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1 de marzo 2018    /   IDEAS
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Suffragetto: un juego que enseña cómo las mujeres consiguieron el voto femenino

1 de marzo 2018    /   IDEAS     por          
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Miedo. Tenían miedo. Muchos hombres tenían miedo. Fue en el cambio de siglo, del XIX al XX, cuando algunas mujeres dijeron que querían votar. ¿Por qué los hombres sí y ellas no? ¿Por qué los genitales han de dar voz a unos y quitársela a otros?

Tanto fue el temor que muchos hombres, raudos, desesperados, armaron una justificación aplastante para denegar el voto a la mujer: son tontas, incapaces. Algunos se agarraron a libros de reputados doctores que afirmaban que la lucidez y la creatividad eran cosas de hombres.

La obra La inferioridad mental de la mujer, del neurólogo alemán Paul Julius Moebius, hizo legión y a su discurso se sumaron otros prestigiosos médicos. En 1905, dos años después de su aparición, algunos españoles se vinieron arriba y editaron sus ilustres versiones: Sobre la deficiencia mental fisiológica de la mujer, publicó el escritor y filósofo Edmundo González Blanco.

Hacía siglos que encerraban en manicomios a las mujeres que no acataban las normas. A las revolucionarias, a las valientes, las acusaban de locas, de histéricas. Hasta en carteles pegados por las calles de Inglaterra se pudo ver: «Los convictos y los lunáticos no pueden votar para el Parlamento. ¿Se debería clasificar a las mujeres con ellos?».

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Las ridiculizaban.
Las acusaban de mandonas.

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Planteaban como un absurdo que ellos, los machos, tuvieran que cuidar de alguien. Qué despropósito: un hombre atendiendo a una mujer o un niño. ¿Estamos locos?

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El movimiento sufragista empezó a extenderse en todo el mundo a finales del XIX aunque poco eco tuvo en España. Incluso décadas después, apenas unas pocas intelectuales como Clara Campoamor o Carmen de Burgos pedían, con firmeza, el voto de la mujer. En 1913, la escritora Emilia Pardo Bazán tiraba la toalla. Veinte años antes había creado una publicación, La biblioteca de la mujer, para hablar de estos temas pero, decepcionada, acabó convirtiendo la revista en una colección de recetas de cocina.

«Cuando yo fundé La biblioteca de la mujer, era mi objeto difundir en España las obras del alto feminismo extranjero (…). He visto, sin género de duda, que aquí a nadie le preocupan gran cosa estas cuestiones, y a la mujer, aún menos. Cuando por caso insólito, la mujer se mezcla en política, pide varias cosas distintas, pero ninguna que directamente, como tal mujer, le interese y convenga», escribió en una carta al director de La Voz de Galicia, Alejandro Barreiro. «Aquí no hay sufragistas, ni mansas ni bravas. En vista de lo cual, y no gustando de luchas sin ambiente, he resuelto prestar amplitud a la sección de economía doméstica de dicha Biblioteca, y ya que no es útil hablar de derechos y adelantos femeninos, tratar gratamente de cómo se prepara escabeche de perdices y la bizcochada de almendra».

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En cambio, en Inglaterra, el movimiento sufragista era bien bravo. Las feministas Emmeline Pankhurst (1858-1928) y sus hijas Christabel y Sylvia fundaron un colectivo para exigir el voto de las mujeres: la Women’s Social and Political Union (WSPU). Pensaban, impacientes, que los métodos pacifistas que llevaban tiempo empleando eran demasiado lentos. Eso de «mano dura en guante de seda» no resultaba muy eficaz y decidieron sacudirse el guante y salir a la calle a manifestarse, romper cristales y prender fuegos por la ciudad.

En noviembre de 1910 el Parlamento anunció una propuesta para extender el voto solo a las mujeres ricas y dueñas de alguna propiedad. A la WSPU le pareció un disparate y armó un grupo de unas 300 mujeres que salieron a manifestarse contra la futura medida. La policía acudió con sus porras y la revuelta acabó a guantazo limpio. Muchas mujeres y algunos hombres que las apoyaban acabaron por los suelos chorreando sangre y 119 fueron arrestados.

Las mujeres detenidas optaron por la cárcel en lugar de la multa y algunas incluso decidieron hacer una huelga de hambre. Estaban dispuestas a quedarse en los huesos para poder votar, como sus padres, sus hijos y sus maridos.

