22 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD
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Las mujeres de Macondo cobran vida

22 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Las grandes novelas tienen una capacidad camaleónica que las hace únicas. Se adaptan a los tiempos en los que se descubren sus hojas, a la edad de los ojos del lector, a las historias de la nueva mente que las descifra. Cuando se releen sus páginas, existe la posibilidad de que personajes que habían quedado sumidos por otros en una primera lectura, se levanten y acaben dominando el escenario narrativo. Cien años de soledad es una de esas novelas. Su sinfín de personajes se entremezclan, y cada vez que se recupera un pasaje de su excelente historia, hay una sorpresa o una revelación de alguno de ellos.

Silvia Tcherassi vivió siempre con Macondo en su cabeza. Nacida en Barranquilla, a orillas del Caribe y epicentro del universo mágico de la obra de Gabriel García Márquez, tuvo la oportunidad de beber de las mismas fuentes que el autor colombiano. Para ella, la mariposa amarilla que porta buenas noticias no era un simple presagio alado. Existía, porque así lo creen todos los que son de allí. Tcherassi siempre fue una fanática de la novela que describía su infancia, pero mantuvo una mirada diferente dirigida a la influencia que las mujeres albergan en la obra. Cuando se cumplen 50 años desde la fecha en la que se publicó por primera vez Cien años de soledad, Tcherassi decidió detener esa mirada a través de su labor como modista en la personalidad y presencia de los personajes femeninos del libro.

Por ello, Silvia Tcherassi lanzó una colección de vestidos que evocan la figura de cada una de las mujeres que atraviesan Macondo. En cada uno de los trajes que confeccionó, la diseñadora trató de ofrecerle a sus creaciones las características propias de las mujeres que aparecen en la novela. Un recorrido por los diseños se convierte hoy, 50 años después, en un paseo con identidad propia a través de la obra.

Silvia Tcherassi

Úrsula Iguarán, la matriarca de Macondo, que muere con más de 120 años y totalmente ciega, es la mujer con la que empieza y termina todo. La sobriedad de su semblante, el temor a que el incesto perpetrado por su amor con su primo José Arcadio Buendía, hechizase a las generaciones venideras, y su tesón para soportar la familia hasta el final de sus días la visten. Todo se imagina en su ropa: fresca para el calor propio de la zona de los Llanos que unen a Colombia y a Venezuela al norte; cómoda para las labores domésticas que la acompañarán a lo largo de su vida;  y con la personalidad única de la garante de la estabilidad de una familia llena de maravillas. Úrsula acaba muriendo un jueves santo y ya nadie la recuerda. Todos los accesorios que lucía para ahuyentar la mala suerte y atraer los buenos presagios se van con ella.

Amaranta es la modista de su propia mortaja, la que tejió durante 4 años. Muy optimista ella. El miedo al amor que el personaje sufre se puede sentir en su indumentaria. Propició a través de su rechazo que Pietro Crespi se suicidara por ella. Entonces, se interesó por su propio sobrino y por el nieto de otro de sus sobrinos, pero nunca consiguió abrazar el amor. Tampoco es que eligiera muy bien. Acaba muriendo virgen y soltera. Cabe imaginar que, ante tal manantial de mala suerte perseguida, Amaranta vistiese lo más tapada que un sol caribeño puede permitir. No por miedo o vergüenza de que la observasen, sino por temor a que se descubriera lo que piensa.

Silvia Tcherassi

Rebeca come tierra y cal de las paredes. Cada uno con sus cosas. Es una niña huérfana que aparece en la familia de los Buendía, con una carta que la identifica como hija de unos primos de la familia de los que nadie se acuerda. Rebeca proviene de la zona de la Guajira, una de las áreas más pobres de Colombia, y las costumbres de su infancia la acompañarán el resto de su vida. Es fácil imaginársela con los hombros destapados, la tez morena por el sol implacable y el vestido largo arrastrándose. Con una tierna locura, dejará a su prometido porque no es suficientemente hombre y se unirá a su hermanastro (¡alegría!), para disgusto de su madre que los expulsará de casa. Acabará muriendo después de una demencia senil. Un vestido ligero la cubre en la colección de Tcherassi porque nunca quiso cargar con nada que fuera pesado.

