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7 de febrero 2017    /   BUSINESS
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Subrayar libros, un sacrilegio necesario

7 de febrero 2017    /   BUSINESS     por          
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George Steiner no podía leer sin un lápiz en la mano. En una entrevista concedida a El País bromeó sobre el tema. Le preguntaron qué es ser judío: «Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor», respondió.

Esta pugna entre aficionados a las letras cuenta ya con décadas de batalla: ¿Es más digno el lector que subraya una novela o el que no? Los libros son cuerpos vivos, y eso levanta muchas broncas y encontronazos. Su integridad física es defendida por unos como si se tratara de su propia carne o, más bien, de la carne de un ídolo. Muchos de estos se ofenden con ese otro tipo de lector que cae en la irreverencia de manejar las páginas como si fueran de papel: garabatea, subraya frases y párrafos.

Los primeros se lavan las manos y se cuidan de no abrir el libro más de 100 grados por miedo a que se aflojen las costuras. Son lectores a la japonesa: se descalzan antes de entrar en la historia, sueñan con pasar por ella sin contaminarla. Los otros, de los que hablamos aquí, se meten en el texto con los zapatos embarrados y obligan a cualquier visitante posterior a recibir una versión intervenida de su significado.

¿Pero acaso los cuerpos no están pensados para que, unos en otros, vayamos dejándonos señales, matizándonos, marcándonos relieves?

El veterano artista argentino Eduardo Stupía reflexionó sobre el hecho: «Cuando marco algo en un libro, me doy cuenta de que el marcado soy yo, que hay libros que efectivamente me marcaron y que hay otros que uno marcaría desde el comienzo hasta el final».

Uno cree que está subrayando el papel y, en realidad, él es el subrayado. La mayoría de acciones con las que osamos modificar el mundo exterior repercuten sólo en uno mismo. «No te regalan un reloj, tú eres el regalado», dijo un gran subrayador y anotador de libros llamado Julio Cortázar.

El autor de Rayuela discutía con las obras que tocaban sus manos, en cada tomo de su biblioteca está grabada la historia de una lectura apasionada, de un diálogo de tú a tú con los autores. Subrayaba, escribía, criticaba, celebraba, se cabreaba: «La más íntima, sola, poesía. Rumorosa y mínima», anotó en los márgenes de La realidad y el deseo de Luis Cernuda. Ahora, una visita a estos volúmenes ofrece un hilo que guía por lo más parecido a una biografía intelectual en la sombra de uno de los escritores más desafiantes del siglo XX.

Quizás la respuesta a por qué determinados lectores necesitan empuñar el lápiz o el bolígrafo cuando se enfrentan a una novela esté en el objetivo de la lectura. En una entrevista con Juan Gustavo Cobo Borda de 1981, el expansivo Gabriel García Márquez habló de sus inicios, de las obras que le nutrieron: «los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos. Sólo leen para saber cómo están hechos los libros. Se trata de una lectura puramente técnica, para desarmar el libro y ver cómo está cosido por dentro». La disección requiere bisturí, lápiz, salvo que se posea una capacidad de concentración torrencial.

subrayar libros
Herman Melville

Subrayamos, en principio, para facilitar la relectura y no tener que volver a picar la piedra en busca de minerales preciosos. Sin embargo, no releemos tanto como subrayamos. Con el tiempo, nos percatamos de que resaltar frases, en realidad, es una forma de detenernos, de meditar, o de aceptar nuestra ignorancia y meterla entre corchetes, o de festejar los descubrimientos plegándonos ante el autor con signos de exclamación.

Hay riesgos. Para los compulsivos del lápiz, un regreso a cualquier obra puede acarrear una humillación. Podemos darnos cuenta de haber destacado pasajes superficiales, cursis, de haber anotado obviedades en los márgenes, de haber corregido al autor de manera errónea, habiéndolo malinterpretado. Es la prueba de que cuando nos creíamos capaces de glosar con ingenio éramos mediocres, y eso aviva la sospecha de que lo sigamos siendo. La mediocridad no avisa.

