18 de agosto 2011    /   CIENCIA
por
 

Su agua está chupada y puede que un día desaparezca del grifo

18 de agosto 2011    /   CIENCIA     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Descarga Yorokobu gratis en formato digital!

Llévate el PDF del Gran Reseteo por la cara haciendo clic aquí.


Usted no sabe que el agua que hoy ha bebido probablemente pasó antes por el gaznate de un dinosaurio. No otra agua. No un agua parecida, sino la misma que ha salido de su grifo, la que ha llenado en su vaso y ha ingerido. Si le sirve de consuelo, probablemente, el próximo que se beba ese mismo líquido tampoco tenga ni idea de que usted sorbió antes ese trago.
“¿Sabía que este recurso es tan limitado que llevamos reutilizando la misma agua, una y otra vez, desde la aparición del planeta? No hay agua nueva. Toda la que utilizamos se creó en el espacio y llegó aquí cuando se formó la Tierra. Nuestra propia saliva proviene de la Vía Láctea. Por eso hay que caer en la cuenta de que cada vez somos más, que el desarrollo económico demanda más agua y que el cambio climático la hace desaparecer de muchos lugares. Hay agua pero hay que repartirla mejor. No podemos desperdiciarla del modo en que lo hacemos si no queremos quedarnos sin ella”.
De esa inadvertida amenaza pretende alertar el periodista del Washington Post, Charles Fishman, en su nuevo libro “La Gran Sed. La vida secreta y turbulento futuro del agua” (The Big Thirst, The secret life and turbulent future of water). Llegó la hora de dejar de pensar que el vaso está medio lleno.
Todo empezó por un golpe de sed. La sintió Fishman, reconocido periodista por su habilidad para estudiar y escribir sobre todo tipo de organizaciones y por el su libro The Wal-Mart Effect (galardonado como libro del año por la revista The Economist en 2006), estando alojado en un hotel de Miami (Florida, EE.UU).
En el frigorífico de la habitación había pequeñas botellitas de agua. Cogió una y antes de comenzar a beber se entretuvo en leer la etiqueta: Fiji Water (Agua de las islas Fiyi). La exotiquez del sorbo le hizo pensar: “¿Fiyi?”. No podía creer que los americanos necesitaran “agua del otro lado del mundo”, así que, “por pura curiosidad”, buscó algo de información sobre este pequeño archipiélago del sur del Pacífico.
Entonces llegó el sobresalto. Lo que leyó del lugar es que “el 53% de la gente que vive en la república de Fiyi no tiene acceso a agua limpia, segura y potable”. Fishman rápidamente cayó en la cuenta: “Es decir, que un americano puede ir a la tienda de la esquina y comprar agua de Fiyi limpia y segura más fácilmente que la gente que vive allí. Me quedé impresionado”, reconoce el autor. Entonces pensó que la sociedad al completo, al menos la del primer mundo, “había pasado por alto la importancia” del incoloro bien. Tenía que alertar al planeta de su calado despiste.
“En el mundo desarrollado estamos malacostumbrados después de 100 años recibiendo un servicio de agua seguro, ilimitado y gratis. El agua nos llega como si tal cosa a nuestros grifos, pero los ríos, los pozos y los lagos están lejos de nuestra vista… Hasta las tuberías están escondidas bajo tierra. Por eso nunca pensamos en lo que nos cuesta”, cuenta Fishman.
A esa conclusión llegó tras recorrer durante meses el mundo en busca de los secretos y los usos que los humanos damos a la sustancia elemental. “Fui hasta las islas Fiyi, de donde salió aquella botella del hotel de Miami, a San Pellegrino, en Italia, de donde proviene su famosa agua con gas; estuve en muchos lugares de Estados Unidos…”, relata el autor, y remarca las grandes diferencias que encontró de unos sitios a otros. “Las Vegas es una ciudad sin manantiales propios donde los delfines tienen piscinas para nadar en mitad del desierto; también visité Australia, un país desarrollado donde la carencia de agua es un problema importante; y durante un mes en la India fui testigo de cómo la mitad de la población, 600 millones de personas, no tienen acceso a agua limpia a diario. A menudo deben andar kilómetros para conseguirla. ¡Y el caso es que la India es un país donde debería haber suficiente agua para todos!”, explica.
