15 de septiembre 2014    /   DIGITAL
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Cómo usar tu smartphone de forma elegante

15 de septiembre 2014    /   DIGITAL     por          
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No les falta razón a los numerosos artículos y columnas de opinión que hablan sobre el uso abusivo de los teléfonos móviles en cualquier situación por parte de un número cada vez mayor de personas. Da que pensar leer sobre el zombiewalking, verlo cada día, presenciar cenas «románticas» cuyos integrantes miran a sus pantallas en lugar de mirarse el uno al otro, ver estadísticas que aseguran que más del 90% de los jóvenes consulta su móvil al despertarse por las mañanas antes de salir de la cama… Hace poco, Jordi Soler tituló «El yo» a su columna en El País Semanal, y en ella explicaba que había presenciado una hermosa puesta de sol muy sorprendido porque el resto de personas que allí se hallaban se situaron de espaldas a ella para hacerse sendos selfies.

Todos estos ejemplos han llevado a muchas otras personas a ver el uso del teléfono móvil como algo de lo que avergonzarse. Alguien me contaba hace poco que, cuando se encontraba en una reunión social, si tenía que responder un mensaje puntual a través de su smartphone, se disculpaba e iba al servicio para hacerlo sin ser juzgado. Ese comportamiento es bastante representativo: ¿estamos relegando su uso a la intimidad, como otras acciones de las que no nos sentimos orgullosos y que hacemos solo cuando estamos solos (ese cigarrito contraindicado por el médico, esa reconfortante ventosidad)?

Parémonos por un momento a recordar por qué legitimamos en su día el uso del smartphone (con sus servicios de mensajería, sus redes sociales, su cámara, sus aplicaciones de noticias…) Lo hicimos porque el aparatito nos acompañaba, nos ayudaba a estar conectados con los nuestros, a estar enterados, a entretenernos. Tener noticias de alguien a quien hacía meses que no veías era posible con solo meter la mano en el bolsillo, y eso tenía algo mágico. Nos hacía estar más cerca que nunca. También tranquilizaba poder seguir atento a la respuesta de un cliente aunque salieras a dar una vuelta o te entretuvieras más de la cuenta a la hora de la comida.

Casi todos los que utilizamos activamente teléfonos inteligentes nos vemos compensados por todas esas ventajas. Pero después, en sociedad, nos volvemos dogmáticos e hipócritas y censuramos comportamientos casi idénticos a los nuestros. Y somos objeto de miradas reprobatorias o incluso de cosas peores: un viandante de edad avanzada dio hace poco un susto de muerte a una prima mía que miraba su teléfono por la calle. «¡Buh!», le gritó a un palmo de su cara al tiempo que hacía un desagradable aspaviento, motivo por el cual ella dio un brinco y a punto estuvo de estamparse contra una farola o de caer a la calzada. Cuando ella lo miró sin comprender, con el corazón latiendo a toda velocidad, el «justiciero» le devolvió una mirada de odio, como si ella hubiera ejecutado el acto más deleznable y mereciera ese castigo y otros mucho peores, y se alejó murmurando.

Como en casi todo, la clave está en las formas y en no llegar al extremo. Estas son algunas ideas para usar los smartphones de forma elegante y sin parecer un adolescente viciado:

1. SER DISCRETO. Es posible consultar un teléfono móvil en una reunión social si se elige un momento en el que no se estén dirigiendo precisamente a ti, o si se pide una discreta disculpa y siempre que la consulta sea breve. En el extremo opuesto estarían las personas que interrumpen un discurso de otro para teclear en sus pantallas durante minutos interminables.

2. NO ENTORPECER. Es lícito utilizarlo cuando se está solo (en el transporte público o en la calle, por ejemplo), pero siempre echándose a un lado, teniendo cuidado de no quedarse en medio de la calle como un «pasmarote» o entorpecer el paso de otras personas.

3. DECIDIR CUÁNDO CONSULTARLO. En ocasiones es buena idea tener el móvil sin sonido y consultarlo solo cuando tú lo decidas. De esta forma, los mensajes que te manden otras personas por cualquiera de los medios disponibles no serán intrusivos, sino que tú les darás paso cuando consideres conveniente, dando así prioridad a las personas de carne y hueso que se encuentran contigo en ese momento. Esto me hace acordarme de una tienda de telefonía a la que entré un día para hacer una consulta rápida. Delante de mí había una cola de unas ocho personas. Sonó el teléfono, y la única empleada que había en la tienda empleó un buen rato en atender la consulta de la persona que llamaba, mientras los que habíamos ido hasta allí esperábamos. Recuerdo que pensé «debería haber llamado en lugar de molestarme en venir».

