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24 de abril 2018    /   BUSINESS
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¿Por qué sonríen los ‘influencers’?

24 de abril 2018    /   BUSINESS     por          
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En un mundo dominado por las fotos efímeras y en clave alta de Instagram y los mensajes hiperglucémicos de Mr. Wonderful y sus secuaces, la sonrisa se ha convertido en uno de los principales activos de una de las industrias más desconcertantes y lucrativas del planeta: la de la felicidad.

Entre los grandes paladines de esta industria se encuentran algunos de los encorsetados en el término influencer, personas cuyas opiniones pueden influir en el comportamiento de muchos sujetos a través de dos simples herramientas: un smartphone y un gesto —en general, la sonrisa— estratégicamente calculado. Pero casos como el de la muerte de la joven modelo e instagramer española Celia Fuentes desenmascaran que no toda sonrisa encierra felicidad.

«Sonríe, porque te mereces ser feliz»

El 16 de septiembre de 2017, pocos días antes de decidir que esta vida ya no era para ella, la modelo Celia Fuentes publicó un retrato en su cuenta de Instagram en el que decía «sonríe, y sonríe por ti, porque te mereces ser feliz». Esta frase recuerda mucho a otra que fue pronunciada hace décadas y que hoy podemos leer en vinilos decorativos vendidos a granel a través de Amazon y Ali Express: «Sigue sonriendo, porque la vida es una cosa hermosa y hay mucho por lo que sonreír». Su autora fue Marilyn Monroe, posiblemente, la mayor influencer de todos los tiempos.

Ambas mujeres están unidas por un denominador común: vendían sonrisas, aunque la tristeza las fagocitaba por dentro. Sonreían, en muchos casos, porque era parte de su trabajo, parte del contrato que habían firmado con una marca o, peor aún, consigo mismas —su propia y auténtica marca—, convencidas de poseer una vida perfecta.

Pero si la sonrisa es, en teoría, un signo de felicidad ¿por qué sonreímos aún cuando no somos felices? ¿Para qué sirve la sonrisa? La respuesta a esta pregunta tiene, en la actualidad, dos teorías posibles: la postulada por el psicólogo Paul Ekman (el científico que asesoró a Pixar para la película Inside out), que dice que la sonrisa es una señal biológica e innata de una emoción ancestral, la felicidad; y la teoría que afirma que es una respuesta adaptativa, una herramienta de interacción social.

Uno de los defensores de esta última es el profesor José Miguel Fernández Dols, catedrático de Psicología Social en la Universidad Autónoma de Madrid. En su artículo de 2014 ¿Son las sonrisas un signo de felicidad?, Fernández Dols afirma que «la sonrisa es un intercambio, una solución de compromiso entre emisor y receptor, y su significado depende del contexto en el que se produzca. Dicho significado, más que expresar un estado emocional interno, es particularmente relevante para producir efectos en el receptor que son beneficiosos para el emisor». Y continúa: «Las sonrisas son más un comportamiento social que una manifestación universal de una felicidad ancestral».

Las sonrisas son más un comportamiento social que una manifestación universal de una felicidad ancestral

Esa felicidad ancestral es la que defiende Ekman en su teoría de las emociones básicas o Programa de Expresión Facial (Facial Expression Program, FEP). Formulado en 1972, el FEP afirma que hay una serie de emociones básicas universales e innatas en todo ser humano: alegría, asco, miedo, ira y tristeza, que, gracias a Pixar, ahora tienen voz, cara y color.

Según Ekman, cada una de estas emociones tiene un patrón de expresión facial determinado, que decodificó en lo que él llamó Facial Action Coding System (FACS), una herramienta para medir expresiones faciales, fraccionándolas en patrones de movimiento muscular (dicha herramienta ha sido comercializada por Ekman y utilizada, entre otras cosas, como técnica de interrogatorio).

Ambas posturas llevan décadas sumidas en un conflicto dialéctico por demostrar quién lleva la razón, pero si depende de las pruebas científicas y los estudios sociológicos, el equipo de Fernández Dols consiguió anotarse un punto importante en 2016 con su artículo Reading Emotions From Faces in Two Indigenous Societies.

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Si yo sonrío ¿tú que entiendes?

