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4 de septiembre 2016    /   CREATIVIDAD
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En la URSS también había hippies

4 de septiembre 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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No hay que dejarse engañar por la propaganda. En la URSS había casi de todo, incluidos hippies. Grupos de jóvenes que, como sus «hermanos» occidentales, también se rebelaban contra la autoridad, las convenciones sociales y buscaban construir un mundo mejor a través de nuevas formas de convivencia, el arte, la música y la meditación.

«Las diferencias que puede haber entre los hippies occidentales y los de los países del Este están relacionadas con el contexto en el que surgen. Especialmente, con las reglas de comportamiento del régimen soviético», explica Terje Toomistu.

«Por una parte era un movimiento de resistencia pasiva o activa contra las convenciones de cómo se suponía que debías vestir, comportarte o pensar para agradar al Estado y a tus padres. Eso también lo hacían los hippies occidentales, pero la represión que ejercía aquí el poder estatal era mayor. No era extraño que los hippies se tuvieran que enfrentar a severos castigos con más frecuencia que sus colegas del Oeste».

SOVIETHIPPIES

Entre las muchas reglas que desafiaron los hippies del Este se encontraba la del ateísmo oficial. Hartos de esa falta de libertad religiosa, los jóvenes comenzaron a preocuparse por religiones orientales y filosofías incompatibles con el materialismo dialéctico.

Unas creencias que, como había dicho Marx, eran el opio del pueblo. La diferencia es que estos muchachos además de consumirlo en forma de creencia religiosa, también tomaban el opio y otras sustancias estupefacientes en su forma menos metafórica. Definitivamente, los hippies eran un elemento altamente disolvente para la sociedad soviética.

Perseguidos por la KGB y tratados con recelo por sus conciudadanos, a los que escandalizaban con sus extraños cortes de pelo (o la falta de ellos), sus ropas hechas por ellos mismos y su música salvaje, los hippies tuvieron que aislarse de la sociedad y buscar lugares en los que poder vivir tranquilos. Si para los occidentales existían Ashbury Heights o Katmandú, para los del Este el paraíso fue Estonia.

«Por supuesto que los hippies soviéticos tuvieron su propia India y por supuesto que también tomaban drogas, por ejemplo marihuana o tripis, como en cualquier lugar del mundo. El escritor y filósofo, Vladimir Wiedemann, que fue uno de los protagonistas de esta historia, ha explicado estas cosas en sus libros y conferencias, así como la influencia de la cultura new age en la URSS».

A pesar de la imagen monolítica y sin fisuras que pretende transmitir todo régimen autoritario, siempre hay un resquicio por el que se cuelan muchas de las cosas prohibidas por las autoridades. De esta forma, aunque la música, las películas o la televisión occidental estaban totalmente proscritas en la URSS, la cercanía de Estonia con Finlandia permitía que desde algunos lugares se captase la señal de las radios y televisiones de ese país y que entrasen de contrabando revistas, discos y libros prohibidos.

Toda esa efervescencia cultural y semiclandestina se muestra en Soviet hippies, 1970’s Estonian psychedelic underground culture, una exposición comisariada por Terje Toomistu y el artista Kiwa y que, después de presentarse en el Museo Nacional de Estonia, en el Moderna Museet y otros lugares del mundo, se inauguró el pasado viernes en la Red Gallery de Londres.

«Lo primero que va a llamar la atención de los visitantes son las fotografías en las que se muestran actividades culturales underground en Estonia y que hemos conseguido gracias a archivos personales. Los que quieran profundizar más sobre el movimiento encontrarán una selección de testimonios orales recogidos en vídeo, en los que los protagonistas de la escena hippie de la Estonia de los setenta cuentan sus recuerdos», explican Terje Toomistu y Kiwa.

La exposición se completa con diferentes ejemplos de producción cultural de los años 70. Trabajos muy potentes desde el punto de vista gráfico y en los que destaca el colorido y el optimismo.

«La producción cultural fue más compleja», explican Terje Toomistu y Kiwa. «Hubo un amplia variedad de expresiones muy diferentes que, desde el punto de vista actual resultan muy interesantes. Especialmente por cómo la historia popular y la cultura oficial se retorcieron hasta convertirse en una nueva fuerza creativa».

Buena parte de esa producción artística, musical, así como los testimonios y las experiencias de los protagonistas del movimiento hippie de los países del Este han permanecido ocultos tanto para los occidentales, como para los soviéticos. En ese sentido, Soviet hippies es una oportunidad única para conocer cómo fue la contracultura soviética.

«Durante mucho tiempo, las sociedades del antiguo bloque soviético estuvieron ocupadas en superar su traumático pasado, especialmente aquellas cosas de las que no se podía hablar durante la época soviética. Alcanzar este nivel de producción o desarrollo cultural ha supuesto un gran esfuerzo, pero ha permitido que los discursos a la hora de analizar la época sean más diversos. Exposiciones como esta muestran cómo la creación individual horadó las fronteras del régimen soviético y eso resulta apasionante. Es una nueva forma de presentar la cultura de esa época que, el año que viene, se completará con un largometraje documental titulado también Soviet hippies».

