2 de abril 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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fotografia  Metropolitan Museum of Art

El hombre que se obsesionó con la belleza de los copos de nieve y la eternizó

2 de abril 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por        fotografia  Metropolitan Museum of Art
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Los sobrenombres siempre hablan de la vida. A veces, no se trata más que de un gesto o un acto puntual que marcó a una persona para siempre ante los demás. Aunque es más habitual que los apodos se ganen a base de repeticiones y, sobre todo, obsesiones. Por eso, a Wilson Alwyn Bentley le llamaban The Snowflake Man («el hombre copo de nieve») en su pueblo, Jericho (Vermont), y en todo el mundo.

Su apodo no se debe a que siempre tuviera frío, aunque su trabajo sugiere que sí: en uno de los pocos retratos que se conservan de este granjero y fotógrafo, sus hombros y su sombrero están blancos de frío. Eso que se había posado sobre él era lo que le obsesionaba y lo que le dio un apelativo que resuena desde finales del siglo XIX.

Probablemente todos hayamos oído que no hay dos copos de nieve iguales. Si bien la cuestión tiene diversos matices, la idea de la unicidad de los copos se la debemos a Snowflake Man, un hombre que se obsesionó con los cristales de nieve que caían sobre su granja.

A la sombra quedaron sus otras facetas, muy similares: la de admirador de plumas y la de coleccionista de gotas de lluvia. Estas últimas las capturaba con harina.

Una vez, Bentley colocó un copo de nieve sobre un cristal y lo miró tan ensimismado que se le derritió al instante. No tuvo forma de retenerlo. Así que lo dibujó mientras encontraba la manera de preservar los siguientes. Quizá esa frustración le animara a perseguir su objetivo con más ahínco. De cualquier manera, no dejó de observar la nieve hasta el día de su muerte, en 1931.

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Su madre había sido profesora y conservaba un microscopio de sus años de docencia que regaló a su hijo y que él amarró a la cámara que, años después, le regalaron. Su padre, en cambio, nunca le apoyó tanto como ella. Aunque lo hizo a regañadientes, el padre invirtió casi todo su dinero en la cámara que su hijo quería.

Tras conseguir sus primeras fotografías, empezó a dar a conocer su trabajo a través de medios como National Geographic, The New York Times y Popular Mechanics. Bentley no tardó en conseguir la fama mundial, aunque aun así no ganaba tanto dinero como a su padre le habría gustado.

«Cuando un copo de nieve se derrite, su diseño se pierde para siempre. Toda esa belleza desaparece sin dejar rastro», dijo. Cuando consiguió que sus padres le compraran la cámara fotográfica que necesitaba para tal fin, comenzó a trabajar en un cuarto sin calefacción, sin luz y conteniendo la respiración para no acortar la vida de los cristales de nieve.

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En todo el mundo fue conocido como el primer fotógrafo que logró captar y demostrar que los copos de nieve, que parecen idénticos, siempre son distintos y espectaculares. Él había tomado las primeras fotos en enero de 1885, dos semanas antes de estrenar la veintena. Hasta hace solo ocho años, se le consideró el primero: Johann Heinrich Flögel había conseguido lo mismo seis años antes que él.

En entrevistas posteriores, Bentley contaba que el día que consiguió capturar por primera vez la belleza de un copo de nieve con su cámara estuvo a punto de caerse de la emoción. «Descubrí que lo que siempre había soñado era posible. Fue el mejor momento de mi vida», decía.

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Su interés le acompañó desde la infancia y, antes de conseguir la primera foto, llevaba años colocando un microscopio en su cámara con la finalidad de captar las formas de los cristales de hielo. Desde 1885 logró capturar los detalles de 5.000 copos de nieve.  Más de 2.000 su libro Los cristales de nieve. Entre todos ellos, no había dos idénticos, lo que despertó el interés científico a nivel mundial.

