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12 de diciembre 2019    /   CIENCIA
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¿Por qué seguimos haciendo cosas que nos perjudican aunque sepamos que lo hacen (y encima recomendamos no hacerlas)?

12 de diciembre 2019    /   CIENCIA     por          
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Decía Bertrand Russell: «La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica y otra que practica y no predica». Pero el problema va más allá: incluso sabiendo que nos estamos restando salud y calidad de vida, seguimos perpetuando determinadas conductas o acciones (poner imágenes de cánceres en las cajetillas de tabaco, por ejemplo, tuvo un nulo efecto en el consumo del mismo). Parafraseando lo que señala un personaje en la película española Boca a boca, dirigida por Manuel Gómez Pereira: hay gente que pudiendo tener lo mejor, siempre escoge lo peor.

Sorprendentemente, todo esto tiene una explicación neurobiológica porque en nuestro cerebro, además de existir un circuito para las recompensas, hay otro para las antirrecompensas.

LAS LIMITACIONES DEL MIEDO

En 1960, el psicólogo social Howard Levanthal realizó una serie de interesantes experimentos sobre cómo gestionamos el miedo a las cosas que nos perjudican. La idea era que, a través del miedo, se pudiera convencer a los estudiantes del último año de carrera de la universidad de Yale para que se pusieran la vacuna antitetánica.

Para ello, se entregaron dos clases de folletos. En uno, se reflejaban imágenes tremendistas de un niño con una infección de tétanos, víctimas con catéteres urinarios y cosas similares muy desagradables. En el otro, el tono empleado para describir los riesgos del virus era menos amedrentador, resultaba meramente informativo y no tenía fotografías gore.

Lo que se descubrió es que, si bien la primera clase de folleto hacía que la gente se concienciara más, la tasa de alumnos que acudió a vacunarse apenas superaba el 3%, y no había diferencia entre los alumnos que habían leído el primer folleto del segundo.

Kip Viscusi, economista de la Universidad de Harvard, ya había descubierto que los fumadores no continúan aferrados a su hábito porque subestimen los riesgos: conocen tan bien los riesgos que incluso los sobreestiman. Fuman incluso aunque los riesgos de fumar hayan sido anormalmente amplificados en sus mentes. El miedo, pues, no parece una buena estrategia para conducirnos por buenos hábitos.

Sistema de antirrecompensas

DEMASIADO OPTIMISMO

A pesar de la información, las advertencias y nuestra aversión a la muerte optamos a menudo por lo insano: alcohol, drogas, deportes violentos peligrosos, comida rápida. La respuesta corta a esta conducta tan contradictora es que nuestro cerebro no siempre es racional. De hecho, pocas veces lo es.

La respuesta larga es que la concienciación abstracta sobre algo, aunque sea sobre algo muy peligroso, difícilmente cambia acciones o conductas de la gente porque nuestro cerebro tiene sus límites y está jalonado de sesgos.

Uno de estos sesgos es el del optimismo, que nos induce a pensar que las cosas saldrán bien, aunque no exista ninguna base para sostener esa idea. Esta actitud se ha perpetuado evolutivamente porque nos permite seguir adelante a pesar de los avatares de nuestra vida, desarrollando una mayor capacidad para lidiar con situaciones estresantes sin perder por ello nuestra motivación.

Sin embargo, este sesgo acarrea un efecto secundario adverso: a veces nos pasamos de optimistas. Por ejemplo, pensamos que, si seguimos fumando, seguro que no tendremos cáncer de pulmón porque la mayoría de la gente que nos rodea no lo tiene… Y, después de todo, la vida está para vivirla. Finalmente, si sufrimos cáncer de pulmón, es probable que nos arrepintamos de haber continuado fumando.

Este sesgo es tan poderoso que incluso se ha localizado en estudios de neuroimagen: la amígdala y el área rostral del córtex cingulado anterior se activa particularmente cuando imaginamos un hecho futuro positivo, pero no cuando imaginamos un hecho futuro negativo. Es decir, que nuestro cerebro otorga mayor importancia a las predicciones optimistas que pesimistas, aunque solo sea porque se activa más.

Sistema de antirrecompensas

ANTIRRECOMPENSA

Cada vez que hacemos algo que nos gusta recibimos un feedback por parte de nuestro cerebro a través de los circuitos de recompensa. Una recompensa que tiene forma de placer, plenitud, felicidad. Eso nos inclina a repetir lo que nos gusta.