También sucede lo contrario, pero es más raro, porque siempre cambiamos de gustos y de puntos de vista renegando con cierta violencia. Por eso utilizar el lápiz y no los bolígrafos o los rotuladores es un acto de compasión con uno mismo. Aunque nunca borremos las intervenciones anteriores, la mera textura del grafito alivia, indica que uno puede desdecirse y que las ideas pasadas no eran definitivas, sino parte de una trayectoria.

El bolígrafo provoca lo contrario. Las páginas pintarrajeadas con tinta, con el tiempo, se sienten aborrecibles como la ropa interior sucia de otro, sobre todo si la tinta tenía un color diferente al del texto. El bolígrafo negro resulta siempre menos agraviante que el rojo o el verde.

A pesar de los inconvenientes, los adictos al subrayado siempre preferirán un libro manchado. Sólo ellos conocen el morbo de tomar un libro ajeno y mirar las frases elegidas: pocas intimidades hay más profundas. En cambio, desasosiega tomar un ejemplar de una biblioteca personal y verlo impoluto, con las páginas rígidas y blancas, nunca maleadas.

El efecto que produce es el mismo que entrar a una casa abandonada esperando encontrar objetos y captar olores que lleven a fantasear con los recuerdos de otros y que, de pronto, descubramos que el domicilio nunca fue otra cosa que un piso piloto: están los muebles, los electrodomésticos, pero todo envuelto en una atmósfera esterilizada, sin alma.

Subrayar sirve también para dejar rastro. Ya de viejo, Herman Melville marcó un par de versos en un poemario del escritor escocés James Thomson: «Ponderando una dolorosa serie de derrotas/ Y negros desastres desde el primer día de mi vida». Quedó como un mensaje para las generaciones posteriores. Nos legó una imagen: Melville consolándose con la complicidad que ofrecían las palabras de Thomson. Esa línea que surca las dos frases sería el punto de partida perfecto para narrar la historia de un genio que murió ignorando que su obra iba a coronar la cumbre de la literatura universal.

George Steiner no podía leer sin un lápiz en la mano. En una entrevista concedida a El País bromeó sobre el tema. Le preguntaron qué es ser judío: «Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor», respondió.

Esta pugna entre aficionados a las letras cuenta ya con décadas de batalla: ¿Es más digno el lector que subraya una novela o el que no? Los libros son cuerpos vivos, y eso levanta muchas broncas y encontronazos. Su integridad física es defendida por unos como si se tratara de su propia carne o, más bien, de la carne de un ídolo. Muchos de estos se ofenden con ese otro tipo de lector que cae en la irreverencia de manejar las páginas como si fueran de papel: garabatea, subraya frases y párrafos.

Los primeros se lavan las manos y se cuidan de no abrir el libro más de 100 grados por miedo a que se aflojen las costuras. Son lectores a la japonesa: se descalzan antes de entrar en la historia, sueñan con pasar por ella sin contaminarla. Los otros, de los que hablamos aquí, se meten en el texto con los zapatos embarrados y obligan a cualquier visitante posterior a recibir una versión intervenida de su significado.

¿Pero acaso los cuerpos no están pensados para que, unos en otros, vayamos dejándonos señales, matizándonos, marcándonos relieves?

El veterano artista argentino Eduardo Stupía reflexionó sobre el hecho: «Cuando marco algo en un libro, me doy cuenta de que el marcado soy yo, que hay libros que efectivamente me marcaron y que hay otros que uno marcaría desde el comienzo hasta el final».

Uno cree que está subrayando el papel y, en realidad, él es el subrayado. La mayoría de acciones con las que osamos modificar el mundo exterior repercuten sólo en uno mismo. «No te regalan un reloj, tú eres el regalado», dijo un gran subrayador y anotador de libros llamado Julio Cortázar.

El autor de Rayuela discutía con las obras que tocaban sus manos, en cada tomo de su biblioteca está grabada la historia de una lectura apasionada, de un diálogo de tú a tú con los autores. Subrayaba, escribía, criticaba, celebraba, se cabreaba: «La más íntima, sola, poesía. Rumorosa y mínima», anotó en los márgenes de La realidad y el deseo de Luis Cernuda. Ahora, una visita a estos volúmenes ofrece un hilo que guía por lo más parecido a una biografía intelectual en la sombra de uno de los escritores más desafiantes del siglo XX.

