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29 de abril 2019    /   IDEAS
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Del ‘no es no’ de los bites al ‘depende’ de los qubites

29 de abril 2019    /   IDEAS     por          
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El mundo digital se basa en una combinación de ceros y unos. Una dicotomía que en el mundo analógico parece haberse convertido en síes y noes.

Esta polarización lo ha contaminado todo. Sí o no a la Constitución, al independentismo, a la monarquía, al feminismo…

Sí o no, preguntan categóricamente los políticos ante cualquier tema con el fin de desechar el espacio de las dudas razonables, de las posturas equidistantes, de las hipótesis alternativas.

Hay que tomar partido, definir contrarios, avalar a los propios. Porque, si no, eres un melifluo, un cobarde, un traidor.

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El universo de ceros y unos en el que estamos inmersos nos ha llevado a una sociedad divida exclusivamente en amigos y enemigos. Todo ello alentado por los algoritmos de las redes sociales que favorecen la información que cada uno recibe en función del grado de afinidad con la misma.

Al final, y como consecuencia de todo ello, acabamos convencidos de que la razón nos pertenece en exclusiva. Y no porque la estemos contrastando permanentemente con pensamientos divergentes, sino todo lo contrario. Porque tan solo lo hacemos con los que solidifican nuestra postura.

Ahora llegan los ordenadores cuánticos. La diferencia fundamental con los bits digitales es que las alternativas son más complejas: los qubitis, como unidad básica de información, pueden ser cero, uno o ambos a la vez. Una variante aparentemente menor, pero que va a producir un salto tecnológico inimaginable.

Para hacernos una idea, IBM ya trabaja con un prototipo de 50 qubites. La cifra parece pequeña, pero lo cierto es que a partir de él, todo será tierra virgen, pues ningún ordenador digital ha llegado más lejos. O lo que es lo mismo, este prototipo inaugura una nueva era en el universo de la computación.

Pero al margen de las cuestiones tecnológicas, hay otra dimensión que acompañará de la mano al gran salto que está a punto de producirse: la revolución ideológica.

sociedad polarizada

Toda revolución tecnológica conlleva una revolución ideológica, ya que nos abre una serie de puertas para la comprensión del mundo y de las cosas hasta entonces inaccesible.

La tecnología cuántica introducirá en el lenguaje cotidiano conceptos como la ambigüedad, la complejidad, el entrelazamiento, el tiempo de coherencia, las relaciones simbióticas entre supercomputadores digitales y computadores cuánticos…

Un nuevo campo semántico que, inevitablemente, acabará repercutiendo en la evaluación que hagamos de nuestro propio comportamiento.

¿Y qué sucederá cuando todo eso llegue a la vida cotidiana? Pues situándonos en la hipótesis más optimista, que el absolutismo del sí o no, del no es no o del sí es sí propio del universo digital ya no tendrá el menor sentido. Porque la tecnología nos habrá llevado esta vez a una nueva dimensión mucho más relativista.

En el entrelazamiento cuántico, por ejemplo, el valor de un qubit no es absoluto, sino que dependerá del valor que tenga el otro qubit con el que interactúa. Y si esa comprensión del mundo a través del comportamiento cuántico se traspasa a las relaciones sociales, tal vez tengamos la posibilidad de crear un mundo más ambiguo, más complejo, más inabarcable. Pero también, con algo de suerte, más dialogante.

El mundo digital se basa en una combinación de ceros y unos. Una dicotomía que en el mundo analógico parece haberse convertido en síes y noes.

Esta polarización lo ha contaminado todo. Sí o no a la Constitución, al independentismo, a la monarquía, al feminismo…

Sí o no, preguntan categóricamente los políticos ante cualquier tema con el fin de desechar el espacio de las dudas razonables, de las posturas equidistantes, de las hipótesis alternativas.

Hay que tomar partido, definir contrarios, avalar a los propios. Porque, si no, eres un melifluo, un cobarde, un traidor.

El universo de ceros y unos en el que estamos inmersos nos ha llevado a una sociedad divida exclusivamente en amigos y enemigos. Todo ello alentado por los algoritmos de las redes sociales que favorecen la información que cada uno recibe en función del grado de afinidad con la misma.

Al final, y como consecuencia de todo ello, acabamos convencidos de que la razón nos pertenece en exclusiva. Y no porque la estemos contrastando permanentemente con pensamientos divergentes, sino todo lo contrario. Porque tan solo lo hacemos con los que solidifican nuestra postura.

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Para hacernos una idea, IBM ya trabaja con un prototipo de 50 qubites. La cifra parece pequeña, pero lo cierto es que a partir de él, todo será tierra virgen, pues ningún ordenador digital ha llegado más lejos. O lo que es lo mismo, este prototipo inaugura una nueva era en el universo de la computación.

Pero al margen de las cuestiones tecnológicas, hay otra dimensión que acompañará de la mano al gran salto que está a punto de producirse: la revolución ideológica.

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Toda revolución tecnológica conlleva una revolución ideológica, ya que nos abre una serie de puertas para la comprensión del mundo y de las cosas hasta entonces inaccesible.

La tecnología cuántica introducirá en el lenguaje cotidiano conceptos como la ambigüedad, la complejidad, el entrelazamiento, el tiempo de coherencia, las relaciones simbióticas entre supercomputadores digitales y computadores cuánticos…

Un nuevo campo semántico que, inevitablemente, acabará repercutiendo en la evaluación que hagamos de nuestro propio comportamiento.

¿Y qué sucederá cuando todo eso llegue a la vida cotidiana? Pues situándonos en la hipótesis más optimista, que el absolutismo del sí o no, del no es no o del sí es sí propio del universo digital ya no tendrá el menor sentido. Porque la tecnología nos habrá llevado esta vez a una nueva dimensión mucho más relativista.

En el entrelazamiento cuántico, por ejemplo, el valor de un qubit no es absoluto, sino que dependerá del valor que tenga el otro qubit con el que interactúa. Y si esa comprensión del mundo a través del comportamiento cuántico se traspasa a las relaciones sociales, tal vez tengamos la posibilidad de crear un mundo más ambiguo, más complejo, más inabarcable. Pero también, con algo de suerte, más dialogante.

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