Así hablaba Bentley sobre su técnica en la revista Popular Mechanics:

«Los accesorios necesarios son un microscopio de observación, un par de mitones gruesos, portaobjetos de microscopio, una férula de madera de punta afilada, una pluma y un ala de pavo o un plumero similar. También, una parte posterior adicional de enfoque para la cámara, que contiene vidrio transparente en lugar del habitual cristal esmerilado, con una lente de aumento acoplada. Esto se usa para el enfoque final. Una pizarra, de aproximadamente 1 pie cuadrado, con alambre rígido o asas metálicas en los extremos, para que las manos no la toquen y la calienten, se usa para recolectar las muestras».

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Bentley no aseguraba que todos los cristales de nieve sean únicos, al menos al final. Lo que en realidad pensaba era que no hay razones para dudar de que a cierta altura puedan ser en realidad idénticos y que se diferencien al caer. Según él, es al llegar a tierra, y en función de la temperatura y la humedad del lugar en el que se posan, cuando alteran su forma. Ahí sí, decía, no hay dos iguales.

Aquí hay un reino de gemas donde la naturaleza posee el encanto del misterio, de lo desconocido, que con seguridad recompensa al investigador. Durante algo más de un cuarto de siglo lo he estado estudiando y el trabajo ha demostrado ser maravillosamente fascinante: cada nevada favorable, durante todos estos años, ha traído cosas nuevas y hermosas a mi mano. Ni un solo momento he pensado en renunciar. Durante el tiempo que he llevado a cabo el trabajo, he conseguido mil seiscientos fotomicrografías de cristales de nieve, y no hay dos iguales. ¿Hay lugar para el entusiasmo ahí?

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Para Bentley, cada cristal de nieve que observó y fotografió era «una obra maestra de diseño» irrepetible y efímera. Le apenaba que aquellos «milagros de belleza» desaparecieran del mundo sin dejar rastro y quiso inmortalizarlos. Lo consiguió gracias al apoyo de su madre, Fanny, que siempre alentó a aquel chico que disfrutaba observando la naturaleza durante horas.

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Alma de artista y cuerpo de científico

Como escribió Mark Brushnell, para quien Bentley tenía alma de artista y cuerpo de científico: «Mientras otros exploradores de su época recorrían el globo para traer espectáculos de tierras distantes y exóticas, Bentley se aventuró en su jardín y trajo imágenes igual de impresionantes. Pero estas imágenes mostraban fragmentos de la naturaleza tan pequeños y tan próximos que a nosotros podrían pasarnos desapercibidos».

La relación de Bentley con los cristales de hielo rozaba lo poético. Para sus vecinos, estaba chiflado. Para su padre y su hermano, lo que hacía era totalmente insignificante; una pérdida de tiempo. Solía hablar de la nieve en términos preciosistas y la elevaba a metáfora de la belleza efímera del mundo.

«Para Bentley, los cristales de nieve no eran solo astillas frías de hielo que analizar científicamente. Eran también una metáfora de todas las cosas bellas sobre la Tierra», escribió su biógrafo, Duncan C. Blanchard en The Snowflake Man.

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Aunque los científicos llegaron a tomar en serio las ideas de Bentley sobre la formación de los cristales de nieve, después llegaron a considerar que estos no podían ser irrepetibles. Establecieron una cantidad de diseños básicos que no superó los 35, a pesar de que todas estas formas siempre acaban variando, en función de la humedad y de la temperatura.

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Más allá de lo meramente científico, el mensaje de Snowflake Man era esperanzador: «Los cristales de hielo llegaron a nosotros no solo para revelar la maravillosa belleza de un minuto en la naturaleza, sino para enseñarnos que todo lo mundanalmente bello es transitorio y pronto se marchitará. No obstante, aunque la belleza del cristal de nieve sea evanescente, igual que la belleza del otoño y la del cielo al atardecer, se va pero vuelve», escribió.

Según un proverbio chino que niega las casualidades, ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado. Aquellos que cayeron sobre la granja de Bentley, al menos, llegaron al que posiblemente fuera el lugar en el que con más pasión los han recibido del mundo.

