13 de julio 2016    /   BUSINESS
por
 

Tener pareja no es un impedimento para ser una solterona

13 de julio 2016    /   BUSINESS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

No hace mucho tiempo, Kate Bolick desempolvó los diarios que escribió durante los cinco años posteriores a su etapa universitaria y descubrió que ya por entonces era una soltera, o más bien, una solterona empedernida:

3 de octubre de 1995: Bueno, por fin se ha ido W. Ya he vuelto a mis cositas de soltera

12 de noviembre de 1995: Un domingo perfecto para mis deseos de solterona: he leído todo el día y me he echado dos siestas

Para a continuación reconocer:

Para a continuación reconocer:

En mi mente, los deseos de solterona tenían la forma de la pequeña sílfide de acero que adorna el morro de un Rolls-Royce, con los brazos estirados hacia atrás, las alas henchidas de aire, a punto de la saltar de la percha que la une a la tierra y salir volando. Era en sí misma una imagen incongruente: nuestra sociedad nos dice que una solterona es alguien sin futuro –sin herederos que traer al mundo, sin nadie que la recuerde cuando se haya ido—, no una mujer que corre hacia él

A la escritora y crítica cultural nunca le ha importado recurrir al término solterona para definirse a sí misma aunque, en su caso, desprovisto de la carga negativa que suele acarrear: «Hoy se utiliza como amenaza o incluso como algo coercitivo: así será tu vida si no te casas», cuenta a Yorokobu.

En su lucha contra la despectiva connotación de la palabra, Bolick la ha utilizado como titular de su primer libro. Solterona (Spinter en la versión original) llega casi cinco años después del éxito viral alcanzado con el artículo publicado en The Atlantic titulado All The Single Ladies.

Reconozco que recuperar el término solterona es una tarea monumental. Mi objetivo es más modesto: ofrecerlo como palabra clave para designar el hecho de aferrarte a esa parte de ti que es independiente y autosuficiente, estés soltera o en pareja

Por eso, Bolick anima a aplicarse el término a aquellas solteras, divorciadas o viudas como «un talismán, un recordatorio contante de que estás en buena compañía». Pero también a las que están infelizmente en pareja para evocar los momentos en los que no era así y recordar que estar sola es con mucho preferible a vivir en una mala relación. Incluso a las que están felizmente emparejadas les viene bien sacar su faceta de solterona de vez en cuando para recordarse que tienen que aprender a sacar tiempo para sí mismas.

Bolick cree que quizás haya distintos grados de presión sobre «las de su condición» en función del lugar del mundo en el que se encuentren: «En Europa y Canadá el tema de la soltería de la mujer se toma de una manera más relajada. Los países que tienen un potente estado del bienestar o tendencias socialistas no ponen presión sobre el asunto del matrimonio en tanto a sistema de apoyo económico, lo cual permite que la gente que se casa por primera vez lo haga a una edad mucho más elevada y, al mismo tiempo, produce unas tasas de matrimonios más bajas en conjunto».

En EEUU, en cambio, la soltería es una opción cara en muchos sentidos. «Dado que el sistema de seguridad social es un caos, y existen muchísimas reducciones de impuestos para la gente casada, es caro estar soltera, lo que conduce al matrimonio y contribuye a crear una cultura obsesionada con los bodorrios y todo eso».

Aunque esto es algo que viene de lejos. En el libro, Bolick recupera otro término inglés, bachelor girl (chica soltera) que se acuñó a finales del XIX para referirse a las mujeres de cierto nivel adquisitivo que decidían permanecer solteras para aprovechar las oportunidades profesionales y educativas que se le pudieses presentar:

(…) tan distinta de su hermana solterona, que estaba intrinsicamente vinculada al hogar, y de las mujeres de clase obrera para quienes trabajar es una necesidad económica

También el lenguaje ha contribuido a resaltar las diferentes consecuencias sociales e incluso económicas que acarreaba la soltería a hombres y a las mujeres en determinados momentos de la historia, de ahí expresiones en español como ‘soltero de oro’ que suele referirse a ellos frente al  ‘quedarse para vestir santos’, ‘pasarse el arroz’ o el propio término ‘solterona’ para ellas.

Pero, más allá de la coyuntura social o económica, existe una fuerza mayor que ha contribuido y lo sigue haciendo a que el matrimonio cuente con tantos adeptos: «Asumir que el amor romántico lo cura todo es una creencia universal, por lo que la fuerza que conduce a emparejarse y mantenerse miope a cualquier otra forma de amor sigue muy presente y es muy potente, vayas donde vayas», relata.

