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13 de noviembre 2012    /   IDEAS
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La sangrante tierra de Srebrenica

13 de noviembre 2012    /   IDEAS     por          
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Si se acercan a la costa mediterránea, entornan los ojos y miran al horizonte, verán a solo 2.000 km. los países balcánicos. Parece lejano, pero no lo es. En uno de esos países, en Serbia, la muerte llegó con su actitud más apabullante hace menos de dos décadas. Decidió quedarse allí y teñir de amargura la vida de quienes sobrevivieron al horror del conflicto bélico. Srebrenica vio como 8.000 personas eran exterminadas en el verano de 1995 sin que a nadie pareciera importarle demasiado.

El pasado verano, Mikel Oibar, fotógrafo bilbaino de 25 años, pisó aquella tierra para reflejar lo que queda de tanta negritud y de tanto abandono. «Desde hacía mucho tiempo tenía pensado hacer un proyecto en los Balcanes, un lugar que siempre me ha llamado la atención por su historia. La oportunidad de viajar a Bosnia Herzegovina surgió a través de un trabajo de colaboración con la escuela barcelonesa Reporter Academy, que realiza cursos de fotoperiodismo sobre el terreno. Eso me permitió llegar hasta Srebrenica y hacer este trabajo», señala. El fotógrafo vasco piensa que el conflicto sigue siendo desconocido a pesar de haberse producido a tan poca distancia geográfica y, sobre todo, cultural.

Oibar llevó a cabo el trabajo junto a Santi Donaire. Explica que la realidad allí sigue siendo tremendamente cruda. «Las heridas siguen muy abiertas. Prácticamente cualquier persona de la región ha perdido a algún ser cercano en la guerra, especialmente los bosnios musulmanes, aunque, como en cualquier guerra, hubo excesos por parte de todos los bandos. Creo que no se puede pasar página si antes no la has leído y desde luego, en Bosnia, y en todos los Balcanes, quedan aún muchas páginas por leer».

A pesar de que Oibar observó que los habitantes de Srebrenica «son gente alegre y optimista», resultaba inevitable centrarse en la dureza de la situación. «No quise centrarme en el sufrimiento gratuitamente, pero lo que allí había era dolor. Más de 8000 bosnios musulmanes fueron asesinados impunemente y desde entonces las familias han estado esperando poder enterrar a sus seres queridos. Aunque sean imágenes crudas que destilan una gran tristeza, también supone un gran alivio para los familiares poder enterrar a sus seres queridos según sus creencias religiosas después de tantos años de incertidumbre». Para el fotógrafo, el hecho de que las familias puedan dar sepultura a las víctimas del genocidio es el primer paso para pasar página, «algo que en nuestro país no se ha hecho con los cientos de miles asesinados en la guerra y en la dictadura».

Formalmente, Oibar no ha tirado de mucha sofisticación. «Lo principal es acercarte a la gente, comprender su dolor. Creo que la imagen debe hablar por sí sola, al menos en la fotografía documental. No son necesarios grandes artificios», explica. En realidad, el bilbaino quiso, en esencia, motrar el día a día de la gente de Srebrenica. El problema es que, de momento, ese día a día duele mucho.

Fuente: Blankpaper

Si se acercan a la costa mediterránea, entornan los ojos y miran al horizonte, verán a solo 2.000 km. los países balcánicos. Parece lejano, pero no lo es. En uno de esos países, en Serbia, la muerte llegó con su actitud más apabullante hace menos de dos décadas. Decidió quedarse allí y teñir de amargura la vida de quienes sobrevivieron al horror del conflicto bélico. Srebrenica vio como 8.000 personas eran exterminadas en el verano de 1995 sin que a nadie pareciera importarle demasiado.

El pasado verano, Mikel Oibar, fotógrafo bilbaino de 25 años, pisó aquella tierra para reflejar lo que queda de tanta negritud y de tanto abandono. «Desde hacía mucho tiempo tenía pensado hacer un proyecto en los Balcanes, un lugar que siempre me ha llamado la atención por su historia. La oportunidad de viajar a Bosnia Herzegovina surgió a través de un trabajo de colaboración con la escuela barcelonesa Reporter Academy, que realiza cursos de fotoperiodismo sobre el terreno. Eso me permitió llegar hasta Srebrenica y hacer este trabajo», señala. El fotógrafo vasco piensa que el conflicto sigue siendo desconocido a pesar de haberse producido a tan poca distancia geográfica y, sobre todo, cultural.

Oibar llevó a cabo el trabajo junto a Santi Donaire. Explica que la realidad allí sigue siendo tremendamente cruda. «Las heridas siguen muy abiertas. Prácticamente cualquier persona de la región ha perdido a algún ser cercano en la guerra, especialmente los bosnios musulmanes, aunque, como en cualquier guerra, hubo excesos por parte de todos los bandos. Creo que no se puede pasar página si antes no la has leído y desde luego, en Bosnia, y en todos los Balcanes, quedan aún muchas páginas por leer».

A pesar de que Oibar observó que los habitantes de Srebrenica «son gente alegre y optimista», resultaba inevitable centrarse en la dureza de la situación. «No quise centrarme en el sufrimiento gratuitamente, pero lo que allí había era dolor. Más de 8000 bosnios musulmanes fueron asesinados impunemente y desde entonces las familias han estado esperando poder enterrar a sus seres queridos. Aunque sean imágenes crudas que destilan una gran tristeza, también supone un gran alivio para los familiares poder enterrar a sus seres queridos según sus creencias religiosas después de tantos años de incertidumbre». Para el fotógrafo, el hecho de que las familias puedan dar sepultura a las víctimas del genocidio es el primer paso para pasar página, «algo que en nuestro país no se ha hecho con los cientos de miles asesinados en la guerra y en la dictadura».

Formalmente, Oibar no ha tirado de mucha sofisticación. «Lo principal es acercarte a la gente, comprender su dolor. Creo que la imagen debe hablar por sí sola, al menos en la fotografía documental. No son necesarios grandes artificios», explica. En realidad, el bilbaino quiso, en esencia, motrar el día a día de la gente de Srebrenica. El problema es que, de momento, ese día a día duele mucho.

Fuente: Blankpaper

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Opiniones 3
  • Fotos realistas, fotos que no olvidan aquello que suele olvidarse al correr del tiempo. Y uno no se cansa de decir que nunca volverá a ocurrir. Está ocurriendo en Siria, en ese cíclico tornado de horror, en esa permanente inacción de la comunidad internacional que sólo parece activarse cuando los intereses económicos están por encima de los intereses humanos.

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