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La sufragista Ernestine Mills, tirada en el suelo, por el enfrentamiento con la policía en una manifestación a favor del voto femenino, en noviembre de 1910

De ese Black Friday (Viernes negro) había muchas lecciones que aprender. A partir de entonces la WSPU pensó que las mujeres tenían que defenderse con las mismas armas que sus oponentes: la fuerza. La organización encargó a Edith Garrud, «el nuevo terror sufragista», que formara a un grupo de mujeres en jiu jitsu para poder defender a las manifestantes cuando los policías empuñaran sus manos y sus armas.

Y esta idea de la defensa personal se extendió por toda Inglaterra y otros países occidentales. «Todavía no estamos al nivel de la policía, pero tenemos que conseguirlo. Ellos saben jiu jitsu. Yo os aconsejo aprenderlo. Las mujeres deberíamos practicar igual que los hombres. No sirve de nada fingir. Tenemos que luchar», dijo Sylvia Pankhurst a The New York Times el 12 de agosto de 1913.

La WSPU, desde el principio, decidió tomarse su protesta con cierto humor y expandir su causa en un juego de mesa. La unión de mujeres plasmó en el Suffragetto las luchas y los enfrentamientos que tenían a menudo con la policía.

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En el tablero competían dos bandos: las sufragistas y las fuerzas de seguridad. Ellas tenían que defender uno de sus centros de reunión, el Royal Albert Hall, y ocupar el Parlamento. La policía tenía que defender el Parlamento y ocupar el Royal Albert Hall.

Pero el juego no se planteaba como un mero pasatiempos. En cada movimiento había una enseñanza y un recuerdo para la historia. El peón policía que caía en manos de una sufragista iba a un hospital. En cambio, el peón sufragista apresado iba a la cárcel. Tal y como ocurría entonces.

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El paso del tiempo acabó con los tableros del Suffragetto. Incluso con su recuerdo. Nada se decía de ellos hasta que en 2016 decidieron exhibir una copia del juego en la biblioteca Bodleian de Oxford.

Y para que no se pierda del todo hoy hay una versión de este juego para descargar, imprimir y montar. En memoria de todas las personas que tantos palos pillaron para que hoy parezca una locura lo que entonces era descabellado: que las mujeres voten.

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Páginas de la novela gráfica Sufragista, de Sally Heathcote:

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Miedo. Tenían miedo. Muchos hombres tenían miedo. Fue en el cambio de siglo, del XIX al XX, cuando algunas mujeres dijeron que querían votar. ¿Por qué los hombres sí y ellas no? ¿Por qué los genitales han de dar voz a unos y quitársela a otros?

Tanto fue el temor que muchos hombres, raudos, desesperados, armaron una justificación aplastante para denegar el voto a la mujer: son tontas, incapaces. Algunos se agarraron a libros de reputados doctores que afirmaban que la lucidez y la creatividad eran cosas de hombres.

La obra La inferioridad mental de la mujer, del neurólogo alemán Paul Julius Moebius, hizo legión y a su discurso se sumaron otros prestigiosos médicos. En 1905, dos años después de su aparición, algunos españoles se vinieron arriba y editaron sus ilustres versiones: Sobre la deficiencia mental fisiológica de la mujer, publicó el escritor y filósofo Edmundo González Blanco.

Hacía siglos que encerraban en manicomios a las mujeres que no acataban las normas. A las revolucionarias, a las valientes, las acusaban de locas, de histéricas. Hasta en carteles pegados por las calles de Inglaterra se pudo ver: «Los convictos y los lunáticos no pueden votar para el Parlamento. ¿Se debería clasificar a las mujeres con ellos?».

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Las ridiculizaban.
Las acusaban de mandonas.

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Planteaban como un absurdo que ellos, los machos, tuvieran que cuidar de alguien. Qué despropósito: un hombre atendiendo a una mujer o un niño. ¿Estamos locos?

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El movimiento sufragista empezó a extenderse en todo el mundo a finales del XIX aunque poco eco tuvo en España. Incluso décadas después, apenas unas pocas intelectuales como Clara Campoamor o Carmen de Burgos pedían, con firmeza, el voto de la mujer. En 1913, la escritora Emilia Pardo Bazán tiraba la toalla. Veinte años antes había creado una publicación, La biblioteca de la mujer, para hablar de estos temas pero, decepcionada, acabó convirtiendo la revista en una colección de recetas de cocina.