Los sobrenombres siempre hablan de la vida. A veces, no se trata más que de un gesto o un acto puntual que marcó a una persona para siempre ante los demás. Aunque es más habitual que los apodos se ganen a base de repeticiones y, sobre todo, obsesiones. Por eso, a Wilson Alwyn Bentley le llamaban The Snowflake Man («el hombre copo de nieve») en su pueblo, Jericho (Vermont), y en todo el mundo.

Su apodo no se debe a que siempre tuviera frío, aunque su trabajo sugiere que sí: en uno de los pocos retratos que se conservan de este granjero y fotógrafo, sus hombros y su sombrero están blancos de frío. Eso que se había posado sobre él era lo que le obsesionaba y lo que le dio un apelativo que resuena desde finales del siglo XIX.

Probablemente todos hayamos oído que no hay dos copos de nieve iguales. Si bien la cuestión tiene diversos matices, la idea de la unicidad de los copos se la debemos a Snowflake Man, un hombre que se obsesionó con los cristales de nieve que caían sobre su granja.

A la sombra quedaron sus otras facetas, muy similares: la de admirador de plumas y la de coleccionista de gotas de lluvia. Estas últimas las capturaba con harina.

Una vez, Bentley colocó un copo de nieve sobre un cristal y lo miró tan ensimismado que se le derritió al instante. No tuvo forma de retenerlo. Así que lo dibujó mientras encontraba la manera de preservar los siguientes. Quizá esa frustración le animara a perseguir su objetivo con más ahínco. De cualquier manera, no dejó de observar la nieve hasta el día de su muerte, en 1931.

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Su madre había sido profesora y conservaba un microscopio de sus años de docencia que regaló a su hijo y que él amarró a la cámara que, años después, le regalaron. Su padre, en cambio, nunca le apoyó tanto como ella. Aunque lo hizo a regañadientes, el padre invirtió casi todo su dinero en la cámara que su hijo quería.

Tras conseguir sus primeras fotografías, empezó a dar a conocer su trabajo a través de medios como National Geographic, The New York Times y Popular Mechanics. Bentley no tardó en conseguir la fama mundial, aunque aun así no ganaba tanto dinero como a su padre le habría gustado.

«Cuando un copo de nieve se derrite, su diseño se pierde para siempre. Toda esa belleza desaparece sin dejar rastro», dijo. Cuando consiguió que sus padres le compraran la cámara fotográfica que necesitaba para tal fin, comenzó a trabajar en un cuarto sin calefacción, sin luz y conteniendo la respiración para no acortar la vida de los cristales de nieve.

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En todo el mundo fue conocido como el primer fotógrafo que logró captar y demostrar que los copos de nieve, que parecen idénticos, siempre son distintos y espectaculares. Él había tomado las primeras fotos en enero de 1885, dos semanas antes de estrenar la veintena. Hasta hace solo ocho años, se le consideró el primero: Johann Heinrich Flögel había conseguido lo mismo seis años antes que él.

En entrevistas posteriores, Bentley contaba que el día que consiguió capturar por primera vez la belleza de un copo de nieve con su cámara estuvo a punto de caerse de la emoción. «Descubrí que lo que siempre había soñado era posible. Fue el mejor momento de mi vida», decía.

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Su interés le acompañó desde la infancia y, antes de conseguir la primera foto, llevaba años colocando un microscopio en su cámara con la finalidad de captar las formas de los cristales de hielo. Desde 1885 logró capturar los detalles de 5.000 copos de nieve.  Más de 2.000 su libro Los cristales de nieve. Entre todos ellos, no había dos idénticos, lo que despertó el interés científico a nivel mundial.