Aunque con el libro, Bolick no trata de hacer apología de la soltería sino de exponer las posibilidades y ventajas que acarrea no estar emparejado. Todo desde su experiencia personal.

Porque, pasados los 40 y sin haber contraído matrimonio nunca, Bolick cumple los requisitos para ser una solterona de manual. Aunque de pequeña se puso como meta los 30 para casarse y formar una familia, al llegar a esa edad se dio cuenta de que los planes no iban a salir como había planeado en su niñez. La década que inauguraba por aquel entonces se presumía apasionante en el terreno personal y profesional. El matrimonio no tenía cabida.

La intensa lucha que se venía lidiando en su interior entre la soltera vocacional y la joven que se obcecaba en no dejarla salir terminó con la prematura muerte de su madre. Bolick hablaba con ella a diario y no estaba dispuesta a prescindir de aquellas charlas, así que comenzó a buscar otras interlocutoras.

No las encontró en el mundo de los vivos. Las elegidas eran mujeres reales pero fallecidas varios años atrás. Todas compartían el don de la palabra ya que entre ellas había poetisas, escritoras y columnistas: Edna Milla, Maeve Brennan, Neith Boyce, Edith Wharton y Charlotte Perkins Gilma. Y todas eran solteras.

Había llegado a considerarlas mis “despertadoras”, un término que tomé prestado de Wharton, quien lo usó en su autobiografía, Una mirada atrás, para describir los libros y pensadores que la guiaron en su formación intelectual. Claro que la mía fue una educación más sentimental… Conocí a cada despertadora en una época distinta del tránsito a la adulta que, ya era hora de reconocerlo, terminé siendo. Acababa de cumplir cuarenta

Investigando sobre sus vidas descubrió que si bien antes del nacimiento de los Estados Unidos, las solteronas eran mujeres marginadas, en la Nueva Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX surgió una corriente que la historiadora Lee Chambers-Chiller denominó con un término que tomó prestado de un fragmento de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare: «el culto a la bendita doncellez».

(…) mujeres no casadas que eligen su estado y viven encantadas así. (…) mujeres que optaban por seguir célibes en lugar de comprometer su integridad casándose por meros beneficios sociales o económicos. Al rechazar la «autoabnegación inherente a la domesticidad» se dedicaron a «cultivar su yo», con la defensa de la vida en soltería «como un estado valioso tanto en lo social como en lo personal» y «dieron forma a los valores de la independencia femenina a través de su elección en contra del matrimonio»

A medida que conocía más sobre sus despertadoras se daba cuenta de que aunque algunas de ellas estuvieron casadas en algún momento de sus vidas, fueron sus periodos de soltería los más prolíficos desde el punto de vista profesional: «Todas produjeron sus mejores obras estando solteras: en los años antes de casarse, entre matrimonios o después de divorciadas».

Bolick no cree que sea algo casual. «Ocurre en el caso de los escritores pero también en cualquier otro campo. Los periodos largos de vida en solitario pueden ser periodos muy fructíferos en cuanto a sociabilidad, tanto da si uno gasta ese tiempo extra viajando, haciendo nuevos amigos, aprendiendo habilidades nuevas o cualquier cosa que se elija hacer».

Por eso no cree que nadie, sea hombre o mujer, debiera sacrificar sus retos profesionales «a menos que ese sea su deseo». Durante siglos han sido las mujeres las que se veían obligadas a renunciar a sus ambiciones profesionales para formar una familia. Algo que, por suerte, ha dejado de ocurrir en buena parte del mundo aunque la situación actual aún no sea lo que se dice ideal: «El próximo paso es crear políticas que consigan acomodar a aquellos que desean ambas cosas (una carrera profesional y una familia), ya que lo que sucede todavía hoy es que el lugar de trabajo está organizado según la unidad tradicional del marido que lleva el pan a casa y la mujer que se queda en casa», concluye.

No hace mucho tiempo, Kate Bolick desempolvó los diarios que escribió durante los cinco años posteriores a su etapa universitaria y descubrió que ya por entonces era una soltera, o más bien, una solterona empedernida:

3 de octubre de 1995: Bueno, por fin se ha ido W. Ya he vuelto a mis cositas de soltera

12 de noviembre de 1995: Un domingo perfecto para mis deseos de solterona: he leído todo el día y me he echado dos siestas

Para a continuación reconocer:

Para a continuación reconocer:

En mi mente, los deseos de solterona tenían la forma de la pequeña sílfide de acero que adorna el morro de un Rolls-Royce, con los brazos estirados hacia atrás, las alas henchidas de aire, a punto de la saltar de la percha que la une a la tierra y salir volando. Era en sí misma una imagen incongruente: nuestra sociedad nos dice que una solterona es alguien sin futuro –sin herederos que traer al mundo, sin nadie que la recuerde cuando se haya ido—, no una mujer que corre hacia él

A la escritora y crítica cultural nunca le ha importado recurrir al término solterona para definirse a sí misma aunque, en su caso, desprovisto de la carga negativa que suele acarrear: «Hoy se utiliza como amenaza o incluso como algo coercitivo: así será tu vida si no te casas», cuenta a Yorokobu.

