ser «estadísticamente triste e injusta». Impone límites. A ella le gusta expresarse sin cortapisas, así que ha decidido poner parches al realismo, retocar sus fotos y situarlas en un punto impreciso entre realidad e imaginación. Ella lo explica de otra forma y dice que surgen de la yuxtaposición de dos planos: «Digamos que la realidad subjetiva serían dos seres humanos que se atraen, y la subjetiva todas las capas de intimidad, la profundidad del mundo y del lenguaje que pueden llegar a construir entre sí».

La verdad es que a Silvia Grav nunca se le ha dado muy bien seguir las reglas. Comenzó estudiando Bellas Artes, pero acabó dejándolo y aprendió de forma autodidacta, algo que ella entiende como natural. «Aprendemos por imitación y experimentación», explica mientras avanza otro elemento clave en su formación: la observación. «Ser observador es importante para prácticamente cualquier cosa que hagas», asegura.

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Grav nació en el País Vasco, se crió en Málaga y se mudó a Madrid. Cuando sus fotografías comenzaban a ganar popularidad, Flickr se fijó en ella y la incluyó en 20 under 20, una iniciativa que buscaba talentos menores de 20 años y que la llevó a visitar Estados Unidos para una exposición conjunta en la Milk Gallery de Nueva York. La experiencia le gustó y acabó mudándose a la otra costa de EEUU, a Los Ángeles.

Esta vida nómada ha ido marcando su trabajo. Se podría decir que Grav tiene muchas musas, pero cuando se le pregunta qué ciudad es más fotogénica lo tiene claro. «Los Ángeles. Cambia demasiado rápido y es demasiado grande. Mezcla lo sucio, lo nuevo, lo oscuro y toda la luz. Es como un caos muy tranquilo al que nunca te acostumbras, y que siempre mantiene la misma sensación de novedad y de hogar».

No tener ni idea de lo que hacía facilitó que la cagase las veces necesarias como para perder el miedo a cagarla

Silvia Grav dispara, diseña, escribe y dibuja. Es una artista polifacética, pero en todos sus proyectos se intuye un sello propio. «Es que no diferencio entre disciplinas», explica. «Controlo la parte visual con muchísima más facilidad, pero siempre hay lugares a los que no puedo llegar con imágenes y sí con palabras, y viceversa». En los últimos meses ha encontrado un nuevo vehículo de expresión: el vídeo. Hasta ahora, la fotografía ha sido el medio en el que se ha sentido más cómoda, pero por algún motivo, en este punto de su carrera, el vídeo se le antoja como la manera más apropiada para reflejar las cosas que quiere contar.

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Cuando empezó su pasión por el vídeo se planteó hacer una película, pero después de hacer promos y videoclips ya ha abandonado la idea. «Lo configuré como meta porque en el momento no concebí nada más difícil«, explica. «Intuí que cuanto más lejos me propusiera llegar más lejos llegaría. Ahora sigo queriendo crecer, pero he entendido que mi sueño en realidad solo eran muchos, más pequeños, y ya se cumplieron hace tiempo».

Esta evolución anárquica no atiende a ningún plan preconcebido, Silvia Grav se guía por impulsos. «Cuando crear es una necesidad, la emoción es la que controla la perspectiva», asegura. Pero también matiza que le gusta crear de una manera más racional. La combinación de estas dos formas de trabajo es lo que la mantiene alerta, consciente y libre.
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La libertad de hecho siempre ha sido una prioridad para esta fotógrafa. Creció dibujando sin reglas y por eso quiso eliminar los muros de realidad de las fotografías. Aprendió por sí misma y por ello quiso abandonar la creatividad encorsetada de la universidad. La fama ha añadido una presión que hace tiempo no tenía, pero no por ello se siente menos libre. «Es una libertad distinta», explica, «alimentada por una autoestima más sana y una confianza más estable en mi trabajo».

Echando la vista atrás, Grav reconoce que empezó a trabajar de forma impulsiva e inconsciente, pero no ve eso como algo negativo. Fueron elementos clave para sobrepasar los bloqueos que dificultan el primer salto al vacío, para lanzarse a hacer cosas y enseñarlas dejando de lado el pudor y el orgullo. «En otras palabras, no tener ni idea de lo que hacía facilitó que la cagase las veces necesarias como para perder el miedo a cagarla», explica. En aquel momento la libertad significó confiar y saltar. Ahora es una libertad más racional, pero Grav sigue derribando muros de realidad para poder ver más allá, y de paso, mostrar al mundo su visión.

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