1 de septiembre 2014    /   IDEAS
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La fila arribista detrás de Starbucks

1 de septiembre 2014    /   IDEAS     por          
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El tema de la llegada de Starbucks a Colombia comenzó con humor gris e inofensivo y poco a poco se fue haciendo una bola de plastilina social de todos los colores. En resumen, se volvió serio, y por eso hoy se hace tan aburrido a la hora de opinar. En estos casos lo más práctico es ir quitando pedazos grandes y después sí echar mano del detalle, de lo subjetivo, de lo incomprobable, trabajo que ya cada uno habrá hecho por su cuenta o habrá padecido por cuenta de otro. (Opinión)
Como no hay mucha gente haciendo fila para salir del tema y en cambio se han creado otras, aprovecho el blog para juntar unas conclusiones que había puesto en tuits, que comenté con amigos o a las que adhiero arbitrariamente sin más: ¿Qué tiene de malo hacer fila en Starbucks?
Hay que decirlo. Es tan esnob el colombiano que madrugó o que va a farandulear por primera vez al Starbucks como el que se esfuerza por dejar claro que ya lo conocía. En ambos casos es una maña muy habitual que usamos sin otro afán que el de llamar la atención. Y se podrá decir que hacerlo es bobo, hipster o ridículo, pero nunca dañino o reprochable. A vuelo de pájaro, y porque a todos nos ha pasado, uno podría pensar que el segundo personaje en realidad rechaza al primero porque alguna vez se sintió identificado. Es decir, el que ha ido mucho a Starbucks también fue una primera vez.

«Es increíble que la gente pague ocho veces más por el mismo café de panadería…».

Lo he leído varias veces con un apoyo tremendo y con el respaldo de que «todos tenemos el derecho de opinar». Bueno, un derecho muy parecido a ese es el que le permite a las personas hacer lo que quieran con la plata que bien ganan y que les queda después de tributar. Con ese derecho millones de colombianos vienen comprando repostería y café de Juan Valdez a precios que están lejos de ser baratos. Yo sí creo que metérsele a otro de esa manera en la billetera ya está en la frontera del antojismo y la envidia, porque no hay que estudiar Márketing para saber por qué la gente prefiere comprar más caro en Starbucks el mismo café que se tomaría en Oma. Su nicho es aspiracional. Para los fanáticos de esta postura -pegada con babas- la gente no debería comprar sino un solo tipo de reloj, pues porque «todos los benditos relojes dan la misma hora».

«Starbucks arruina a los caficultores colombianos»

Aunque parezca, que el café de Starbucks sea o no sea colombiano no es crucial para la discusión. En primer lugar porque -como se ha dicho hasta el cansancio- Starbucks también usa café colombiano, no desde esta semana sino desde hace años, y aunque tienen fama de vampiros corporativos, también brindan ayuda técnica a los caficultores locales. No lo hacen en Colombia como un favor, de hecho tienen la misma política en otros países como Costa Rica -donde los esnob también hicieron fila en la inauguración-.
En segundo lugar, porque los colombianos tomamos más café importado que nacional. Y a riesgo de equivocarme, la explicación es lógica: nuestro café bueno se exporta o se vende caro en Colombia, en cambio el de calidad estándar se consume al corriente y compite con cafés populares importados. Ahí están el Sello Rojo o el Águila Roja, aunque le apostaría a que buena parte de los colombianos tiene Nescafé en la alacena.
Tampoco hace falta pertenecer a la Federación Nacional de Cafeteros para adivinar que la triste situación de algunos caficultores colombianos se debe más a decisiones gubernamentales y gremiales equivocadas, e incluso a adversidades naturales, que a la apertura de franquicias extranjeras, en todo caso, también permitida por dirigentes colombianos.

«Colombiano compra colombiano»

Es tal vez el mejor eslogan para una campaña publicitaria de Juan Valdez, pero el peor argumento de quienes tildan de «ignorantes o idiotas» a quienes hacen la bendita fila en Starbucks, como lo he leído hasta la saciedad. No veo el porqué de ese llamado ni mucho menos de los insultos. Vea lo que trae puesto mientras lee este texto, dónde lo lee, lo que come, lo que tiene a su alrededor y se dará cuenta de la cantidad absurda de importaciones que consumimos los colombianos, sin meternos a decir si eso es bueno o malo. Ahora, estamos hablando de café, y café bueno no solo se da en Colombia sino también en Brasil, centroamérica y África. Que sea colombiano no quiere decir que por eso es el mejor. Quién dijo.