En las islas Trobriand, en Papua Nueva Guinea, y en la isla Matemo, en Mozambique, la sonrisa no significa lo mismo que en el mundo occidental. El psicólogo Carlos Crivelli y el antropólogo Sergio Jarillo, miembros del equipo de investigación de Fernández Dols, convivieron durante varios meses en ambas localizaciones aprendiendo el idioma y las costumbres locales.

Tras realizar un ejercicio con niños y adolescentes en el que estos debían relacionar emociones con expresiones vistas en fotografías, observaron que los miembros de ambas sociedades interpretaban de forma distinta las caras que asociamos con alegría, miedo, ira, asco y tristeza.

Según explica Fernández Dols en una entrevista para el diario El País, en las islas Trobriand, la sonrisa no se asocia a la alegría, sino que la interpretan como una invitación social vinculada a la atracción sexual. Asimismo, la expresión que asociamos con el miedo, en las Trobriand se interpreta como cara de enfado, de amenaza.

Otro ejemplo en el que la sonrisa tiene matices diferentes es Japón. Según afirmó el periodista y orientalista Lafcadio Hearn, «en el Japón, si uno se ve ante la obligación absoluta de intervenir en un acontecimiento penoso o desdichado, la costumbre es hacerlo sonriendo». De esta forma, la sonrisa se convierte en una convención social que busca proteger a los otros de una emoción interior que no les es propia.

Los emoticonos son otra muestra de la diferencia de percepción de la sonrisa entre oriente y occidente: el científico japonés Masaki Yuki mostró en un curioso experimento que en Europa y Norteamérica la expresión de la sonrisa se localiza en la boca:

🙂

🙁

En Japón, sin embargo, se localiza en los ojos:

^_^

;_;

Por otra parte, situados a medio camino entre Japón y Europa, los rusos lo tienen muy claro: «La sonrisa sin motivo es un signo de estupidez». Este proverbio de origen medieval (y que, por lo visto, muchos rusos aún cumplen a rajatabla) es una muestra más de que la sonrisa no siempre es lo que parece.

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¿Cuándo empezamos a creer en la sonrisa?

En su libro Una luna, el periodista argentino Martín Caparrós lanza al aire una pregunta: «Me gustaría saber cuándo empezamos a creer en la sonrisa, cuándo supusimos que era un fracaso mostrarse sin mostrar los dientes». Y la respuesta no es sencilla, porque antes del siglo XX pocos se habían planteado investigar la importancia de la sonrisa y su vínculo con la felicidad.

Pero eso no significa que no existan registros. Los hay, y muchos, en el mundo del arte: pintura, escultura, escritura o fotografía sirven de material de estudio para indagar cómo se plasmaba la sonrisa en siglos pasados.

En el siglo VI a.C., las esculturas griegas mostraban una expresión facial que los historiadores denominan sonrisa arcaica. Dicha expresión se ha interpretado como un intento de mostrar realismo en las figuras, indicando que el rostro así diseñado pertenece a alguien vivo que muestra un sentimiento de bienestar.

Por esas mismas fechas, en el territorio que hoy ocupa el norte de India, apareció la figura de Siddharta Gautama, Buda. Las representaciones artísticas que se hicieron del Buda Gautama lo muestran con una característica media sonrisa, que se interpreta como una demostración de que el personaje logró alcanzar la “iluminación”, la auténtica alegría de vivir.

En los siglos posteriores, pintura y escultura fueron adquiriendo tintes más realistas, las expresiones faciales se hicieron más diversas, aunque dominó, sobre todo, la seriedad. Si se representaban sonrisas, estas eran bocetos, atisbos. El simple hecho de pintar bocas abiertas o mostrando la dentadura era una declaración de locura, lujuria o falta de decoro y solo se utilizaba para representar a juglares, borrachos, mendigos, niños…

Pintar bocas abiertas o mostrando la dentadura era una declaración de locura, lujuria o falta de decoro y solo se utilizaba para representar a juglares, borrachos, mendigos, niños…

Hasta que llegó el autorretrato de Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun en 1786 y, con él, la revolución.

