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21 de enero 2015    /   IDEAS
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Skype in the Classroom: conectando todas las aulas de todos los colegios del mundo

21 de enero 2015    /   IDEAS     por          
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No voy a repetir el consabido mantra de que tenemos un sistema educativo del siglo XIX, con profesores y contenidos del siglo XX, dirigido a alumnos del siglo XXI. Afortunadamente, las cosas están cambiando, y mucho más rápido de lo que creemos (incluso de lo que creen muchos profesores).
Tampoco voy a echar mano de una de mis batallitas como educando, porque tengo 36 tacos y lo de mi pasado académico ya empieza a ser un poco el Pleistoceno. Bueno, una corta que supongo que podrá extrapolarse aún a las aulas de este siglo: todos hemos sufrido profesores que nos tenían ojeriza. Hablo de manía de verdad, no la típica justificación por el cerapio que hemos llevado a casa. Profesores que hacían mal su trabajo. Profesores endiosados a los que nadie les podía chistar (una situación que se perpetúa trágicamente en el futuro ambiente laboral, donde las jerarquías recuerdan a un régimen feudal).
Pero ¿y si todos pudiéramos juzgarnos a todos? ¿Y si lo que ocurriera en una clase no se quedara en el ámbito de la clase y fuera observado por millones de ojos, en una suerte de panóptico? ¿Y si los alumnos también participaran en la labor de evaluar al resto de alumnos? En definitiva, ¿y si la alquimia que ha fraguado Wikipedia se mezclara con las posibilidades de YouTube? Y la última: ¿y si Skype sirviera para algo más que hablar con los parientes que viven en el extranjero?
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Las aulas Skype
Esto es precisamente a lo que aspira el proyecto Skype in the Classroom. Un aula colaborativa global que permita agrupar a alumnos separados por cientos o miles de kilómetros de distancia, creando grupos de estudio, haciendo presentaciones, debatiendo entre sí, calificando conjuntamente y, también, dejando en evidencia qué es lo que hace un profesor cuando toma la batuta.
Un proyecto en el que ya se han inscrito decenas de miles de docentes de todo el mundo, y que tiene como propósito conectar un millón de aulas en todo el planeta.
Las ventajas de concebir la enseñanza en código abierto y a través de una colaboración 2.0 son todavía difíciles de imaginar, como lo fueron en su día la creación de Wikipedia, Kickstarter o Twitter. Pero Jeremy Rifkin se atreve a ofrecer un poco de prospectiva en su libro La sociedad del coste marginal cero:

La experiencia de aprendizaje no solo está pasando del recinto cerrado del aula tradicional al espacio virtual de internet, sino que también está llegando a los barrios y las comunidades de los que las aulas forman parte. […] Este aprendizaje basado en la experiencia ofrece a los estudiantes una visión más amplia del aprendizaje entendido como aportación a la comunidad y no como la simple acumulación de saber en pro del interés personal. Por ejemplo, los alumnos podrían aprender otra lengua colaborando en un barrio donde haya muchos inmigrantes que la hablen. Si estudian la dinámica de la pobreza en ciencias sociales pueden colaborar con un banco de alimentos o un refugio para personas sin techo.