Quizás la respuesta a por qué determinados lectores necesitan empuñar el lápiz o el bolígrafo cuando se enfrentan a una novela esté en el objetivo de la lectura. En una entrevista con Juan Gustavo Cobo Borda de 1981, el expansivo Gabriel García Márquez habló de sus inicios, de las obras que le nutrieron: «los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos. Sólo leen para saber cómo están hechos los libros. Se trata de una lectura puramente técnica, para desarmar el libro y ver cómo está cosido por dentro». La disección requiere bisturí, lápiz, salvo que se posea una capacidad de concentración torrencial.

subrayar libros
Herman Melville

Subrayamos, en principio, para facilitar la relectura y no tener que volver a picar la piedra en busca de minerales preciosos. Sin embargo, no releemos tanto como subrayamos. Con el tiempo, nos percatamos de que resaltar frases, en realidad, es una forma de detenernos, de meditar, o de aceptar nuestra ignorancia y meterla entre corchetes, o de festejar los descubrimientos plegándonos ante el autor con signos de exclamación.

Hay riesgos. Para los compulsivos del lápiz, un regreso a cualquier obra puede acarrear una humillación. Podemos darnos cuenta de haber destacado pasajes superficiales, cursis, de haber anotado obviedades en los márgenes, de haber corregido al autor de manera errónea, habiéndolo malinterpretado. Es la prueba de que cuando nos creíamos capaces de glosar con ingenio éramos mediocres, y eso aviva la sospecha de que lo sigamos siendo. La mediocridad no avisa.

También sucede lo contrario, pero es más raro, porque siempre cambiamos de gustos y de puntos de vista renegando con cierta violencia. Por eso utilizar el lápiz y no los bolígrafos o los rotuladores es un acto de compasión con uno mismo. Aunque nunca borremos las intervenciones anteriores, la mera textura del grafito alivia, indica que uno puede desdecirse y que las ideas pasadas no eran definitivas, sino parte de una trayectoria.

El bolígrafo provoca lo contrario. Las páginas pintarrajeadas con tinta, con el tiempo, se sienten aborrecibles como la ropa interior sucia de otro, sobre todo si la tinta tenía un color diferente al del texto. El bolígrafo negro resulta siempre menos agraviante que el rojo o el verde.

A pesar de los inconvenientes, los adictos al subrayado siempre preferirán un libro manchado. Sólo ellos conocen el morbo de tomar un libro ajeno y mirar las frases elegidas: pocas intimidades hay más profundas. En cambio, desasosiega tomar un ejemplar de una biblioteca personal y verlo impoluto, con las páginas rígidas y blancas, nunca maleadas.

El efecto que produce es el mismo que entrar a una casa abandonada esperando encontrar objetos y captar olores que lleven a fantasear con los recuerdos de otros y que, de pronto, descubramos que el domicilio nunca fue otra cosa que un piso piloto: están los muebles, los electrodomésticos, pero todo envuelto en una atmósfera esterilizada, sin alma.

Subrayar sirve también para dejar rastro. Ya de viejo, Herman Melville marcó un par de versos en un poemario del escritor escocés James Thomson: «Ponderando una dolorosa serie de derrotas/ Y negros desastres desde el primer día de mi vida». Quedó como un mensaje para las generaciones posteriores. Nos legó una imagen: Melville consolándose con la complicidad que ofrecían las palabras de Thomson. Esa línea que surca las dos frases sería el punto de partida perfecto para narrar la historia de un genio que murió ignorando que su obra iba a coronar la cumbre de la literatura universal.

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Opiniones 39
  • De repente la niebla se convierte en una lluvia de gotas casi invisibles, no llegan a mojarnos, pero nos empapan en pleno trote, como si nuestro cuerpo deseara ese regalo antiguo y siempre nuevo.
    Flujo y reflujo. Y ahora la lluvia de repente transformando en gotas las delgadas particular de la niebla. Las hojas de los árboles son también lluvia, y el canto de los pájaros envuelto en humedades. También tu eres lluvia, las tres cuartas partes de tu cuerpo se llueven hacia dentro, empapan tus sentidos, convierten la solidez en una suave fluencia, tus pies es un discurrir silencioso.