Remedios era tan bella que mataba a quienes trataban de cortejarla. Tenía un único detalle que al personal no atraía especialmente: le gustaba dibujar animales en las paredes con su propia mierda. A pesar de esta falta de elegancia, era perseguida por todos los hombres que la veían. A causa de ello, su madrastra, Úrsula, no la dejará salir a la calle si no llevaba la cara tapada. Destellos de la ley Sharia en Macondo.

Silvia Tcherassi

La mulata Petra Cotes vive en las páginas del libro entre dos hermanos. Y no por una cuestión de infidelidad, sino porque no era capaz de distinguir uno del otro. Como excusa no está mal. Cuando hacía el amor con su amante, Aureliano Segundo, quien ya tenía esposa, todos los animales de su propiedad fecundaban con generosidad. Acabaría cuidando a la mujer de su enamorado infiel cuando este murió. El vestido que cubre a Petra en la colección, de formas rectilíneas, es prosaico. Paradójico para una mujer que hizo acopio de la generosidad para salir indemne de una vida que no se lo había puesto fácil.

Y así hasta 36 personajes femeninos diferentes que surgen de las hojas de la obra van cobrando hoy vida en los bocetos de la colombiana Silvia Tcherassi. La diseñadora explicó a Yorokobu que «siempre se ha sentido atraída por la personalidad de grandes mujeres, como fue el caso de Frida Kahlo en sus inicios». Su tributo a Gabo no se acaba en este trabajo, ya que ya utilizó texturas exuberantes para crear una colección a la que apodó Hojarasca, uno de los libritos que comienzan a formar el universo que se muestra en todo su esplendor en Cien años de soledad.

Silvia Tcherassi

En cuanto a la metodología de su trabajo, Tcherassi admite que «las descripciones que aparecen en el libro son pocas». Sin embargo, reflexiona que «los personajes femeninos están tan bien delineados que parecen producto del psicoanálisis». Para la creadora, «este cuidado por parte de Gabo a la hora de reflejar a las mujeres de Macondo se produce por la influencia femenina que tuvo en su niñez».

Las mujeres de Macondo cobran vida en una pasarela. Quizás a pesar de ellas. Quizás a pesar de Gabo.

 

Las grandes novelas tienen una capacidad camaleónica que las hace únicas. Se adaptan a los tiempos en los que se descubren sus hojas, a la edad de los ojos del lector, a las historias de la nueva mente que las descifra. Cuando se releen sus páginas, existe la posibilidad de que personajes que habían quedado sumidos por otros en una primera lectura, se levanten y acaben dominando el escenario narrativo. Cien años de soledad es una de esas novelas. Su sinfín de personajes se entremezclan, y cada vez que se recupera un pasaje de su excelente historia, hay una sorpresa o una revelación de alguno de ellos.

Silvia Tcherassi vivió siempre con Macondo en su cabeza. Nacida en Barranquilla, a orillas del Caribe y epicentro del universo mágico de la obra de Gabriel García Márquez, tuvo la oportunidad de beber de las mismas fuentes que el autor colombiano. Para ella, la mariposa amarilla que porta buenas noticias no era un simple presagio alado. Existía, porque así lo creen todos los que son de allí. Tcherassi siempre fue una fanática de la novela que describía su infancia, pero mantuvo una mirada diferente dirigida a la influencia que las mujeres albergan en la obra. Cuando se cumplen 50 años desde la fecha en la que se publicó por primera vez Cien años de soledad, Tcherassi decidió detener esa mirada a través de su labor como modista en la personalidad y presencia de los personajes femeninos del libro.

Por ello, Silvia Tcherassi lanzó una colección de vestidos que evocan la figura de cada una de las mujeres que atraviesan Macondo. En cada uno de los trajes que confeccionó, la diseñadora trató de ofrecerle a sus creaciones las características propias de las mujeres que aparecen en la novela. Un recorrido por los diseños se convierte hoy, 50 años después, en un paseo con identidad propia a través de la obra.

Silvia Tcherassi

Úrsula Iguarán, la matriarca de Macondo, que muere con más de 120 años y totalmente ciega, es la mujer con la que empieza y termina todo. La sobriedad de su semblante, el temor a que el incesto perpetrado por su amor con su primo José Arcadio Buendía, hechizase a las generaciones venideras, y su tesón para soportar la familia hasta el final de sus días la visten. Todo se imagina en su ropa: fresca para el calor propio de la zona de los Llanos que unen a Colombia y a Venezuela al norte; cómoda para las labores domésticas que la acompañarán a lo largo de su vida;  y con la personalidad única de la garante de la estabilidad de una familia llena de maravillas. Úrsula acaba muriendo un jueves santo y ya nadie la recuerda. Todos los accesorios que lucía para ahuyentar la mala suerte y atraer los buenos presagios se van con ella.

