3 de agosto 2015    /   IDEAS
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Sobrevivir en un WC

3 de agosto 2015    /   IDEAS     por          
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Los aseos, toilettes, reservados, baños o como demonios quieran ustedes denominarlos constituyen un universo paralelo en el que casi todo es posible. No es lo mismo el WC del Palacio de la Moncloa que uno de la Joy Eslava, pero si buscamos bien, en ambos podremos encontrar restos de cocaína en la tapa de la cisterna. Sé de lo que hablo, porque me he puesto rayas en los dos, cuando todavía era un joven e inconsciente esposo, y no el respetable escritor divorciado en que me he convertido.
Todos los hombres (y algunas mujeres) sabemos que nunca hay papel higiénico en el aseo de caballeros. Por eso, quienes hemos frecuentado la noche en la peor de sus versiones, hemos perdido el pudor para entrar en cualquiera de los baños que esté disponible, preferiblemente el de ellas, porque están más limpios y casi siempre hay papel. Pero a veces no nos queda más remedio que entrar en el de caballeros, y como yo tengo el pelo largo, muy largo, a menudo he vivido situaciones como la que referiré a continuación.
Estoy orinando, de espaldas, como un hombre, pero mi melena ondulada y rizada acaricia mis caderas. Suena la puerta, alguien ha entrado, y escucho claramente una voz grave y atropellada:
—¡Oh! Perdón. Creí que era el de caballeros.
A los cinco segundos la puerta se vuelve a abrir, y vuelvo mi rostro masculino y desafiante mientras me abrocho la bragueta mirando a los ojos al desconcertado y confundido padre de familia que descubre que los caballeros melenudos también hacemos pis de pie.
En el siglo XXI han sucedido muchas cosas sorprendentes, pero algunas deberían ser revisadas. Es muy eficiente y sostenible que las luces permanezcan apagadas si no hay movimiento, en los pasillos, en la entrada, en los lavabos… pero, por el amor de Dios ¡no en el retrete! Si uno está sentado, como es preceptivo, aliviando una necesidad mayor, pesada, fétida y acuciante, lo último que necesita es que la luz se apague en el momento crítico en el que se pretende limpiar el orificio posterior que tantas satisfacciones puede proporcionarnos en contextos diferentes al que nos ocupa.
Estos sistemas están basados en los mismos sensores de movimiento que comercializan Securitas, Prosegur, Verisure o Leroy Merlin. Unos cacharritos de plástico blanco con baterías que nos colocan en el techo o en la pared. El problema es que si el técnico instalador no enfoca directamente el dispositivo hacia al área donde uno defeca, cuando se apaga la luz antes de tiempo, por mucho que agitemos nuestros brazos o nuestra cabeza para activar el sensor y que nos proporcione 15 segundos más de luz, todo será inútil, y habremos de levantarnos a oscuras y hacer el mono con toda clase de aspavientos hasta que el miserable sensor detecte que sí; que hay alguien ahí. En concreto alguien cagando y con la caca pegada al culo literalmente, y disculpen la rudeza de mis palabras.
Otra modalidad que se generalizó durante el cambio de siglo, probablemente por la psicosis del fin del mundo, fueron esos botones de color naranja que se pulsan y nunca se sabe cuánta venia nos van a conceder. Como son instalaciones modernas efectuadas sobre cableados antiguos, sucede con frecuencia que solo hay uno de estos pulsadores, en el cuartito donde está el lavabo, y si entramos al WC propiamente dicho, tenemos que rezar para que el temporizador dure lo suficiente sin tener que volver a salir. La alternativa es tantear indefensos y semidesnudos hasta dar con el condenado botón naranja del cuarto contiguo, rezar para que no entre nadie en ese crítico instante, y activarlo con el dedo pegajoso antes de regresar prestos a nuestro agujero y poder por fin, tirar de la cadena. Aunque no haya cadena.
Quiero pensar que en Bruselas están estudiando una normativa comunitaria para homologar las micciones y deyecciones de los eurodiputados, y aplicar las estadísticas obtenidas al resto de los ciudadanos del espacio Schengen (de los urinarios turcos hablaremos en otro artículo).
Por supuesto, en un WC también se pueden vivir magníficas experiencias sexuales, que también se ven tristemente interrumpidas por los caprichos de esta tecnología emergente. En el lado positivo, no vemos el rostro de nuestra momentánea pareja y podemos pensar que nos estamos tirando a cualquier icono pop sin necesidad de cerrar los ojos. En el lado negativo, la luz tarde o temprano se activa por el movimiento de nuestros cuerpos, y comprobamos entonces lo bajo que hemos caído.
Pueden llamarme anticuado, pero personalmente prefiero los interruptores. Uno sabe cuándo lo apaga y cuándo lo enciende, y no depende de los criterios aleatorios de instaladores, compañías eléctricas, propietarios, contables, diseñadores modernuquis, aseguradoras, hipsters visionarios y otros listillos que en vez de hacernos la vida más fácil, lo que consiguen es amargarnos esos momentos de intimidad en los que somos tan vulnerables.
Como dice un viejo y sabio proverbio chino: «Si algo funciona, no lo arregles».