  • Resulta casi imposible sustraerse a la tentación de subrayar en un libro las frases, los versos que nos impactan mientras leemos. A veces, cuando los volvemos a abrir, pasado un tiempo desde la lectura original, no es raro que nos preguntemos el porqué del antiguo subrayado, quizá porque ya no somos el mismo que entonces abrió el libro; quisiéramos borrar el subrayado que nos delata, y elegir otro, acorde con lo que ahora somos (o creemos ser).

  • Que buen articulo. Soy de esos obsesivos con el cuidado de las hojas, el lomo y todo el conjunto fisico de un libro. Detesto ver un libro rayado, subrayado o resaltado con culaquier instrumento se escrirura que pudiese ser usado para atravesar la autentica y unica creacion del autor. Rayar, subrayar o relatar un libro es un crimen literario son importar el genero al que pertenezca el libro.

  • Lo que se subrraya en un libro es lo que nos toca el alma, acaricia o acongoja nuestro corazón y también un pensamiento que nos «plagió» el autor años antes de haber nacido nosotros…nos sentimos arrobados por este dulce «ladrón». A veces, si el libro es demasiado hermoso, en su contenido -claro- nos abstenemos de escribirlos, pues suelen ser un corazón el que habla en ellos que nos permite vivir otras vidas diferentes de la propia.

  • Me gustó mucho este artículo que puede levantar polémica por aquellas personas que respetan de otra forma a los libros, en mi caso puedo descubrir y autodescubrir la personallidad, gustos y disgustos de quien subrayó algún artículo, es muy interesante leerles posteriormente. A mí me gusta, es algo personal y auténtico.

  • Si este fuera un libro, yo subrayaría esta frase «Sólo ellos conocen el morbo de tomar un libro ajeno y mirar las frases elegidas: pocas intimidades hay más profundas.»

  • Me siento mas tranquila ….yo leo con el lapiz en la mano y voy subrayando y al releer profundizo mas o como dice el escritor me parece o muy trivial lo que marque o me nutro mas de ese conocimiento ……..yo sentia un poco de culpa al marcar el libro

  • A mi no me agradan los libros nuevos. Menos los que veo atorados en estanterías, abandonados después de una primera lectura, como una aventura de cama nocturna o como un Ferrari en un garaje debajo de una lona.
    En cambio, los libros ajados cuentan muchas cosas. Porque hay una historia nuclear ahí dentro y otras muchas de este lado. Porque gustó, emocionó y cumplió su cometido.

  • Anotar en los márgenes del libro en proceso, no implica mediocridad alguna. Subrayar una oración de la prosa o el verso es el intento de adherirse al pensamiento del autor sin autorización media, es una conección inequívoca y especial de rozar el alma y compartir el momento preciso en que está tomo forma y salió al universo.

  • Cuando se marca se lee dos o tres veces, le das importancia a la frase y a su significado, asi éste sea errado y sólo acorde con tu pensamiento. Es como tatuarla a tu piel, pues ella pasa a ser el papel. Es embarrar el pensamiento del autor o embarrarte con su pensamiento.

  • Gran verdad: «cuando marco algo en un libro, me doy cuenta de que el marcado soy yo » si alguien interviniera mi biblioteca, podría escribir mi semblanza. Pero el subrayar un texto es tambien entablar un dialogo con el autor. Es infiltrarse,como espía, para conocer la arquitectura de su técnica narrativa.Felicitaciones buen post.

  • De este texto, amé la idea del morbo por las anotaciones de otros.
    Aprendí a leer antes de los tres años de edad y desde entonces hojear los libros ajenos ha sido como prepararme para una disección paralela a la lectura: descubrir exlibris, dedicatorias, anotaciones, aromas, flores u objetos haciendo las veces de separadores… Anotar en un libro, es un acto fetichista de autodefinición, es tomar la celulosa y tinta como espejo.