Dice Fishman que su libro, el cual pretende publicar en español “en cuanto encuentre un editor interesado”, solo busca contar a la gente “lo que no saben del agua, más allá de su sabor, su olor o su sensación en la piel. Quería mostrar lo impresionante que es esta sustancia, casi mágica, y también advertir del riesgo que corremos de quedarnos sin ella —vivamos donde vivamos—. Es hora de empezar a pensar cómo gestionarla de una manera más inteligente. Debemos entenderla mejor antes de que llegue la crisis”, avisa.
Fishman desvela datos tales como que el mayor consumo de agua lo producen “la agricultura, las industrias y las plantas de energía eléctrica”. “Solo los agricultores gastan en 70% del agua que utilizamos y de esta solo aprovechan la mitad. Así que podemos decir que el 35% del agua que empleamos los humanos se desperdicia”, asegura.
Pero el experto no culpa a los campesinos, sino al desinterés de muchos gobiernos y de la gente “con dinero y poder”. “Ellos siempre tienen agua limpia y barata, así que se preocupan poco por mejorar su eficiencia. No enseñan a la gente del campo técnicas para ahorrar agua. Tampoco son muchas las grandes empresas que han trabajado en hacer eficiente la cantidad de agua que utilizan, aunque empiezan a existir algunas. El problema es que, a menudo, los que de veras están preocupados por el futuro del agua son los más pobres, los que tienen que esforzarse a diario para conseguirla. Y el poder político de esa gente es realmente mínimo por lo que apenas pueden siquiera protestar”.
A pesar de la desalentadora situación y de las advertencias que el planeta ya está lanzando sobre una futura gran catástrofe por falta de agua (“Atlanta, Delhi, Las Vegas, Barcelona, Perth, Oriente Medio…”) , Fishman prefiere no perder el optimismo: ¿Estamos gobiernos, empresas y población preparados para el cambio de hábitos que deberíamos acometer si queremos evitar la llegada de esa gran crisis del agua? “Si”, afirma el autor, “algunos gobiernos y empresas inteligentes y muy pioneras están preparadas para el cambio. Se han dado cuenta del riesgo. Han visto la oportunidad de arreglar este problema con las herramientas que tenemos a nuestro alcance. Mi libro trata precisamente de destacar ese tipo de ejemplos para despertar el interés del resto por seguirlos. Demostrar que existe un problema con el agua, pero también que aún tiene solución”.
No se le escapa a Fishman apuntar con el dedo también a particulares. “Una botella de agua envasada de medio litro cuesta un dólar, un precio por el que podríamos estar rellenando el mismo frasco cada día con agua del grifo durante ochos años seguidos. ¿Realmente es necesaria? Y como para eso, para todo”, declara Fishman, “hay que ser consciente de lo que es el agua para saber utilizarla eficientemente. Por ejemplo, si una familia como la mía, de cuatro personas, debería gastar de media unos 1.500 litros al mes, se puede reducir el consumo con detalles tan simples como no tirar de la cadena del W.C. cada vez que se usa, regar las plantas o dar de beber a las mascotas con el agua que nos sobra, o cerrar la ducha mientras nos enjabonamos. Con gestos así en mi casa hemos conseguido reducir el consumo a la mitad”, afirma. “No hace falta vivir una vida seca, sino utilizar la sustancia con conciencia. Solo así evitaremos que un día falte el agua que sale de nuestros grifos”.