Los aseos, toilettes, reservados, baños o como demonios quieran ustedes denominarlos constituyen un universo paralelo en el que casi todo es posible. No es lo mismo el WC del Palacio de la Moncloa que uno de la Joy Eslava, pero si buscamos bien, en ambos podremos encontrar restos de cocaína en la tapa de la cisterna. Sé de lo que hablo, porque me he puesto rayas en los dos, cuando todavía era un joven e inconsciente esposo, y no el respetable escritor divorciado en que me he convertido.
Todos los hombres (y algunas mujeres) sabemos que nunca hay papel higiénico en el aseo de caballeros. Por eso, quienes hemos frecuentado la noche en la peor de sus versiones, hemos perdido el pudor para entrar en cualquiera de los baños que esté disponible, preferiblemente el de ellas, porque están más limpios y casi siempre hay papel. Pero a veces no nos queda más remedio que entrar en el de caballeros, y como yo tengo el pelo largo, muy largo, a menudo he vivido situaciones como la que referiré a continuación.
Estoy orinando, de espaldas, como un hombre, pero mi melena ondulada y rizada acaricia mis caderas. Suena la puerta, alguien ha entrado, y escucho claramente una voz grave y atropellada:
—¡Oh! Perdón. Creí que era el de caballeros.
A los cinco segundos la puerta se vuelve a abrir, y vuelvo mi rostro masculino y desafiante mientras me abrocho la bragueta mirando a los ojos al desconcertado y confundido padre de familia que descubre que los caballeros melenudos también hacemos pis de pie.
En el siglo XXI han sucedido muchas cosas sorprendentes, pero algunas deberían ser revisadas. Es muy eficiente y sostenible que las luces permanezcan apagadas si no hay movimiento, en los pasillos, en la entrada, en los lavabos… pero, por el amor de Dios ¡no en el retrete! Si uno está sentado, como es preceptivo, aliviando una necesidad mayor, pesada, fétida y acuciante, lo último que necesita es que la luz se apague en el momento crítico en el que se pretende limpiar el orificio posterior que tantas satisfacciones puede proporcionarnos en contextos diferentes al que nos ocupa.
Estos sistemas están basados en los mismos sensores de movimiento que comercializan Securitas, Prosegur, Verisure o Leroy Merlin. Unos cacharritos de plástico blanco con baterías que nos colocan en el techo o en la pared. El problema es que si el técnico instalador no enfoca directamente el dispositivo hacia al área donde uno defeca, cuando se apaga la luz antes de tiempo, por mucho que agitemos nuestros brazos o nuestra cabeza para activar el sensor y que nos proporcione 15 segundos más de luz, todo será inútil, y habremos de levantarnos a oscuras y hacer el mono con toda clase de aspavientos hasta que el miserable sensor detecte que sí; que hay alguien ahí. En concreto alguien cagando y con la caca pegada al culo literalmente, y disculpen la rudeza de mis palabras.
Otra modalidad que se generalizó durante el cambio de siglo, probablemente por la psicosis del fin del mundo, fueron esos botones de color naranja que se pulsan y nunca se sabe cuánta venia nos van a conceder. Como son instalaciones modernas efectuadas sobre cableados antiguos, sucede con frecuencia que solo hay uno de estos pulsadores, en el cuartito donde está el lavabo, y si entramos al WC propiamente dicho, tenemos que rezar para que el temporizador dure lo suficiente sin tener que volver a salir. La alternativa es tantear indefensos y semidesnudos hasta dar con el condenado botón naranja del cuarto contiguo, rezar para que no entre nadie en ese crítico instante, y activarlo con el dedo pegajoso antes de regresar prestos a nuestro agujero y poder por fin, tirar de la cadena. Aunque no haya cadena.
Quiero pensar que en Bruselas están estudiando una normativa comunitaria para homologar las micciones y deyecciones de los eurodiputados, y aplicar las estadísticas obtenidas al resto de los ciudadanos del espacio Schengen (de los urinarios turcos hablaremos en otro artículo).
Por supuesto, en un WC también se pueden vivir magníficas experiencias sexuales, que también se ven tristemente interrumpidas por los caprichos de esta tecnología emergente. En el lado positivo, no vemos el rostro de nuestra momentánea pareja y podemos pensar que nos estamos tirando a cualquier icono pop sin necesidad de cerrar los ojos. En el lado negativo, la luz tarde o temprano se activa por el movimiento de nuestros cuerpos, y comprobamos entonces lo bajo que hemos caído.
Pueden llamarme anticuado, pero personalmente prefiero los interruptores. Uno sabe cuándo lo apaga y cuándo lo enciende, y no depende de los criterios aleatorios de instaladores, compañías eléctricas, propietarios, contables, diseñadores modernuquis, aseguradoras, hipsters visionarios y otros listillos que en vez de hacernos la vida más fácil, lo que consiguen es amargarnos esos momentos de intimidad en los que somos tan vulnerables.
Como dice un viejo y sabio proverbio chino: «Si algo funciona, no lo arregles».

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