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Clase virtual
En solo una década se está abriendo la posibilidad de que la mayoría de los alumnos puedan evitarse acudir físicamente a un aula (o puedan acudir a clases especiales que no necesariamente queden próximas o cuyas dimensiones no aceptarían un aforo amplio). Ello no convierte al alumno en un ser asocial: más bien al contrario, le permite conectar mejor con otros alumnos y profesores. Y, finalmente, el contacto físico puede reducirse a clases especiales o encuentros puntuales.
Es lo que también propone Collaborative Classroom, que permite a los alumnos compartir gratuitamente los mejores esquemas de lecciones. 117.000 profesores ya comparten currículos inspirados en la filosofía del código abierto.
Pero el primer hombre que empezó a derribar de verdad los muros de los colegios y las universidades ha sido Sebastian Thrun, un profesor de la Universidad de Stanford que en 2011 ofreció por internet un curso «gratuito» sobre inteligencia artificial muy parecido al que impartía en la universidad. Ese año, 23.000 alumnos acabaron el curso y obtuvieron su diploma, según explica Carole Cadwalladr.
courserafThrun, inspirado por el resultado, consciente de que hasta entonces su clase era exclusiva para personas que pudieran pagar 50.000 dólares al año para entrar en Stanford, fundó Coursera junto a sus colegas Andrew Ng y Daphne Koller. A diferencia de Udacity, que crea sus propios cursos, Coursera ha establecido pactos con instituciones académicas para ofrecer un currículo completo impartido por algunos de los mejores profesores del mundo.
Después de Coursera, Harvard y el MIT crearon edX. El destino del conocimiento y, sobre todo, el sistema para proporcionarlo, pues, no parece que pase por acotarlo entre los muros de las instituciones académicas. Atrás quedan esas clases impregnadas de cloroformo en las que cientos de estudiantes se apiñaban para escuchar la lección del profesor de Historia del Derecho, como si estuvieran escuchando a un profeta.
En esta clase de cursos, además, cada alumno trabaja a su ritmo. Pasa de largo las lecciones que ya conoce. Rebobina lo que no acaba de entender. Hay material extra para quienes aspiran a profundizar. Los contenidos se crean colaborativamente entre todos para que resulten más atractivos, escamoteando los ladrillos insoportables, las repeticiones grandilocuentes que en realidad no dejan poso. Los profesores más inspiradores, los que tienen más «fans», finalmente son los que reciben más visitas en los vídeos de sus lecciones: es decir, es el alumno el que escoge a su profesor. Y los que no sirven, no tienen alumnos. ¿Por qué hemos tardado tantos siglos en entenderlo?

¿Qué nota has sacado?
Pero una de las grandes novedades conceptuales de iniciativas como Coursera es la forma de evaluar a los alumnos. Hasta ahora todo se reducía a la opinión del profesor que corregía tu examen. A todas luces, este sistema presenta multitud de problemas. Por ejemplo, un profesor puede no estar motivado para corregir con ecuanimidad. Puede corregir influido por prejuicios. Puede resultar injusto o incompetente. Puede ser más exigente de lo que se esperaría de otro profesor de la misma materia. O muy permisivo.
Pero lo más llamativo de todo ello es que los alumnos difícilmente podían impugnar el juicio del docente. En definitiva, el sistema de evaluación de los alumnos resultará, a las generaciones futuras, una forma arbitraria y casi troglodita de medir las aptitudes de un alumno.
Coursera, por ejemplo, ofrece otro tipo de evaluación, del tipo ley de Linus o «todos por todos». A priori, que sean tus propios compañeros los que evalúen tu trabajo puede resultar más arbitrario que el juicio de un profesor. Pero ese prejuicio a la hora de analizar la inteligencia 2.0 es el mismo que hacía arquear cejas escépticas cuando se fundó Wikipedia (recuerdo que hasta hace poco ningún profesor admitía que se usara Wikipedia como fuente de documentación para un trabajo; ahora, sin embargo, cientos de aulas en todo el mundo imparten una clase de edición de Wikipedia que puntúa en el currículo).

Las clases virtuales no solo admiten tests de evaluación automáticos, que incentiva a los alumnos porque gamifican las evaluaciones, tal y como lo hace esa app que calcula las calorías que hemos quemado en la última sesión de running. También facilita la evaluación colectiva y colaborativa. A pesar de todas las suspicacias que pueda despertar esta forma de evaluación, Mitchell Duneier, un profesor de la Universidad de Princeton que imparte un curso de introducción a la sociología de Coursera, demostró con un estudio que analizaba miles de notas de exámenes parciales y finales que los alumnos puntuaban de forma muy similar a los profesores.
Además, si son otros alumnos los que nos evalúan o incluso nos enseñan, también podemos aprender más y mejor: ¿no os acordáis de la típica situación en la que se acerca un examen y el que más ha estudiado del grupo resume la lección a los demás? ¿O los que se hacían preguntas mutuamente para repasar? ¿O los compañeros que nos enseñaban algo de forma más fácil de lo que lo había hecho el profesor?
Finalmente, Rifkin añade algo más que tampoco debe desdeñarse: que las clases abiertas forman a mejores personas:

[…] la formación de grupos de estudio virtuales y reales que traspasen las fronteras políticas y geográficas, para transformar este método de aprendizaje en un aula mundial donde los estudiantes se enseñen mutuamente además de aprender de un profesor.

Frente al panorama que se avecina, personalmente me entran ganas de volver a esa jungla que fue el instituto, como Drew Barrymore en Nunca me han besado.
 
