19 de junio 2017    /   CINE/TV
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‘Sucesor designado’: la serie que necesitan ver ahora los estadounidenses

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La realidad y el deseo. Donald Trump en la Casa Blanca y Kiefer Sutherland en Sucesor designado. Aunque la ficción parte de una tragedia desproporcionada nos quiere curar de la vida. La receta es vieja.

El cine y la televisión norteamericana creen saber qué necesita el público en cada momento de la historia. Otra cosa muy distinta es que acierte. Así, tras la Gran Depresión, los grandes estudios produjeron películas en las que había lujosas fiestas. La consigna era: si los personajes de las películas lo pasaban bien, los espectadores también. La rosa púrpura del Cairo retrata este período histórico con una Mia Farrow refugiándose de la vida en una sala oscura.

Ahora, la sala oscura es el salón particular con una pantalla que muestra mayor detalle que la pantalla de un minicine desde la última fila. El negocio es el mismo. Netflix lo ha entendido: en tiempos de políticos violentos e impredecibles, una parte del público considera que otra realidad es posible. Sucesor designado es la respuesta.

La serie creada por David Guggenheim ofrece lo que el público quiere y lo que necesita: un discurso de esperanza en medio de la incertidumbre. No es casual que Kiefer Sutherland representa al norteamericano medio, un funcionario sin ambiciones políticas. La breve introducción lo deja claro:

En el centro de la pantalla, la figura negra de un hombre representa a Kirkman/Sutherland ajustándose el chaquetón, dando media vuelta y alejándose. Una introducción muy distinta a la de House of Cards, que sugiere el ansia de poder de Frank Underwood con la sombra acechando Washington.

Tom Kirkman representa al héroe americano, al hombre que hace lo que tiene que hacer. Un personaje entre James Stewart y Gregory Peck.

La energía de Kirkman es paralela a su ingenuidad, tal y como el Stewart de Caballero sin espada. Pero los villanos de Sucesor designado no confiesan sus pecados abrumados por la culpa. Las soluciones abruptas de Capra funcionan en los cuentos de hadas de Capra. Los villanos de Sucesor designado atenúan el sentimiento de culpabilidad con un repulsivo sentido del deber. Son herederos de Maquiavelo.

Kirkman es también el Peck de Matar un ruiseñor que se tortura cuando obra contra sus principios porque la realidad lo demanda.

Sutherland interpreta a un tipo de personaje con aire antiguo que hace mucho que no es protagonista. Los héroes con claroscuros se han convertido en los nuevos antihéroes. Justo en el aire antiguo de Kirkman radica una parte del éxito de Sucesor designado. Nos abruma que un hombre bueno se vea rodeado de personajes egoístas y ambiciosos, tiburones de la política y traidores.

Ante esto, el equipo de guion ofrece caramelos: subtramas en las que Kirkman vence a un político despreciable que se cree intocable. En estas minihistorias, Kirkman emplea la inteligencia o se topa, porque sí, con una prueba contra el rival. Aquí no nos importa la casualidad sino la resolución: ver rabiar a un racista o un acosador de becarias.

Las resoluciones de las minitramas alivian la extenuante trama principal, la investigación de los atentados, que al final de cada capítulo deja una incógnita. Un gancho (cliffhanger, en el argot de las series) que nos impulsa a ver el siguiente episodio.

Es posible que nadie hable de Sucesor designado cuando acabe. La serie no pretende trascender. Tan solo complacernos. Curarnos de la realidad aunque tenga un comienzo violento. No es una serie necesaria, pero es la serie que necesitamos ver ahora.

La realidad y el deseo. Donald Trump en la Casa Blanca y Kiefer Sutherland en Sucesor designado. Aunque la ficción parte de una tragedia desproporcionada nos quiere curar de la vida. La receta es vieja.

El cine y la televisión norteamericana creen saber qué necesita el público en cada momento de la historia. Otra cosa muy distinta es que acierte. Así, tras la Gran Depresión, los grandes estudios produjeron películas en las que había lujosas fiestas. La consigna era: si los personajes de las películas lo pasaban bien, los espectadores también. La rosa púrpura del Cairo retrata este período histórico con una Mia Farrow refugiándose de la vida en una sala oscura.

Ahora, la sala oscura es el salón particular con una pantalla que muestra mayor detalle que la pantalla de un minicine desde la última fila. El negocio es el mismo. Netflix lo ha entendido: en tiempos de políticos violentos e impredecibles, una parte del público considera que otra realidad es posible. Sucesor designado es la respuesta.

La serie creada por David Guggenheim ofrece lo que el público quiere y lo que necesita: un discurso de esperanza en medio de la incertidumbre. No es casual que Kiefer Sutherland representa al norteamericano medio, un funcionario sin ambiciones políticas. La breve introducción lo deja claro:

En el centro de la pantalla, la figura negra de un hombre representa a Kirkman/Sutherland ajustándose el chaquetón, dando media vuelta y alejándose. Una introducción muy distinta a la de House of Cards, que sugiere el ansia de poder de Frank Underwood con la sombra acechando Washington.

Tom Kirkman representa al héroe americano, al hombre que hace lo que tiene que hacer. Un personaje entre James Stewart y Gregory Peck.

La energía de Kirkman es paralela a su ingenuidad, tal y como el Stewart de Caballero sin espada. Pero los villanos de Sucesor designado no confiesan sus pecados abrumados por la culpa. Las soluciones abruptas de Capra funcionan en los cuentos de hadas de Capra. Los villanos de Sucesor designado atenúan el sentimiento de culpabilidad con un repulsivo sentido del deber. Son herederos de Maquiavelo.

Kirkman es también el Peck de Matar un ruiseñor que se tortura cuando obra contra sus principios porque la realidad lo demanda.

Sutherland interpreta a un tipo de personaje con aire antiguo que hace mucho que no es protagonista. Los héroes con claroscuros se han convertido en los nuevos antihéroes. Justo en el aire antiguo de Kirkman radica una parte del éxito de Sucesor designado. Nos abruma que un hombre bueno se vea rodeado de personajes egoístas y ambiciosos, tiburones de la política y traidores.

Ante esto, el equipo de guion ofrece caramelos: subtramas en las que Kirkman vence a un político despreciable que se cree intocable. En estas minihistorias, Kirkman emplea la inteligencia o se topa, porque sí, con una prueba contra el rival. Aquí no nos importa la casualidad sino la resolución: ver rabiar a un racista o un acosador de becarias.

Las resoluciones de las minitramas alivian la extenuante trama principal, la investigación de los atentados, que al final de cada capítulo deja una incógnita. Un gancho (cliffhanger, en el argot de las series) que nos impulsa a ver el siguiente episodio.

Es posible que nadie hable de Sucesor designado cuando acabe. La serie no pretende trascender. Tan solo complacernos. Curarnos de la realidad aunque tenga un comienzo violento. No es una serie necesaria, pero es la serie que necesitamos ver ahora.

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