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10 de enero 2019    /   DIGITAL
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El pasado te miente, el futuro te engaña; solo te queda el presente

10 de enero 2019    /   DIGITAL     por          
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El presente vive entre dos falacias: un pasado que le miente y un futuro que le engaña. Los políticos lo saben y por eso prefieren hablar siempre de cómo fueron o de cómo serán las cosas, evitando siempre la incómoda lucidez del presente.

No es de extrañar, por tanto, que, para defenderse de tales tergiversaciones, cada vez más gente se sumerja en el presente como la única realidad tangible. Modas como el mindfulness dan cuenta de ello.

Pero esta práctica, hoy tan en boga, viene de antiguo. Ya en el siglo V, San Agustín se lamentaba de la «práctica de engaños» que surgía a partir de esa fragmentación del tiempo entre pasado, presente y futuro. Él defendía que tan solo existe el presente, distribuido, eso sí, en tres variantes que él detallaba de esta forma: «El presente de lo pasado es la memoria, el presente de lo presente es la atención y el presente de lo futuro es la expectación».

Diez siglos más tarde, fray Luis de León reivindicó, con mayor pasión todavía, las ventajas de la meditación en su doble vertiente, como forma de aislamiento exterior:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
;

Y como forma de aislamiento interior:

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Hoy en día la meditación está más acaparada por otras escuelas y otras religiones, pero su cosmología y sentido siguen siendo los mismos.

El pasado nos miente para acomodarnos al presente. Si no fuera así, este tal vez sería insoportable. Con el paso de los años, los errores se acumulan de tal manera que nuestra memoria necesita reescribirlos. Eso si no los olvida por completo, que es otra forma de reescribir mucho más tajante.

Incluso en lo que respecta al pasado más grato, los recuerdos también se adaptan. Por eso la añoranza tampoco es de fiar, porque puede trasladar sus afectos de un lugar a otro. Roland Barthes habló de su añoranza hacia un tranvía de su pueblo cuando era joven y confesó, de inmediato, que ya no estaba seguro de si lo que añoraba era un tranvía o una edad.

El futuro, en cambio, se sirve de nuestras esperanzas para atraernos hacia él; juega sucio, porque de sobra sabe que la mayoría de ellas no se cumplirán jamás. Y, encima, no le importa valerse del inmenso poder que le otorga el carecer de memoria. Stephen Hawking, en su famoso libro Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros, se preguntaba por qué podemos recordar el pasado y no podemos recordar el futuro.

La respuesta pudiera ser que en realidad no podemos recordar ninguno de los dos. Tan solo el presente es fiel. El dolor que sentimos al quemarnos con un cigarro no es el mismo que el que sentiremos en cuanto dicho dolor se traslade a nuestra memoria. Y tampoco el que imaginamos ante la posibilidad de que eso nos pueda suceder mañana.

Esa, tal vez, sea la razón por la que la meditación, que se asienta en el presente, goza de tan larga vida. Desde San Agustín hasta Paramahansa Yogananda, el gurú favorito de Steve Jobs. Y resulta más que probable que su práctica continúe creciendo en el futuro. Pero eso solo lo sabremos cuando ese futuro, con el paso del tiempo, se convierta en presente.

El presente vive entre dos falacias: un pasado que le miente y un futuro que le engaña. Los políticos lo saben y por eso prefieren hablar siempre de cómo fueron o de cómo serán las cosas, evitando siempre la incómoda lucidez del presente.

No es de extrañar, por tanto, que, para defenderse de tales tergiversaciones, cada vez más gente se sumerja en el presente como la única realidad tangible. Modas como el mindfulness dan cuenta de ello.

Pero esta práctica, hoy tan en boga, viene de antiguo. Ya en el siglo V, San Agustín se lamentaba de la «práctica de engaños» que surgía a partir de esa fragmentación del tiempo entre pasado, presente y futuro. Él defendía que tan solo existe el presente, distribuido, eso sí, en tres variantes que él detallaba de esta forma: «El presente de lo pasado es la memoria, el presente de lo presente es la atención y el presente de lo futuro es la expectación».

Diez siglos más tarde, fray Luis de León reivindicó, con mayor pasión todavía, las ventajas de la meditación en su doble vertiente, como forma de aislamiento exterior:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
;

Y como forma de aislamiento interior:

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Hoy en día la meditación está más acaparada por otras escuelas y otras religiones, pero su cosmología y sentido siguen siendo los mismos.

El pasado nos miente para acomodarnos al presente. Si no fuera así, este tal vez sería insoportable. Con el paso de los años, los errores se acumulan de tal manera que nuestra memoria necesita reescribirlos. Eso si no los olvida por completo, que es otra forma de reescribir mucho más tajante.

Incluso en lo que respecta al pasado más grato, los recuerdos también se adaptan. Por eso la añoranza tampoco es de fiar, porque puede trasladar sus afectos de un lugar a otro. Roland Barthes habló de su añoranza hacia un tranvía de su pueblo cuando era joven y confesó, de inmediato, que ya no estaba seguro de si lo que añoraba era un tranvía o una edad.

El futuro, en cambio, se sirve de nuestras esperanzas para atraernos hacia él; juega sucio, porque de sobra sabe que la mayoría de ellas no se cumplirán jamás. Y, encima, no le importa valerse del inmenso poder que le otorga el carecer de memoria. Stephen Hawking, en su famoso libro Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros, se preguntaba por qué podemos recordar el pasado y no podemos recordar el futuro.

La respuesta pudiera ser que en realidad no podemos recordar ninguno de los dos. Tan solo el presente es fiel. El dolor que sentimos al quemarnos con un cigarro no es el mismo que el que sentiremos en cuanto dicho dolor se traslade a nuestra memoria. Y tampoco el que imaginamos ante la posibilidad de que eso nos pueda suceder mañana.

Esa, tal vez, sea la razón por la que la meditación, que se asienta en el presente, goza de tan larga vida. Desde San Agustín hasta Paramahansa Yogananda, el gurú favorito de Steve Jobs. Y resulta más que probable que su práctica continúe creciendo en el futuro. Pero eso solo lo sabremos cuando ese futuro, con el paso del tiempo, se convierta en presente.

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Opiniones 3
  • La meditación me importa, me ayuda y me transforma. Se ha perdido espiritualidad ; esa ética de como comportarnos con los demás.
    Trabajo mi Presente. El pasado pasó dejo apredizaje, y el Futuro. Lo elaboro caminando con el Presente .

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