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8 de septiembre 2017    /   CREATIVIDAD
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Soul City: la utopía negra que financió Richard Nixon

8 de septiembre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Todo día en el que no hayamos bailado al menos una vez deberíamos considerarlo un día perdido

Hay tardes en las que, sentada en el porche de su casa, la señora Jane Ball-Groom recuerda su vida en Harlem. Nació allí a finales de la década de los 40 y allí vivió hasta los veinticinco años. Sin embargo, desde 1973, su casa con porche está en Carolina del Norte, en el condado de Warren. En una pequeña municipalidad que quiso ser ciudad y que se llama Soul City.

Como cuenta en su libro The Salad Pickers, la señora Ball-Groom echa de menos su infancia —como casi todo el mundo—, pero no echa de menos la ciudad. Cuando era pequeña, las calles de Nueva York efervescían con los gritos y los juegos de cientos de niños de su edad, baby-boomers concebidos en la paz que siguió a la 2ª Guerra Mundial, pero esas mismas calles también eran ásperas y, con demasiada frecuencia, implacables. Esos cientos de niñas y niños negros aprendían dónde estaban los límites de su barrio y, por tanto, de su raza. Aprendían a dónde y a quién debían dirigirse. Aprendían a agachar la cabeza cuando les hablaba un blanco.

Cuando llegaron los 60, los negros estaban hartos de tener límites. Algunos quisieron romper esos límites de forma pacífica, como Martin Luther King; otros pensaban que la única manera de romper algo era, efectivamente, haciéndolo pedazos por la fuerza. Uno de ellos era Floyd McKissick, líder del Congreso por la Igualdad Racial (CORE) en 1966.

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Floyd McKissick (iz.), Martin Luther King (ctr.) y otros líderes de los derechos civiles, junto presidente John F. Kennedy (dr.), tras la Marcha sobre Washington el 28 de agosto de 1963

Veterano de la guerra en Europa, McKissick fue, en 1951, el primer negro en ser admitido en la escuela de Derecho de la Universidad de Carolina del Norte. Lo consiguió tras un largo proceso legal y, de alguna manera, como consecuencia de haber estado envuelto en movimientos por los derechos civiles desde que ingresó en la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) con tan solo doce años.  A principios de los 60, McKissick formó parte del equipo del CORE que funcionó como asesor en varias actividades y manifestaciones encabezadas por el reverendo King. Sin embargo, según avanzaba la década, el CORE fue distanciándose cada vez más de la pacífica integración que preconizaba King y acercándose a las posiciones extremas de las Black Panthers. Cuando McKissick se convirtió en cabeza de la organización, el CORE era un movimiento separatista; un estandarte del Black Power.

Martin Luther King fue asesinado en Memphis el 4 de abril de 1968 sin haber visto cumplido su sueño. A las pocas semanas, Floyd McKissick dimitió como líder del CORE y comenzó a trabajar en el suyo propio: una ciudad concebida, planificada, construida y habitada por negros y para negros. La llamó Soul City.

El equipo con el que McKissick acometería la empresa estaba formado por un buen número de asesores: arquitectos, urbanistas, economistas, ingenieros, sociólogos y abogados, además de administrativos y asistentes personales. Uno de ellos era la señorita Jane Ball, quien había conocido a McKissick en una de las reuniones neoyorquinas del CORE. A Ball le fascinaba la idea de un lugar donde los niños y las niñas negras pudiesen crecer en paz y libertad, sin las bandas de Harlem o el Bronx, sin la policía vigilando cada movimiento.

Obviamente, cualquier equipo humano era insuficiente sin el colosal soporte financiero que necesitaba el proyecto. McKissick lo encontró en uno de los lugares a priori menos proclives a prestar dinero al colectivo negro: la presidencia de Richard Nixon.

En realidad, las posiciones entre un Nixon recién elegido y McKissick no eran tan distantes. Sí, un par de años antes, el propio McKissick había llamado fascista y racista al candidato Nixon pero, a principios de los 70, no es solo que necesitase el dinero gubernamental para su ciudad, es que ambos confiaban en el capitalismo como único camino para alcanzar sus objetivos. Objetivos que tampoco eran tan distintos. Por un lado, el Black Power no buscaba la integración sino la separación y el control de las comunidades donde hubiese mayoría negra; por el otro, Nixon necesitaba votantes negros y, siendo honestos, tampoco veía con malos ojos que esos votantes viviesen en comunidades separadas, por mucho que estuviesen autoadministradas y autogestionadas.

