19 de enero 2018    /   IDEAS
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Una plataforma para que los artistas vivan a sueldo de sus fans

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Los fans siempre han sostenido la carrera de sus ídolos, pero no lo parecía. Era una relación indirecta, y ellos se sentían siempre en deuda con unos artistas con los que, en realidad, no compartían más que un vínculo de devoción unilateral del que no recibían ninguna correspondencia. Ahora, las nuevas condiciones del mercado y las posibilidades de nuevas plataformas online modifican esta relación. Cada vez más, los fans pagan directamente el sueldo de los creadores.

La plataforma Patreon quiso crear un entorno que no prescindiera de intermediarios y conectara directamente a los creadores con sus seguidores. Es un instrumento de mecenazgo, como Verkami o Kickstarter, pero incluye una diferencia sustancial. Los mecenas no se limitan a aportar dinero en proyectos individuales, sino que financian de forma continuada al artista y le permiten mantener una estabilidad económica y vivir de su trabajo.

Desde Patreon, Megan Anderson asegura a Yorokobu que cada mes fluyen millones de dólares hacia los artistas: «La visión de financiar a la clase creativa se está convirtiendo en realidad».

La posibilidad de repartir unos ingresos constantes, frente al apoyo a proyectos concretos, se adapta más a los ritmos creativos. Muchos artistas, ante la imposibilidad de obtener un sustento económico viable, renuncian a sus carreras o las desarrollan con precariedad. Sin tiempo para satisfacer la curiosidad, investigar, probar, errar, rectificar o dejar reposar las ideas, el talento se seca o se acaba abandonando.

«Los artistas y creadores brindan alegría a sus fans y al mundo a través de sus esfuerzos creativos. Sin embargo, la mayoría no son capaces de mantenerse a sí mismos sólo con su pasión y se ven obligados a trabajar en empleos secundarios», explica Anderson.

Muchos creadores montaron webs y blogs con el fin de atraer lectores, fidelizarlos y acercar un cebo a los anunciantes. Otros recalaron en Youtube y consiguieron recibir compensación. El sistema de publicidad de la web colocaba anuncios en sus vídeos y si el contenido gustaba y atraía miles de visitas, el dinero empezaba a fluir. No era fácil, sólo un pequeño porcentaje de quienes publicaban contenidos lograban vivir de ello.

En septiembre 2016, Youtube, ya bajo propiedad de Google, publicó unas normas de contenido adecuado para los anunciantes que suponían el fin de la libertad dentro de sus fronteras virtuales. La plataforma se planteaba también capar vídeos y cerrar canales que sobrepasaran estos límites.

Aquí, algunos puntos de la amplia lista de contenidos condenados a morir de inanición: escenas de carácter sugerente, desnudos parciales, humor verde; violencia, imágenes de lesiones; lenguaje inapropiado, obscenidades, lenguaje vulgar; acontecimientos y asuntos controvertidos y delicados, conflictos bélicos o políticos, desastres naturales, incluso cuando no aparecían imágenes explícitas.

Una prohibición de facto. El consumismo tiene su propia forma de censura, diferente a la que aplican los Estados. Se trata de inventar un universo blanco, esterilizado, de emociones planas, epidérmicas y sedantes que desoye las realidades dramáticas o, sencillamente, rehúye todo aquello que no predisponga a la compra o insufle un estado de ánimo crítico o desconforme. En resumen: un mundo intransitable para un ejercicio libre y pleno de la creatividad.

Los ingresos de los creadores de contenidos disminuyeron de golpe. Para Anderson, «la desmonetización reciente de Youtube ofrece una libertad creativa limitada y no compensa adecuadamente a los creadores». El nuevo sistema provoca que vídeos de más de un millón de visitas puedan generar menos de 150 euros de ingresos.

El estadounidense Philip De Franco se pronunció contra las restricciones de Youtube al darse cuenta de que más de una decena de sus vídeos habían sido censurados. El youtuber preguntó a la web a través de Twitter si contenidos como la imagen Omran, el niño sirio sentado y ensangrentado y cubierto de polvo, serían penalizados por no ser amigables a la publicidad.