En su lucha contra la despectiva connotación de la palabra, Bolick la ha utilizado como titular de su primer libro. Solterona (Spinter en la versión original) llega casi cinco años después del éxito viral alcanzado con el artículo publicado en The Atlantic titulado All The Single Ladies.

Reconozco que recuperar el término solterona es una tarea monumental. Mi objetivo es más modesto: ofrecerlo como palabra clave para designar el hecho de aferrarte a esa parte de ti que es independiente y autosuficiente, estés soltera o en pareja

Por eso, Bolick anima a aplicarse el término a aquellas solteras, divorciadas o viudas como «un talismán, un recordatorio contante de que estás en buena compañía». Pero también a las que están infelizmente en pareja para evocar los momentos en los que no era así y recordar que estar sola es con mucho preferible a vivir en una mala relación. Incluso a las que están felizmente emparejadas les viene bien sacar su faceta de solterona de vez en cuando para recordarse que tienen que aprender a sacar tiempo para sí mismas.

Bolick cree que quizás haya distintos grados de presión sobre «las de su condición» en función del lugar del mundo en el que se encuentren: «En Europa y Canadá el tema de la soltería de la mujer se toma de una manera más relajada. Los países que tienen un potente estado del bienestar o tendencias socialistas no ponen presión sobre el asunto del matrimonio en tanto a sistema de apoyo económico, lo cual permite que la gente que se casa por primera vez lo haga a una edad mucho más elevada y, al mismo tiempo, produce unas tasas de matrimonios más bajas en conjunto».

En EEUU, en cambio, la soltería es una opción cara en muchos sentidos. «Dado que el sistema de seguridad social es un caos, y existen muchísimas reducciones de impuestos para la gente casada, es caro estar soltera, lo que conduce al matrimonio y contribuye a crear una cultura obsesionada con los bodorrios y todo eso».

Aunque esto es algo que viene de lejos. En el libro, Bolick recupera otro término inglés, bachelor girl (chica soltera) que se acuñó a finales del XIX para referirse a las mujeres de cierto nivel adquisitivo que decidían permanecer solteras para aprovechar las oportunidades profesionales y educativas que se le pudieses presentar:

(…) tan distinta de su hermana solterona, que estaba intrinsicamente vinculada al hogar, y de las mujeres de clase obrera para quienes trabajar es una necesidad económica

También el lenguaje ha contribuido a resaltar las diferentes consecuencias sociales e incluso económicas que acarreaba la soltería a hombres y a las mujeres en determinados momentos de la historia, de ahí expresiones en español como ‘soltero de oro’ que suele referirse a ellos frente al  ‘quedarse para vestir santos’, ‘pasarse el arroz’ o el propio término ‘solterona’ para ellas.

Pero, más allá de la coyuntura social o económica, existe una fuerza mayor que ha contribuido y lo sigue haciendo a que el matrimonio cuente con tantos adeptos: «Asumir que el amor romántico lo cura todo es una creencia universal, por lo que la fuerza que conduce a emparejarse y mantenerse miope a cualquier otra forma de amor sigue muy presente y es muy potente, vayas donde vayas», relata.

Aunque con el libro, Bolick no trata de hacer apología de la soltería sino de exponer las posibilidades y ventajas que acarrea no estar emparejado. Todo desde su experiencia personal.

Porque, pasados los 40 y sin haber contraído matrimonio nunca, Bolick cumple los requisitos para ser una solterona de manual. Aunque de pequeña se puso como meta los 30 para casarse y formar una familia, al llegar a esa edad se dio cuenta de que los planes no iban a salir como había planeado en su niñez. La década que inauguraba por aquel entonces se presumía apasionante en el terreno personal y profesional. El matrimonio no tenía cabida.

La intensa lucha que se venía lidiando en su interior entre la soltera vocacional y la joven que se obcecaba en no dejarla salir terminó con la prematura muerte de su madre. Bolick hablaba con ella a diario y no estaba dispuesta a prescindir de aquellas charlas, así que comenzó a buscar otras interlocutoras.

