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15 de noviembre 2018    /   IDEAS
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¿Por qué hay más suicidios en países más felices?

15 de noviembre 2018    /   IDEAS     por          
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Vemos a un sueco en su casa en el campo de 120 metros cuadrados. Viste elegante, con cuello alto. Es un hombre maduro, saludable, con estudios universitarios y un nivel de renta altísimo. No tiene problemas de salud destacables, tiene esposa e hijos, ni siquiera se ha quedado calvo aún. Y, entonces, se vuela la tapa de los sesos. ¡Bang!

¿Por qué lo ha hecho? Como señala la coletilla famosa de los clickbait: la respuesta te sorprenderá.

Muerte cuántica

El suicidio es un tipo de muerte particularmente esquiva. Cuando la escrutas, cambia de forma. Es como una partícula cuántica. Porque el suicidio tiene diferentes motivos, diferentes propósitos y diferentes modos de llevarse a cabo.

Por ejemplo, el índice de suicidios puede aumentar o disminuir en un país por el mero hecho de que existan herramientas eficaces para quitarse la vida. No estamos hablando de la cabina de suicidios de Futurama y otras ficciones, sino más bien de lo que un día escribió Dorothy Parker en su poema Resumé: «Las pistolas son ilegales;/las sogas fallan;/el gas huele fatal;/es mejor que vivas».

Una herramienta eficaz y algo de valor son, pues, elementos suficientes para alterar la estadística de suicidios de un país. También cómo se aborde el suicidio en los medios de comunicación. E incluso que se ponga de moda una novela.

Es lo que en sociología se llama efecto Werther, que toma su nombre de la novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista.

El efecto lo acuñó el sociólogo David Phillips en 1974, y demostró que el número de suicidios se incrementaba en todo EEUU durante el periodo transcurrido entre 1947 y 1968 justo al mes siguiente de que apareciera en la primera página del New York Times alguna noticia dedicada a un suicidio.

Una herramienta, una noticia, una moda. También influyen las horas de luz solar, el tiempo atmosférico, los vaivenes de la economía y un largo etcétera. Así de permeables son los índices de suicidios en un momento y lugar geográfico dado. Y, sin embargo, vamos a derribar un mito muy persistente: no, no están aumentando los suicidios en el mundo. Ni siquiera en los países nórdicos.

La paradoja del suicida feliz

En el mundo hay un suicidio cada 40 segundos: mueren más personas por esta causa que por conflictos bélicos. Los suicidas, por lo general, sienten predilección por los puentes. El Golden Gate, de San Francisco, tiene un censo suicida de 1.500 cadáveres. El contagio del suicidio se da con más fuerza entre la gente joven, porque el suicidio es muy contagioso, como una enfermedad, tal y como explican Nicholas A. Christiakis y James H. Fowler en su libro Conectados:

Un estudio realizado por Add Health a 13.455 adolescentes confirmó que tener un amigo suicida incrementaba la posibilidad de tener ideas suicidas. Si el amigo de un chico se había suicidado el año anterior, ese chico tenía el triple de probabilidades de tener ideas suicidas y casi el doble de posibilidades de intentar suicidarse que los demás.

En otras palabras, para tener una estadística fiable de suicidios hay que mirar con perspectiva, hay que evitar centrarse en lapsos de tiempo cortos; no hay que comparar obsesivamente las cifras de muertos de un año para el otro porque estas cifras suben y bajan de forma más caprichosa que el valor de un bitcoin.

Por esa razón, también, es muy aventurado afirmar que una persona se suicida porque es infeliz. Ni siquiera parece existir una relación estadística estable entre el índice de felicidad de un país y su índice de suicidios.

Pero ¿cómo puede suicidarse una persona feliz? Sencillo: las personas no somos felices o infelices en abstracto, lo somos también en comparación con los demás. Si todos quienes nos rodean son muy felices, entonces un contratiempo personal puede ser más doloroso e insoportable, por eso puede darse la paradoja de que en los estados más felices de Estados Unidos y los países más felices hay tasas de suicidio ligeramente (este ligeramente es importante) más elevadas.

Pero esta es solo una forma de examinar los datos. Hay 100 más. Podemos mirar las diferencias entre hombres y mujeres (ellos se suicidan más pero no se sabe la razón, lo que eleva los porcentajes de suicidios aunque el de las mujeres haya bajado). Tampoco se sabe por qué hay países donde la gente se suicida mucho, como son Guyana, Corea del Sur, Sri Lanka y Lituania.