«Colombianada»

Aunque muchos al parecer no lo saben, las filas de Starbucks son conocidas en todo el mundo. He visto acá en Madrid mucha gente haciendo fila en la calle en varias partes donde Starbucks ofrece el espacio de mesas y terrazas, además hay cientos de fotos en internet en América, Europa y Asia que lo comprueban. Lo curioso aquí es que en otras latitudes las críticas y burlas no tienen que ver tanto con «lo boleta» de hacer fila sino con la calidad del café, que, según me dicen los que saben -yo no tomo café-, es asqueroso, de ahí lo de Starsucks. Y no han sido pocos, así que algo de razón tendrán.

«Ahora quién se va a aguantar a los levantados wannabes subiendo fotos a instagram»…

Desgranando esta frase, de entrada hay que decir que quienes tenemos Instagram ya tenemos nuestra cuota de wannabes al día y por ello tenemos rabo de paja para criticar. El café-accesorio, el vasito marcado y las maneras ‘celebrity’ a la hora de llevarlo han sido tan ridiculizadas desde hace tanto que hasta para ese juego hemos llegado tarde. El resto de la frase (lo de «levantados») resume la motivación de este post, todos los párrafos anteriores podrían no existir y aun así llegaríamos a lo mismo. La razón es obvia e incómoda: aplastar a los que van -haciendo fila o no- a Starbucks a farandulear por primera vez, porque la mayoría no va a más, es cuando menos clasista y pretencioso.
El lío no es serlo, sino disfrazarlo y hacernos los bobos. Todos somos en mayor o menor grado arribistas porque es un lastre que ya dejó de tener que ver con la plata que uno tiene, sino más bien con la actitud de uno hacia la misma plata. En esto último los bogotanos les llevamos mucha ventaja a las demás regiones y por eso Starbucks, así sirva un café hediondo, será un éxito. Y no tiene nada de malo si se toma como al comienzo, con humor. Pero después de desarmar esa bola de plastilina social de la que hablaba al comienzo, uno se da cuenta de que en Bogotá, ante la menor oportunidad, se hacen filas silenciosas de hasta de cuatro cuadras para ser arribista.

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El tema de la llegada de Starbucks a Colombia comenzó con humor gris e inofensivo y poco a poco se fue haciendo una bola de plastilina social de todos los colores. En resumen, se volvió serio, y por eso hoy se hace tan aburrido a la hora de opinar. En estos casos lo más práctico es ir quitando pedazos grandes y después sí echar mano del detalle, de lo subjetivo, de lo incomprobable, trabajo que ya cada uno habrá hecho por su cuenta o habrá padecido por cuenta de otro. (Opinión)
Como no hay mucha gente haciendo fila para salir del tema y en cambio se han creado otras, aprovecho el blog para juntar unas conclusiones que había puesto en tuits, que comenté con amigos o a las que adhiero arbitrariamente sin más: ¿Qué tiene de malo hacer fila en Starbucks?
Hay que decirlo. Es tan esnob el colombiano que madrugó o que va a farandulear por primera vez al Starbucks como el que se esfuerza por dejar claro que ya lo conocía. En ambos casos es una maña muy habitual que usamos sin otro afán que el de llamar la atención. Y se podrá decir que hacerlo es bobo, hipster o ridículo, pero nunca dañino o reprochable. A vuelo de pájaro, y porque a todos nos ha pasado, uno podría pensar que el segundo personaje en realidad rechaza al primero porque alguna vez se sintió identificado. Es decir, el que ha ido mucho a Starbucks también fue una primera vez.

«Es increíble que la gente pague ocho veces más por el mismo café de panadería…».

Lo he leído varias veces con un apoyo tremendo y con el respaldo de que «todos tenemos el derecho de opinar». Bueno, un derecho muy parecido a ese es el que le permite a las personas hacer lo que quieran con la plata que bien ganan y que les queda después de tributar. Con ese derecho millones de colombianos vienen comprando repostería y café de Juan Valdez a precios que están lejos de ser baratos. Yo sí creo que metérsele a otro de esa manera en la billetera ya está en la frontera del antojismo y la envidia, porque no hay que estudiar Márketing para saber por qué la gente prefiere comprar más caro en Starbucks el mismo café que se tomaría en Oma. Su nicho es aspiracional. Para los fanáticos de esta postura -pegada con babas- la gente no debería comprar sino un solo tipo de reloj, pues porque «todos los benditos relojes dan la misma hora».