No hay que dejarse engañar por la propaganda. En la URSS había casi de todo, incluidos hippies. Grupos de jóvenes que, como sus «hermanos» occidentales, también se rebelaban contra la autoridad, las convenciones sociales y buscaban construir un mundo mejor a través de nuevas formas de convivencia, el arte, la música y la meditación.

«Las diferencias que puede haber entre los hippies occidentales y los de los países del Este están relacionadas con el contexto en el que surgen. Especialmente, con las reglas de comportamiento del régimen soviético», explica Terje Toomistu.

«Por una parte era un movimiento de resistencia pasiva o activa contra las convenciones de cómo se suponía que debías vestir, comportarte o pensar para agradar al Estado y a tus padres. Eso también lo hacían los hippies occidentales, pero la represión que ejercía aquí el poder estatal era mayor. No era extraño que los hippies se tuvieran que enfrentar a severos castigos con más frecuencia que sus colegas del Oeste».

SOVIETHIPPIES

Entre las muchas reglas que desafiaron los hippies del Este se encontraba la del ateísmo oficial. Hartos de esa falta de libertad religiosa, los jóvenes comenzaron a preocuparse por religiones orientales y filosofías incompatibles con el materialismo dialéctico.

Unas creencias que, como había dicho Marx, eran el opio del pueblo. La diferencia es que estos muchachos además de consumirlo en forma de creencia religiosa, también tomaban el opio y otras sustancias estupefacientes en su forma menos metafórica. Definitivamente, los hippies eran un elemento altamente disolvente para la sociedad soviética.

Perseguidos por la KGB y tratados con recelo por sus conciudadanos, a los que escandalizaban con sus extraños cortes de pelo (o la falta de ellos), sus ropas hechas por ellos mismos y su música salvaje, los hippies tuvieron que aislarse de la sociedad y buscar lugares en los que poder vivir tranquilos. Si para los occidentales existían Ashbury Heights o Katmandú, para los del Este el paraíso fue Estonia.

«Por supuesto que los hippies soviéticos tuvieron su propia India y por supuesto que también tomaban drogas, por ejemplo marihuana o tripis, como en cualquier lugar del mundo. El escritor y filósofo, Vladimir Wiedemann, que fue uno de los protagonistas de esta historia, ha explicado estas cosas en sus libros y conferencias, así como la influencia de la cultura new age en la URSS».

A pesar de la imagen monolítica y sin fisuras que pretende transmitir todo régimen autoritario, siempre hay un resquicio por el que se cuelan muchas de las cosas prohibidas por las autoridades. De esta forma, aunque la música, las películas o la televisión occidental estaban totalmente proscritas en la URSS, la cercanía de Estonia con Finlandia permitía que desde algunos lugares se captase la señal de las radios y televisiones de ese país y que entrasen de contrabando revistas, discos y libros prohibidos.

Toda esa efervescencia cultural y semiclandestina se muestra en Soviet hippies, 1970’s Estonian psychedelic underground culture, una exposición comisariada por Terje Toomistu y el artista Kiwa y que, después de presentarse en el Museo Nacional de Estonia, en el Moderna Museet y otros lugares del mundo, se inauguró el pasado viernes en la Red Gallery de Londres.

«Lo primero que va a llamar la atención de los visitantes son las fotografías en las que se muestran actividades culturales underground en Estonia y que hemos conseguido gracias a archivos personales. Los que quieran profundizar más sobre el movimiento encontrarán una selección de testimonios orales recogidos en vídeo, en los que los protagonistas de la escena hippie de la Estonia de los setenta cuentan sus recuerdos», explican Terje Toomistu y Kiwa.

La exposición se completa con diferentes ejemplos de producción cultural de los años 70. Trabajos muy potentes desde el punto de vista gráfico y en los que destaca el colorido y el optimismo.

«La producción cultural fue más compleja», explican Terje Toomistu y Kiwa. «Hubo un amplia variedad de expresiones muy diferentes que, desde el punto de vista actual resultan muy interesantes. Especialmente por cómo la historia popular y la cultura oficial se retorcieron hasta convertirse en una nueva fuerza creativa».

Buena parte de esa producción artística, musical, así como los testimonios y las experiencias de los protagonistas del movimiento hippie de los países del Este han permanecido ocultos tanto para los occidentales, como para los soviéticos. En ese sentido, Soviet hippies es una oportunidad única para conocer cómo fue la contracultura soviética.

«Durante mucho tiempo, las sociedades del antiguo bloque soviético estuvieron ocupadas en superar su traumático pasado, especialmente aquellas cosas de las que no se podía hablar durante la época soviética. Alcanzar este nivel de producción o desarrollo cultural ha supuesto un gran esfuerzo, pero ha permitido que los discursos a la hora de analizar la época sean más diversos. Exposiciones como esta muestran cómo la creación individual horadó las fronteras del régimen soviético y eso resulta apasionante. Es una nueva forma de presentar la cultura de esa época que, el año que viene, se completará con un largometraje documental titulado también Soviet hippies».

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