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13 de octubre 2021    /   BRANDED CONTENT
 

Cómo Spotify ha atomizado la industria musical haciéndola más diversa

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Se habla mucho de cómo la tecnología nos homogeneiza, nos estandariza. Pero en el caso de la música ocurre todo lo contrario. Spotify hace que descubramos músicas locales, grupos más pequeños, que desarrollemos nuestros gustos más allá de lo que decidan cadenas de radio encorsetadas. Ha atomizado la industria, haciéndola más diversa, dando la oportunidad de crecer a grupos que antes eran silenciados.

Es lo que sugiere un estudio de los investigadores españoles Pablo Bello, de la Universidad de Linköping, y David García, profesor de la Universidad Tecnológica de Graz (Austria). Sus resultados, publicados en Nature, proceden de Spotify y aseguran que la música que se consume en esta plataforma digital difiere cada vez más entre distintos países.  

Uno de los miedos recurrentes de la industria musical patria ha sido ser fagocitados por el rodillo estadounidense. España canta (y escucha cantar) en español. La música y la literatura son las industrias culturales que mejor aguantan el tirón respecto a la oferta en inglés. Mucho mejor que el cine, las series o los videojuegos. Por eso la llegada de plataformas con vocación global como Spotify pusieron sobre alerta a unos cuantos. Ahora, con los datos encima de la mesa, podemos decir que esos miedos eran infundados. No solo Spotify no está homogeneizando el panorama musical. Lo está haciendo más diverso.

El estudio de Bello y García zanjó este debate a base de datos. Analizó la diversidad entre 39 países en las listas de éxitos de Spotify durante cuatro años. Sumaron a esta base los datos de iTunes. Y empezaron a trabajar con ellos. «Nuestro análisis revela un aumento en la tendencia a la diversidad del consumo de música que comenzó en 2017 y se extiende a todas las plataformas», afirman en el estudio. «Allí ahora hay muchas más canciones, artistas y sellos discográficos que pueblan las listas principales que solo hace unos años, lo que hizo que las listas nacionales fueran más diversas desde una perspectiva global».  

Los autores encuadran estos cambios «en un proceso de divergencia cultural». Esto se nota en los nombres de los cantantes y grupos que pueblan las listas de éxitos, pero también en la música que hacen. La influencia anglosajona se diluye en un panorama internacional en el que otros ritmos disputan su hegemonía. El auge del K-pop coreano o de la música latina son los ejemplos más evidentes. Pero, a menor escala, este fenómeno se reproduce en cada país. 

Rosalía se convirtió en un fenómeno global mirando para dentro y reinterpretando el flamenco. C. Tangana ha hecho algo similar con géneros denostados como la rumba y la bachata. Son las puntas de lanza de un movimiento mucho más amplio. Rodrigo Cuevas ha introducido narrativas queer en la música tradicional asturiana. Baiuca imprime ritmos electrónicos a las muñeiras. Maria Arnal y Marcel Bagés, Sílvia Pérez Cruz, María Rodés, Rocío Márquez, María José Llergo, Fuerza Nueva (proyecto rompedor de Los Planetas y Niño de Elche)… La revista El Cultural analizaba este movimiento hace unos meses bautizándolo como «Revolución trad». Lo tradicional es moderno.

Si este movimiento tuviera un capitán, ese sería Raül Refree. Este guitarrista (productor de muchos de los arriba citados, entre otros, Rosalía, Rodrigo Cuevas y Silvia Pérez Cruz) viene de una generación que ha crecido escuchando música anglosajona, pero que se ha lanzado a buscar sus raíces musicales. «Creo que es una reacción al mundo en el que estamos viviendo, donde cada vez está todo más globalizado y estandarizado. Todas las ciudades son iguales», explicaba hace poco en una entrevista en La Voz de Galicia . «De repente, descubres lo local, lo que solo hay aquí. Por ejemplo, con Rodrigo Cuevas fuimos a buscar a las mujeres mayores que tocan la pandereta y cantan de una manera determinada que se va a acabar con ellas. De pronto, ves eso y te parece mucho más experimental y moderno que lo que nos venden como tal. Creo que eso es lo que nos llama la atención a todos».

Según los datos de Spotify, la plataforma ha aumentado tanto en número de oyentes generales (365 millones al mes) como en número de suscriptores (165 millones). El libre albedrío, la recomendación del algoritmo y la posibilidad de que todos ellos puedan escuchar nuevas músicas sin pagar por ellas, como sucedía cuando la música se vendía en formato físico y no por suscripción, pueden haber influido en la atomización de la industria. La tecnología ha hecho que el consumidor de música sea más diverso y experimental. Y el repertorio de canciones que tiene a su alcance es hoy más amplio y accesible que nunca. 