Sin embargo, a la vez que se activa este circuito, también entra en funcionamiento otro circuito que es su contraparte, una especie de circuito de antirrecompensa. Este circuito sirve para recibir feedback negativo de cosas que no nos convienen, como un sabor amargo o un pinchazo en el dedo; pero lo curioso es que se activa un poco cada vez que también experimentamos algo agradable.

No se sabe la razón. Tal vez se active para contrarrestar la recompensa y que esta no sea tan intensa que nos centremos el resto de nuestra vida en repetir la acción placentera que la desencadena. Sea como fuere, cada vez que sentimos placer por algo, también sentimos un poco de desagrado de fondo, lo que permite cierto autocontrol.

Esto tiene sentido a la hora de explicar las adicciones: hay estudios que sugieren, por ejemplo, que el consumo de drogas aumenta progresivamente el circuito de antirrecompensas, al tiempo que reduce el de recompensas. Por eso, los drogadictos continúan drogándose: porque les cuesta cada vez más sentir el placer original, y necesitan más dosis para lograrlo; pero a la vez eso les produce infelicidad. Tal y como abunda en ello Dean Burnett en su libro El cerebro feliz:

De ahí que los consumidores crónicos no persistan en la droga por placer: muchos de ellos reconocen que solo tratan de sentirse ‘normales’ de nuevo, y que la droga que consumen es ya lo único que calma el sistema de antirrecompensa en sus (para entonces) alterados cerebros.

El sistema de antirrecompensa también se activa como respuesta al estrés. Es decir, que frente a un momento estresante nos sentiremos mal y, por consiguiente, necesitaremos compensarlo activando más intensamente el circuito de recompensa (que a su vez, volverá a activar el de antirrecompensa):

Beber, fumar o comer alimentos poco saludables es malo porque puede hacernos daño y, por tanto, hacer que nos sintamos infelices. Pero, si ya de entrada nos sentimos infelices, ¿qué tendríamos que perder?

Esta especie de pez que se muerde la cola a nivel neurobiólogo es la razón que subyace a nuestros comportamientos más aparentemente irracionales y contrarios a nuestra felicidad. Sencillamente, neuroquímicamente hablando, nuestro cerebro es una banda o cinta de Moebius, y hacer lo que nos conviene, lo que nos hace felices, y sortear lo que no nos conviene y lo que nos hace infelices no es sencillo porque todo está conectado con todo y nada está situado en un compartimento estanco. Algo que, irónicamente, resulta tan estresante que será mejor destapar un buen tarro de helado de chocolate.

Decía Bertrand Russell: «La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica y otra que practica y no predica». Pero el problema va más allá: incluso sabiendo que nos estamos restando salud y calidad de vida, seguimos perpetuando determinadas conductas o acciones (poner imágenes de cánceres en las cajetillas de tabaco, por ejemplo, tuvo un nulo efecto en el consumo del mismo). Parafraseando lo que señala un personaje en la película española Boca a boca, dirigida por Manuel Gómez Pereira: hay gente que pudiendo tener lo mejor, siempre escoge lo peor.

Sorprendentemente, todo esto tiene una explicación neurobiológica porque en nuestro cerebro, además de existir un circuito para las recompensas, hay otro para las antirrecompensas.

LAS LIMITACIONES DEL MIEDO

En 1960, el psicólogo social Howard Levanthal realizó una serie de interesantes experimentos sobre cómo gestionamos el miedo a las cosas que nos perjudican. La idea era que, a través del miedo, se pudiera convencer a los estudiantes del último año de carrera de la universidad de Yale para que se pusieran la vacuna antitetánica.

Para ello, se entregaron dos clases de folletos. En uno, se reflejaban imágenes tremendistas de un niño con una infección de tétanos, víctimas con catéteres urinarios y cosas similares muy desagradables. En el otro, el tono empleado para describir los riesgos del virus era menos amedrentador, resultaba meramente informativo y no tenía fotografías gore.

Lo que se descubrió es que, si bien la primera clase de folleto hacía que la gente se concienciara más, la tasa de alumnos que acudió a vacunarse apenas superaba el 3%, y no había diferencia entre los alumnos que habían leído el primer folleto del segundo.

Kip Viscusi, economista de la Universidad de Harvard, ya había descubierto que los fumadores no continúan aferrados a su hábito porque subestimen los riesgos: conocen tan bien los riesgos que incluso los sobreestiman. Fuman incluso aunque los riesgos de fumar hayan sido anormalmente amplificados en sus mentes. El miedo, pues, no parece una buena estrategia para conducirnos por buenos hábitos.