¿Qué tienen en común estos cuatro países? Nada que se haya podido descubrir aún. Tampoco se sabe por qué hay repuntes, bajas repentinas… incluso muchos suicidios se cuentan como accidentes o viceversa según el período histórico, el país y el grado de estigmatización del suicidio. Sin contar la maraña de datos edad-cohorte-período, un palimpsesto que ningún exegeta es capaz de desentrañar.

Cada vez menos suicidios

Lo que sí sabemos con cierta seguridad es lo siguiente: el suicidio no está aumentando alarmantemente ni de forma generalizada. De hecho, de los países de los que se disponen de datos históricos, se puede afirmar que el suicidio era más común en el pasado que en la actualidad.

Es cierto que en Estados Unidos hay ahora 40.000 suicidios al año, es decir, la décima de las principales causas de muerte, pero también es cierto que hay población más envejecida nacida durante el baby boom, y los últimos años de vida suelen ser los más propensos al suicidio. Los millennials, por el contrario, cada vez se suicidan menos desde la década de 1990.

Entonces, ¿el progreso genera más crisis existenciales que derivan en más suicidios? No. ¿Y qué pasa con la imagen del principio, la del sueco que se acaba de volar la tapa de los sesos en uno de los países más prósperos del mundo? Pues muy fácil: que es un mito. Ningún Estado del bienestar de Europa Occidental figura entre los diez países del mundo con las tasas de suicidio más elevadas; ni tampoco Suecia, como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración:

Aunque el índice de suicidios en Suecia en 1960 era superior al de Estados Unidos (15,2 frente a 10,8 por 100.000), nunca fue el más alto del mundo y desde entonces ha descendido a 11,1, que está por debajo del promedio mundial (11,6) y la tasa de Estados Unidos (12,1) y ocupa el quincuagésimo octavo puesto de todos los países.

Vemos a un sueco en su casa en el campo de 120 metros cuadrados. Viste elegante, con cuello alto. Es un hombre maduro, saludable, con estudios universitarios y un nivel de renta altísimo. No tiene problemas de salud destacables, tiene esposa e hijos, ni siquiera se ha quedado calvo aún. Y, entonces, se vuela la tapa de los sesos. ¡Bang!

¿Por qué lo ha hecho? Como señala la coletilla famosa de los clickbait: la respuesta te sorprenderá.

Muerte cuántica

El suicidio es un tipo de muerte particularmente esquiva. Cuando la escrutas, cambia de forma. Es como una partícula cuántica. Porque el suicidio tiene diferentes motivos, diferentes propósitos y diferentes modos de llevarse a cabo.

Por ejemplo, el índice de suicidios puede aumentar o disminuir en un país por el mero hecho de que existan herramientas eficaces para quitarse la vida. No estamos hablando de la cabina de suicidios de Futurama y otras ficciones, sino más bien de lo que un día escribió Dorothy Parker en su poema Resumé: «Las pistolas son ilegales;/las sogas fallan;/el gas huele fatal;/es mejor que vivas».

Una herramienta eficaz y algo de valor son, pues, elementos suficientes para alterar la estadística de suicidios de un país. También cómo se aborde el suicidio en los medios de comunicación. E incluso que se ponga de moda una novela.

Es lo que en sociología se llama efecto Werther, que toma su nombre de la novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista.

El efecto lo acuñó el sociólogo David Phillips en 1974, y demostró que el número de suicidios se incrementaba en todo EEUU durante el periodo transcurrido entre 1947 y 1968 justo al mes siguiente de que apareciera en la primera página del New York Times alguna noticia dedicada a un suicidio.

Una herramienta, una noticia, una moda. También influyen las horas de luz solar, el tiempo atmosférico, los vaivenes de la economía y un largo etcétera. Así de permeables son los índices de suicidios en un momento y lugar geográfico dado. Y, sin embargo, vamos a derribar un mito muy persistente: no, no están aumentando los suicidios en el mundo. Ni siquiera en los países nórdicos.