De Franco, cuenta Anderson, tuvo que sumarse a Patreon en mayo de 2017. Tenía un flujo de ingresos impredecible, «una situación insostenible ya que emplea a docenas de personas que le ayudan a construir un nuevo tipo de red de noticias». Ahora, cuenta con más de 13.000 mecenas.

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La era del mecenazgo

El micromecenazgo surgió de una necesidad de combatir a los titanes del mercado cuyo dominio determinaba quién podía lanzar un producto cultural y quién no. Existieron algunas experiencias offline. En 1987, Extremoduro decidió vender el disco antes de producirlo. Emitieron vales de 1.000 pesetas y reunieron 250.000 pesetas con las que grabaron Tú en tu casa, nosotros en la hoguera.

La necesidad existía e internet facilitó las herramientas para optimizar el sistema. Igual que la industria discográfica prevalecía el negocio sobre la calidad, los grandes colosos de la red han acabado funcionando de la misma manera. «Internet no está configurado correctamente para valorar a los creadores porque, en este momento, prioriza clics y visitas que no necesariamente se traducen en un valor monetario para el creador. La mayoría de sitios web dependen de los ingresos publicitarios. Este modelo ha demostrado ser insostenible para la mayoría de creadores que realmente quieren convertir su pasión en una carrera», opina Anderson.

Internet ha ayudado igualmente a ampliar la relación del creador con su público. En Patreon cuentan con un millón de mecenas. Publicar regularmente contenido y analizar qué tipo de comunicación se adapta mejor al perfil de los fans son, según Anderson, las claves para prosperar en esta plataforma. «Damos herramientas para personalizar la relación con los seguidores y asegurar que se ofrecen las recompensas más personalizadas», explica.

A través de estas iniciativas, se busca la independencia profesional a través de entregarse a los verdaderos destinatarios del producto cultural. Se diversifican hasta el extremo las fuentes de financiación para no caer como rehén de nadie. La precariedad ha obligado a inventar fórmulas que, en algunos casos concretos, pueden desembocar en una mayor libertad.

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Los fans siempre han sostenido la carrera de sus ídolos, pero no lo parecía. Era una relación indirecta, y ellos se sentían siempre en deuda con unos artistas con los que, en realidad, no compartían más que un vínculo de devoción unilateral del que no recibían ninguna correspondencia. Ahora, las nuevas condiciones del mercado y las posibilidades de nuevas plataformas online modifican esta relación. Cada vez más, los fans pagan directamente el sueldo de los creadores.

La plataforma Patreon quiso crear un entorno que no prescindiera de intermediarios y conectara directamente a los creadores con sus seguidores. Es un instrumento de mecenazgo, como Verkami o Kickstarter, pero incluye una diferencia sustancial. Los mecenas no se limitan a aportar dinero en proyectos individuales, sino que financian de forma continuada al artista y le permiten mantener una estabilidad económica y vivir de su trabajo.

Desde Patreon, Megan Anderson asegura a Yorokobu que cada mes fluyen millones de dólares hacia los artistas: «La visión de financiar a la clase creativa se está convirtiendo en realidad».

La posibilidad de repartir unos ingresos constantes, frente al apoyo a proyectos concretos, se adapta más a los ritmos creativos. Muchos artistas, ante la imposibilidad de obtener un sustento económico viable, renuncian a sus carreras o las desarrollan con precariedad. Sin tiempo para satisfacer la curiosidad, investigar, probar, errar, rectificar o dejar reposar las ideas, el talento se seca o se acaba abandonando.

«Los artistas y creadores brindan alegría a sus fans y al mundo a través de sus esfuerzos creativos. Sin embargo, la mayoría no son capaces de mantenerse a sí mismos sólo con su pasión y se ven obligados a trabajar en empleos secundarios», explica Anderson.

Muchos creadores montaron webs y blogs con el fin de atraer lectores, fidelizarlos y acercar un cebo a los anunciantes. Otros recalaron en Youtube y consiguieron recibir compensación. El sistema de publicidad de la web colocaba anuncios en sus vídeos y si el contenido gustaba y atraía miles de visitas, el dinero empezaba a fluir. No era fácil, sólo un pequeño porcentaje de quienes publicaban contenidos lograban vivir de ello.