«Cuando yo fundé La biblioteca de la mujer, era mi objeto difundir en España las obras del alto feminismo extranjero (…). He visto, sin género de duda, que aquí a nadie le preocupan gran cosa estas cuestiones, y a la mujer, aún menos. Cuando por caso insólito, la mujer se mezcla en política, pide varias cosas distintas, pero ninguna que directamente, como tal mujer, le interese y convenga», escribió en una carta al director de La Voz de Galicia, Alejandro Barreiro. «Aquí no hay sufragistas, ni mansas ni bravas. En vista de lo cual, y no gustando de luchas sin ambiente, he resuelto prestar amplitud a la sección de economía doméstica de dicha Biblioteca, y ya que no es útil hablar de derechos y adelantos femeninos, tratar gratamente de cómo se prepara escabeche de perdices y la bizcochada de almendra».

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En cambio, en Inglaterra, el movimiento sufragista era bien bravo. Las feministas Emmeline Pankhurst (1858-1928) y sus hijas Christabel y Sylvia fundaron un colectivo para exigir el voto de las mujeres: la Women’s Social and Political Union (WSPU). Pensaban, impacientes, que los métodos pacifistas que llevaban tiempo empleando eran demasiado lentos. Eso de «mano dura en guante de seda» no resultaba muy eficaz y decidieron sacudirse el guante y salir a la calle a manifestarse, romper cristales y prender fuegos por la ciudad.

En noviembre de 1910 el Parlamento anunció una propuesta para extender el voto solo a las mujeres ricas y dueñas de alguna propiedad. A la WSPU le pareció un disparate y armó un grupo de unas 300 mujeres que salieron a manifestarse contra la futura medida. La policía acudió con sus porras y la revuelta acabó a guantazo limpio. Muchas mujeres y algunos hombres que las apoyaban acabaron por los suelos chorreando sangre y 119 fueron arrestados.

Las mujeres detenidas optaron por la cárcel en lugar de la multa y algunas incluso decidieron hacer una huelga de hambre. Estaban dispuestas a quedarse en los huesos para poder votar, como sus padres, sus hijos y sus maridos.

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La sufragista Ernestine Mills, tirada en el suelo, por el enfrentamiento con la policía en una manifestación a favor del voto femenino, en noviembre de 1910

De ese Black Friday (Viernes negro) había muchas lecciones que aprender. A partir de entonces la WSPU pensó que las mujeres tenían que defenderse con las mismas armas que sus oponentes: la fuerza. La organización encargó a Edith Garrud, «el nuevo terror sufragista», que formara a un grupo de mujeres en jiu jitsu para poder defender a las manifestantes cuando los policías empuñaran sus manos y sus armas.

Y esta idea de la defensa personal se extendió por toda Inglaterra y otros países occidentales. «Todavía no estamos al nivel de la policía, pero tenemos que conseguirlo. Ellos saben jiu jitsu. Yo os aconsejo aprenderlo. Las mujeres deberíamos practicar igual que los hombres. No sirve de nada fingir. Tenemos que luchar», dijo Sylvia Pankhurst a The New York Times el 12 de agosto de 1913.

La WSPU, desde el principio, decidió tomarse su protesta con cierto humor y expandir su causa en un juego de mesa. La unión de mujeres plasmó en el Suffragetto las luchas y los enfrentamientos que tenían a menudo con la policía.

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En el tablero competían dos bandos: las sufragistas y las fuerzas de seguridad. Ellas tenían que defender uno de sus centros de reunión, el Royal Albert Hall, y ocupar el Parlamento. La policía tenía que defender el Parlamento y ocupar el Royal Albert Hall.

Pero el juego no se planteaba como un mero pasatiempos. En cada movimiento había una enseñanza y un recuerdo para la historia. El peón policía que caía en manos de una sufragista iba a un hospital. En cambio, el peón sufragista apresado iba a la cárcel. Tal y como ocurría entonces.

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El paso del tiempo acabó con los tableros del Suffragetto. Incluso con su recuerdo. Nada se decía de ellos hasta que en 2016 decidieron exhibir una copia del juego en la biblioteca Bodleian de Oxford.

Y para que no se pierda del todo hoy hay una versión de este juego para descargar, imprimir y montar. En memoria de todas las personas que tantos palos pillaron para que hoy parezca una locura lo que entonces era descabellado: que las mujeres voten.

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Páginas de la novela gráfica Sufragista, de Sally Heathcote:

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