4. RESPETAR A LOS DEMÁS. En general, una persona que utiliza el móvil de forma elegante se asemeja a esas personas que fuman con tanta delicadeza que los demás apenas se percatan. Esos que siempre calculan hacia dónde va el aire para situarse estratégicamente en un círculo, que preguntan para saber si sus acompañantes toleran el humo o no y que nunca condicionan a las otras personas (por ejemplo, obligándolas a esperar mientras terminan un cigarro o similar). Esa misma prudencia y ese respeto hacia los demás puede tenerse en el uso del smartphone.

5. PREFERIR SIEMPRE LA «REALIDAD». Quizá debas empezar a preocuparte si, en el caso de no tener el móvil a la vista mientras estás con otras personas, te pones nervioso o te aburres y sientes el impulso de ojearlo. Si te resulta más entretenido recibir una novedad en la pantallita (un WhatsApp,  un comentario en Facebook, un retuit) que seguir el hilo de la conversación que estás presenciando.

En 2013 escribió Javier Marías «Esclavizados y transparentes», que empezaba así:

Si desde hace una década o más mis amistades me insistían con fervor exagerado en que utilizara ordenador e email y móvil y cuantas maravillas electrónicas vinieron luego; si, al ver que no había forma de convencerme, me miraban con una mezcla de horror y conmiseración, como si al excluirme de su mundo feliz me hubiera convertido en un primate; si dudaban entre reírme la gracia o considerarme paranoico cuando yo aseguraba que todos esos inventos, pese a sus enormes e innegables ventajas, me parecían sobre todo instrumentos de dominio y control; si así eran las cosas, desde hace poco empiezo a recibir comentarios envidiosos del tipo: “Qué astuto fuiste al no entregarte en cuerpo y alma a las nuevas tecnologías. No sabes de la que te has salvado. Por culpa de ellas vivimos en un permanente infierno, sin descanso”. 

En muchas otras ocasiones ha mostrado su desacuerdo con el uso de las redes sociales o los teléfonos inteligentes. A él se lo permitimos, porque es Marías y porque en su caso no se trata de hipocresía: él es consecuente con lo que dice, censura esos comportamientos porque realmente él no los tiene.

Los demás quizá tengamos que relajarnos un poco y preocuparnos de la paja en el ojo propio antes de mirar el ajeno, relativizar y hacer un uso responsable y con clase de la tecnología que tenemos a nuestro alcance.

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No les falta razón a los numerosos artículos y columnas de opinión que hablan sobre el uso abusivo de los teléfonos móviles en cualquier situación por parte de un número cada vez mayor de personas. Da que pensar leer sobre el zombiewalking, verlo cada día, presenciar cenas «románticas» cuyos integrantes miran a sus pantallas en lugar de mirarse el uno al otro, ver estadísticas que aseguran que más del 90% de los jóvenes consulta su móvil al despertarse por las mañanas antes de salir de la cama… Hace poco, Jordi Soler tituló «El yo» a su columna en El País Semanal, y en ella explicaba que había presenciado una hermosa puesta de sol muy sorprendido porque el resto de personas que allí se hallaban se situaron de espaldas a ella para hacerse sendos selfies.

Todos estos ejemplos han llevado a muchas otras personas a ver el uso del teléfono móvil como algo de lo que avergonzarse. Alguien me contaba hace poco que, cuando se encontraba en una reunión social, si tenía que responder un mensaje puntual a través de su smartphone, se disculpaba e iba al servicio para hacerlo sin ser juzgado. Ese comportamiento es bastante representativo: ¿estamos relegando su uso a la intimidad, como otras acciones de las que no nos sentimos orgullosos y que hacemos solo cuando estamos solos (ese cigarrito contraindicado por el médico, esa reconfortante ventosidad)?

Parémonos por un momento a recordar por qué legitimamos en su día el uso del smartphone (con sus servicios de mensajería, sus redes sociales, su cámara, sus aplicaciones de noticias…) Lo hicimos porque el aparatito nos acompañaba, nos ayudaba a estar conectados con los nuestros, a estar enterados, a entretenernos. Tener noticias de alguien a quien hacía meses que no veías era posible con solo meter la mano en el bolsillo, y eso tenía algo mágico. Nos hacía estar más cerca que nunca. También tranquilizaba poder seguir atento a la respuesta de un cliente aunque salieras a dar una vuelta o te entretuvieras más de la cuenta a la hora de la comida.