En septiembre 2016, Youtube, ya bajo propiedad de Google, publicó unas normas de contenido adecuado para los anunciantes que suponían el fin de la libertad dentro de sus fronteras virtuales. La plataforma se planteaba también capar vídeos y cerrar canales que sobrepasaran estos límites.

Aquí, algunos puntos de la amplia lista de contenidos condenados a morir de inanición: escenas de carácter sugerente, desnudos parciales, humor verde; violencia, imágenes de lesiones; lenguaje inapropiado, obscenidades, lenguaje vulgar; acontecimientos y asuntos controvertidos y delicados, conflictos bélicos o políticos, desastres naturales, incluso cuando no aparecían imágenes explícitas.

Una prohibición de facto. El consumismo tiene su propia forma de censura, diferente a la que aplican los Estados. Se trata de inventar un universo blanco, esterilizado, de emociones planas, epidérmicas y sedantes que desoye las realidades dramáticas o, sencillamente, rehúye todo aquello que no predisponga a la compra o insufle un estado de ánimo crítico o desconforme. En resumen: un mundo intransitable para un ejercicio libre y pleno de la creatividad.

Los ingresos de los creadores de contenidos disminuyeron de golpe. Para Anderson, «la desmonetización reciente de Youtube ofrece una libertad creativa limitada y no compensa adecuadamente a los creadores». El nuevo sistema provoca que vídeos de más de un millón de visitas puedan generar menos de 150 euros de ingresos.

El estadounidense Philip De Franco se pronunció contra las restricciones de Youtube al darse cuenta de que más de una decena de sus vídeos habían sido censurados. El youtuber preguntó a la web a través de Twitter si contenidos como la imagen Omran, el niño sirio sentado y ensangrentado y cubierto de polvo, serían penalizados por no ser amigables a la publicidad.

De Franco, cuenta Anderson, tuvo que sumarse a Patreon en mayo de 2017. Tenía un flujo de ingresos impredecible, «una situación insostenible ya que emplea a docenas de personas que le ayudan a construir un nuevo tipo de red de noticias». Ahora, cuenta con más de 13.000 mecenas.

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La era del mecenazgo

El micromecenazgo surgió de una necesidad de combatir a los titanes del mercado cuyo dominio determinaba quién podía lanzar un producto cultural y quién no. Existieron algunas experiencias offline. En 1987, Extremoduro decidió vender el disco antes de producirlo. Emitieron vales de 1.000 pesetas y reunieron 250.000 pesetas con las que grabaron Tú en tu casa, nosotros en la hoguera.

La necesidad existía e internet facilitó las herramientas para optimizar el sistema. Igual que la industria discográfica prevalecía el negocio sobre la calidad, los grandes colosos de la red han acabado funcionando de la misma manera. «Internet no está configurado correctamente para valorar a los creadores porque, en este momento, prioriza clics y visitas que no necesariamente se traducen en un valor monetario para el creador. La mayoría de sitios web dependen de los ingresos publicitarios. Este modelo ha demostrado ser insostenible para la mayoría de creadores que realmente quieren convertir su pasión en una carrera», opina Anderson.

Internet ha ayudado igualmente a ampliar la relación del creador con su público. En Patreon cuentan con un millón de mecenas. Publicar regularmente contenido y analizar qué tipo de comunicación se adapta mejor al perfil de los fans son, según Anderson, las claves para prosperar en esta plataforma. «Damos herramientas para personalizar la relación con los seguidores y asegurar que se ofrecen las recompensas más personalizadas», explica.

A través de estas iniciativas, se busca la independencia profesional a través de entregarse a los verdaderos destinatarios del producto cultural. Se diversifican hasta el extremo las fuentes de financiación para no caer como rehén de nadie. La precariedad ha obligado a inventar fórmulas que, en algunos casos concretos, pueden desembocar en una mayor libertad.

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