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22 de febrero 2018    /   IDEAS
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Acéptalo, tu abuela tiene deseo sexual y hace muy bien

22 de febrero 2018    /   IDEAS     por          
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Cuando en el siglo XVIII le preguntaron a la princesa Isabel Carlota de Francia a qué edad desaparecía el deseo sexual, la aristócrata respondió «¿cómo voy a saberlo? Solo tengo 80 años».

Esta anécdota se recoge en Sin reglas, un libro de Anna Freixas que acaba de ser editado por Capitan Swing y en el que se reflexiona sobre la sexualidad de las mujeres maduras. Un ensayo que ha sido posible gracias a la participación de casi 800 voluntarias que han compartido con la autora sus deseos, fantasías y realidades.

La conclusión (o la premisa) de Sin reglas es que las mujeres de entre 50 y 80 años continúan siendo sexualmente activas. Una situación que es silenciada constantemente por la sociedad actual que, si bien está hipersexualizada en algunas franjas de edad, descarta a las mujeres maduras en lo que a placer sexual se refiere.

Una decisión que no se sabe bien a qué responde. ¿Al pecado? ¿A la culpa? ¿A los cánones estéticos? ¿A la protección de la familia burguesa, que no quiere madres que tengan aventuras y experiencias?

«Bueno, tal vez sea al revés. Que la mujer no tenga experiencias sexuales llegada una edad, lo que facilita es que sean los hombres los que sí que tengan esas experiencias y aventuras», explica Anna Freixas. «Por eso, no es tanto un control social hacia las mujeres sino una libertad para los hombres. Susan Sontag decía que había un doble código: a las mujeres se las quita de la circulación a partir de la mediana edad, mientras que los hombres continúan disfrutando de esa sexualidad. Es una situación que siempre ha beneficiado al patriarcado».

Para ejemplificar esta afirmación, Freixas recuerda la situación de pareja de dos políticos de primera línea: Donald Trump y Emmanuel Macron. El primero está casado con una mujer 30 años más joven y nadie parece escandalizarse. El segundo, sin embargo, tiene como pareja a una mujer 30 años mayor, algo que no es tan bien entendido.

«El caso de Macron ha provocado un escándalo de primera categoría. El suyo es un buen ejemplo de lo que es ese doble estándar del envejecimiento y de la sexualidad que creo que está relacionado con el miedo al poder de las mujeres. Si las mujeres de todas las edades van a mostrar su deseo, los hombres de edad avanzada, que posiblemente ya tengan dificultades funcionales porque no han desarrollado su sexualidad, tendrán miedo y considerarán que esa mujeres son un problema».

Cuando Freixas hace referencia a «desarrollar la sexualidad», se refiere a superar la limitación que supone concebir el sexo como mera genitalidad. En Sin reglas, se recogen ejemplos de mujeres que demuestran que la sexualidad es variada y mutable con el tiempo. En otras palabras que no tiene que ser necesariamente heterosexual durante toda la vida ni, por supuesto, centrada en el coito.

«La sexualidad en la sociedad actual es un sistema dual cuando, en realidad, la sexualidad es muy plástica y variada, que puede ir del cero al infinito. En el libro cito un libro, que también es película, titulado Nosotros en la noche. En él, una mujer mayor le propone a su vecino pasar la noche con ella. Pero no se refiere a tener una relación coital, sino a mantener una conversación, sentir el calor del otro, que también son formas de sexualidad. Por ello, los varones tienen que replantearse la sexualidad como la han entendido hasta ahora».

El problema es que hasta los estamentos científicos conciben la sexualidad desde un punto de vista masculino. Fraixas cita en Sin reglas cómo el laboratorio Pfier decidió crear medicamento equivalente a Viagra para mujeres, convencidos de que, después del éxito de la pastilla azul entre los varones, una píldora semejante para las mujeres sería un estupendo negocio.

Sin embargo, meses después de comenzados los estudios, los científicos se dieron cuenta que los resultados no eran satisfactorios. La razón era tan sencilla como que la premisa de la que partían era errónea: las mujeres maduras no tienen una disfunción física que les impida tener relaciones sexuales. Si lo que se pretende es aumentar su deseo, un medicamento vasodilatador no era la solución.

«Las mujeres, por diversas razones, le damos muchas vueltas a las cosas. El valor contextual que tiene la sexualidad para nosotras no está tan marcado en el caso de los hombres. Por eso, la transformación de la sexualidad en edades maduras pasa por un cambio en las mujeres, desde luego, pero también en el hombre. Cuando ellos pasen de una sexualidad más genital a una más sensual, más epidérmica, se darán cuenta de que eso es más enriquecedor. A pesar de ello, muchos hombres buscan relaciones con mujeres más jóvenes solo porque piensan que así su sexualidad se va a estimular cuando, en realidad, lo que hacen es abundar en una forma de sexualidad insatisfactoria para él».

