3 de febrero 2021    /   CREATIVIDAD
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Lecciones para estimular la creatividad de la monja pop que convirtió los salmos en ‘claims’

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Al final fue más creativa que cristiana. Y eso que hablamos de una mujer, Corita Kent, que añadió el prefijo hermana a su nombre y una toca almidonada a su cabeza. Pero, al organizar su chimpún en este mundo, el punto y final de su historia, la monja rechazó el funeral y optó por hacer una fiesta. Corita decía que las celebraciones eran espacios de cocreación. Lugares en los que la gente bailaba, cantaba, dibujaba y se disfrazaba. Eran una explosión de creatividad. Así que Corita decidió abrazar la muerte tal y como había hecho con la vida, estimulando la creatividad ajena. Fue un chimpún antológico.

Corita, sister Corita para sus hermanas de voto, Elizabeth Kent para las de sangre, odiaba las etiquetas. Y eso que muchas podrían colgar de sus hábitos: artista pop, activista política, profesora, creativa, maker, monja… Todas ellas se muestran reduccionistas para describir la figura de una mujer clave durante los movimientos sociales y culturales de EEUU en los años 60 y 70. Siempre fue reconocida en su país. Pero es ahora, 35 años después de su muerte, cuando su discurso resuena con más fuerza.

En realidad sister Corita no está muerta. Al menos no del todo. De ello se encarga Nelly Scott. Esta californiana de sonrisa amplia y discurso atropellado no es nigromante. Es directora del Corita Art Center. «Aquí nos dedicamos a que su figura y su legado pervivan en las nuevas generaciones», aclara Scott por videollamada.

Corita impulsó una nueva forma de potenciar la creatividad. Democratizó el arte, lo usó como vehículo para hablar de temas sociales

Este lugar tiene una imponente colección, con más de 30.000 obras de la artista. Casi todas las que realizó en vida, menos aquellas que descansan en colecciones privadas o en museos como el MET o el MOMA. «Aun así, no somos una especie de archivo donde hay que hablar en susurros», matiza Scott. «Corita impulsó una nueva forma de potenciar la creatividad. Democratizó el arte, lo usó como vehículo para hablar de temas sociales. Nosotros somos una plataforma para fomentar ese tipo de diálogo».

Scott reconoce que el interés por la figura de Corita ha ido en aumento en los últimos años. Se va a estrenar un documental contando su historia («que se presentará previsiblemente en Sundance»). Su manual para potenciar la creatividad se está reeditando en cada vez más idiomas (entre ellos, el español). «Es que su trabajo toca muchas de las conversaciones que estamos teniendo ahora mismo», apunta Scott. El feminismo, el racismo, el consumismo, el pacifismo… Son todos temas presentes en el discurso de la llamada monja pop. «Cuando echas la vista atrás, la única persona que está en el centro de todos estos grandes movimientos culturales, en la vanguardia académica o en el pop art es ella. Es Corita».

BUSCANDO INSPIRACIÓN EN EL SÚPER

En el Hollywood de los años 50 los coches redondeados circulaban despacio, las aspirantes a actriz servían cafés en los drive in y los estudios de cine atravesaban sus años dorados. En este contexto abrió sus puertas el mítico Immaculate Heart College, un campus católico situado en la ladera de una colina, a los pies del famoso Observatorio Griffith.

Sister Corita estaba al frente del departamento de arte. Su método de enseñanza, experimental y vanguardista, convirtió la facultad en centro de peregrinación de escritores, artistas y bohemios. En esta época coincidió con algunos de los nombres más relevantes del diseño y la creatividad de la época. Compartió claustro de profesores con los diseñadores industriales Charles y Ray Eames.  Se hizo amiga del diseñador gráfico Saul Bass, creador de la cartelería y títulos de crédito de películas como Psicosis, Vértigo, Espartaco o West Side Story. Coincidió con el filósofo John Cage. Departió con el cineasta Alfred Hitchcock. Todos ellos declararon haberse visto influenciados por las enseñanzas de Corita en algún momento.

El feminismo, el racismo, el consumismo, el pacifismo… Son todos temas presentes en el discurso de la llamada monja pop

Era fácil contagiarse de su discurso, sus palabras eran pegajosas como un chicle. Decía que «no todos somos pintores, pero todos somos artistas». Declaraba que «en el proceso creativo hay una energía capaz de armonizarnos y unirnos a todos». Sus palabras alentaban y sus actos inspiraban. No paraba quieta. Experimentó con técnicas que hoy asimilaríamos al Photoshop y se apropió de la estética publicitaria para lanzar mensajes religiosos o pacifistas.