Amaranta es la modista de su propia mortaja, la que tejió durante 4 años. Muy optimista ella. El miedo al amor que el personaje sufre se puede sentir en su indumentaria. Propició a través de su rechazo que Pietro Crespi se suicidara por ella. Entonces, se interesó por su propio sobrino y por el nieto de otro de sus sobrinos, pero nunca consiguió abrazar el amor. Tampoco es que eligiera muy bien. Acaba muriendo virgen y soltera. Cabe imaginar que, ante tal manantial de mala suerte perseguida, Amaranta vistiese lo más tapada que un sol caribeño puede permitir. No por miedo o vergüenza de que la observasen, sino por temor a que se descubriera lo que piensa.

Silvia Tcherassi

Rebeca come tierra y cal de las paredes. Cada uno con sus cosas. Es una niña huérfana que aparece en la familia de los Buendía, con una carta que la identifica como hija de unos primos de la familia de los que nadie se acuerda. Rebeca proviene de la zona de la Guajira, una de las áreas más pobres de Colombia, y las costumbres de su infancia la acompañarán el resto de su vida. Es fácil imaginársela con los hombros destapados, la tez morena por el sol implacable y el vestido largo arrastrándose. Con una tierna locura, dejará a su prometido porque no es suficientemente hombre y se unirá a su hermanastro (¡alegría!), para disgusto de su madre que los expulsará de casa. Acabará muriendo después de una demencia senil. Un vestido ligero la cubre en la colección de Tcherassi porque nunca quiso cargar con nada que fuera pesado.

Remedios era tan bella que mataba a quienes trataban de cortejarla. Tenía un único detalle que al personal no atraía especialmente: le gustaba dibujar animales en las paredes con su propia mierda. A pesar de esta falta de elegancia, era perseguida por todos los hombres que la veían. A causa de ello, su madrastra, Úrsula, no la dejará salir a la calle si no llevaba la cara tapada. Destellos de la ley Sharia en Macondo.

Silvia Tcherassi

La mulata Petra Cotes vive en las páginas del libro entre dos hermanos. Y no por una cuestión de infidelidad, sino porque no era capaz de distinguir uno del otro. Como excusa no está mal. Cuando hacía el amor con su amante, Aureliano Segundo, quien ya tenía esposa, todos los animales de su propiedad fecundaban con generosidad. Acabaría cuidando a la mujer de su enamorado infiel cuando este murió. El vestido que cubre a Petra en la colección, de formas rectilíneas, es prosaico. Paradójico para una mujer que hizo acopio de la generosidad para salir indemne de una vida que no se lo había puesto fácil.

Y así hasta 36 personajes femeninos diferentes que surgen de las hojas de la obra van cobrando hoy vida en los bocetos de la colombiana Silvia Tcherassi. La diseñadora explicó a Yorokobu que «siempre se ha sentido atraída por la personalidad de grandes mujeres, como fue el caso de Frida Kahlo en sus inicios». Su tributo a Gabo no se acaba en este trabajo, ya que ya utilizó texturas exuberantes para crear una colección a la que apodó Hojarasca, uno de los libritos que comienzan a formar el universo que se muestra en todo su esplendor en Cien años de soledad.

Silvia Tcherassi

En cuanto a la metodología de su trabajo, Tcherassi admite que «las descripciones que aparecen en el libro son pocas». Sin embargo, reflexiona que «los personajes femeninos están tan bien delineados que parecen producto del psicoanálisis». Para la creadora, «este cuidado por parte de Gabo a la hora de reflejar a las mujeres de Macondo se produce por la influencia femenina que tuvo en su niñez».

Las mujeres de Macondo cobran vida en una pasarela. Quizás a pesar de ellas. Quizás a pesar de Gabo.

 

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Opiniones 1
  • Me llamó la atención la el título y el artículo me recordó de plano aquélla prosa del Gabo. Hace tiempo que no leo a estos grandes escritores latinoamericanos. Tal vez sea hora de hacer una cita con sus prolijos escritos.

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