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14 de febrero 2017    /   BUSINESS
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¿Se le está poniendo a Snapchat cara de Tuenti?

14 de febrero 2017    /   BUSINESS     por          
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Sólo hay una empresa en el mundo con peor tino en el ámbito de las redes sociales que Google, y esa es Telefónica. Por cada intento de aproximación al sector que ha hecho, se ha apuntado un fracaso. Y peor aún, en algunos casos el proyecto se ha venido abajo tras un importante desembolso. Pero ni comprando redes sociales que funcionaban ha conseguido evitar que acabaran fracasando.

Esa es una versión de los hechos. La otra es la de que Telefónica tuvo el tino de comprar y reconvertir, y en Tuenti —que es el mayor exponente de esa política— supieron ver el momento de vender y sacar tajada antes de acabar muriendo de todas maneras. La cuestión es que, de una u otra forma, Tuenti dejó de existir. Mejor dicho, Tuenti ‘red social’ dejó de existir para convertirse en Tuenti ‘operadora’. ¿Juguete roto a manos de Telefónica o brillante reconversión? Elija su propia aventura.

La cuestión es que, de una u otra forma, la de Tuenti es una de tantas historias de una plataforma exitosa que durante un tiempo consigue dominar un mercado contra los flujos de la globalización. Fue la red social más importante de España cuando Facebook ya estaba en plena expansión, pero al final la resistencia fue imposible. ¿Hubiera aguantado en pie de no haberse vendido y desmantelado bajo el techo de Telefónica o hubiera acabado cerrando igualmente?

Sea como sea, lo que en su día fue una brillante red social con talento procedente de decenas de países, hoy no existe como tal. Su enorme equipo de ingenieros se reparte entre otros muchos proyectos rompedores, como en su día lo fuera la propia Tuenti. Se acabó la empresa de decorado moderno, sala de juegos y cocina casi tan grande como la oficina en sí. En apenas medio año, en 2013 perdieron al 60% de sus usuarios, al mismo ritmo que el talento abandonaba la empresa según dejaba de ser una red social de referencia.

La plataforma llegó a ser tan potente en la franja de edad más joven (en ocasiones de hasta 14 años, gracias a un sistema de blindaje de datos y privacidad) que jugó un papel importante en colaboración con las fuerzas de seguridad del Estado a la hora de obtener pruebas en algunas de las investigaciones más delicadas de los últimos años.

En paralelo al proceso empresarial de mutación y disolución, se daba una peculiar decadencia entre sus usuarios tipo, esos primeros ‘nativos digitales’ a los que supieron llegar, pero que también acabaron abandonando el barco: si Tuenti fue la red social de la adolescencia, Facebook acabó siendo un producto aspiracional, donde iban ‘los mayores’. La madurez de los usuarios traía aparejado el rechazo a lo que hicieron como adolescentes, Tuenti incluido.

Con esos mimbres, la cesta acabaría por no aguantar demasiado, como sucedió. Finalmente, hace pocos meses, la plataforma, como forma de evitar los costes de mantenimiento de datos, ofreció a sus antiguos usuarios una forma de descargar y llevarse sus datos antes del borrado final.

Snapchat, evolución o caída

Salvando las múltiples distancias, Snapchat presenta algunas similitudes con el caso de Tuenti. Se trata de un producto que los jóvenes han adoptado de forma masiva como herramienta de comunicación. Tanto es así que casi parece un producto privativo: los mayores tienen francas dificultades para saber cómo funciona, con lo que no deja de ser un terreno vetado en el que las empresas intentan entrar.

Ese público joven que en su día tuvo Tuenti en España y ahora tiene Snapchat en el mundo tiene una peculiaridad en lo que a modelos de negocio se refiere: los jóvenes no suelen tener un poder adquisitivo propio elevado, pero sí consiguen algo muy interesante en términos comerciales, como es fijar tendencias.

Y eso va desde el consumo hasta cuestiones técnicas, como forzar la implantación de los odiados vídeos verticales. Quizá por eso valga la pena invertir 70 millones de dólares en publicidad nativa para la plataforma. En cualquier caso, el crecimiento del fenómeno ha sido explosivo, y con él el interés del mercado.

snapchat

A Snapchat la apuesta le salió bien: si las empresas, especialmente medios de comunicación y anunciantes, quieren ganarse a los jóvenes ya no vale con intentar atraerles, sino que tienen que ir a donde ellos están y comunicarse de la forma en que ellos lo hacen. Aunque sea con gif, filtros, animaciones y vídeos verticales.

La historia de Snapchat se separa de la de Tuenti en un punto importante del camino. Mientras la empresa española aceptó ser comprada por Telefónica, Snapchat dijo no a Facebook, y eso que la oferta era mareante: 3.000 millones de dólares. Lo que pasó después es de sobra conocido: Mark Zuckerberg compró Instagram por 1.000 millones y empezó su plan.