Este artículo fue publicado en el número de Julio de Yorokobu
Foto: Philip reproducida bajo licencia Creative Commons

¡Descarga Yorokobu gratis en formato digital!

Llévate el PDF del Gran Reseteo por la cara haciendo clic aquí.

¡Descarga Yorokobu gratis en formato digital!

Llévate el PDF del Gran Reseteo por la cara haciendo clic aquí.


Usted no sabe que el agua que hoy ha bebido probablemente pasó antes por el gaznate de un dinosaurio. No otra agua. No un agua parecida, sino la misma que ha salido de su grifo, la que ha llenado en su vaso y ha ingerido. Si le sirve de consuelo, probablemente, el próximo que se beba ese mismo líquido tampoco tenga ni idea de que usted sorbió antes ese trago.
“¿Sabía que este recurso es tan limitado que llevamos reutilizando la misma agua, una y otra vez, desde la aparición del planeta? No hay agua nueva. Toda la que utilizamos se creó en el espacio y llegó aquí cuando se formó la Tierra. Nuestra propia saliva proviene de la Vía Láctea. Por eso hay que caer en la cuenta de que cada vez somos más, que el desarrollo económico demanda más agua y que el cambio climático la hace desaparecer de muchos lugares. Hay agua pero hay que repartirla mejor. No podemos desperdiciarla del modo en que lo hacemos si no queremos quedarnos sin ella”.
De esa inadvertida amenaza pretende alertar el periodista del Washington Post, Charles Fishman, en su nuevo libro “La Gran Sed. La vida secreta y turbulento futuro del agua” (The Big Thirst, The secret life and turbulent future of water). Llegó la hora de dejar de pensar que el vaso está medio lleno.
Todo empezó por un golpe de sed. La sintió Fishman, reconocido periodista por su habilidad para estudiar y escribir sobre todo tipo de organizaciones y por el su libro The Wal-Mart Effect (galardonado como libro del año por la revista The Economist en 2006), estando alojado en un hotel de Miami (Florida, EE.UU).
En el frigorífico de la habitación había pequeñas botellitas de agua. Cogió una y antes de comenzar a beber se entretuvo en leer la etiqueta: Fiji Water (Agua de las islas Fiyi). La exotiquez del sorbo le hizo pensar: “¿Fiyi?”. No podía creer que los americanos necesitaran “agua del otro lado del mundo”, así que, “por pura curiosidad”, buscó algo de información sobre este pequeño archipiélago del sur del Pacífico.
Entonces llegó el sobresalto. Lo que leyó del lugar es que “el 53% de la gente que vive en la república de Fiyi no tiene acceso a agua limpia, segura y potable”. Fishman rápidamente cayó en la cuenta: “Es decir, que un americano puede ir a la tienda de la esquina y comprar agua de Fiyi limpia y segura más fácilmente que la gente que vive allí. Me quedé impresionado”, reconoce el autor. Entonces pensó que la sociedad al completo, al menos la del primer mundo, “había pasado por alto la importancia” del incoloro bien. Tenía que alertar al planeta de su calado despiste.
“En el mundo desarrollado estamos malacostumbrados después de 100 años recibiendo un servicio de agua seguro, ilimitado y gratis. El agua nos llega como si tal cosa a nuestros grifos, pero los ríos, los pozos y los lagos están lejos de nuestra vista… Hasta las tuberías están escondidas bajo tierra. Por eso nunca pensamos en lo que nos cuesta”, cuenta Fishman.
A esa conclusión llegó tras recorrer durante meses el mundo en busca de los secretos y los usos que los humanos damos a la sustancia elemental. “Fui hasta las islas Fiyi, de donde salió aquella botella del hotel de Miami, a San Pellegrino, en Italia, de donde proviene su famosa agua con gas; estuve en muchos lugares de Estados Unidos…”, relata el autor, y remarca las grandes diferencias que encontró de unos sitios a otros. “Las Vegas es una ciudad sin manantiales propios donde los delfines tienen piscinas para nadar en mitad del desierto; también visité Australia, un país desarrollado donde la carencia de agua es un problema importante; y durante un mes en la India fui testigo de cómo la mitad de la población, 600 millones de personas, no tienen acceso a agua limpia a diario. A menudo deben andar kilómetros para conseguirla. ¡Y el caso es que la India es un país donde debería haber suficiente agua para todos!”, explica.
