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En este siglo XXI, la vida ya no se reduce a un solo mundo. Ahora contamos con dos, el mundo real y el mundo virtual, eso a lo que han bautizado como metaverso y a lo que parecemos abocados, nos guste o no.

Podría pensarse que son independientes uno de otro, pero no es así. Analizándolo en profundidad, lo que hacemos en el metaverso afecta al mundo real, y hay estudios que lo avalan.

Hasta ahora, los humanos no podíamos elegir si naceríamos rubios o morenos, blancos o negros, altos o bajos. La genética era algo que parecía pertenecer al ámbito del azar. Pero ha llegado el metaverso para darle la vuelta a todo, permitiéndonos elegir en él cómo será nuestro aspecto virtual. Es decir, podemos reducir ese azar y ampliar nuestra capacidad de mejorar las cosas.

La inercia nos lleva, de modo natural, a repetir aquello que consideramos bueno, pero también nos lleva al riesgo de caer una vez más en todos nuestros errores. La idea del metaverso consciente es evitar esto último en la medida de lo posible: puesto que tenemos la oportunidad de crear un mundo desde cero, intentemos hacerlo mejor. Pero la cabra tira al monte y se está comprobando que muchas conductas reprochables de la vida real (como el acoso) se están reproduciendo también en el metaverso.

Igualmente, las interacciones virtuales positivas también tienen efectos positivos en el mundo real. Un estudio del Virtual Human Interaction Lab de la Universidad de Stanford concluyó que los avatares que presentaban rasgos más atractivos mantuvieron también interacciones más agradables que aumentaron la confianza de los usuarios incluso después de abandonar el metaverso.

A ese cambio de comportamiento en función de la percepción de nuestra apariencia se le ha bautizado como efecto Proteo. En otras palabras: podemos sentirnos mejor y hacer sentir mejor a los demás sencillamente cambiando algunos valores fácilmente alterables del mundo virtual. En una suerte de ósmosis, podemos reducir la toxicidad del mundo mejorando las relaciones en el mundo virtual.

Y esa influencia del mundo virtual en el real afecta también al medioambiente. ¿Cómo? De todo ello nos habla Sergio Parra en este artículo de Igluu.

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En este siglo XXI, la vida ya no se reduce a un solo mundo. Ahora contamos con dos, el mundo real y el mundo virtual, eso a lo que han bautizado como metaverso y a lo que parecemos abocados, nos guste o no.

Podría pensarse que son independientes uno de otro, pero no es así. Analizándolo en profundidad, lo que hacemos en el metaverso afecta al mundo real, y hay estudios que lo avalan.

Hasta ahora, los humanos no podíamos elegir si naceríamos rubios o morenos, blancos o negros, altos o bajos. La genética era algo que parecía pertenecer al ámbito del azar. Pero ha llegado el metaverso para darle la vuelta a todo, permitiéndonos elegir en él cómo será nuestro aspecto virtual. Es decir, podemos reducir ese azar y ampliar nuestra capacidad de mejorar las cosas.

La inercia nos lleva, de modo natural, a repetir aquello que consideramos bueno, pero también nos lleva al riesgo de caer una vez más en todos nuestros errores. La idea del metaverso consciente es evitar esto último en la medida de lo posible: puesto que tenemos la oportunidad de crear un mundo desde cero, intentemos hacerlo mejor. Pero la cabra tira al monte y se está comprobando que muchas conductas reprochables de la vida real (como el acoso) se están reproduciendo también en el metaverso.

Igualmente, las interacciones virtuales positivas también tienen efectos positivos en el mundo real. Un estudio del Virtual Human Interaction Lab de la Universidad de Stanford concluyó que los avatares que presentaban rasgos más atractivos mantuvieron también interacciones más agradables que aumentaron la confianza de los usuarios incluso después de abandonar el metaverso.

A ese cambio de comportamiento en función de la percepción de nuestra apariencia se le ha bautizado como efecto Proteo. En otras palabras: podemos sentirnos mejor y hacer sentir mejor a los demás sencillamente cambiando algunos valores fácilmente alterables del mundo virtual. En una suerte de ósmosis, podemos reducir la toxicidad del mundo mejorando las relaciones en el mundo virtual.

Y esa influencia del mundo virtual en el real afecta también al medioambiente. ¿Cómo? De todo ello nos habla Sergio Parra en este artículo de Igluu.

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