Primero hizo la compra rentable gracias a los ingentes ingresos por publicidad, y después empezó a plagiar casi todas las cosas que hace Snapchat para abrirlas a la enorme comunidad ‘instagramer’. Resultado: Instagram empieza a comerle el terreno a Snapchat

La cuestión es que Snapchat se ve en medio de una situación anómala: tener como competidor-clonador a un antiguo pretendiente que resulta ser la principal empresa del sector. Mala cosa. Y todo eso a poco de prepararse para el día en que su historia como producto puede cambiar de forma irreversible, para bien o para mal: su salida a Bolsa.

Hay dos precedentes en los que fijarse. Uno bueno, el de Google, que consiguió el dinero suficiente como para comprar una empresa con la que trazó mapas satelitales de todo el mundo (y lo que sigue a esa historia en términos de geolocalización de sus productos). Otro malo, el de Twitter, que ha perdido gran parte de su valor tras su debut en el parquet, y está permanentemente en el disparadero del sector porque carece de plan de negocio y porque su crecimiento lleva tiempo estancado, según unos datos publicados hace unos días.

Y sí, Twitter sale mal parado, pero… ¿cuál es el segundo peor? Snapchat.

¿Puede la que dicen que será una de las salidas a Bolsa más cuantiosas de la historia salvar a la compañía de tan malos augurios? Dos análisis distintos, uno en Fortune y otro en NewsCred, apuntan a que sus activos serán una buena compra. Otra cosa bien distinta es lo que dice el sentido común con esto del dinero y las tecnológicas: ¿de verdad levantará 3.000 millones con la venta de acciones?

Parte de la respuesta dependerá fundamentalmente de lo que diga el público de EEUU, que es bastante distinto al público europeo en general y español en particular, por aquello del fantasma de Tuenti. Y es justo entre ese público donde el primer producto físico de la compañía se ha convertido en objeto de deseo: Spectacles, sus gafas que graban y envían al móvil, son un filón. Agotadas en nada y con salón de la fama propio en Amazon, son el ejemplo perfecto de producto construido a través del marketing: más llamativas que útiles, más chic que realmente significativas. Pero funcionan, de momento.

No todos los análisis son igual de halagüeños: hay quien augura un fracaso final del producto, demasiado raro como para no ser efímero, aunque algunos le reconocen aplicaciones interesantes allá donde las Google Glasses fracasaron.

En cualquier caso, EEUU no es España. Y ahora mismo Snapchat tiene que salir a Bolsa en EEUU, y es allí donde más está creciendo.

Si la app en sí funciona o no, con o sin las gafas que se venden en máquinas de vending, será voluntad de los usuarios. Y de los futuros accionistas. Si no, siempre puede intentar aceptar ofertas de venta a toro pasado. Seguramente en eso le iría mucho mejor de lo que les ha ido a Yahoo o Twitter.

Sólo hay una empresa en el mundo con peor tino en el ámbito de las redes sociales que Google, y esa es Telefónica. Por cada intento de aproximación al sector que ha hecho, se ha apuntado un fracaso. Y peor aún, en algunos casos el proyecto se ha venido abajo tras un importante desembolso. Pero ni comprando redes sociales que funcionaban ha conseguido evitar que acabaran fracasando.

Esa es una versión de los hechos. La otra es la de que Telefónica tuvo el tino de comprar y reconvertir, y en Tuenti —que es el mayor exponente de esa política— supieron ver el momento de vender y sacar tajada antes de acabar muriendo de todas maneras. La cuestión es que, de una u otra forma, Tuenti dejó de existir. Mejor dicho, Tuenti ‘red social’ dejó de existir para convertirse en Tuenti ‘operadora’. ¿Juguete roto a manos de Telefónica o brillante reconversión? Elija su propia aventura.

La cuestión es que, de una u otra forma, la de Tuenti es una de tantas historias de una plataforma exitosa que durante un tiempo consigue dominar un mercado contra los flujos de la globalización. Fue la red social más importante de España cuando Facebook ya estaba en plena expansión, pero al final la resistencia fue imposible. ¿Hubiera aguantado en pie de no haberse vendido y desmantelado bajo el techo de Telefónica o hubiera acabado cerrando igualmente?

Sea como sea, lo que en su día fue una brillante red social con talento procedente de decenas de países, hoy no existe como tal. Su enorme equipo de ingenieros se reparte entre otros muchos proyectos rompedores, como en su día lo fuera la propia Tuenti. Se acabó la empresa de decorado moderno, sala de juegos y cocina casi tan grande como la oficina en sí. En apenas medio año, en 2013 perdieron al 60% de sus usuarios, al mismo ritmo que el talento abandonaba la empresa según dejaba de ser una red social de referencia.

La plataforma llegó a ser tan potente en la franja de edad más joven (en ocasiones de hasta 14 años, gracias a un sistema de blindaje de datos y privacidad) que jugó un papel importante en colaboración con las fuerzas de seguridad del Estado a la hora de obtener pruebas en algunas de las investigaciones más delicadas de los últimos años.

En paralelo al proceso empresarial de mutación y disolución, se daba una peculiar decadencia entre sus usuarios tipo, esos primeros ‘nativos digitales’ a los que supieron llegar, pero que también acabaron abandonando el barco: si Tuenti fue la red social de la adolescencia, Facebook acabó siendo un producto aspiracional, donde iban ‘los mayores’. La madurez de los usuarios traía aparejado el rechazo a lo que hicieron como adolescentes, Tuenti incluido.