Su estudio estaba al lado de una tienda de ultramarinos, así que ella iba a la tienda con sus estudiantes y miraba el packaging, los mensajes, las tipografías… Y adaptaba ese estilo

Convirtió los salmos en claims. «Ella analiza el consumismo de la época y lo hackea para hacer sus mensajes más accesibles y atractivos», explica Scott. Para ello no tiraba tanto de sofisticadas técnicas, sino de la observación de su entorno. «Su estudio estaba al lado de una tienda de ultramarinos, así que ella iba a la tienda con sus estudiantes y miraba el packaging, los mensajes, las tipografías… Y adaptaba ese estilo».

Era lo único que se podía imitar en sus clases. En una época en la que la idea de enseñanza pasaba por la disciplina y el culto al canon, Corita prohibía terminantemente a sus alumnos que se fijaran en el trabajo de otros artistas. Les impelía a buscar la inspiración en el mundo que les rodeaba. Para ello les animaba a usar el llamado descubridor o finder. Era un pequeño marco de diapositiva que ayudaba a reencuadrar las cosas a través de él, rescatando fragmentos y descontextualizando objetos.

Sister Corita impartió unas enseñanzas que rompían con las nociones de creatividad de la época. Años más tarde recopilaría las más interesantes junto a su exalumna, Jan Steward, en el manual Observar, conectar, celebrar, editado en España por la editorial Gustavo Gili. María Serrano, una de las responsables de esta edición, destaca de la artista su intención de trascender lo artístico para alcanzar lo social. «Creo que fue, en muchos sentidos, una avanzada de la cultura maker», reflexiona en la presentación del libro. «Su idea de aprender haciendo, su sentido comunitario de la creatividad y el énfasis en la responsabilidad del hacedor para mejorar su entorno es totalmente actual».

REVOLUCIÓN EN EL CONVENTO

Todo esto puede sonar a música celestial para un creativo del presente, pero desafinaba un poco a oídos de un jerarca católico maccarthista de los 60. La espiritualidad pop de sister Corita y su perfil, cada vez más mediático, molestaron al arzobispo de Los Ángeles, James Francis McIntyre. En 1965, censuró los diseños que se creaban en su taller. «Las hermanas están empleando el lenguaje del arte moderno para representar temas religiosos», denunció, señalando el pecado y a la pecadora.

La mezcla de pop art y mensaje religioso escandalizó entonces y puede sonar estrambótico aún ahora, pero hay que analizar este hecho de forma descontextualizada, como si lo hicieramos con el finder de sister Corita. «Creo que es una idea equivocada», señala Nelly Scott. «El arte y la religión han ido de la mano desde hace siglos, ¿por qué ahora deberían ir separados?».

Sister Corita expresaba, a través de sus serigrafías y murales, mensajes de justicia social. La Iglesia la empezaba a ver como una socialista peligrosa

En cualquier caso, las tensiones con las autoridades eclesiásticas californianas no se limitaban a lo artístico. Sister Corita expresaba, a través de sus serigrafías y murales, mensajes de justicia social. La Iglesia la empezaba a ver como una socialista peligrosa. Además, su mensaje cada vez tenía más predicamento. Como explica en el libro su exalumna Barbara Loste, «en la institución estaban reinventando el concepto de catolicismo cool». Y el arzobispo de Los Ángeles no era precisamente un tipo cool. En 1967, Corita apareció en la portada de Newsweek con el titular «La monja se hace moderna». Las críticas se multiplicaron y acabaron precipitando su salida de la congregación ese mismo año. «No es que perdiera la fe», explica Scott, «simplemente prefirió continuar su carrera como artista secular».

No fue la única. El 90% de las religiosas de la congregación siguieron el ejemplo de Corita y colgaron sus hábitos. Fue precisamente el uso de esta prenda, que las monjas rechazaban para vestir ropa civil, lo que precipitó su salida. «Unas 315 de las 400 mujeres de la congregación se fueron y se convirtieron en una comunidad laica ecuménica», rememora Scott. «Crearon una asociación, The Immaculate Heart Community, que ya lleva 50 años sobreviviendo con un estilo distinto al de la Iglesia, pero abriendo hospitales, escuelas…». Incluso el Corita Art Center, la asociación que ella preside.

