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25 de julio 2019    /   BUSINESS
por
 Estudio Santa Rita

El sociólogo Nathan Jurgenson: «Compartir por redes un momento de tu viaje no agota su significado, al contrario»

Entrevista al asesor de Snapchat Nathan Jurguenson. Su nuevo libro 'La foto social' reúne sus reflexiones e hipótesis sobre los cambios que fotografía introduce en las vivencias humanas.

25 de julio 2019    /   BUSINESS     por          Estudio Santa Rita
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«La fotografía sirve para mucho más que documentar un viaje con el fin de mostrarlo al regresar; permite hacer que otros sean parte de tus viajes en tiempo real», habla el sociólogo Nathan Jurgenson, asesor de Snapchat y editor jefe la revista Real Life. Lleva años escribiendo desde la orilla de los que no ven una amenaza en el avance de nuevas plataformas y redes, sino, simplemente, una estación más en la evolución de la sociedad.

Acaba de publicar el libro The Social Photo: On Photography and Social Media, donde sintetiza una visión que desconfía de la división entre «lo real» y «lo virtual» como marco de partida para analizar el impacto de dispositivos y redes sociales.

El viaje es el más sagrado de los ritos contemporáneos. En consecuencia, también comprende uno de los lapsos en que se toman más fotos por hora. Cualquier instante, objeto o actividad son susceptibles de ser cazados, etiquetados, propagados.

Para Nathan Jurgenson, no constituye una novedad: «Viajar siempre ha sido importante para la fotografía y, desde su invención, la fotografía ha sido importante para viajar», relaciona. Solo la novedad o lo pintoresco eran «suficientemente interesantes como para merecer una foto».

Pero, sobre todo hoy, la relación causal puede invertirse: «A veces pienso que el acto de sacar la cámara ayuda a que ese momento sea especial. La imagen justifica el tiempo y la energía que se gasta en viajar y buscar ubicaciones fotogénicas», reflexiona.

Han cambiado el plano temporal y la intensidad, pero, desde un inicio, opina el experto, «la fotografía de viajes era especialmente social; se trataba de imágenes tomadas para compartir con otros».

Sin embargo, ¿esa variación (tiempo y frecuencia) no es lo suficientemente gigantesca como para haber ocasionado distorsiones en la forma de «estar presente» en el viaje?

El asesor de Snapchat considera «demasiado arrollador» que se atribuya a la fotografía la causa de que la experiencia de viaje (o cualquier experiencia) sea mejor o peor. Defiende que hay demasiados tipos de cámaras y plataformas, con distintos incentivos y formas de uso, como para sacar conclusiones tan drásticas.

Cree que la preocupación guarda relación, más bien, con la tensión, ya clásica, entre quienes buscan diferenciar la calidad intelectual de los viajeros y la de los turistas: «Supuestamente, los primeros prestan más atención y disfrutan de momentos auténticos, mientras que el turista sigue los patrones prescritos sin pensar y están más preocupados por impresionar a otros con sus vacaciones que con experimentar el lugar».

Percibe ciertos átomos de elitismo en estas divisiones. Critica que las personas que pueden tomarse tiempo y dinero para viajar más habitualmente, se dicen a sí mismos que están por encima de las evidencias fotográficas, mientras tanto, «quienes se hacen un selfi frente a un lugar icónico son menospreciados».

El analista no ve un intento de colocarse medallas en los selfis de viaje. «Muchos críticos no entienden lo que está pasando hoy con las cámaras y los teléfonos. Las cámaras se utilizan para hablar y expresar, para llevar experiencias a tus amigos, no solo para recoger trofeos de experiencias. Compartir un momento no lo agota de significado. ¡Todo lo contrario!», reivindica.

Antes de posar la zapatilla en una ciudad, el viajero ya ha mirado cientos de fotos y vídeos de los paisajes o enclaves más emblemáticos, ha leído decenas de experiencias en foros, incluso puede haber caminado a pie de calle en Google Street View. ¿Queda hueco para la capacidad de asombro? ¿Viajar es descubrir o es, simplemente, confirmar?