Con esos mimbres, la cesta acabaría por no aguantar demasiado, como sucedió. Finalmente, hace pocos meses, la plataforma, como forma de evitar los costes de mantenimiento de datos, ofreció a sus antiguos usuarios una forma de descargar y llevarse sus datos antes del borrado final.

Snapchat, evolución o caída

Salvando las múltiples distancias, Snapchat presenta algunas similitudes con el caso de Tuenti. Se trata de un producto que los jóvenes han adoptado de forma masiva como herramienta de comunicación. Tanto es así que casi parece un producto privativo: los mayores tienen francas dificultades para saber cómo funciona, con lo que no deja de ser un terreno vetado en el que las empresas intentan entrar.

Ese público joven que en su día tuvo Tuenti en España y ahora tiene Snapchat en el mundo tiene una peculiaridad en lo que a modelos de negocio se refiere: los jóvenes no suelen tener un poder adquisitivo propio elevado, pero sí consiguen algo muy interesante en términos comerciales, como es fijar tendencias.

Y eso va desde el consumo hasta cuestiones técnicas, como forzar la implantación de los odiados vídeos verticales. Quizá por eso valga la pena invertir 70 millones de dólares en publicidad nativa para la plataforma. En cualquier caso, el crecimiento del fenómeno ha sido explosivo, y con él el interés del mercado.

snapchat

A Snapchat la apuesta le salió bien: si las empresas, especialmente medios de comunicación y anunciantes, quieren ganarse a los jóvenes ya no vale con intentar atraerles, sino que tienen que ir a donde ellos están y comunicarse de la forma en que ellos lo hacen. Aunque sea con gif, filtros, animaciones y vídeos verticales.

La historia de Snapchat se separa de la de Tuenti en un punto importante del camino. Mientras la empresa española aceptó ser comprada por Telefónica, Snapchat dijo no a Facebook, y eso que la oferta era mareante: 3.000 millones de dólares. Lo que pasó después es de sobra conocido: Mark Zuckerberg compró Instagram por 1.000 millones y empezó su plan.

Primero hizo la compra rentable gracias a los ingentes ingresos por publicidad, y después empezó a plagiar casi todas las cosas que hace Snapchat para abrirlas a la enorme comunidad ‘instagramer’. Resultado: Instagram empieza a comerle el terreno a Snapchat

La cuestión es que Snapchat se ve en medio de una situación anómala: tener como competidor-clonador a un antiguo pretendiente que resulta ser la principal empresa del sector. Mala cosa. Y todo eso a poco de prepararse para el día en que su historia como producto puede cambiar de forma irreversible, para bien o para mal: su salida a Bolsa.

Hay dos precedentes en los que fijarse. Uno bueno, el de Google, que consiguió el dinero suficiente como para comprar una empresa con la que trazó mapas satelitales de todo el mundo (y lo que sigue a esa historia en términos de geolocalización de sus productos). Otro malo, el de Twitter, que ha perdido gran parte de su valor tras su debut en el parquet, y está permanentemente en el disparadero del sector porque carece de plan de negocio y porque su crecimiento lleva tiempo estancado, según unos datos publicados hace unos días.

Y sí, Twitter sale mal parado, pero… ¿cuál es el segundo peor? Snapchat.

¿Puede la que dicen que será una de las salidas a Bolsa más cuantiosas de la historia salvar a la compañía de tan malos augurios? Dos análisis distintos, uno en Fortune y otro en NewsCred, apuntan a que sus activos serán una buena compra. Otra cosa bien distinta es lo que dice el sentido común con esto del dinero y las tecnológicas: ¿de verdad levantará 3.000 millones con la venta de acciones?

Parte de la respuesta dependerá fundamentalmente de lo que diga el público de EEUU, que es bastante distinto al público europeo en general y español en particular, por aquello del fantasma de Tuenti. Y es justo entre ese público donde el primer producto físico de la compañía se ha convertido en objeto de deseo: Spectacles, sus gafas que graban y envían al móvil, son un filón. Agotadas en nada y con salón de la fama propio en Amazon, son el ejemplo perfecto de producto construido a través del marketing: más llamativas que útiles, más chic que realmente significativas. Pero funcionan, de momento.

No todos los análisis son igual de halagüeños: hay quien augura un fracaso final del producto, demasiado raro como para no ser efímero, aunque algunos le reconocen aplicaciones interesantes allá donde las Google Glasses fracasaron.

En cualquier caso, EEUU no es España. Y ahora mismo Snapchat tiene que salir a Bolsa en EEUU, y es allí donde más está creciendo.

Si la app en sí funciona o no, con o sin las gafas que se venden en máquinas de vending, será voluntad de los usuarios. Y de los futuros accionistas. Si no, siempre puede intentar aceptar ofertas de venta a toro pasado. Seguramente en eso le iría mucho mejor de lo que les ha ido a Yahoo o Twitter.

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