Dice Fishman que su libro, el cual pretende publicar en español “en cuanto encuentre un editor interesado”, solo busca contar a la gente “lo que no saben del agua, más allá de su sabor, su olor o su sensación en la piel. Quería mostrar lo impresionante que es esta sustancia, casi mágica, y también advertir del riesgo que corremos de quedarnos sin ella —vivamos donde vivamos—. Es hora de empezar a pensar cómo gestionarla de una manera más inteligente. Debemos entenderla mejor antes de que llegue la crisis”, avisa.
Fishman desvela datos tales como que el mayor consumo de agua lo producen “la agricultura, las industrias y las plantas de energía eléctrica”. “Solo los agricultores gastan en 70% del agua que utilizamos y de esta solo aprovechan la mitad. Así que podemos decir que el 35% del agua que empleamos los humanos se desperdicia”, asegura.
Pero el experto no culpa a los campesinos, sino al desinterés de muchos gobiernos y de la gente “con dinero y poder”. “Ellos siempre tienen agua limpia y barata, así que se preocupan poco por mejorar su eficiencia. No enseñan a la gente del campo técnicas para ahorrar agua. Tampoco son muchas las grandes empresas que han trabajado en hacer eficiente la cantidad de agua que utilizan, aunque empiezan a existir algunas. El problema es que, a menudo, los que de veras están preocupados por el futuro del agua son los más pobres, los que tienen que esforzarse a diario para conseguirla. Y el poder político de esa gente es realmente mínimo por lo que apenas pueden siquiera protestar”.
A pesar de la desalentadora situación y de las advertencias que el planeta ya está lanzando sobre una futura gran catástrofe por falta de agua (“Atlanta, Delhi, Las Vegas, Barcelona, Perth, Oriente Medio…”) , Fishman prefiere no perder el optimismo: ¿Estamos gobiernos, empresas y población preparados para el cambio de hábitos que deberíamos acometer si queremos evitar la llegada de esa gran crisis del agua? “Si”, afirma el autor, “algunos gobiernos y empresas inteligentes y muy pioneras están preparadas para el cambio. Se han dado cuenta del riesgo. Han visto la oportunidad de arreglar este problema con las herramientas que tenemos a nuestro alcance. Mi libro trata precisamente de destacar ese tipo de ejemplos para despertar el interés del resto por seguirlos. Demostrar que existe un problema con el agua, pero también que aún tiene solución”.
No se le escapa a Fishman apuntar con el dedo también a particulares. “Una botella de agua envasada de medio litro cuesta un dólar, un precio por el que podríamos estar rellenando el mismo frasco cada día con agua del grifo durante ochos años seguidos. ¿Realmente es necesaria? Y como para eso, para todo”, declara Fishman, “hay que ser consciente de lo que es el agua para saber utilizarla eficientemente. Por ejemplo, si una familia como la mía, de cuatro personas, debería gastar de media unos 1.500 litros al mes, se puede reducir el consumo con detalles tan simples como no tirar de la cadena del W.C. cada vez que se usa, regar las plantas o dar de beber a las mascotas con el agua que nos sobra, o cerrar la ducha mientras nos enjabonamos. Con gestos así en mi casa hemos conseguido reducir el consumo a la mitad”, afirma. “No hace falta vivir una vida seca, sino utilizar la sustancia con conciencia. Solo así evitaremos que un día falte el agua que sale de nuestros grifos”.

Este artículo fue publicado en el número de Julio de Yorokobu
Foto: Philip reproducida bajo licencia Creative Commons

¡Descarga Yorokobu gratis en formato digital!

Llévate el PDF del Gran Reseteo por la cara haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
La ‘máquina inútil’ que aterrorizaba a Arthur C. Clarke
Un libro de cocina para hablar sobre el futuro de la carne
Así saca la basura el cerebro
Este matemático es el culpable de que uses mp3 o jpg
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El rollo legal de las cookies

La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

ACEPTAR
Aviso de cookies