El 90% de las religiosas de la congregación siguieron el ejemplo de Corita y colgaron sus hábitos. Fue precisamente el uso de esta prenda, que las monjas rechazaban para vestir ropa civil, lo que precipitó su salida

Liberada del control de la Iglesia, Corita (perdió el sister, pero mantuvo el nombre) empieza una etapa especialmente prolífica, centrándose más en su faceta como artista que en la de profesora. Sus pósteres y diseños se hicieron más políticos, centrando sus críticas en el racismo, la misoginia, la pobreza o la guerra de Vietnam. Sus creaciones se publicaron en medios como Life, Newsweek y Time. Revistas modernas y comprometidas, o como ella decía, «manuales contemporáneos de contemplación».

Su estética hizo que muchos la relacionaran con Andy Warhol, Robert Rauschenberg o Roy Lichtenstein, pero el mensaje de sus serigrafías la alejaba del espíritu irónico y comercial de los popes del pop art. Corita se reapropió de la imágen de la Richfield Oil Corporation, igual que Warhol hizo con la sopa Campbell. Pero la primera criticaba la cultura de masas que veneraba el segundo. Utilizaba el lenguaje publicitario para colar su mensaje, una técnica que varias décadas después se llamóhackvertising.

«Usaba la serigrafía porque era una técnica barata que podía llegar a las clases populares», defiende Scott. «En una ocasión, realizó su trabajo sobre papel higiénico». También rechazaba limitar o seriar sus obras para que alcanzaran más valor. Usaba las técnicas del consumismo capitalista, pero no participaba en él.

Corita Kent murió en Boston en 1986, después de muchos años luchando contra el cáncer. Legó su obra y dinero a quienes fueran compañeras, primero de hábitos, después de vaqueros. «Ellas entendieron que reivindicar su figura y su obra era más importante que todas nosotras», rememora Scott. Abrieron el Corita Art Center en los terrenos donde había estado la facultad, en 1997. Desde allí, señala su directora, no solo exponen su trabajo, sino su mensaje. «Queremos seguir potenciando el diálogo y la creatividad», subraya. Corita dejó dicho a sus hermanas que no le organizaran un funeral, sino una fiesta. Y sí, tuvo un chimpún antológico. Sus ecos aún resuenan en este pequeño estudio de Hollywood.

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Al final fue más creativa que cristiana. Y eso que hablamos de una mujer, Corita Kent, que añadió el prefijo hermana a su nombre y una toca almidonada a su cabeza. Pero, al organizar su chimpún en este mundo, el punto y final de su historia, la monja rechazó el funeral y optó por hacer una fiesta. Corita decía que las celebraciones eran espacios de cocreación. Lugares en los que la gente bailaba, cantaba, dibujaba y se disfrazaba. Eran una explosión de creatividad. Así que Corita decidió abrazar la muerte tal y como había hecho con la vida, estimulando la creatividad ajena. Fue un chimpún antológico.

Corita, sister Corita para sus hermanas de voto, Elizabeth Kent para las de sangre, odiaba las etiquetas. Y eso que muchas podrían colgar de sus hábitos: artista pop, activista política, profesora, creativa, maker, monja… Todas ellas se muestran reduccionistas para describir la figura de una mujer clave durante los movimientos sociales y culturales de EEUU en los años 60 y 70. Siempre fue reconocida en su país. Pero es ahora, 35 años después de su muerte, cuando su discurso resuena con más fuerza.

En realidad sister Corita no está muerta. Al menos no del todo. De ello se encarga Nelly Scott. Esta californiana de sonrisa amplia y discurso atropellado no es nigromante. Es directora del Corita Art Center. «Aquí nos dedicamos a que su figura y su legado pervivan en las nuevas generaciones», aclara Scott por videollamada.

Corita impulsó una nueva forma de potenciar la creatividad. Democratizó el arte, lo usó como vehículo para hablar de temas sociales

Este lugar tiene una imponente colección, con más de 30.000 obras de la artista. Casi todas las que realizó en vida, menos aquellas que descansan en colecciones privadas o en museos como el MET o el MOMA. «Aun así, no somos una especie de archivo donde hay que hablar en susurros», matiza Scott. «Corita impulsó una nueva forma de potenciar la creatividad. Democratizó el arte, lo usó como vehículo para hablar de temas sociales. Nosotros somos una plataforma para fomentar ese tipo de diálogo».