Durante muchos siglos, la boca fue un elemento del cuerpo que era mejor no mostrar, un pozo nauseabundo y lleno de agujeros negros. Pero a finales del siglo XVIII, como afirma el historiador Colin Jones en su libro The Smile Revolution in Eeighteenth Century Paris, la higiene dental en Francia comenzó a mejorar. Este hecho hizo de París el primer lugar de Europa en el que la sonrisa —con dientes— comenzó a utilizarse como muestra de intercambio amistoso.

Pero el prestigio de la sonrisa alcanzó su punto culminante en el siglo XX. En el artículo de 1943 Need to put on a smile? del periódico estadounidense The Big Spring Daily Herald se comenzó a popularizar la frase «say cheese» —el «di patata» utilizado en España— para propiciar la aparición de una sonrisa en los fotografiados. En esa misma época, el éxito del cine de Hollywood y de la industria de la publicidad dieron el impulso definitivo a la sonrisa —hecha dientes blancos— para convertirla en el gesto característico de nuestro tiempo.

Diamonds are a girl´s best friend, cantó Marilyn Monroe nueve años antes de su muerte. Diamantes cegadores como los dientes que brillaban en su cara cada vez que sonreía. Pero el mercado de la sonrisa la obligó, incluso después de su muerte, a seguir rindiendo cuentas a la marca en la que ella misma se había encarcelado: en 2015, Alan Abbot y Ron Hast, sus enterradores, publicaron un libro donde desvelaron el estado en el que la habían encontrado, expresando su sorpresa —y decepción— al descubrir, entre otras cosas, que los diamantes de su boca eran postizos.

Cuando Marilyn decidió huir de esta vida por la vía rápida —teorías conspiratorias aparte—, lo hizo convertida, de nuevo, en Norma Jean. Pero, aún así, hay gente que le sigue reprochando no haberlo hecho con una sonrisa de felicidad en su cara.

En un mundo dominado por las fotos efímeras y en clave alta de Instagram y los mensajes hiperglucémicos de Mr. Wonderful y sus secuaces, la sonrisa se ha convertido en uno de los principales activos de una de las industrias más desconcertantes y lucrativas del planeta: la de la felicidad.

Entre los grandes paladines de esta industria se encuentran algunos de los encorsetados en el término influencer, personas cuyas opiniones pueden influir en el comportamiento de muchos sujetos a través de dos simples herramientas: un smartphone y un gesto —en general, la sonrisa— estratégicamente calculado. Pero casos como el de la muerte de la joven modelo e instagramer española Celia Fuentes desenmascaran que no toda sonrisa encierra felicidad.

«Sonríe, porque te mereces ser feliz»

El 16 de septiembre de 2017, pocos días antes de decidir que esta vida ya no era para ella, la modelo Celia Fuentes publicó un retrato en su cuenta de Instagram en el que decía «sonríe, y sonríe por ti, porque te mereces ser feliz». Esta frase recuerda mucho a otra que fue pronunciada hace décadas y que hoy podemos leer en vinilos decorativos vendidos a granel a través de Amazon y Ali Express: «Sigue sonriendo, porque la vida es una cosa hermosa y hay mucho por lo que sonreír». Su autora fue Marilyn Monroe, posiblemente, la mayor influencer de todos los tiempos.

Ambas mujeres están unidas por un denominador común: vendían sonrisas, aunque la tristeza las fagocitaba por dentro. Sonreían, en muchos casos, porque era parte de su trabajo, parte del contrato que habían firmado con una marca o, peor aún, consigo mismas —su propia y auténtica marca—, convencidas de poseer una vida perfecta.

Pero si la sonrisa es, en teoría, un signo de felicidad ¿por qué sonreímos aún cuando no somos felices? ¿Para qué sirve la sonrisa? La respuesta a esta pregunta tiene, en la actualidad, dos teorías posibles: la postulada por el psicólogo Paul Ekman (el científico que asesoró a Pixar para la película Inside out), que dice que la sonrisa es una señal biológica e innata de una emoción ancestral, la felicidad; y la teoría que afirma que es una respuesta adaptativa, una herramienta de interacción social.