No las encontró en el mundo de los vivos. Las elegidas eran mujeres reales pero fallecidas varios años atrás. Todas compartían el don de la palabra ya que entre ellas había poetisas, escritoras y columnistas: Edna Milla, Maeve Brennan, Neith Boyce, Edith Wharton y Charlotte Perkins Gilma. Y todas eran solteras.

Había llegado a considerarlas mis “despertadoras”, un término que tomé prestado de Wharton, quien lo usó en su autobiografía, Una mirada atrás, para describir los libros y pensadores que la guiaron en su formación intelectual. Claro que la mía fue una educación más sentimental… Conocí a cada despertadora en una época distinta del tránsito a la adulta que, ya era hora de reconocerlo, terminé siendo. Acababa de cumplir cuarenta

Investigando sobre sus vidas descubrió que si bien antes del nacimiento de los Estados Unidos, las solteronas eran mujeres marginadas, en la Nueva Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX surgió una corriente que la historiadora Lee Chambers-Chiller denominó con un término que tomó prestado de un fragmento de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare: «el culto a la bendita doncellez».

(…) mujeres no casadas que eligen su estado y viven encantadas así. (…) mujeres que optaban por seguir célibes en lugar de comprometer su integridad casándose por meros beneficios sociales o económicos. Al rechazar la «autoabnegación inherente a la domesticidad» se dedicaron a «cultivar su yo», con la defensa de la vida en soltería «como un estado valioso tanto en lo social como en lo personal» y «dieron forma a los valores de la independencia femenina a través de su elección en contra del matrimonio»

A medida que conocía más sobre sus despertadoras se daba cuenta de que aunque algunas de ellas estuvieron casadas en algún momento de sus vidas, fueron sus periodos de soltería los más prolíficos desde el punto de vista profesional: «Todas produjeron sus mejores obras estando solteras: en los años antes de casarse, entre matrimonios o después de divorciadas».

Bolick no cree que sea algo casual. «Ocurre en el caso de los escritores pero también en cualquier otro campo. Los periodos largos de vida en solitario pueden ser periodos muy fructíferos en cuanto a sociabilidad, tanto da si uno gasta ese tiempo extra viajando, haciendo nuevos amigos, aprendiendo habilidades nuevas o cualquier cosa que se elija hacer».

Por eso no cree que nadie, sea hombre o mujer, debiera sacrificar sus retos profesionales «a menos que ese sea su deseo». Durante siglos han sido las mujeres las que se veían obligadas a renunciar a sus ambiciones profesionales para formar una familia. Algo que, por suerte, ha dejado de ocurrir en buena parte del mundo aunque la situación actual aún no sea lo que se dice ideal: «El próximo paso es crear políticas que consigan acomodar a aquellos que desean ambas cosas (una carrera profesional y una familia), ya que lo que sucede todavía hoy es que el lugar de trabajo está organizado según la unidad tradicional del marido que lleva el pan a casa y la mujer que se queda en casa», concluye.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Glass: una nueva forma de navegar en Internet
Tu proyecto digital, a cuatro patas
Se vende coche en buen estado
Vuelve Behance Portfolio Review
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 4
  • Ni estar casado/a es el fin del mundo ni estar soltero es la época más maravillosa de la vida. Los extremos no son buenos y al final de todo depende de las circunstancias de cada uno.

  • las condiciones de vida de nuestro tiempo son diversas vivir en pareja o no en ningun momento deben de coartar nuestro acercamiento a nosotros mismos, el emparejamiento y vida en solteria por igual deben ser alegres, ludicos al fin y al cabo de la vida nadie sale vivo… por que volver nuestros instantes tan serios y aburridos si podemos cantar a cada instante elegias a la vida…

  • Existen tantas formas de adquirir la soledad como modus vivendi, que la percepción de tu entorno puede malinterpretar tus actos y tu apego a la misma……
    La soledad sobrevenida e inesperada……. la soledad inexplicable de quien ha afirmado unos minutos antes que te adoraba….y la más difícil de entender, la que tus miedos pretéritos y sufrimientos del pasado te hacen decir o hacer lo que en realidad no piensas, pero acabas afirmando para evitar nuevamente el dolor y la angustia que alguien pueda clavarte en forma de daga implacable en tu alma, mas pronto que tarde.
    Carlos Báez.

  • Lo del amor está muy bien para las películas, pero se nos olvida que somos «animales» más o menos «racionales» y en nuestro código genético está inscrito la reproducción; otra cosa es como hemos organizado esa reproducción y distribuido los papeles hasta ahora y lo más importante como lo haremos en el futuro. Dentro de ese esquema las decisiones personales son libres pero toda decisión tiene consecuencias

  • Comentarios cerrados.

    El rollo legal de las cookies

    La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Publicidad