En este punto, el sociólogo Nathan Jurgenson confía en la capacidad de la tecnología para defraudar. Recuerda que la primera vez que vio el Gran Cañón del Colorado acarreaba años de imágenes vistas y, aun así, sintió un bofetón. Su cerebro estaba tan habituado a las imágenes bidimensionales que le costó incorporar una tercera dimensión. «Me gusta pensar que una fotografía nunca pueda acercarse a la realidad, y me decepciona la frecuencia con que se acercan», medita.

Los centenares de imágenes de cada lugar del mundo que circulan en la red hacen el trabajo sucio, se encargan de dejar documentados los paisajes básicos, incluso las distancias y la visión de conjunto de las ciudades a través de planos aéreos. Así, tercia Jurgenson, las manos quedan libres para dedicarse a fotografiar y expresar una visión más personal, basada en el estado de ánimo y las impresiones propias.

LA COMIDA, ESE EMOJI QUE HUELE BIEN

Los platos, las recetas autóctonas son un aspecto nuclear de la experiencia viajera. Hoy, la degustación es parte de la ruta iniciática que uno emprende en suelos extranjeros. Comer sirve, igualmente, como herramienta para sustituir el viaje mientras no se viaja, para catapultarse desde la propia ciudad visitando establecimientos de diferentes gastronomías del mundo.

Al fotografiar un café con leche, interpreta Nathan Jurgenson, puede haber una intención estética, pero muchas veces la imagen se trata «como un emoji, como un símbolo para decir algo». La comida sirve de vehículo y escenario para fundar amistades o profundizar en ellas. «Se puede usar simbólicamente para hablar», argumenta, «no es de extrañar que haya tantas fotos sociales de comida, del mismo modo que muchos de los emojis son también comestibles».

En todos estos debates sobre la fotografía y las redes, el autor de The Social Photo percibe un intento de crear una dicotomía, de establecer si las redes son buenas o son malas.

Comprende que se escruten con preocupación las plataformas, los modelos de negocio, la propiedad de los datos del usuario, pero le apena otro punto: el cuestionamiento centrado en las personas, que se tilde de narcisistas a quienes se hacen fotos o se diga que sus experiencias son irreales. Lamenta que se dedique tanto tiempo a esto y tan poco a comprender y apreciar cómo la sociabilidad se está desarrollando visualmente.

«La fotografía sirve para mucho más que documentar un viaje con el fin de mostrarlo al regresar; permite hacer que otros sean parte de tus viajes en tiempo real», habla el sociólogo Nathan Jurgenson, asesor de Snapchat y editor jefe la revista Real Life. Lleva años escribiendo desde la orilla de los que no ven una amenaza en el avance de nuevas plataformas y redes, sino, simplemente, una estación más en la evolución de la sociedad.

Acaba de publicar el libro The Social Photo: On Photography and Social Media, donde sintetiza una visión que desconfía de la división entre «lo real» y «lo virtual» como marco de partida para analizar el impacto de dispositivos y redes sociales.

El viaje es el más sagrado de los ritos contemporáneos. En consecuencia, también comprende uno de los lapsos en que se toman más fotos por hora. Cualquier instante, objeto o actividad son susceptibles de ser cazados, etiquetados, propagados.

Para Nathan Jurgenson, no constituye una novedad: «Viajar siempre ha sido importante para la fotografía y, desde su invención, la fotografía ha sido importante para viajar», relaciona. Solo la novedad o lo pintoresco eran «suficientemente interesantes como para merecer una foto».

Pero, sobre todo hoy, la relación causal puede invertirse: «A veces pienso que el acto de sacar la cámara ayuda a que ese momento sea especial. La imagen justifica el tiempo y la energía que se gasta en viajar y buscar ubicaciones fotogénicas», reflexiona.

Han cambiado el plano temporal y la intensidad, pero, desde un inicio, opina el experto, «la fotografía de viajes era especialmente social; se trataba de imágenes tomadas para compartir con otros».

Sin embargo, ¿esa variación (tiempo y frecuencia) no es lo suficientemente gigantesca como para haber ocasionado distorsiones en la forma de «estar presente» en el viaje?