«Starbucks arruina a los caficultores colombianos»

Aunque parezca, que el café de Starbucks sea o no sea colombiano no es crucial para la discusión. En primer lugar porque -como se ha dicho hasta el cansancio- Starbucks también usa café colombiano, no desde esta semana sino desde hace años, y aunque tienen fama de vampiros corporativos, también brindan ayuda técnica a los caficultores locales. No lo hacen en Colombia como un favor, de hecho tienen la misma política en otros países como Costa Rica -donde los esnob también hicieron fila en la inauguración-.
En segundo lugar, porque los colombianos tomamos más café importado que nacional. Y a riesgo de equivocarme, la explicación es lógica: nuestro café bueno se exporta o se vende caro en Colombia, en cambio el de calidad estándar se consume al corriente y compite con cafés populares importados. Ahí están el Sello Rojo o el Águila Roja, aunque le apostaría a que buena parte de los colombianos tiene Nescafé en la alacena.
Tampoco hace falta pertenecer a la Federación Nacional de Cafeteros para adivinar que la triste situación de algunos caficultores colombianos se debe más a decisiones gubernamentales y gremiales equivocadas, e incluso a adversidades naturales, que a la apertura de franquicias extranjeras, en todo caso, también permitida por dirigentes colombianos.

«Colombiano compra colombiano»

Es tal vez el mejor eslogan para una campaña publicitaria de Juan Valdez, pero el peor argumento de quienes tildan de «ignorantes o idiotas» a quienes hacen la bendita fila en Starbucks, como lo he leído hasta la saciedad. No veo el porqué de ese llamado ni mucho menos de los insultos. Vea lo que trae puesto mientras lee este texto, dónde lo lee, lo que come, lo que tiene a su alrededor y se dará cuenta de la cantidad absurda de importaciones que consumimos los colombianos, sin meternos a decir si eso es bueno o malo. Ahora, estamos hablando de café, y café bueno no solo se da en Colombia sino también en Brasil, centroamérica y África. Que sea colombiano no quiere decir que por eso es el mejor. Quién dijo.

«Colombianada»

Aunque muchos al parecer no lo saben, las filas de Starbucks son conocidas en todo el mundo. He visto acá en Madrid mucha gente haciendo fila en la calle en varias partes donde Starbucks ofrece el espacio de mesas y terrazas, además hay cientos de fotos en internet en América, Europa y Asia que lo comprueban. Lo curioso aquí es que en otras latitudes las críticas y burlas no tienen que ver tanto con «lo boleta» de hacer fila sino con la calidad del café, que, según me dicen los que saben -yo no tomo café-, es asqueroso, de ahí lo de Starsucks. Y no han sido pocos, así que algo de razón tendrán.

«Ahora quién se va a aguantar a los levantados wannabes subiendo fotos a instagram»…

Desgranando esta frase, de entrada hay que decir que quienes tenemos Instagram ya tenemos nuestra cuota de wannabes al día y por ello tenemos rabo de paja para criticar. El café-accesorio, el vasito marcado y las maneras ‘celebrity’ a la hora de llevarlo han sido tan ridiculizadas desde hace tanto que hasta para ese juego hemos llegado tarde. El resto de la frase (lo de «levantados») resume la motivación de este post, todos los párrafos anteriores podrían no existir y aun así llegaríamos a lo mismo. La razón es obvia e incómoda: aplastar a los que van -haciendo fila o no- a Starbucks a farandulear por primera vez, porque la mayoría no va a más, es cuando menos clasista y pretencioso.
El lío no es serlo, sino disfrazarlo y hacernos los bobos. Todos somos en mayor o menor grado arribistas porque es un lastre que ya dejó de tener que ver con la plata que uno tiene, sino más bien con la actitud de uno hacia la misma plata. En esto último los bogotanos les llevamos mucha ventaja a las demás regiones y por eso Starbucks, así sirva un café hediondo, será un éxito. Y no tiene nada de malo si se toma como al comienzo, con humor. Pero después de desarmar esa bola de plastilina social de la que hablaba al comienzo, uno se da cuenta de que en Bogotá, ante la menor oportunidad, se hacen filas silenciosas de hasta de cuatro cuadras para ser arribista.

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