  • Yo soy de las que se meten el los textos con los zapatos embarrados. Dejo lápices por toda la casa para que no me falte este donde este leyendo, ya sea en el salón, en la mesita de noche, en mi escritorio, en mi bolso. Pero siempre que necesito un lápiz, no lo encuentro, pensaba haberlo dejado aquí, pero dónde lo metí, no puede ser, para ya de dar idas y vueltas. Cuando por fin di con uno, tacho las páginas, una costumbre que debe quedarme por mis estudios en filología, años durante los cuales había que leer y estudiar cuatro libros y más a la vez. Como sea, me gusta la idea de que los marcados seamos nosotros y me ha gustado el artículo, por supuesto! Gracias Yorokobu.

  • Marcar para recordar?
    Leer es adentrarse a mundos posibles, ese encuentro intimo e irrepetible con el autor.
    Quizas se marquen o señalen a veces como una oportunidad única de
    acercarse al autor, a veces como un impulsivo encuentro con la trama escrita….
    Marcar, destacar esa huella irrepetible de sentires
    A veces por el temor de perder ese momento tan maravilloso , solo a veces quizas

  • …..y tus noches tan largas y pesadas cuando enfermaban! ………y tus días comprometidos a tener uniformes listos, aprovechar cada momento para alimentar sus tiernas mentes, escuchar todas sus aventuras del día…….querer un momento de paz mientras gritaban y peleaban por el mismo juguete……

    Cuánto daria ahora por un minuto de bullicio en mis largas noches de añoranza…….en mis días comprometidos a recordar!

  • Te contaré una experiencia reconfortante!!!: Hace tiempo, en esos días que el calor se hacía presente entre los transeúntes de una calle cualquiera, fui al encuentro de una persona que con solo verla me conmovió. Era una mujer entrada en años, cuyas canas marcaban su palidez y su cuerpo esbelto y frágil denotaba su padecer cotidiano con sus ilustraciones de dolores, intervenciones, paseos por consultorios, lista de medicamentos, etc., diría agenda completa.
    Más tarde, entró en escena algo que parecía prometedor: El vinculo afectivo. Reina, como la llamaba muchas veces, cambió su cabello canoso por un color castaño claro dulcificando su rostro, el vestuario dormido en el placard ha dado rienda suelta al desfile que se lució en las diferentes salidas, hasta aprendió a pedir café americano y medialunas tostadas con jamón y queso; su preferido.
    La alegría invadió a la tristeza y la desplazó. Su rostro se iluminaba al contar historias de esa travesía llamada vida.
    Con el transcurrir de los días, meses, la confianza fue ganando terreno y más allá de las palabras; los gestos y cruces de miradas cobraron valor.
    A la distancia, muchos recuerdos se hacen presentes teñidos de gran emoción y uno en especial que integra todo lo vivido en ese tiempo: El último abrazo antes de su partida, que simbolizó el amor!!!

  • Mi padre su corazón
    Lo puso en su biblioteca,
    El tiempo el poncho desfleca
    Y hace astillas el bastón.
    Los libros están y son
    De los recuerdos guarida,
    Abro páginas dormidas
    Con subrayados adentro
    Y en esos trazos encuentro
    Mi padre otra vez con vida.

  • Imploración

    Prosa poética de José María Cuenca Araujo
    Ciudad de La Plata – República Argentina

    ¡Cuánto tiempo ha pasado y cuánto te extraño…! ¿Recuerdas cómo fue? Casi sin darnos cuenta te fuiste alejando de mi lado hasta que, finalmente, me dejaste solo…
    ¡Oh, por Dios…! ¿Por qué lo hiciste? ¿Recuerdas cuando estabas conmigo?
    Eras franca, sincera y siempre dispuesta a mostrarte ante todo y ante todos. Fuiste la manifestación de mi alegría y mi contento. Hoy ya no es igual…
    Por las mañanas, frente al espejo, miro mi cara y veo en ella el dolor de la separación; es casi una máscara con un rictus de amargura; las comisuras hacia abajo, como soportando el peso de la tristeza. Me miro y veo mi cara avejentada, no tanto por el paso de los años, sino por esta soledad que me agobia. Me miro y siento que mis ojos se queman por el calor de las lágrimas que pugnan por salir y que, finalmente, ruedan tibias por mis mejillas…
    Con un sollozo sofocado te llamo, implorando que vuelvas.
    ¡Quiero reír nuevamente…! ¡Vuelve…! ¡Vuelve conmigo…! ¡Te necesito tanto… mi risa!

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