Scott reconoce que el interés por la figura de Corita ha ido en aumento en los últimos años. Se va a estrenar un documental contando su historia («que se presentará previsiblemente en Sundance»). Su manual para potenciar la creatividad se está reeditando en cada vez más idiomas (entre ellos, el español). «Es que su trabajo toca muchas de las conversaciones que estamos teniendo ahora mismo», apunta Scott. El feminismo, el racismo, el consumismo, el pacifismo… Son todos temas presentes en el discurso de la llamada monja pop. «Cuando echas la vista atrás, la única persona que está en el centro de todos estos grandes movimientos culturales, en la vanguardia académica o en el pop art es ella. Es Corita».

BUSCANDO INSPIRACIÓN EN EL SÚPER

En el Hollywood de los años 50 los coches redondeados circulaban despacio, las aspirantes a actriz servían cafés en los drive in y los estudios de cine atravesaban sus años dorados. En este contexto abrió sus puertas el mítico Immaculate Heart College, un campus católico situado en la ladera de una colina, a los pies del famoso Observatorio Griffith.

Sister Corita estaba al frente del departamento de arte. Su método de enseñanza, experimental y vanguardista, convirtió la facultad en centro de peregrinación de escritores, artistas y bohemios. En esta época coincidió con algunos de los nombres más relevantes del diseño y la creatividad de la época. Compartió claustro de profesores con los diseñadores industriales Charles y Ray Eames.  Se hizo amiga del diseñador gráfico Saul Bass, creador de la cartelería y títulos de crédito de películas como Psicosis, Vértigo, Espartaco o West Side Story. Coincidió con el filósofo John Cage. Departió con el cineasta Alfred Hitchcock. Todos ellos declararon haberse visto influenciados por las enseñanzas de Corita en algún momento.

El feminismo, el racismo, el consumismo, el pacifismo… Son todos temas presentes en el discurso de la llamada monja pop

Era fácil contagiarse de su discurso, sus palabras eran pegajosas como un chicle. Decía que «no todos somos pintores, pero todos somos artistas». Declaraba que «en el proceso creativo hay una energía capaz de armonizarnos y unirnos a todos». Sus palabras alentaban y sus actos inspiraban. No paraba quieta. Experimentó con técnicas que hoy asimilaríamos al Photoshop y se apropió de la estética publicitaria para lanzar mensajes religiosos o pacifistas.

Su estudio estaba al lado de una tienda de ultramarinos, así que ella iba a la tienda con sus estudiantes y miraba el packaging, los mensajes, las tipografías… Y adaptaba ese estilo

Convirtió los salmos en claims. «Ella analiza el consumismo de la época y lo hackea para hacer sus mensajes más accesibles y atractivos», explica Scott. Para ello no tiraba tanto de sofisticadas técnicas, sino de la observación de su entorno. «Su estudio estaba al lado de una tienda de ultramarinos, así que ella iba a la tienda con sus estudiantes y miraba el packaging, los mensajes, las tipografías… Y adaptaba ese estilo».

Era lo único que se podía imitar en sus clases. En una época en la que la idea de enseñanza pasaba por la disciplina y el culto al canon, Corita prohibía terminantemente a sus alumnos que se fijaran en el trabajo de otros artistas. Les impelía a buscar la inspiración en el mundo que les rodeaba. Para ello les animaba a usar el llamado descubridor o finder. Era un pequeño marco de diapositiva que ayudaba a reencuadrar las cosas a través de él, rescatando fragmentos y descontextualizando objetos.

Sister Corita impartió unas enseñanzas que rompían con las nociones de creatividad de la época. Años más tarde recopilaría las más interesantes junto a su exalumna, Jan Steward, en el manual Observar, conectar, celebrar, editado en España por la editorial Gustavo Gili. María Serrano, una de las responsables de esta edición, destaca de la artista su intención de trascender lo artístico para alcanzar lo social. «Creo que fue, en muchos sentidos, una avanzada de la cultura maker», reflexiona en la presentación del libro. «Su idea de aprender haciendo, su sentido comunitario de la creatividad y el énfasis en la responsabilidad del hacedor para mejorar su entorno es totalmente actual».

REVOLUCIÓN EN EL CONVENTO

Todo esto puede sonar a música celestial para un creativo del presente, pero desafinaba un poco a oídos de un jerarca católico maccarthista de los 60. La espiritualidad pop de sister Corita y su perfil, cada vez más mediático, molestaron al arzobispo de Los Ángeles, James Francis McIntyre. En 1965, censuró los diseños que se creaban en su taller. «Las hermanas están empleando el lenguaje del arte moderno para representar temas religiosos», denunció, señalando el pecado y a la pecadora.

