8 de enero 2018    /   IDEAS
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¿Para qué lo vamos a hablar si lo podemos arreglar a hostias?

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¿Buscando un propósito de año nuevo? Acepte mi práctico consejo: las artes marciales son una disciplina de lo más socorrido para el activismo político y tenemos pruebas que lo demuestran. Haga algo útil.

A principios del siglo XX, estaba el Reino Unido en efervescencia. Las mujeres no podían participar en los procesos democráticos y se les negaba el derecho al voto. Así surgió el movimiento sufragista que no era nada más (y nada menos) que varios centenares de mujeres que se comprometieron en un lucha ingrata para adquirir ese derecho que ahora se disfruta con normalidad.

Como en ocasiones ocurre con estas cosas, el activismo político de las sufragistas no era tan amable como lo pintan en Mary Poppins. La desobediencia civil, las protestas y el resto de acciones terminaban en más de una ocasión como el rosario de la aurora.

La noche del 18 de noviembre de 1910, la cosa se puso fea. Trescientas sufragistas se enfrentaron a la policía y un tercio de ellas fueron arrestadas. Hubo dos mujeres muertas.

Hasta los ovarios de la situación, una pequeña mujer —medía solo 1.50 metros— decidió que hasta ahí habían llegado. Edith Garrud se convirtió en instructora de jiu-jitsu y comenzó a adiestrar en el arte de la autodefensa a sus compañeras de andanzas. Lo hacían en localizaciones secretas para quedar lejos del alcance de las autoridades londinenses.

Las mejores formaron un grupo de treinta mujeres llamadas The Bodyguard que garantizaban la integridad de todas las manifestantes y de la líder feminista Emmeline Pankhurst. El jiu-jitsu, de hecho, llegó a ponerse de moda entre la sociedad británica de hace un siglo.

En 1928, las mujeres pudieron introducir por primera vez su voto en las urnas, pero mucho antes dejaron claro que el ingenio y un arte marcial no violento pueden ser aliados de la lucha por los derecho más básicos.

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Como en ocasiones ocurre con estas cosas, el activismo político de las sufragistas no era tan amable como lo pintan en Mary Poppins. La desobediencia civil, las protestas y el resto de acciones terminaban en más de una ocasión como el rosario de la aurora.

La noche del 18 de noviembre de 1910, la cosa se puso fea. Trescientas sufragistas se enfrentaron a la policía y un tercio de ellas fueron arrestadas. Hubo dos mujeres muertas.

Hasta los ovarios de la situación, una pequeña mujer —medía solo 1.50 metros— decidió que hasta ahí habían llegado. Edith Garrud se convirtió en instructora de jiu-jitsu y comenzó a adiestrar en el arte de la autodefensa a sus compañeras de andanzas. Lo hacían en localizaciones secretas para quedar lejos del alcance de las autoridades londinenses.

Las mejores formaron un grupo de treinta mujeres llamadas The Bodyguard que garantizaban la integridad de todas las manifestantes y de la líder feminista Emmeline Pankhurst. El jiu-jitsu, de hecho, llegó a ponerse de moda entre la sociedad británica de hace un siglo.

En 1928, las mujeres pudieron introducir por primera vez su voto en las urnas, pero mucho antes dejaron claro que el ingenio y un arte marcial no violento pueden ser aliados de la lucha por los derecho más básicos.

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Opiniones 3
  • El planteamiento es un poco extremista, y quizá por eso el autor del artículo desvía el centro argumental hacia otros temas que, tomados por separado, no resultarían tan alarmantes. Es mi humilde opinión y puede ser desdeñada sin miramientos ya que no me he leído ni una palabra del artículo pero me da igual porque lo que he escrito sirve tanto para un roto que para un descosido. Salu2.

  • Pues yo creo que a todo el mundo le gusta follar, lo que pasa es que hay mucha represión. En fin…
    Voy a seguir la partida de strip poker con mis padres.

  • Comentarios cerrados.

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