La paradoja del suicida feliz

En el mundo hay un suicidio cada 40 segundos: mueren más personas por esta causa que por conflictos bélicos. Los suicidas, por lo general, sienten predilección por los puentes. El Golden Gate, de San Francisco, tiene un censo suicida de 1.500 cadáveres. El contagio del suicidio se da con más fuerza entre la gente joven, porque el suicidio es muy contagioso, como una enfermedad, tal y como explican Nicholas A. Christiakis y James H. Fowler en su libro Conectados:

Un estudio realizado por Add Health a 13.455 adolescentes confirmó que tener un amigo suicida incrementaba la posibilidad de tener ideas suicidas. Si el amigo de un chico se había suicidado el año anterior, ese chico tenía el triple de probabilidades de tener ideas suicidas y casi el doble de posibilidades de intentar suicidarse que los demás.

En otras palabras, para tener una estadística fiable de suicidios hay que mirar con perspectiva, hay que evitar centrarse en lapsos de tiempo cortos; no hay que comparar obsesivamente las cifras de muertos de un año para el otro porque estas cifras suben y bajan de forma más caprichosa que el valor de un bitcoin.

Por esa razón, también, es muy aventurado afirmar que una persona se suicida porque es infeliz. Ni siquiera parece existir una relación estadística estable entre el índice de felicidad de un país y su índice de suicidios.

Pero ¿cómo puede suicidarse una persona feliz? Sencillo: las personas no somos felices o infelices en abstracto, lo somos también en comparación con los demás. Si todos quienes nos rodean son muy felices, entonces un contratiempo personal puede ser más doloroso e insoportable, por eso puede darse la paradoja de que en los estados más felices de Estados Unidos y los países más felices hay tasas de suicidio ligeramente (este ligeramente es importante) más elevadas.

Pero esta es solo una forma de examinar los datos. Hay 100 más. Podemos mirar las diferencias entre hombres y mujeres (ellos se suicidan más pero no se sabe la razón, lo que eleva los porcentajes de suicidios aunque el de las mujeres haya bajado). Tampoco se sabe por qué hay países donde la gente se suicida mucho, como son Guyana, Corea del Sur, Sri Lanka y Lituania.

¿Qué tienen en común estos cuatro países? Nada que se haya podido descubrir aún. Tampoco se sabe por qué hay repuntes, bajas repentinas… incluso muchos suicidios se cuentan como accidentes o viceversa según el período histórico, el país y el grado de estigmatización del suicidio. Sin contar la maraña de datos edad-cohorte-período, un palimpsesto que ningún exegeta es capaz de desentrañar.

Cada vez menos suicidios

Lo que sí sabemos con cierta seguridad es lo siguiente: el suicidio no está aumentando alarmantemente ni de forma generalizada. De hecho, de los países de los que se disponen de datos históricos, se puede afirmar que el suicidio era más común en el pasado que en la actualidad.

Es cierto que en Estados Unidos hay ahora 40.000 suicidios al año, es decir, la décima de las principales causas de muerte, pero también es cierto que hay población más envejecida nacida durante el baby boom, y los últimos años de vida suelen ser los más propensos al suicidio. Los millennials, por el contrario, cada vez se suicidan menos desde la década de 1990.

Entonces, ¿el progreso genera más crisis existenciales que derivan en más suicidios? No. ¿Y qué pasa con la imagen del principio, la del sueco que se acaba de volar la tapa de los sesos en uno de los países más prósperos del mundo? Pues muy fácil: que es un mito. Ningún Estado del bienestar de Europa Occidental figura entre los diez países del mundo con las tasas de suicidio más elevadas; ni tampoco Suecia, como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración:

Aunque el índice de suicidios en Suecia en 1960 era superior al de Estados Unidos (15,2 frente a 10,8 por 100.000), nunca fue el más alto del mundo y desde entonces ha descendido a 11,1, que está por debajo del promedio mundial (11,6) y la tasa de Estados Unidos (12,1) y ocupa el quincuagésimo octavo puesto de todos los países.

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Opiniones 3
  • La cantidad de suicidios en el mundo se corresponde en general con la influencia que la religión tiene entre la población. Donde más suicidas hay es en los países del Este o de mayoría de población laica, le siguen los países con mayoría protestante, católica y ortodoxa, siendo estas dos últimas donde las cifran bajan ostensiblemente. Por ultimo, los países musulmanes, donde es casi imperceptible su existencia.
    https://contraindicaciones.net/suicidios/

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