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Anuncio original de Soul City. ca 1970.

Lógicamente, esta postura separatista no podía exhibirse de manera pública, así que cuando el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) inició el programa de financiación de nuevas ciudades construidas bajo iniciativa privada, McKissick defendió su Soul City como una comunidad para todas las razas en lugar de esa ideal ciudad negra que le había servido para describirla en los inicios del proyecto.

A principios del 69, con la carrera electoral en marcha, McKissick, uno de los líderes del movimiento negro, apoyó públicamente la candidatura de Richard Nixon e incluso se inscribió en el Partido Republicano. A cambio, Soul City fue uno de los trece proyectos auspiciados por el HUD. El único que se construiría sin ninguna preexistencia, sin ninguna ciudad próxima y sin ninguna infraestructura industrial que garantizase el número suficiente de puestos de trabajo necesarios para sostener una ciudad. McKissick eligió una antigua plantación de tabaco en el condado de Warren, en su Carolina del Norte natal.  Era lo más parecido a los legendarios cuarenta acres y una mula que la Unión prometió a los esclavos liberados tras la Guerra Civil Americana; una ciudad negra construida en la tierra que, durante tantos años, había sido trabajada por mano de obra esclava.

Soul City se ideó siguiendo un plan de treinta años. Comenzaría en 1973 con tres pequeños núcleos habitacionales que alcanzarían unos dos mil habitantes en 1978, hasta llegar a una población total estimada de cuarenta y cuatro mil residentes para el año 2004. Todo ello con industrias y negocios autóctonos, comercios, escuelas y hospitales. Las estructuras de una ciudad pero con el espíritu de un pueblo; de esa entidad que los estadounidenses llaman «community».

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McKissick levantando la primera placa de Soul City en 1973.

No funcionó, claro. Se construyeron las carreteras, las calles y las plazas. Se construyó la red eléctrica y la de abastecimiento de agua. Se construyeron los tres núcleos iniciales y hasta un edificio de 6.000 metros cuadrados que debía servir como nodo de la incipiente industria manufacturera. Se llamaba Soul Tech One y, como su nombre adelantaba, debía ser el primero de varios y, aunque algunas empresas se establecieron en el Soul Tech One, ni eran las suficientes ni los suficientemente grandes como para generar un tejido económico sólido. Como una serpiente incapaz de dejar de morderse la cola, sin tejido económico no llegaron los residentes y sin residentes no aparecieron las empresas. Así que, en 1978, Soul City apenas llegaba a los doscientos vecinos.

Hay quien considera que parte del fracaso de la ciudad se debió al racismo e incluso al machismo. Por ejemplo, Eva Clayton, congresista por Carolina del Norte y que formó parte de la Soul City Foundation desde el 73 al 79, afirmó en una entrevista concedida en 1989 que una ciudad planificada por hombres negros y también por mujeres negras amenazaba las estructuras de poder tradicionales, sostenidas por viejos hombres blancos convencidos de que los negros no estaban capacitados para planificar nada. Algunos aluden al mismo nombre,  Soul City, como demasiado negro y, por tanto, en contra de su desarrollo. Es decir, que pese a que técnicamente era un proyecto abierto a todas las razas, mucha gente siguió considerando a Soul City como una comunidad exclusivamente para negros. Otros apuntan a la falta de apoyo gubernamental, esencialmente porque, en 1974, casi al principio del proyecto, Richard Nixon dimitió de la presidencia, caso Watergate mediante, con lo que el principal apoyo de McKissick también desapareció. Además, en medio de las evidencias de fracaso, el periódico local The Raleigh News and Observer acusó a los responsables de Soul City de todo tipo de desmanes, desde nepotismo hasta corrupción política y malversación de fondos. Con todo el ruido, el HUD cortó los fondos en 1979 y Soul City se paralizó definitivamente.

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Imagen promocional del edificio Soul Tech One. ca 1970.