La mezcla de pop art y mensaje religioso escandalizó entonces y puede sonar estrambótico aún ahora, pero hay que analizar este hecho de forma descontextualizada, como si lo hicieramos con el finder de sister Corita. «Creo que es una idea equivocada», señala Nelly Scott. «El arte y la religión han ido de la mano desde hace siglos, ¿por qué ahora deberían ir separados?».

Sister Corita expresaba, a través de sus serigrafías y murales, mensajes de justicia social. La Iglesia la empezaba a ver como una socialista peligrosa

En cualquier caso, las tensiones con las autoridades eclesiásticas californianas no se limitaban a lo artístico. Sister Corita expresaba, a través de sus serigrafías y murales, mensajes de justicia social. La Iglesia la empezaba a ver como una socialista peligrosa. Además, su mensaje cada vez tenía más predicamento. Como explica en el libro su exalumna Barbara Loste, «en la institución estaban reinventando el concepto de catolicismo cool». Y el arzobispo de Los Ángeles no era precisamente un tipo cool. En 1967, Corita apareció en la portada de Newsweek con el titular «La monja se hace moderna». Las críticas se multiplicaron y acabaron precipitando su salida de la congregación ese mismo año. «No es que perdiera la fe», explica Scott, «simplemente prefirió continuar su carrera como artista secular».

No fue la única. El 90% de las religiosas de la congregación siguieron el ejemplo de Corita y colgaron sus hábitos. Fue precisamente el uso de esta prenda, que las monjas rechazaban para vestir ropa civil, lo que precipitó su salida. «Unas 315 de las 400 mujeres de la congregación se fueron y se convirtieron en una comunidad laica ecuménica», rememora Scott. «Crearon una asociación, The Immaculate Heart Community, que ya lleva 50 años sobreviviendo con un estilo distinto al de la Iglesia, pero abriendo hospitales, escuelas…». Incluso el Corita Art Center, la asociación que ella preside.

El 90% de las religiosas de la congregación siguieron el ejemplo de Corita y colgaron sus hábitos. Fue precisamente el uso de esta prenda, que las monjas rechazaban para vestir ropa civil, lo que precipitó su salida

Liberada del control de la Iglesia, Corita (perdió el sister, pero mantuvo el nombre) empieza una etapa especialmente prolífica, centrándose más en su faceta como artista que en la de profesora. Sus pósteres y diseños se hicieron más políticos, centrando sus críticas en el racismo, la misoginia, la pobreza o la guerra de Vietnam. Sus creaciones se publicaron en medios como Life, Newsweek y Time. Revistas modernas y comprometidas, o como ella decía, «manuales contemporáneos de contemplación».

Su estética hizo que muchos la relacionaran con Andy Warhol, Robert Rauschenberg o Roy Lichtenstein, pero el mensaje de sus serigrafías la alejaba del espíritu irónico y comercial de los popes del pop art. Corita se reapropió de la imágen de la Richfield Oil Corporation, igual que Warhol hizo con la sopa Campbell. Pero la primera criticaba la cultura de masas que veneraba el segundo. Utilizaba el lenguaje publicitario para colar su mensaje, una técnica que varias décadas después se llamóhackvertising.

«Usaba la serigrafía porque era una técnica barata que podía llegar a las clases populares», defiende Scott. «En una ocasión, realizó su trabajo sobre papel higiénico». También rechazaba limitar o seriar sus obras para que alcanzaran más valor. Usaba las técnicas del consumismo capitalista, pero no participaba en él.

Corita Kent murió en Boston en 1986, después de muchos años luchando contra el cáncer. Legó su obra y dinero a quienes fueran compañeras, primero de hábitos, después de vaqueros. «Ellas entendieron que reivindicar su figura y su obra era más importante que todas nosotras», rememora Scott. Abrieron el Corita Art Center en los terrenos donde había estado la facultad, en 1997. Desde allí, señala su directora, no solo exponen su trabajo, sino su mensaje. «Queremos seguir potenciando el diálogo y la creatividad», subraya. Corita dejó dicho a sus hermanas que no le organizaran un funeral, sino una fiesta. Y sí, tuvo un chimpún antológico. Sus ecos aún resuenan en este pequeño estudio de Hollywood.

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