Imágenes | Pixabay

No voy a repetir el consabido mantra de que tenemos un sistema educativo del siglo XIX, con profesores y contenidos del siglo XX, dirigido a alumnos del siglo XXI. Afortunadamente, las cosas están cambiando, y mucho más rápido de lo que creemos (incluso de lo que creen muchos profesores).
Tampoco voy a echar mano de una de mis batallitas como educando, porque tengo 36 tacos y lo de mi pasado académico ya empieza a ser un poco el Pleistoceno. Bueno, una corta que supongo que podrá extrapolarse aún a las aulas de este siglo: todos hemos sufrido profesores que nos tenían ojeriza. Hablo de manía de verdad, no la típica justificación por el cerapio que hemos llevado a casa. Profesores que hacían mal su trabajo. Profesores endiosados a los que nadie les podía chistar (una situación que se perpetúa trágicamente en el futuro ambiente laboral, donde las jerarquías recuerdan a un régimen feudal).
Pero ¿y si todos pudiéramos juzgarnos a todos? ¿Y si lo que ocurriera en una clase no se quedara en el ámbito de la clase y fuera observado por millones de ojos, en una suerte de panóptico? ¿Y si los alumnos también participaran en la labor de evaluar al resto de alumnos? En definitiva, ¿y si la alquimia que ha fraguado Wikipedia se mezclara con las posibilidades de YouTube? Y la última: ¿y si Skype sirviera para algo más que hablar con los parientes que viven en el extranjero?
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Las aulas Skype
Esto es precisamente a lo que aspira el proyecto Skype in the Classroom. Un aula colaborativa global que permita agrupar a alumnos separados por cientos o miles de kilómetros de distancia, creando grupos de estudio, haciendo presentaciones, debatiendo entre sí, calificando conjuntamente y, también, dejando en evidencia qué es lo que hace un profesor cuando toma la batuta.
Un proyecto en el que ya se han inscrito decenas de miles de docentes de todo el mundo, y que tiene como propósito conectar un millón de aulas en todo el planeta.
Las ventajas de concebir la enseñanza en código abierto y a través de una colaboración 2.0 son todavía difíciles de imaginar, como lo fueron en su día la creación de Wikipedia, Kickstarter o Twitter. Pero Jeremy Rifkin se atreve a ofrecer un poco de prospectiva en su libro La sociedad del coste marginal cero:

La experiencia de aprendizaje no solo está pasando del recinto cerrado del aula tradicional al espacio virtual de internet, sino que también está llegando a los barrios y las comunidades de los que las aulas forman parte. […] Este aprendizaje basado en la experiencia ofrece a los estudiantes una visión más amplia del aprendizaje entendido como aportación a la comunidad y no como la simple acumulación de saber en pro del interés personal. Por ejemplo, los alumnos podrían aprender otra lengua colaborando en un barrio donde haya muchos inmigrantes que la hablen. Si estudian la dinámica de la pobreza en ciencias sociales pueden colaborar con un banco de alimentos o un refugio para personas sin techo.