Seguramente, el descalabro de Soul City se debió, como casi siempre, a una entrelazada de factores. Y, posiblemente, uno de los factores más relevantes fue la imposibilidad real de levantar una ciudad desde la nada. Al menos, en la segunda mitad del siglo XX. Se diría que los Estados Unidos seguían pensando en los mismos términos que los colonos del XVII y XVIII, cuando, efectivamente, no había nada sobre lo que apoyarse cuando fundaron pueblos y ciudades por todo el país. Sin embargo, en los años 70, era una quimera pensar en caravanas de jóvenes urbanos que hiciesen ese viaje al sur, a un entorno esencialmente rural, desde Chicago, Nueva York, Boston o incluso desde la vecina Charlotte. La prueba es que, de los trece proyectos financiados inicialmente por el HUD, solo el texano The Woodlands salió adelante, ayudado por el pequeño boom petrolífero que surgió a las afueras de Houston a finales de los 70.

A fecha de hoy Soul City sigue existiendo, aunque como comunidad dependiente de Raleigh y con una población que apenas llega a los dos mil habitantes. Uno de ellos es la señor Jane Ball-Groom, quien decidió hacer el viaje y no regresar a Harlem. En estos cuarenta años ha visto como la figura de Floyd McKissick desaparecía del imaginario público pese a que fue uno de los hombres que encabezaron la lucha por los derechos civiles en los años 60. Al menos en Carolina del Norte se le sigue recordando y, por suerte para él, murió en 1991 sin llegar a ver la única gran infraestructura que se construyó en los terrenos que debían haber sido Soul City: el Instituto Correccional de Warren, una prisión de máxima seguridad inaugurada en 1993 y en la cual viven unos ochocientos reclusos. La gran mayoría de raza negra.

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Todo día en el que no hayamos bailado al menos una vez deberíamos considerarlo un día perdido

Hay tardes en las que, sentada en el porche de su casa, la señora Jane Ball-Groom recuerda su vida en Harlem. Nació allí a finales de la década de los 40 y allí vivió hasta los veinticinco años. Sin embargo, desde 1973, su casa con porche está en Carolina del Norte, en el condado de Warren. En una pequeña municipalidad que quiso ser ciudad y que se llama Soul City.

Como cuenta en su libro The Salad Pickers, la señora Ball-Groom echa de menos su infancia —como casi todo el mundo—, pero no echa de menos la ciudad. Cuando era pequeña, las calles de Nueva York efervescían con los gritos y los juegos de cientos de niños de su edad, baby-boomers concebidos en la paz que siguió a la 2ª Guerra Mundial, pero esas mismas calles también eran ásperas y, con demasiada frecuencia, implacables. Esos cientos de niñas y niños negros aprendían dónde estaban los límites de su barrio y, por tanto, de su raza. Aprendían a dónde y a quién debían dirigirse. Aprendían a agachar la cabeza cuando les hablaba un blanco.

Cuando llegaron los 60, los negros estaban hartos de tener límites. Algunos quisieron romper esos límites de forma pacífica, como Martin Luther King; otros pensaban que la única manera de romper algo era, efectivamente, haciéndolo pedazos por la fuerza. Uno de ellos era Floyd McKissick, líder del Congreso por la Igualdad Racial (CORE) en 1966.

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Floyd McKissick (iz.), Martin Luther King (ctr.) y otros líderes de los derechos civiles, junto presidente John F. Kennedy (dr.), tras la Marcha sobre Washington el 28 de agosto de 1963

Veterano de la guerra en Europa, McKissick fue, en 1951, el primer negro en ser admitido en la escuela de Derecho de la Universidad de Carolina del Norte. Lo consiguió tras un largo proceso legal y, de alguna manera, como consecuencia de haber estado envuelto en movimientos por los derechos civiles desde que ingresó en la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) con tan solo doce años.  A principios de los 60, McKissick formó parte del equipo del CORE que funcionó como asesor en varias actividades y manifestaciones encabezadas por el reverendo King. Sin embargo, según avanzaba la década, el CORE fue distanciándose cada vez más de la pacífica integración que preconizaba King y acercándose a las posiciones extremas de las Black Panthers. Cuando McKissick se convirtió en cabeza de la organización, el CORE era un movimiento separatista; un estandarte del Black Power.

Martin Luther King fue asesinado en Memphis el 4 de abril de 1968 sin haber visto cumplido su sueño. A las pocas semanas, Floyd McKissick dimitió como líder del CORE y comenzó a trabajar en el suyo propio: una ciudad concebida, planificada, construida y habitada por negros y para negros. La llamó Soul City.