Casi todos los que utilizamos activamente teléfonos inteligentes nos vemos compensados por todas esas ventajas. Pero después, en sociedad, nos volvemos dogmáticos e hipócritas y censuramos comportamientos casi idénticos a los nuestros. Y somos objeto de miradas reprobatorias o incluso de cosas peores: un viandante de edad avanzada dio hace poco un susto de muerte a una prima mía que miraba su teléfono por la calle. «¡Buh!», le gritó a un palmo de su cara al tiempo que hacía un desagradable aspaviento, motivo por el cual ella dio un brinco y a punto estuvo de estamparse contra una farola o de caer a la calzada. Cuando ella lo miró sin comprender, con el corazón latiendo a toda velocidad, el «justiciero» le devolvió una mirada de odio, como si ella hubiera ejecutado el acto más deleznable y mereciera ese castigo y otros mucho peores, y se alejó murmurando.

Como en casi todo, la clave está en las formas y en no llegar al extremo. Estas son algunas ideas para usar los smartphones de forma elegante y sin parecer un adolescente viciado:

1. SER DISCRETO. Es posible consultar un teléfono móvil en una reunión social si se elige un momento en el que no se estén dirigiendo precisamente a ti, o si se pide una discreta disculpa y siempre que la consulta sea breve. En el extremo opuesto estarían las personas que interrumpen un discurso de otro para teclear en sus pantallas durante minutos interminables.

2. NO ENTORPECER. Es lícito utilizarlo cuando se está solo (en el transporte público o en la calle, por ejemplo), pero siempre echándose a un lado, teniendo cuidado de no quedarse en medio de la calle como un «pasmarote» o entorpecer el paso de otras personas.

3. DECIDIR CUÁNDO CONSULTARLO. En ocasiones es buena idea tener el móvil sin sonido y consultarlo solo cuando tú lo decidas. De esta forma, los mensajes que te manden otras personas por cualquiera de los medios disponibles no serán intrusivos, sino que tú les darás paso cuando consideres conveniente, dando así prioridad a las personas de carne y hueso que se encuentran contigo en ese momento. Esto me hace acordarme de una tienda de telefonía a la que entré un día para hacer una consulta rápida. Delante de mí había una cola de unas ocho personas. Sonó el teléfono, y la única empleada que había en la tienda empleó un buen rato en atender la consulta de la persona que llamaba, mientras los que habíamos ido hasta allí esperábamos. Recuerdo que pensé «debería haber llamado en lugar de molestarme en venir».

4. RESPETAR A LOS DEMÁS. En general, una persona que utiliza el móvil de forma elegante se asemeja a esas personas que fuman con tanta delicadeza que los demás apenas se percatan. Esos que siempre calculan hacia dónde va el aire para situarse estratégicamente en un círculo, que preguntan para saber si sus acompañantes toleran el humo o no y que nunca condicionan a las otras personas (por ejemplo, obligándolas a esperar mientras terminan un cigarro o similar). Esa misma prudencia y ese respeto hacia los demás puede tenerse en el uso del smartphone.

5. PREFERIR SIEMPRE LA «REALIDAD». Quizá debas empezar a preocuparte si, en el caso de no tener el móvil a la vista mientras estás con otras personas, te pones nervioso o te aburres y sientes el impulso de ojearlo. Si te resulta más entretenido recibir una novedad en la pantallita (un WhatsApp,  un comentario en Facebook, un retuit) que seguir el hilo de la conversación que estás presenciando.

En 2013 escribió Javier Marías «Esclavizados y transparentes», que empezaba así:

Si desde hace una década o más mis amistades me insistían con fervor exagerado en que utilizara ordenador e email y móvil y cuantas maravillas electrónicas vinieron luego; si, al ver que no había forma de convencerme, me miraban con una mezcla de horror y conmiseración, como si al excluirme de su mundo feliz me hubiera convertido en un primate; si dudaban entre reírme la gracia o considerarme paranoico cuando yo aseguraba que todos esos inventos, pese a sus enormes e innegables ventajas, me parecían sobre todo instrumentos de dominio y control; si así eran las cosas, desde hace poco empiezo a recibir comentarios envidiosos del tipo: “Qué astuto fuiste al no entregarte en cuerpo y alma a las nuevas tecnologías. No sabes de la que te has salvado. Por culpa de ellas vivimos en un permanente infierno, sin descanso”. 

En muchas otras ocasiones ha mostrado su desacuerdo con el uso de las redes sociales o los teléfonos inteligentes. A él se lo permitimos, porque es Marías y porque en su caso no se trata de hipocresía: él es consecuente con lo que dice, censura esos comportamientos porque realmente él no los tiene.

Los demás quizá tengamos que relajarnos un poco y preocuparnos de la paja en el ojo propio antes de mirar el ajeno, relativizar y hacer un uso responsable y con clase de la tecnología que tenemos a nuestro alcance.

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Opiniones 3
  • Muy buen artículo, de alguna manera hay que concienciar a la gente que no podemos continuar así … esto es sólo el principio. Desde red RECARGA recomendamos el buen uso del móvil. Saludos!

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