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16 de febrero 2015    /   IDEAS
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¿Trabajamos demasiado?

16 de febrero 2015    /   IDEAS     por          
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Las oficinas estaban en un piso alto en el número 213 de Wall Street. Las ventanas rompían una alta pared de ladrillo ennegrecida por los años y por la sombra. Bartleby llegó una mañana opaca. Entonces, era el nuevo. Después, fue el más extraño amanuense de todos los copistas judiciales que pasaron por aquel lugar.
Trabajaba sin pausa. Empezaba la era del trabajo como lo más importante de todo. Bartleby dejaba ver lo que llegaría después. El escribano aún tenía jefe. Hoy ya no hay tantos y es más común el autoempleo. Pero la explotación no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de manos. Antes te explotaba un patrón y ahora te explotas tú mismo.
El filósofo Byung-Chul Han lo llama ‘autoexplotación’ y esta modalidad esconde un peligro. Muchos individuos que trabajan por su cuenta creen que son libres porque han dejado de tener jefes y no pertenecen a ninguna corporación. Pero no es así. Esa libertad está empañada por el cansancio. Un cansancio infinito que, según el pensador, los convierte en las «figuras originarias de la sociedad del cansancio».
El autor define así esta época en la que nos sentimos más libres que nunca: La sociedad del cansancio. Y así ha titulado también el libro, publicado por la editorial Herder, donde desarrolla esta teoría del espejismo de libertad.
El mundo, no hace tanto, se elevaba sobre hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas. Michel Foucault lo llamó la ‘sociedad disciplinaria’. Pero aquello acabó. En su lugar llegaron gimnasios, torres de oficinas, bancos, centros comerciales, laboratorios genéticos, ascensores-tumba y aviones. Era el comienzo de una nueva sociedad basada en el rendimiento.
Los habitantes dejaron de ser ‘sujetos obedientes’ y se convirtieron en ‘emprendedores de sí mismos’. La sociedad del ‘no-poder’, basada en la negatividad, se transformó en la sociedad del ‘poder’, construida sobre lo positivo, según Byung-Chul Han. De ahí surgió el lema ‘Yes, we can’. O, en su versión española, el nombre Podemos.
Pero este paso de lo negativo a lo positivo no implica transitar de lo malo a lo bueno. «Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas», escribe el filósofo de origen coreano. «Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria la rige el ‘no’ y su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados».
El autor lo explica también poniendo en su boca palabras de médico. Dice que venimos de una época bacterial que acabó cuando descubrieron los antibióticos. De ahí pasamos a la época neuronal en el siglo XXI. El panorama patológico, hoy, está definido por «las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO)».

Lo que enferma», dice el filósofo, «no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento


Ese día el empleador de Bartleby quería preguntarle por qué, a menudo, con su impecable educación, contestaba: «Preferiría no hacerlo». Esa respuesta disparaba su ira contra la pared. Pero pronto entendió que el escribano no intentaba provocarle. «Lo que vi esa mañana me convenció de que el amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar una limosna a su cuerpo, pero su cuerpo no le dolía. Tenía el alma enferma y yo no podía llegar a su alma».
En estos tiempos, lo que enferma, dice el filósofo, «no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna».
El superhombre soberano del que hablaba Nietzsche se ha convertido en «el último hombre que tan solo trabaja». Ese individuo que se explota a sí mismo voluntariamente y que, según Byung-Chul Han, es a la vez «verdugo y víctima». «El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, solo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad, más bien hace que libertad y la coacción coincidan». Y eso acaba siendo la «autoexplotación».
Esta modalidad podría ser la forma más refinada de explotación humana. El individuo que se siente explotado por otro puede pensar un día en romper la soga y salir corriendo, pero el que se siente libre no tiene adónde huir. «El explotador es al mismo tiempo el explotado. (…) Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica que (…) se convierte en violencia». Y ahí es donde acaban brotando la depresión y las enfermedades psicológicas de un humano que se ha transformado en ‘animal laborans’.
Esta nueva forma de esclavitud es más eficiente. El individuo que se siente con poder (sujeto de rendimiento) es más rápido y productivo que el sumiso (sujeto de obediencia). Pero, también, a menudo, cae en la desesperación…

El multitasking no es una habilidad del humano tardomoderno. Es típico de los animales salvajes