El asesor de Snapchat considera «demasiado arrollador» que se atribuya a la fotografía la causa de que la experiencia de viaje (o cualquier experiencia) sea mejor o peor. Defiende que hay demasiados tipos de cámaras y plataformas, con distintos incentivos y formas de uso, como para sacar conclusiones tan drásticas.

Cree que la preocupación guarda relación, más bien, con la tensión, ya clásica, entre quienes buscan diferenciar la calidad intelectual de los viajeros y la de los turistas: «Supuestamente, los primeros prestan más atención y disfrutan de momentos auténticos, mientras que el turista sigue los patrones prescritos sin pensar y están más preocupados por impresionar a otros con sus vacaciones que con experimentar el lugar».

Percibe ciertos átomos de elitismo en estas divisiones. Critica que las personas que pueden tomarse tiempo y dinero para viajar más habitualmente, se dicen a sí mismos que están por encima de las evidencias fotográficas, mientras tanto, «quienes se hacen un selfi frente a un lugar icónico son menospreciados».

El analista no ve un intento de colocarse medallas en los selfis de viaje. «Muchos críticos no entienden lo que está pasando hoy con las cámaras y los teléfonos. Las cámaras se utilizan para hablar y expresar, para llevar experiencias a tus amigos, no solo para recoger trofeos de experiencias. Compartir un momento no lo agota de significado. ¡Todo lo contrario!», reivindica.

Antes de posar la zapatilla en una ciudad, el viajero ya ha mirado cientos de fotos y vídeos de los paisajes o enclaves más emblemáticos, ha leído decenas de experiencias en foros, incluso puede haber caminado a pie de calle en Google Street View. ¿Queda hueco para la capacidad de asombro? ¿Viajar es descubrir o es, simplemente, confirmar?

En este punto, el sociólogo Nathan Jurgenson confía en la capacidad de la tecnología para defraudar. Recuerda que la primera vez que vio el Gran Cañón del Colorado acarreaba años de imágenes vistas y, aun así, sintió un bofetón. Su cerebro estaba tan habituado a las imágenes bidimensionales que le costó incorporar una tercera dimensión. «Me gusta pensar que una fotografía nunca pueda acercarse a la realidad, y me decepciona la frecuencia con que se acercan», medita.

Los centenares de imágenes de cada lugar del mundo que circulan en la red hacen el trabajo sucio, se encargan de dejar documentados los paisajes básicos, incluso las distancias y la visión de conjunto de las ciudades a través de planos aéreos. Así, tercia Jurgenson, las manos quedan libres para dedicarse a fotografiar y expresar una visión más personal, basada en el estado de ánimo y las impresiones propias.

LA COMIDA, ESE EMOJI QUE HUELE BIEN

Los platos, las recetas autóctonas son un aspecto nuclear de la experiencia viajera. Hoy, la degustación es parte de la ruta iniciática que uno emprende en suelos extranjeros. Comer sirve, igualmente, como herramienta para sustituir el viaje mientras no se viaja, para catapultarse desde la propia ciudad visitando establecimientos de diferentes gastronomías del mundo.

Al fotografiar un café con leche, interpreta Nathan Jurgenson, puede haber una intención estética, pero muchas veces la imagen se trata «como un emoji, como un símbolo para decir algo». La comida sirve de vehículo y escenario para fundar amistades o profundizar en ellas. «Se puede usar simbólicamente para hablar», argumenta, «no es de extrañar que haya tantas fotos sociales de comida, del mismo modo que muchos de los emojis son también comestibles».

En todos estos debates sobre la fotografía y las redes, el autor de The Social Photo percibe un intento de crear una dicotomía, de establecer si las redes son buenas o son malas.

Comprende que se escruten con preocupación las plataformas, los modelos de negocio, la propiedad de los datos del usuario, pero le apena otro punto: el cuestionamiento centrado en las personas, que se tilde de narcisistas a quienes se hacen fotos o se diga que sus experiencias son irreales. Lamenta que se dedique tanto tiempo a esto y tan poco a comprender y apreciar cómo la sociabilidad se está desarrollando visualmente.

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