Un reciente artículo de El País preguntaba a profesionales de la industria musical por el estudio de Bello y García. «Su respuesta no ha sido de sorpresa», explicaba el autor. «Más bien confirman una evidencia. Y creen que la responsabilidad es de las plataformas digitales». Al final, la tecnología está haciendo crecer a la industria. El algoritmo, contra todo pronóstico, está ayudando a configurar un panorama más diverso. Y suena estupendamente.

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Es lo que sugiere un estudio de los investigadores españoles Pablo Bello, de la Universidad de Linköping, y David García, profesor de la Universidad Tecnológica de Graz (Austria). Sus resultados, publicados en Nature, proceden de Spotify y aseguran que la música que se consume en esta plataforma digital difiere cada vez más entre distintos países.  

Uno de los miedos recurrentes de la industria musical patria ha sido ser fagocitados por el rodillo estadounidense. España canta (y escucha cantar) en español. La música y la literatura son las industrias culturales que mejor aguantan el tirón respecto a la oferta en inglés. Mucho mejor que el cine, las series o los videojuegos. Por eso la llegada de plataformas con vocación global como Spotify pusieron sobre alerta a unos cuantos. Ahora, con los datos encima de la mesa, podemos decir que esos miedos eran infundados. No solo Spotify no está homogeneizando el panorama musical. Lo está haciendo más diverso.

El estudio de Bello y García zanjó este debate a base de datos. Analizó la diversidad entre 39 países en las listas de éxitos de Spotify durante cuatro años. Sumaron a esta base los datos de iTunes. Y empezaron a trabajar con ellos. «Nuestro análisis revela un aumento en la tendencia a la diversidad del consumo de música que comenzó en 2017 y se extiende a todas las plataformas», afirman en el estudio. «Allí ahora hay muchas más canciones, artistas y sellos discográficos que pueblan las listas principales que solo hace unos años, lo que hizo que las listas nacionales fueran más diversas desde una perspectiva global».  

Los autores encuadran estos cambios «en un proceso de divergencia cultural». Esto se nota en los nombres de los cantantes y grupos que pueblan las listas de éxitos, pero también en la música que hacen. La influencia anglosajona se diluye en un panorama internacional en el que otros ritmos disputan su hegemonía. El auge del K-pop coreano o de la música latina son los ejemplos más evidentes. Pero, a menor escala, este fenómeno se reproduce en cada país. 

Rosalía se convirtió en un fenómeno global mirando para dentro y reinterpretando el flamenco. C. Tangana ha hecho algo similar con géneros denostados como la rumba y la bachata. Son las puntas de lanza de un movimiento mucho más amplio. Rodrigo Cuevas ha introducido narrativas queer en la música tradicional asturiana. Baiuca imprime ritmos electrónicos a las muñeiras. Maria Arnal y Marcel Bagés, Sílvia Pérez Cruz, María Rodés, Rocío Márquez, María José Llergo, Fuerza Nueva (proyecto rompedor de Los Planetas y Niño de Elche)… La revista El Cultural analizaba este movimiento hace unos meses bautizándolo como «Revolución trad». Lo tradicional es moderno.

Si este movimiento tuviera un capitán, ese sería Raül Refree. Este guitarrista (productor de muchos de los arriba citados, entre otros, Rosalía, Rodrigo Cuevas y Silvia Pérez Cruz) viene de una generación que ha crecido escuchando música anglosajona, pero que se ha lanzado a buscar sus raíces musicales. «Creo que es una reacción al mundo en el que estamos viviendo, donde cada vez está todo más globalizado y estandarizado. Todas las ciudades son iguales», explicaba hace poco en una entrevista en La Voz de Galicia . «De repente, descubres lo local, lo que solo hay aquí. Por ejemplo, con Rodrigo Cuevas fuimos a buscar a las mujeres mayores que tocan la pandereta y cantan de una manera determinada que se va a acabar con ellas. De pronto, ves eso y te parece mucho más experimental y moderno que lo que nos venden como tal. Creo que eso es lo que nos llama la atención a todos».

Según los datos de Spotify, la plataforma ha aumentado tanto en número de oyentes generales (365 millones al mes) como en número de suscriptores (165 millones). El libre albedrío, la recomendación del algoritmo y la posibilidad de que todos ellos puedan escuchar nuevas músicas sin pagar por ellas, como sucedía cuando la música se vendía en formato físico y no por suscripción, pueden haber influido en la atomización de la industria. La tecnología ha hecho que el consumidor de música sea más diverso y experimental. Y el repertorio de canciones que tiene a su alcance es hoy más amplio y accesible que nunca. 

Un reciente artículo de El País preguntaba a profesionales de la industria musical por el estudio de Bello y García. «Su respuesta no ha sido de sorpresa», explicaba el autor. «Más bien confirman una evidencia. Y creen que la responsabilidad es de las plataformas digitales». Al final, la tecnología está haciendo crecer a la industria. El algoritmo, contra todo pronóstico, está ayudando a configurar un panorama más diverso. Y suena estupendamente.

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