Sistema de antirrecompensas

DEMASIADO OPTIMISMO

A pesar de la información, las advertencias y nuestra aversión a la muerte optamos a menudo por lo insano: alcohol, drogas, deportes violentos peligrosos, comida rápida. La respuesta corta a esta conducta tan contradictora es que nuestro cerebro no siempre es racional. De hecho, pocas veces lo es.

La respuesta larga es que la concienciación abstracta sobre algo, aunque sea sobre algo muy peligroso, difícilmente cambia acciones o conductas de la gente porque nuestro cerebro tiene sus límites y está jalonado de sesgos.

Uno de estos sesgos es el del optimismo, que nos induce a pensar que las cosas saldrán bien, aunque no exista ninguna base para sostener esa idea. Esta actitud se ha perpetuado evolutivamente porque nos permite seguir adelante a pesar de los avatares de nuestra vida, desarrollando una mayor capacidad para lidiar con situaciones estresantes sin perder por ello nuestra motivación.

Sin embargo, este sesgo acarrea un efecto secundario adverso: a veces nos pasamos de optimistas. Por ejemplo, pensamos que, si seguimos fumando, seguro que no tendremos cáncer de pulmón porque la mayoría de la gente que nos rodea no lo tiene… Y, después de todo, la vida está para vivirla. Finalmente, si sufrimos cáncer de pulmón, es probable que nos arrepintamos de haber continuado fumando.

Este sesgo es tan poderoso que incluso se ha localizado en estudios de neuroimagen: la amígdala y el área rostral del córtex cingulado anterior se activa particularmente cuando imaginamos un hecho futuro positivo, pero no cuando imaginamos un hecho futuro negativo. Es decir, que nuestro cerebro otorga mayor importancia a las predicciones optimistas que pesimistas, aunque solo sea porque se activa más.

Sistema de antirrecompensas

ANTIRRECOMPENSA

Cada vez que hacemos algo que nos gusta recibimos un feedback por parte de nuestro cerebro a través de los circuitos de recompensa. Una recompensa que tiene forma de placer, plenitud, felicidad. Eso nos inclina a repetir lo que nos gusta.

Sin embargo, a la vez que se activa este circuito, también entra en funcionamiento otro circuito que es su contraparte, una especie de circuito de antirrecompensa. Este circuito sirve para recibir feedback negativo de cosas que no nos convienen, como un sabor amargo o un pinchazo en el dedo; pero lo curioso es que se activa un poco cada vez que también experimentamos algo agradable.

No se sabe la razón. Tal vez se active para contrarrestar la recompensa y que esta no sea tan intensa que nos centremos el resto de nuestra vida en repetir la acción placentera que la desencadena. Sea como fuere, cada vez que sentimos placer por algo, también sentimos un poco de desagrado de fondo, lo que permite cierto autocontrol.

Esto tiene sentido a la hora de explicar las adicciones: hay estudios que sugieren, por ejemplo, que el consumo de drogas aumenta progresivamente el circuito de antirrecompensas, al tiempo que reduce el de recompensas. Por eso, los drogadictos continúan drogándose: porque les cuesta cada vez más sentir el placer original, y necesitan más dosis para lograrlo; pero a la vez eso les produce infelicidad. Tal y como abunda en ello Dean Burnett en su libro El cerebro feliz:

De ahí que los consumidores crónicos no persistan en la droga por placer: muchos de ellos reconocen que solo tratan de sentirse ‘normales’ de nuevo, y que la droga que consumen es ya lo único que calma el sistema de antirrecompensa en sus (para entonces) alterados cerebros.

El sistema de antirrecompensa también se activa como respuesta al estrés. Es decir, que frente a un momento estresante nos sentiremos mal y, por consiguiente, necesitaremos compensarlo activando más intensamente el circuito de recompensa (que a su vez, volverá a activar el de antirrecompensa):

Beber, fumar o comer alimentos poco saludables es malo porque puede hacernos daño y, por tanto, hacer que nos sintamos infelices. Pero, si ya de entrada nos sentimos infelices, ¿qué tendríamos que perder?

Esta especie de pez que se muerde la cola a nivel neurobiólogo es la razón que subyace a nuestros comportamientos más aparentemente irracionales y contrarios a nuestra felicidad. Sencillamente, neuroquímicamente hablando, nuestro cerebro es una banda o cinta de Moebius, y hacer lo que nos conviene, lo que nos hace felices, y sortear lo que no nos conviene y lo que nos hace infelices no es sencillo porque todo está conectado con todo y nada está situado en un compartimento estanco. Algo que, irónicamente, resulta tan estresante que será mejor destapar un buen tarro de helado de chocolate.

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