A pesar de lo lógico del razonamiento, la sociedad actual aplaude las relaciones entre hombres maduros y jovencitas, mientras que estigmatiza a las mujeres maduras con hombres de menor edad. No solo en el caso Macron/Trump. También en las manifestaciones culturales, tanto eruditas como populares. Ahí están, si no, nínfulas como Lolita y malvadas Mrs. Robinson, el papel que interpretaba Ann Brancroft en El Graduado.

«La sociedad debería plantearse el interés que puede tener para un hombre una vida afectiva con una mujer de cincuenta o sesenta y el interés que, para ese mismo hombre, puede tener una chica de veinte. La de veinte posiblemente le vaya a pedir cosas que no pueda realizar, y no solo me refiero a cosas sexuales. Por eso, creo que la razón por la que se mantienen estas situaciones responde a la dificultad de los hombres maduros para mantener relaciones igualitarias con mujeres maduras».

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De la lectura de Sin reglas queda claro que, como dice la propia Freixas, «las mujeres tienen ganas de marcha y que quieren más de lo que tienen». Ahora solo falta que ese deseo tenga visibilidad y que ni se rechace, se estigmatice o se ridiculice. Algo para lo que sería necesario una transformación desde la base, desde la escuela.

«En mi opinión, el gran drama ha sido que la masculinidad se ha asentado en la negación de lo femenino. Si a un chico le dices “nena” le haces polvo cuando, en realidad, tener aspectos considerados femeninos es un logro y una riqueza para ambos sexos. Esta situación se podrá mejorar con el tiempo, siempre que el sistema educativo incluya una educación afectivo sexual, algo que parece que, por el momento, no va a suceder. En todo caso, creo que un primer paso es hablar de estos temas con naturalidad y ese es uno de los objetivos del libro».

Hablar con naturalidad de sexo, independientemente de la edad, de cómo se manifieste, de la intensidad, del compromiso o del momento. En el fondo, vivir la sexualidad según las necesidades de cada cual sin aceptar sometimientos, obligaciones o culpas. De hecho, uno de los capítulos del libro también recoge los testimonios de aquellas mujeres que, como opción sexual, han decidido no tener sexo.

«En mi trabajo también hay mujeres que dicen que no quieren saber nada del sexo y otras que muestran desinterés sobre el tema. Un desinterés que puede ser puntual o definitivo, según sus necesidades. No podemos olvidar que la propia sexualidad es una opción sexual. Puedo ser homosexual, lesbiana, heterosexual o asexual y nada de esto es fijo. Según los momentos de la vida se puede variar esa opción. A la opción de no querer sexo se puede llegar por rechazo o por propia voluntad y esto no es exclusivo de mujeres maduras. En la actualidad, también está sucediendo con personas de dieciocho años».

Cuando en el siglo XVIII le preguntaron a la princesa Isabel Carlota de Francia a qué edad desaparecía el deseo sexual, la aristócrata respondió «¿cómo voy a saberlo? Solo tengo 80 años».

Esta anécdota se recoge en Sin reglas, un libro de Anna Freixas que acaba de ser editado por Capitan Swing y en el que se reflexiona sobre la sexualidad de las mujeres maduras. Un ensayo que ha sido posible gracias a la participación de casi 800 voluntarias que han compartido con la autora sus deseos, fantasías y realidades.

La conclusión (o la premisa) de Sin reglas es que las mujeres de entre 50 y 80 años continúan siendo sexualmente activas. Una situación que es silenciada constantemente por la sociedad actual que, si bien está hipersexualizada en algunas franjas de edad, descarta a las mujeres maduras en lo que a placer sexual se refiere.

Una decisión que no se sabe bien a qué responde. ¿Al pecado? ¿A la culpa? ¿A los cánones estéticos? ¿A la protección de la familia burguesa, que no quiere madres que tengan aventuras y experiencias?

«Bueno, tal vez sea al revés. Que la mujer no tenga experiencias sexuales llegada una edad, lo que facilita es que sean los hombres los que sí que tengan esas experiencias y aventuras», explica Anna Freixas. «Por eso, no es tanto un control social hacia las mujeres sino una libertad para los hombres. Susan Sontag decía que había un doble código: a las mujeres se las quita de la circulación a partir de la mediana edad, mientras que los hombres continúan disfrutando de esa sexualidad. Es una situación que siempre ha beneficiado al patriarcado».

Para ejemplificar esta afirmación, Freixas recuerda la situación de pareja de dos políticos de primera línea: Donald Trump y Emmanuel Macron. El primero está casado con una mujer 30 años más joven y nadie parece escandalizarse. El segundo, sin embargo, tiene como pareja a una mujer 30 años mayor, algo que no es tan bien entendido.

«El caso de Macron ha provocado un escándalo de primera categoría. El suyo es un buen ejemplo de lo que es ese doble estándar del envejecimiento y de la sexualidad que creo que está relacionado con el miedo al poder de las mujeres. Si las mujeres de todas las edades van a mostrar su deseo, los hombres de edad avanzada, que posiblemente ya tengan dificultades funcionales porque no han desarrollado su sexualidad, tendrán miedo y considerarán que esa mujeres son un problema».