El equipo con el que McKissick acometería la empresa estaba formado por un buen número de asesores: arquitectos, urbanistas, economistas, ingenieros, sociólogos y abogados, además de administrativos y asistentes personales. Uno de ellos era la señorita Jane Ball, quien había conocido a McKissick en una de las reuniones neoyorquinas del CORE. A Ball le fascinaba la idea de un lugar donde los niños y las niñas negras pudiesen crecer en paz y libertad, sin las bandas de Harlem o el Bronx, sin la policía vigilando cada movimiento.

Obviamente, cualquier equipo humano era insuficiente sin el colosal soporte financiero que necesitaba el proyecto. McKissick lo encontró en uno de los lugares a priori menos proclives a prestar dinero al colectivo negro: la presidencia de Richard Nixon.

En realidad, las posiciones entre un Nixon recién elegido y McKissick no eran tan distantes. Sí, un par de años antes, el propio McKissick había llamado fascista y racista al candidato Nixon pero, a principios de los 70, no es solo que necesitase el dinero gubernamental para su ciudad, es que ambos confiaban en el capitalismo como único camino para alcanzar sus objetivos. Objetivos que tampoco eran tan distintos. Por un lado, el Black Power no buscaba la integración sino la separación y el control de las comunidades donde hubiese mayoría negra; por el otro, Nixon necesitaba votantes negros y, siendo honestos, tampoco veía con malos ojos que esos votantes viviesen en comunidades separadas, por mucho que estuviesen autoadministradas y autogestionadas.

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Anuncio original de Soul City. ca 1970.

Lógicamente, esta postura separatista no podía exhibirse de manera pública, así que cuando el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) inició el programa de financiación de nuevas ciudades construidas bajo iniciativa privada, McKissick defendió su Soul City como una comunidad para todas las razas en lugar de esa ideal ciudad negra que le había servido para describirla en los inicios del proyecto.

A principios del 69, con la carrera electoral en marcha, McKissick, uno de los líderes del movimiento negro, apoyó públicamente la candidatura de Richard Nixon e incluso se inscribió en el Partido Republicano. A cambio, Soul City fue uno de los trece proyectos auspiciados por el HUD. El único que se construiría sin ninguna preexistencia, sin ninguna ciudad próxima y sin ninguna infraestructura industrial que garantizase el número suficiente de puestos de trabajo necesarios para sostener una ciudad. McKissick eligió una antigua plantación de tabaco en el condado de Warren, en su Carolina del Norte natal.  Era lo más parecido a los legendarios cuarenta acres y una mula que la Unión prometió a los esclavos liberados tras la Guerra Civil Americana; una ciudad negra construida en la tierra que, durante tantos años, había sido trabajada por mano de obra esclava.

Soul City se ideó siguiendo un plan de treinta años. Comenzaría en 1973 con tres pequeños núcleos habitacionales que alcanzarían unos dos mil habitantes en 1978, hasta llegar a una población total estimada de cuarenta y cuatro mil residentes para el año 2004. Todo ello con industrias y negocios autóctonos, comercios, escuelas y hospitales. Las estructuras de una ciudad pero con el espíritu de un pueblo; de esa entidad que los estadounidenses llaman «community».

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McKissick levantando la primera placa de Soul City en 1973.

No funcionó, claro. Se construyeron las carreteras, las calles y las plazas. Se construyó la red eléctrica y la de abastecimiento de agua. Se construyeron los tres núcleos iniciales y hasta un edificio de 6.000 metros cuadrados que debía servir como nodo de la incipiente industria manufacturera. Se llamaba Soul Tech One y, como su nombre adelantaba, debía ser el primero de varios y, aunque algunas empresas se establecieron en el Soul Tech One, ni eran las suficientes ni los suficientemente grandes como para generar un tejido económico sólido. Como una serpiente incapaz de dejar de morderse la cola, sin tejido económico no llegaron los residentes y sin residentes no aparecieron las empresas. Así que, en 1978, Soul City apenas llegaba a los doscientos vecinos.