Uno de los defensores de esta última es el profesor José Miguel Fernández Dols, catedrático de Psicología Social en la Universidad Autónoma de Madrid. En su artículo de 2014 ¿Son las sonrisas un signo de felicidad?, Fernández Dols afirma que «la sonrisa es un intercambio, una solución de compromiso entre emisor y receptor, y su significado depende del contexto en el que se produzca. Dicho significado, más que expresar un estado emocional interno, es particularmente relevante para producir efectos en el receptor que son beneficiosos para el emisor». Y continúa: «Las sonrisas son más un comportamiento social que una manifestación universal de una felicidad ancestral».

Las sonrisas son más un comportamiento social que una manifestación universal de una felicidad ancestral

Esa felicidad ancestral es la que defiende Ekman en su teoría de las emociones básicas o Programa de Expresión Facial (Facial Expression Program, FEP). Formulado en 1972, el FEP afirma que hay una serie de emociones básicas universales e innatas en todo ser humano: alegría, asco, miedo, ira y tristeza, que, gracias a Pixar, ahora tienen voz, cara y color.

Según Ekman, cada una de estas emociones tiene un patrón de expresión facial determinado, que decodificó en lo que él llamó Facial Action Coding System (FACS), una herramienta para medir expresiones faciales, fraccionándolas en patrones de movimiento muscular (dicha herramienta ha sido comercializada por Ekman y utilizada, entre otras cosas, como técnica de interrogatorio).

Ambas posturas llevan décadas sumidas en un conflicto dialéctico por demostrar quién lleva la razón, pero si depende de las pruebas científicas y los estudios sociológicos, el equipo de Fernández Dols consiguió anotarse un punto importante en 2016 con su artículo Reading Emotions From Faces in Two Indigenous Societies.

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Si yo sonrío ¿tú que entiendes?

En las islas Trobriand, en Papua Nueva Guinea, y en la isla Matemo, en Mozambique, la sonrisa no significa lo mismo que en el mundo occidental. El psicólogo Carlos Crivelli y el antropólogo Sergio Jarillo, miembros del equipo de investigación de Fernández Dols, convivieron durante varios meses en ambas localizaciones aprendiendo el idioma y las costumbres locales.

Tras realizar un ejercicio con niños y adolescentes en el que estos debían relacionar emociones con expresiones vistas en fotografías, observaron que los miembros de ambas sociedades interpretaban de forma distinta las caras que asociamos con alegría, miedo, ira, asco y tristeza.

Según explica Fernández Dols en una entrevista para el diario El País, en las islas Trobriand, la sonrisa no se asocia a la alegría, sino que la interpretan como una invitación social vinculada a la atracción sexual. Asimismo, la expresión que asociamos con el miedo, en las Trobriand se interpreta como cara de enfado, de amenaza.

Otro ejemplo en el que la sonrisa tiene matices diferentes es Japón. Según afirmó el periodista y orientalista Lafcadio Hearn, «en el Japón, si uno se ve ante la obligación absoluta de intervenir en un acontecimiento penoso o desdichado, la costumbre es hacerlo sonriendo». De esta forma, la sonrisa se convierte en una convención social que busca proteger a los otros de una emoción interior que no les es propia.

Los emoticonos son otra muestra de la diferencia de percepción de la sonrisa entre oriente y occidente: el científico japonés Masaki Yuki mostró en un curioso experimento que en Europa y Norteamérica la expresión de la sonrisa se localiza en la boca:

🙂

🙁

En Japón, sin embargo, se localiza en los ojos:

^_^

;_;

Por otra parte, situados a medio camino entre Japón y Europa, los rusos lo tienen muy claro: «La sonrisa sin motivo es un signo de estupidez». Este proverbio de origen medieval (y que, por lo visto, muchos rusos aún cumplen a rajatabla) es una muestra más de que la sonrisa no siempre es lo que parece.

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¿Cuándo empezamos a creer en la sonrisa?

En su libro Una luna, el periodista argentino Martín Caparrós lanza al aire una pregunta: «Me gustaría saber cuándo empezamos a creer en la sonrisa, cuándo supusimos que era un fracaso mostrarse sin mostrar los dientes». Y la respuesta no es sencilla, porque antes del siglo XX pocos se habían planteado investigar la importancia de la sonrisa y su vínculo con la felicidad.