«El preciso momento en que Turkey, con roja y radiante faz, emitía sus más vívidos rayos, indicaba el principio del periodo durante el cual su capacidad de trabajo quedaba seriamente afectada para el resto del día», contaba el jefe de los amanuenses. «No digo que se volviera absolutamente haragán u hostil al trabajo. Por el contrario, se volvía demasiado enérgico. Había entonces en él una exacerbada, frenética, temeraria y disparata actividad. Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él después de las doce del día. En las tardes no solo propendía a echar manchas. A veces iba más lejos y se ponía barullento. En tales ocasiones su rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de piedra en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable, desparramaba la arena, cortaba las plumas, las rajaba impaciente y las tiraba al suelo en súbitos arranques de ira. Se paraba, se echaba sobre la mesa, desperramando sus papeles de la manera más indecorosa. Triste espectáculo en un hombre ya entrado en años».
Dice Byung-Chul Han que estos días de ‘exceso de positividad’ traen consigo demasiados estímulos, demasiados impulsos, demasiada información. No hay tiempo para todo y entonces pensamos que haciendo varias cosas a la vez somos más dioses. Pero la conclusión es falsa. Entregarse a varias actividades en un mismo instante es primitivo. No fue así como evolucionó la humanidad.
«El multitasking no es una habilidad para la que esté capacitado únicamente el ser humano tardomoderno de la sociedad del trabajo y la información. Se trata más bien de una regresión», escribe el profesor de filosofía. «La multitarea está ampliamente extendida entre los animales salvajes. Es una técnica de atención imprescindible para la supervivencia en la selva. Un animal ocupado en alimentarse ha de dedicarse, a la vez, a otras tareas. Por ejemplo, ha de mantener a sus enemigos lejos del botín. Debe tener cuidado constantemente de no ser devorado a su vez mientras se alimenta. Al mismo tiempo, tiene que vigilar su descendencia y no perder de vista a sus parejas sexuales. El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades».
Podría ser entonces que, en el uso de la atención, no vayamos hacia delante, sino hacia atrás. Pensábamos que nos acercábamos al futuro mientras estamos siendo absorbidos por el pasado remoto. «Los recientes desarrollos sociales y el cambio de estructura de la atención provocan que la sociedad humana se acerque cada vez más al salvajismo. Y mientras tanto, el acoso laboral, por ejemplo, alcanza dimensiones pandémicas», escribe el pensador de origen coreano. «Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Esta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención».

El amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo


El aburrimiento se ha hecho más impaciente. Ha reducido el tiempo de atención a un suspiro y ya no aguanta aquel tiempo de tedio que es básico para que afloren los pensamientos más creativos. Ese aburrimiento intenso al que Walter Benjamin llamaba «el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia».
«La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente», escribe el académico. «Benjamin lamenta que estos nidos del tiempo y el sosiego del pájaro de sueño desaparezcan progresivamente. Ya no se teje ni se hila». Al soñar, creía Benjamin, ya no nos envolvemos en ese «paño cálido y gris formado por dentro con la seda más ardiente y coloreada».
Esa rapidez está acabando con la contemplación. Con eso que ocurría a Paul Cézanne cuando decía que podía observar el olor de las cosas. Con esa falta de sosiego que, según escribió Nietzsche en Humano, demasiado humano, hacía desembocar a la civilización en una nueva barbarie.
Esa civilización está hoy dominada por el ‘animal laborans’, un individuo que, según Byung-Chul Han, «está dotado de tanto ego que está por explotar y es cualquier cosa menos pasivo». Es «hiperactivo e hiperneurótico».
Y el filósofo se pregunta por qué. «Por qué durante la modernidad tardía todas las actividades humanas se han reducido al nivel del trabajo». «Por qué hemos alcanzado un nivel de agitación tan nerviosa». El profesor de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín intuye que esto tiene mucho que ver con la muerte de las creencias. No hay dios ni más allá ni certeza por la que valga la pena apostar el pelo de una ceja. Y esto hace que «la vida humana se convierta en algo totalmente efímero» y el individuo se sienta absolutamente «aislado». Entonces llega «la hiperactividad, la histeria del trabajo y la producción». Es la sociedad del trabajo y rendimiento y, ahí, la libertad se cuela por la alcantarilla. Hasta «el amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo».

Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos


El empleador de amanuenses descubrió un día que Bartleby pasaba los domingos en la oficina. Wall Street, el día del Señor, estaba desierto, desalmado. ¿Por qué encerraría su única jornada de descanso a la semana en la misma torre de ladrillos donde pasaba el resto de sus días?
«Mi espíritu no estaba tranquilo, y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía. Miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo, pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada. En el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo. En una silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa. En un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí. Entonces me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande, pero su soledad ¡qué terrible!».
Dice Byung-Chul Han que la historia de Bartleby, el escribiente es la historia del agotamiento. De esa fatiga «a solas, que aísla y divide». Ese cansancio que es «violencia porque destruye toda comunidad y toda cercanía». Del que trabaja sin parar porque piensa que ahora es libre y tiene que construirse su lugar en el mundo. Del que ya no cree en la redención del cielo, sino en la del suelo. O, dicho con suavidad, en palabras de un eterno optimista, Javi Creus: «Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos».


El empleador de amanuenses descubrió un día que Bartleby pasaba los domingos en la oficina. Wall Street, el día del Señor, estaba desierto, desalmado. ¿Por qué encerraría su única jornada de descanso a la semana en la misma torre de ladrillos donde pasaba el resto de sus días?
«Mi espíritu no estaba tranquilo, y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía. Miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo, pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada. En el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo. En una silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa. En un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí. Entonces me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande, pero su soledad ¡qué terrible!».
Dice Byung-Chul Han que la historia de Bartleby, el escribiente es la historia del agotamiento. De esa fatiga «a solas, que aísla y divide». Ese cansancio que es «violencia porque destruye toda comunidad y toda cercanía». Del que trabaja sin parar porque piensa que ahora es libre y tiene que construirse su lugar en el mundo. Del que ya no cree en la redención del cielo, sino en la del suelo. O, dicho con suavidad, en palabras de un eterno optimista, Javi Creus: «Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos».

Las oficinas estaban en un piso alto en el número 213 de Wall Street. Las ventanas rompían una alta pared de ladrillo ennegrecida por los años y por la sombra. Bartleby llegó una mañana opaca. Entonces, era el nuevo. Después, fue el más extraño amanuense de todos los copistas judiciales que pasaron por aquel lugar.
Trabajaba sin pausa. Empezaba la era del trabajo como lo más importante de todo. Bartleby dejaba ver lo que llegaría después. El escribano aún tenía jefe. Hoy ya no hay tantos y es más común el autoempleo. Pero la explotación no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de manos. Antes te explotaba un patrón y ahora te explotas tú mismo.
El filósofo Byung-Chul Han lo llama ‘autoexplotación’ y esta modalidad esconde un peligro. Muchos individuos que trabajan por su cuenta creen que son libres porque han dejado de tener jefes y no pertenecen a ninguna corporación. Pero no es así. Esa libertad está empañada por el cansancio. Un cansancio infinito que, según el pensador, los convierte en las «figuras originarias de la sociedad del cansancio».
El autor define así esta época en la que nos sentimos más libres que nunca: La sociedad del cansancio. Y así ha titulado también el libro, publicado por la editorial Herder, donde desarrolla esta teoría del espejismo de libertad.
El mundo, no hace tanto, se elevaba sobre hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas. Michel Foucault lo llamó la ‘sociedad disciplinaria’. Pero aquello acabó. En su lugar llegaron gimnasios, torres de oficinas, bancos, centros comerciales, laboratorios genéticos, ascensores-tumba y aviones. Era el comienzo de una nueva sociedad basada en el rendimiento.
Los habitantes dejaron de ser ‘sujetos obedientes’ y se convirtieron en ‘emprendedores de sí mismos’. La sociedad del ‘no-poder’, basada en la negatividad, se transformó en la sociedad del ‘poder’, construida sobre lo positivo, según Byung-Chul Han. De ahí surgió el lema ‘Yes, we can’. O, en su versión española, el nombre Podemos.
Pero este paso de lo negativo a lo positivo no implica transitar de lo malo a lo bueno. «Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas», escribe el filósofo de origen coreano. «Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria la rige el ‘no’ y su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados».
El autor lo explica también poniendo en su boca palabras de médico. Dice que venimos de una época bacterial que acabó cuando descubrieron los antibióticos. De ahí pasamos a la época neuronal en el siglo XXI. El panorama patológico, hoy, está definido por «las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO)».