Hay quien considera que parte del fracaso de la ciudad se debió al racismo e incluso al machismo. Por ejemplo, Eva Clayton, congresista por Carolina del Norte y que formó parte de la Soul City Foundation desde el 73 al 79, afirmó en una entrevista concedida en 1989 que una ciudad planificada por hombres negros y también por mujeres negras amenazaba las estructuras de poder tradicionales, sostenidas por viejos hombres blancos convencidos de que los negros no estaban capacitados para planificar nada. Algunos aluden al mismo nombre,  Soul City, como demasiado negro y, por tanto, en contra de su desarrollo. Es decir, que pese a que técnicamente era un proyecto abierto a todas las razas, mucha gente siguió considerando a Soul City como una comunidad exclusivamente para negros. Otros apuntan a la falta de apoyo gubernamental, esencialmente porque, en 1974, casi al principio del proyecto, Richard Nixon dimitió de la presidencia, caso Watergate mediante, con lo que el principal apoyo de McKissick también desapareció. Además, en medio de las evidencias de fracaso, el periódico local The Raleigh News and Observer acusó a los responsables de Soul City de todo tipo de desmanes, desde nepotismo hasta corrupción política y malversación de fondos. Con todo el ruido, el HUD cortó los fondos en 1979 y Soul City se paralizó definitivamente.

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Imagen promocional del edificio Soul Tech One. ca 1970.

Seguramente, el descalabro de Soul City se debió, como casi siempre, a una entrelazada de factores. Y, posiblemente, uno de los factores más relevantes fue la imposibilidad real de levantar una ciudad desde la nada. Al menos, en la segunda mitad del siglo XX. Se diría que los Estados Unidos seguían pensando en los mismos términos que los colonos del XVII y XVIII, cuando, efectivamente, no había nada sobre lo que apoyarse cuando fundaron pueblos y ciudades por todo el país. Sin embargo, en los años 70, era una quimera pensar en caravanas de jóvenes urbanos que hiciesen ese viaje al sur, a un entorno esencialmente rural, desde Chicago, Nueva York, Boston o incluso desde la vecina Charlotte. La prueba es que, de los trece proyectos financiados inicialmente por el HUD, solo el texano The Woodlands salió adelante, ayudado por el pequeño boom petrolífero que surgió a las afueras de Houston a finales de los 70.

A fecha de hoy Soul City sigue existiendo, aunque como comunidad dependiente de Raleigh y con una población que apenas llega a los dos mil habitantes. Uno de ellos es la señor Jane Ball-Groom, quien decidió hacer el viaje y no regresar a Harlem. En estos cuarenta años ha visto como la figura de Floyd McKissick desaparecía del imaginario público pese a que fue uno de los hombres que encabezaron la lucha por los derechos civiles en los años 60. Al menos en Carolina del Norte se le sigue recordando y, por suerte para él, murió en 1991 sin llegar a ver la única gran infraestructura que se construyó en los terrenos que debían haber sido Soul City: el Instituto Correccional de Warren, una prisión de máxima seguridad inaugurada en 1993 y en la cual viven unos ochocientos reclusos. La gran mayoría de raza negra.

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Opiniones 2
  • Interesante el tema, con un pero. Parece que si no se mete una referencia de discriminación sexual en todo artículo, lavan a acusar a una de machista. En este texto la coletilla es «(…) e incluso al machismo». No hay ninguna justificación ni argumento que la apoye, pero ahí está, para salvarnos el pellejo. Es el «por si acaso».

    No hay machismo en todos y cada uno de los temas de nuestra vida, le pese a quien le pese.

    • En leer bien no hay engaño. El autor del texto explicita que «Hay quien considera que parte del fracaso de la ciudad se debió al racismo e incluso al machismo», no está aseverando, aporta otro posible de los tantos factores que se asume supusieron el fracaso del proyecto.

      Y su argumento es la entrevista realizada a Eva Clayton, y que puede leerse a través del link posteado en el artículo. En esa entrevista ella afirma lo siguiente: «the dynamics of working at that time, through the county commissions was controlled by, most, well, all men, no doubt about that, because I’m the first woman ever to be there.»

      Es decir, ella fue la primera mujer en la historia en asumir un cargo de responsabilidad en las Comisiones del Condado, instituciones responsables de impulsar o frenar un proyecto como Soul City. A mi no me parece descabellado decir que las mujeres tenían una mínima injerencia en decisiones que favorecieran proyectos de ese tipo.

      Estoy de acuerdo en que no hay que buscar machismo donde no lo hay, de igual manera no hay que subestimar lo entramado que está el machismo en (y me atrevo a afirmar sin estadísticas a la mano) todas las sociedades del planeta y sus culturas.

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