Pero eso no significa que no existan registros. Los hay, y muchos, en el mundo del arte: pintura, escultura, escritura o fotografía sirven de material de estudio para indagar cómo se plasmaba la sonrisa en siglos pasados.

En el siglo VI a.C., las esculturas griegas mostraban una expresión facial que los historiadores denominan sonrisa arcaica. Dicha expresión se ha interpretado como un intento de mostrar realismo en las figuras, indicando que el rostro así diseñado pertenece a alguien vivo que muestra un sentimiento de bienestar.

Por esas mismas fechas, en el territorio que hoy ocupa el norte de India, apareció la figura de Siddharta Gautama, Buda. Las representaciones artísticas que se hicieron del Buda Gautama lo muestran con una característica media sonrisa, que se interpreta como una demostración de que el personaje logró alcanzar la “iluminación”, la auténtica alegría de vivir.

En los siglos posteriores, pintura y escultura fueron adquiriendo tintes más realistas, las expresiones faciales se hicieron más diversas, aunque dominó, sobre todo, la seriedad. Si se representaban sonrisas, estas eran bocetos, atisbos. El simple hecho de pintar bocas abiertas o mostrando la dentadura era una declaración de locura, lujuria o falta de decoro y solo se utilizaba para representar a juglares, borrachos, mendigos, niños…

Pintar bocas abiertas o mostrando la dentadura era una declaración de locura, lujuria o falta de decoro y solo se utilizaba para representar a juglares, borrachos, mendigos, niños…

Hasta que llegó el autorretrato de Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun en 1786 y, con él, la revolución.

Durante muchos siglos, la boca fue un elemento del cuerpo que era mejor no mostrar, un pozo nauseabundo y lleno de agujeros negros. Pero a finales del siglo XVIII, como afirma el historiador Colin Jones en su libro The Smile Revolution in Eeighteenth Century Paris, la higiene dental en Francia comenzó a mejorar. Este hecho hizo de París el primer lugar de Europa en el que la sonrisa —con dientes— comenzó a utilizarse como muestra de intercambio amistoso.

Pero el prestigio de la sonrisa alcanzó su punto culminante en el siglo XX. En el artículo de 1943 Need to put on a smile? del periódico estadounidense The Big Spring Daily Herald se comenzó a popularizar la frase «say cheese» —el «di patata» utilizado en España— para propiciar la aparición de una sonrisa en los fotografiados. En esa misma época, el éxito del cine de Hollywood y de la industria de la publicidad dieron el impulso definitivo a la sonrisa —hecha dientes blancos— para convertirla en el gesto característico de nuestro tiempo.

Diamonds are a girl´s best friend, cantó Marilyn Monroe nueve años antes de su muerte. Diamantes cegadores como los dientes que brillaban en su cara cada vez que sonreía. Pero el mercado de la sonrisa la obligó, incluso después de su muerte, a seguir rindiendo cuentas a la marca en la que ella misma se había encarcelado: en 2015, Alan Abbot y Ron Hast, sus enterradores, publicaron un libro donde desvelaron el estado en el que la habían encontrado, expresando su sorpresa —y decepción— al descubrir, entre otras cosas, que los diamantes de su boca eran postizos.

Cuando Marilyn decidió huir de esta vida por la vía rápida —teorías conspiratorias aparte—, lo hizo convertida, de nuevo, en Norma Jean. Pero, aún así, hay gente que le sigue reprochando no haberlo hecho con una sonrisa de felicidad en su cara.

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Opiniones 5
  • Buen artículo, aunque también hay que decir que la tesis del Dr. Paul Ekman, que demostró que el significado de los gestos espontáneos no son culturales sino que transversales a toda la especie humana, la realizó a través de investigaciones empíricas viajando a islas remotas en 1967. Curiosamente a zonas donde sus detractores también viajaron. Más en https://www.paulekman.com/resources/universal-facial-expressions/

    De hecho, sobre sus viajes y descubrimientos se hizo una serie para la televisión que se emitió en cientos de países. https://www.paulekman.com/blog/truth-behind-lie/

    Gracias en todo caso por el artículo, da gusto leer en tiempos en que la lectura se convierte en el último lujo.

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