Lo que enferma», dice el filósofo, «no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento


Ese día el empleador de Bartleby quería preguntarle por qué, a menudo, con su impecable educación, contestaba: «Preferiría no hacerlo». Esa respuesta disparaba su ira contra la pared. Pero pronto entendió que el escribano no intentaba provocarle. «Lo que vi esa mañana me convenció de que el amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar una limosna a su cuerpo, pero su cuerpo no le dolía. Tenía el alma enferma y yo no podía llegar a su alma».
En estos tiempos, lo que enferma, dice el filósofo, «no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna».
El superhombre soberano del que hablaba Nietzsche se ha convertido en «el último hombre que tan solo trabaja». Ese individuo que se explota a sí mismo voluntariamente y que, según Byung-Chul Han, es a la vez «verdugo y víctima». «El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, solo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad, más bien hace que libertad y la coacción coincidan». Y eso acaba siendo la «autoexplotación».
Esta modalidad podría ser la forma más refinada de explotación humana. El individuo que se siente explotado por otro puede pensar un día en romper la soga y salir corriendo, pero el que se siente libre no tiene adónde huir. «El explotador es al mismo tiempo el explotado. (…) Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica que (…) se convierte en violencia». Y ahí es donde acaban brotando la depresión y las enfermedades psicológicas de un humano que se ha transformado en ‘animal laborans’.
Esta nueva forma de esclavitud es más eficiente. El individuo que se siente con poder (sujeto de rendimiento) es más rápido y productivo que el sumiso (sujeto de obediencia). Pero, también, a menudo, cae en la desesperación…

El multitasking no es una habilidad del humano tardomoderno. Es típico de los animales salvajes


«El preciso momento en que Turkey, con roja y radiante faz, emitía sus más vívidos rayos, indicaba el principio del periodo durante el cual su capacidad de trabajo quedaba seriamente afectada para el resto del día», contaba el jefe de los amanuenses. «No digo que se volviera absolutamente haragán u hostil al trabajo. Por el contrario, se volvía demasiado enérgico. Había entonces en él una exacerbada, frenética, temeraria y disparata actividad. Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él después de las doce del día. En las tardes no solo propendía a echar manchas. A veces iba más lejos y se ponía barullento. En tales ocasiones su rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de piedra en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable, desparramaba la arena, cortaba las plumas, las rajaba impaciente y las tiraba al suelo en súbitos arranques de ira. Se paraba, se echaba sobre la mesa, desperramando sus papeles de la manera más indecorosa. Triste espectáculo en un hombre ya entrado en años».
Dice Byung-Chul Han que estos días de ‘exceso de positividad’ traen consigo demasiados estímulos, demasiados impulsos, demasiada información. No hay tiempo para todo y entonces pensamos que haciendo varias cosas a la vez somos más dioses. Pero la conclusión es falsa. Entregarse a varias actividades en un mismo instante es primitivo. No fue así como evolucionó la humanidad.
«El multitasking no es una habilidad para la que esté capacitado únicamente el ser humano tardomoderno de la sociedad del trabajo y la información. Se trata más bien de una regresión», escribe el profesor de filosofía. «La multitarea está ampliamente extendida entre los animales salvajes. Es una técnica de atención imprescindible para la supervivencia en la selva. Un animal ocupado en alimentarse ha de dedicarse, a la vez, a otras tareas. Por ejemplo, ha de mantener a sus enemigos lejos del botín. Debe tener cuidado constantemente de no ser devorado a su vez mientras se alimenta. Al mismo tiempo, tiene que vigilar su descendencia y no perder de vista a sus parejas sexuales. El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades».
Podría ser entonces que, en el uso de la atención, no vayamos hacia delante, sino hacia atrás. Pensábamos que nos acercábamos al futuro mientras estamos siendo absorbidos por el pasado remoto. «Los recientes desarrollos sociales y el cambio de estructura de la atención provocan que la sociedad humana se acerque cada vez más al salvajismo. Y mientras tanto, el acoso laboral, por ejemplo, alcanza dimensiones pandémicas», escribe el pensador de origen coreano. «Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Esta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención».

El amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo


El aburrimiento se ha hecho más impaciente. Ha reducido el tiempo de atención a un suspiro y ya no aguanta aquel tiempo de tedio que es básico para que afloren los pensamientos más creativos. Ese aburrimiento intenso al que Walter Benjamin llamaba «el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia».
«La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente», escribe el académico. «Benjamin lamenta que estos nidos del tiempo y el sosiego del pájaro de sueño desaparezcan progresivamente. Ya no se teje ni se hila». Al soñar, creía Benjamin, ya no nos envolvemos en ese «paño cálido y gris formado por dentro con la seda más ardiente y coloreada».
Esa rapidez está acabando con la contemplación. Con eso que ocurría a Paul Cézanne cuando decía que podía observar el olor de las cosas. Con esa falta de sosiego que, según escribió Nietzsche en Humano, demasiado humano, hacía desembocar a la civilización en una nueva barbarie.
Esa civilización está hoy dominada por el ‘animal laborans’, un individuo que, según Byung-Chul Han, «está dotado de tanto ego que está por explotar y es cualquier cosa menos pasivo». Es «hiperactivo e hiperneurótico».
Y el filósofo se pregunta por qué. «Por qué durante la modernidad tardía todas las actividades humanas se han reducido al nivel del trabajo». «Por qué hemos alcanzado un nivel de agitación tan nerviosa». El profesor de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín intuye que esto tiene mucho que ver con la muerte de las creencias. No hay dios ni más allá ni certeza por la que valga la pena apostar el pelo de una ceja. Y esto hace que «la vida humana se convierta en algo totalmente efímero» y el individuo se sienta absolutamente «aislado». Entonces llega «la hiperactividad, la histeria del trabajo y la producción». Es la sociedad del trabajo y rendimiento y, ahí, la libertad se cuela por la alcantarilla. Hasta «el amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo».

Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos


El empleador de amanuenses descubrió un día que Bartleby pasaba los domingos en la oficina. Wall Street, el día del Señor, estaba desierto, desalmado. ¿Por qué encerraría su única jornada de descanso a la semana en la misma torre de ladrillos donde pasaba el resto de sus días?
«Mi espíritu no estaba tranquilo, y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía. Miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo, pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada. En el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo. En una silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa. En un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí. Entonces me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande, pero su soledad ¡qué terrible!».
Dice Byung-Chul Han que la historia de Bartleby, el escribiente es la historia del agotamiento. De esa fatiga «a solas, que aísla y divide». Ese cansancio que es «violencia porque destruye toda comunidad y toda cercanía». Del que trabaja sin parar porque piensa que ahora es libre y tiene que construirse su lugar en el mundo. Del que ya no cree en la redención del cielo, sino en la del suelo. O, dicho con suavidad, en palabras de un eterno optimista, Javi Creus: «Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos».


El empleador de amanuenses descubrió un día que Bartleby pasaba los domingos en la oficina. Wall Street, el día del Señor, estaba desierto, desalmado. ¿Por qué encerraría su única jornada de descanso a la semana en la misma torre de ladrillos donde pasaba el resto de sus días?
«Mi espíritu no estaba tranquilo, y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía. Miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo, pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada. En el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo. En una silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa. En un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí. Entonces me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande, pero su soledad ¡qué terrible!».
Dice Byung-Chul Han que la historia de Bartleby, el escribiente es la historia del agotamiento. De esa fatiga «a solas, que aísla y divide». Ese cansancio que es «violencia porque destruye toda comunidad y toda cercanía». Del que trabaja sin parar porque piensa que ahora es libre y tiene que construirse su lugar en el mundo. Del que ya no cree en la redención del cielo, sino en la del suelo. O, dicho con suavidad, en palabras de un eterno optimista, Javi Creus: «Estamos atrapados en la mejor versión de nosotros mismos».

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Opiniones 6
  • lo que cansa y quema es tener que trabajar y producir con un horario prefijado. si tú puedes organizar tu trabajo. Trabajar cuando te apetece y haciendo lo que te gusta y no te agobia se nota en el rendimiento. El problema es tener horarios tabulados y tener que hacer un tipo de trabajo que no te apetece en ese momento

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