Cuando Freixas hace referencia a «desarrollar la sexualidad», se refiere a superar la limitación que supone concebir el sexo como mera genitalidad. En Sin reglas, se recogen ejemplos de mujeres que demuestran que la sexualidad es variada y mutable con el tiempo. En otras palabras que no tiene que ser necesariamente heterosexual durante toda la vida ni, por supuesto, centrada en el coito.

«La sexualidad en la sociedad actual es un sistema dual cuando, en realidad, la sexualidad es muy plástica y variada, que puede ir del cero al infinito. En el libro cito un libro, que también es película, titulado Nosotros en la noche. En él, una mujer mayor le propone a su vecino pasar la noche con ella. Pero no se refiere a tener una relación coital, sino a mantener una conversación, sentir el calor del otro, que también son formas de sexualidad. Por ello, los varones tienen que replantearse la sexualidad como la han entendido hasta ahora».

El problema es que hasta los estamentos científicos conciben la sexualidad desde un punto de vista masculino. Fraixas cita en Sin reglas cómo el laboratorio Pfier decidió crear medicamento equivalente a Viagra para mujeres, convencidos de que, después del éxito de la pastilla azul entre los varones, una píldora semejante para las mujeres sería un estupendo negocio.

Sin embargo, meses después de comenzados los estudios, los científicos se dieron cuenta que los resultados no eran satisfactorios. La razón era tan sencilla como que la premisa de la que partían era errónea: las mujeres maduras no tienen una disfunción física que les impida tener relaciones sexuales. Si lo que se pretende es aumentar su deseo, un medicamento vasodilatador no era la solución.

«Las mujeres, por diversas razones, le damos muchas vueltas a las cosas. El valor contextual que tiene la sexualidad para nosotras no está tan marcado en el caso de los hombres. Por eso, la transformación de la sexualidad en edades maduras pasa por un cambio en las mujeres, desde luego, pero también en el hombre. Cuando ellos pasen de una sexualidad más genital a una más sensual, más epidérmica, se darán cuenta de que eso es más enriquecedor. A pesar de ello, muchos hombres buscan relaciones con mujeres más jóvenes solo porque piensan que así su sexualidad se va a estimular cuando, en realidad, lo que hacen es abundar en una forma de sexualidad insatisfactoria para él».

A pesar de lo lógico del razonamiento, la sociedad actual aplaude las relaciones entre hombres maduros y jovencitas, mientras que estigmatiza a las mujeres maduras con hombres de menor edad. No solo en el caso Macron/Trump. También en las manifestaciones culturales, tanto eruditas como populares. Ahí están, si no, nínfulas como Lolita y malvadas Mrs. Robinson, el papel que interpretaba Ann Brancroft en El Graduado.

«La sociedad debería plantearse el interés que puede tener para un hombre una vida afectiva con una mujer de cincuenta o sesenta y el interés que, para ese mismo hombre, puede tener una chica de veinte. La de veinte posiblemente le vaya a pedir cosas que no pueda realizar, y no solo me refiero a cosas sexuales. Por eso, creo que la razón por la que se mantienen estas situaciones responde a la dificultad de los hombres maduros para mantener relaciones igualitarias con mujeres maduras».

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De la lectura de Sin reglas queda claro que, como dice la propia Freixas, «las mujeres tienen ganas de marcha y que quieren más de lo que tienen». Ahora solo falta que ese deseo tenga visibilidad y que ni se rechace, se estigmatice o se ridiculice. Algo para lo que sería necesario una transformación desde la base, desde la escuela.

«En mi opinión, el gran drama ha sido que la masculinidad se ha asentado en la negación de lo femenino. Si a un chico le dices “nena” le haces polvo cuando, en realidad, tener aspectos considerados femeninos es un logro y una riqueza para ambos sexos. Esta situación se podrá mejorar con el tiempo, siempre que el sistema educativo incluya una educación afectivo sexual, algo que parece que, por el momento, no va a suceder. En todo caso, creo que un primer paso es hablar de estos temas con naturalidad y ese es uno de los objetivos del libro».

Hablar con naturalidad de sexo, independientemente de la edad, de cómo se manifieste, de la intensidad, del compromiso o del momento. En el fondo, vivir la sexualidad según las necesidades de cada cual sin aceptar sometimientos, obligaciones o culpas. De hecho, uno de los capítulos del libro también recoge los testimonios de aquellas mujeres que, como opción sexual, han decidido no tener sexo.

«En mi trabajo también hay mujeres que dicen que no quieren saber nada del sexo y otras que muestran desinterés sobre el tema. Un desinterés que puede ser puntual o definitivo, según sus necesidades. No podemos olvidar que la propia sexualidad es una opción sexual. Puedo ser homosexual, lesbiana, heterosexual o asexual y nada de esto es fijo. Según los momentos de la vida se puede variar esa opción. A la opción de no querer sexo se puede llegar por rechazo o por propia voluntad y esto no es exclusivo de mujeres maduras. En la actualidad, también está sucediendo con personas de dieciocho años».

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