30 de julio 2019    /   IDEAS
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¿De verdad somos tan previsibles?

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Las personas duramos lo que duramos, es decir, más bien poco. Y en ese período tan breve resulta difícil medir nuestro nivel de previsibilidad.

Otra cosa es la previsibilidad de las sociedades. Porque ahí la medida es diferente. Henry Lefebvre decía que «el tiempo de los hombres no coincide con el tiempo de la historia». Y es ese segundo tiempo, mucho más prolongado, el que nos permite observar con mayor detenimiento el margen de maniobra con el que los colectivos evolucionan.

Sabemos que a los individuos nos mueven las mismas pasiones desde que Homero decidió contarnos los motivos por los que en Troya se armó «la de Troya»: el deseo, el miedo, la ambición, el rencor, la competencia, el odio… La lista es larga; pero siempre es la misma lista.

En cambio, en las sociedades más complejas todas esas pasiones individuales se compensan entre sí generando comportamientos colectivos solidificados en estructuras culturales sorprendentemente parecidas.

En su reciente libro titulado Vida, la gran historia, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, apoyándose en las reflexiones del canadiense Ronald Wright, nos plantea un tema apasionante:

«Cuando Hernán Cortés desembarcó en México se encontró calzadas, canales, palacios, escuelas, tribunales, mercados, acequias, reyes, sacerdotes, templos, campesinos, artesanos, ejércitos, astrónomos, mercaderes, deportes, teatro, arte, música y libros…».

¿Cómo es posibles que dos sociedades, la europea y la americana, evolucionadas de forma totalmente aislada durante 15.000 años se parecieran tanto en lo esencial cuando se reencontraron de nuevo?

Cabe pensar que esas pasiones, que nos hacen tan imprevisibles como individuos, nos conviertan en cambio en colectivos absolutamente previsibles como sociedad.

La ambición personal produce reyes y palacios; el poder, tribunales y sacerdotes; el deseo de subsistencia, campesinos, artesanos y mercaderes; la competencia, ejércitos y deportes. Y todos ello, exaltado (con el fin de perseverarlo) en teatro, arte, música y libros.

Arsuaga nos explica en ese mismo libro que la historia avanza en una sola dirección: la del aumento de población y la complejidad social y tecnológica.

A estas alturas a nadie nos llama la atención que en un mundo globalizado estas dos dimensiones, la social y la tecnológica, viajen en la misma dirección (aunque no a la misma velocidad) en todos los rincones del mundo.

Pero ¿cómo pudo suceder lo mismo en aquellos otros mundos que vivieron de espaldas durante milenios?

Es como si las intangibles pasiones actuaran de ladrillos emocionales tan poderosos que terminan construyendo estructuras sólidas, similares y replicables. Que cuando nos maravillamos ante la grandiosidad de las pirámides egipcias de Giza o las aztecas de Teotihuacán, no nos demos cuenta de que fueron dichas pasiones las que las igualaron sin conocerse.

De ser así, y aceptando que aquellas pasiones se mantienen incólumes en nuestro interior, generación tras generación, deberíamos aceptar que vivimos en sociedades absolutamente previsibles. Tan previsibles que los autores con la imaginación suficiente como para describirlas han acertado en muchas ocasiones al vaticinar su futuro.

Esto no es una buena noticia. En particular si leemos a los autores que ahora nos cuentan cómo serán esas sociedades en los próximos años. Las distopías que leemos hoy coinciden en no ser optimistas. Y si resulta cierto que realmente somos culturalmente tan previsibles, el margen de maniobra que tenemos para evitar el desastre que ellos nos narran es poco menos que inexistente.

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Las personas duramos lo que duramos, es decir, más bien poco. Y en ese período tan breve resulta difícil medir nuestro nivel de previsibilidad.

Otra cosa es la previsibilidad de las sociedades. Porque ahí la medida es diferente. Henry Lefebvre decía que «el tiempo de los hombres no coincide con el tiempo de la historia». Y es ese segundo tiempo, mucho más prolongado, el que nos permite observar con mayor detenimiento el margen de maniobra con el que los colectivos evolucionan.

Sabemos que a los individuos nos mueven las mismas pasiones desde que Homero decidió contarnos los motivos por los que en Troya se armó «la de Troya»: el deseo, el miedo, la ambición, el rencor, la competencia, el odio… La lista es larga; pero siempre es la misma lista.

En cambio, en las sociedades más complejas todas esas pasiones individuales se compensan entre sí generando comportamientos colectivos solidificados en estructuras culturales sorprendentemente parecidas.

En su reciente libro titulado Vida, la gran historia, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, apoyándose en las reflexiones del canadiense Ronald Wright, nos plantea un tema apasionante:

«Cuando Hernán Cortés desembarcó en México se encontró calzadas, canales, palacios, escuelas, tribunales, mercados, acequias, reyes, sacerdotes, templos, campesinos, artesanos, ejércitos, astrónomos, mercaderes, deportes, teatro, arte, música y libros…».

¿Cómo es posibles que dos sociedades, la europea y la americana, evolucionadas de forma totalmente aislada durante 15.000 años se parecieran tanto en lo esencial cuando se reencontraron de nuevo?

Cabe pensar que esas pasiones, que nos hacen tan imprevisibles como individuos, nos conviertan en cambio en colectivos absolutamente previsibles como sociedad.

La ambición personal produce reyes y palacios; el poder, tribunales y sacerdotes; el deseo de subsistencia, campesinos, artesanos y mercaderes; la competencia, ejércitos y deportes. Y todos ello, exaltado (con el fin de perseverarlo) en teatro, arte, música y libros.

Arsuaga nos explica en ese mismo libro que la historia avanza en una sola dirección: la del aumento de población y la complejidad social y tecnológica.

A estas alturas a nadie nos llama la atención que en un mundo globalizado estas dos dimensiones, la social y la tecnológica, viajen en la misma dirección (aunque no a la misma velocidad) en todos los rincones del mundo.

Pero ¿cómo pudo suceder lo mismo en aquellos otros mundos que vivieron de espaldas durante milenios?

Es como si las intangibles pasiones actuaran de ladrillos emocionales tan poderosos que terminan construyendo estructuras sólidas, similares y replicables. Que cuando nos maravillamos ante la grandiosidad de las pirámides egipcias de Giza o las aztecas de Teotihuacán, no nos demos cuenta de que fueron dichas pasiones las que las igualaron sin conocerse.

De ser así, y aceptando que aquellas pasiones se mantienen incólumes en nuestro interior, generación tras generación, deberíamos aceptar que vivimos en sociedades absolutamente previsibles. Tan previsibles que los autores con la imaginación suficiente como para describirlas han acertado en muchas ocasiones al vaticinar su futuro.

Esto no es una buena noticia. En particular si leemos a los autores que ahora nos cuentan cómo serán esas sociedades en los próximos años. Las distopías que leemos hoy coinciden en no ser optimistas. Y si resulta cierto que realmente somos culturalmente tan previsibles, el margen de maniobra que tenemos para evitar el desastre que ellos nos narran es poco menos que inexistente.

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