Así hablaba Bentley sobre su técnica en la revista Popular Mechanics:

«Los accesorios necesarios son un microscopio de observación, un par de mitones gruesos, portaobjetos de microscopio, una férula de madera de punta afilada, una pluma y un ala de pavo o un plumero similar. También, una parte posterior adicional de enfoque para la cámara, que contiene vidrio transparente en lugar del habitual cristal esmerilado, con una lente de aumento acoplada. Esto se usa para el enfoque final. Una pizarra, de aproximadamente 1 pie cuadrado, con alambre rígido o asas metálicas en los extremos, para que las manos no la toquen y la calienten, se usa para recolectar las muestras».

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Bentley no aseguraba que todos los cristales de nieve sean únicos, al menos al final. Lo que en realidad pensaba era que no hay razones para dudar de que a cierta altura puedan ser en realidad idénticos y que se diferencien al caer. Según él, es al llegar a tierra, y en función de la temperatura y la humedad del lugar en el que se posan, cuando alteran su forma. Ahí sí, decía, no hay dos iguales.

Aquí hay un reino de gemas donde la naturaleza posee el encanto del misterio, de lo desconocido, que con seguridad recompensa al investigador. Durante algo más de un cuarto de siglo lo he estado estudiando y el trabajo ha demostrado ser maravillosamente fascinante: cada nevada favorable, durante todos estos años, ha traído cosas nuevas y hermosas a mi mano. Ni un solo momento he pensado en renunciar. Durante el tiempo que he llevado a cabo el trabajo, he conseguido mil seiscientos fotomicrografías de cristales de nieve, y no hay dos iguales. ¿Hay lugar para el entusiasmo ahí?

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Para Bentley, cada cristal de nieve que observó y fotografió era «una obra maestra de diseño» irrepetible y efímera. Le apenaba que aquellos «milagros de belleza» desaparecieran del mundo sin dejar rastro y quiso inmortalizarlos. Lo consiguió gracias al apoyo de su madre, Fanny, que siempre alentó a aquel chico que disfrutaba observando la naturaleza durante horas.

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Alma de artista y cuerpo de científico

Como escribió Mark Brushnell, para quien Bentley tenía alma de artista y cuerpo de científico: «Mientras otros exploradores de su época recorrían el globo para traer espectáculos de tierras distantes y exóticas, Bentley se aventuró en su jardín y trajo imágenes igual de impresionantes. Pero estas imágenes mostraban fragmentos de la naturaleza tan pequeños y tan próximos que a nosotros podrían pasarnos desapercibidos».

La relación de Bentley con los cristales de hielo rozaba lo poético. Para sus vecinos, estaba chiflado. Para su padre y su hermano, lo que hacía era totalmente insignificante; una pérdida de tiempo. Solía hablar de la nieve en términos preciosistas y la elevaba a metáfora de la belleza efímera del mundo.

«Para Bentley, los cristales de nieve no eran solo astillas frías de hielo que analizar científicamente. Eran también una metáfora de todas las cosas bellas sobre la Tierra», escribió su biógrafo, Duncan C. Blanchard en The Snowflake Man.

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Aunque los científicos llegaron a tomar en serio las ideas de Bentley sobre la formación de los cristales de nieve, después llegaron a considerar que estos no podían ser irrepetibles. Establecieron una cantidad de diseños básicos que no superó los 35, a pesar de que todas estas formas siempre acaban variando, en función de la humedad y de la temperatura.

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Más allá de lo meramente científico, el mensaje de Snowflake Man era esperanzador: «Los cristales de hielo llegaron a nosotros no solo para revelar la maravillosa belleza de un minuto en la naturaleza, sino para enseñarnos que todo lo mundanalmente bello es transitorio y pronto se marchitará. No obstante, aunque la belleza del cristal de nieve sea evanescente, igual que la belleza del otoño y la del cielo al atardecer, se va pero vuelve», escribió.

Según un proverbio chino que niega las casualidades, ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado. Aquellos que cayeron sobre la granja de Bentley, al menos, llegaron al que posiblemente fuera el lugar en el que con más pasión los han recibido del mundo.

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