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Clase virtual
En solo una década se está abriendo la posibilidad de que la mayoría de los alumnos puedan evitarse acudir físicamente a un aula (o puedan acudir a clases especiales que no necesariamente queden próximas o cuyas dimensiones no aceptarían un aforo amplio). Ello no convierte al alumno en un ser asocial: más bien al contrario, le permite conectar mejor con otros alumnos y profesores. Y, finalmente, el contacto físico puede reducirse a clases especiales o encuentros puntuales.
Es lo que también propone Collaborative Classroom, que permite a los alumnos compartir gratuitamente los mejores esquemas de lecciones. 117.000 profesores ya comparten currículos inspirados en la filosofía del código abierto.
Pero el primer hombre que empezó a derribar de verdad los muros de los colegios y las universidades ha sido Sebastian Thrun, un profesor de la Universidad de Stanford que en 2011 ofreció por internet un curso «gratuito» sobre inteligencia artificial muy parecido al que impartía en la universidad. Ese año, 23.000 alumnos acabaron el curso y obtuvieron su diploma, según explica Carole Cadwalladr.
courserafThrun, inspirado por el resultado, consciente de que hasta entonces su clase era exclusiva para personas que pudieran pagar 50.000 dólares al año para entrar en Stanford, fundó Coursera junto a sus colegas Andrew Ng y Daphne Koller. A diferencia de Udacity, que crea sus propios cursos, Coursera ha establecido pactos con instituciones académicas para ofrecer un currículo completo impartido por algunos de los mejores profesores del mundo.
Después de Coursera, Harvard y el MIT crearon edX. El destino del conocimiento y, sobre todo, el sistema para proporcionarlo, pues, no parece que pase por acotarlo entre los muros de las instituciones académicas. Atrás quedan esas clases impregnadas de cloroformo en las que cientos de estudiantes se apiñaban para escuchar la lección del profesor de Historia del Derecho, como si estuvieran escuchando a un profeta.
En esta clase de cursos, además, cada alumno trabaja a su ritmo. Pasa de largo las lecciones que ya conoce. Rebobina lo que no acaba de entender. Hay material extra para quienes aspiran a profundizar. Los contenidos se crean colaborativamente entre todos para que resulten más atractivos, escamoteando los ladrillos insoportables, las repeticiones grandilocuentes que en realidad no dejan poso. Los profesores más inspiradores, los que tienen más «fans», finalmente son los que reciben más visitas en los vídeos de sus lecciones: es decir, es el alumno el que escoge a su profesor. Y los que no sirven, no tienen alumnos. ¿Por qué hemos tardado tantos siglos en entenderlo?

¿Qué nota has sacado?
Pero una de las grandes novedades conceptuales de iniciativas como Coursera es la forma de evaluar a los alumnos. Hasta ahora todo se reducía a la opinión del profesor que corregía tu examen. A todas luces, este sistema presenta multitud de problemas. Por ejemplo, un profesor puede no estar motivado para corregir con ecuanimidad. Puede corregir influido por prejuicios. Puede resultar injusto o incompetente. Puede ser más exigente de lo que se esperaría de otro profesor de la misma materia. O muy permisivo.
Pero lo más llamativo de todo ello es que los alumnos difícilmente podían impugnar el juicio del docente. En definitiva, el sistema de evaluación de los alumnos resultará, a las generaciones futuras, una forma arbitraria y casi troglodita de medir las aptitudes de un alumno.
Coursera, por ejemplo, ofrece otro tipo de evaluación, del tipo ley de Linus o «todos por todos». A priori, que sean tus propios compañeros los que evalúen tu trabajo puede resultar más arbitrario que el juicio de un profesor. Pero ese prejuicio a la hora de analizar la inteligencia 2.0 es el mismo que hacía arquear cejas escépticas cuando se fundó Wikipedia (recuerdo que hasta hace poco ningún profesor admitía que se usara Wikipedia como fuente de documentación para un trabajo; ahora, sin embargo, cientos de aulas en todo el mundo imparten una clase de edición de Wikipedia que puntúa en el currículo).

Las clases virtuales no solo admiten tests de evaluación automáticos, que incentiva a los alumnos porque gamifican las evaluaciones, tal y como lo hace esa app que calcula las calorías que hemos quemado en la última sesión de running. También facilita la evaluación colectiva y colaborativa. A pesar de todas las suspicacias que pueda despertar esta forma de evaluación, Mitchell Duneier, un profesor de la Universidad de Princeton que imparte un curso de introducción a la sociología de Coursera, demostró con un estudio que analizaba miles de notas de exámenes parciales y finales que los alumnos puntuaban de forma muy similar a los profesores.
Además, si son otros alumnos los que nos evalúan o incluso nos enseñan, también podemos aprender más y mejor: ¿no os acordáis de la típica situación en la que se acerca un examen y el que más ha estudiado del grupo resume la lección a los demás? ¿O los que se hacían preguntas mutuamente para repasar? ¿O los compañeros que nos enseñaban algo de forma más fácil de lo que lo había hecho el profesor?
Finalmente, Rifkin añade algo más que tampoco debe desdeñarse: que las clases abiertas forman a mejores personas:

[…] la formación de grupos de estudio virtuales y reales que traspasen las fronteras políticas y geográficas, para transformar este método de aprendizaje en un aula mundial donde los estudiantes se enseñen mutuamente además de aprender de un profesor.

Frente al panorama que se avecina, personalmente me entran ganas de volver a esa jungla que fue el instituto, como Drew Barrymore en Nunca me han besado.
 
Imágenes | Pixabay

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