3 septiembre, 2018    /   BUSINESS
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Entrevista con tres superdotados de verdad que no son como los de la tele

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Termino la entrevista con tres personas con altas capacidades (lo que llamamos superdotados) en un bar del centro de Alicante. Ellos se quedan dentro: «Ahora es cuando vamos a hablar de política nacional», bromea Ezequiel. Yo salgo. En el umbral de la puerta, me giro, desconfiado, buscando lo extraordinario ya de un modo absurdo y desquiciado: esperando, no sé, que jueguen a hacer levitar las tazas de café y el vaso de crema de orujo o cualquier otra locura; esperando, en fin, que su absoluta normalidad sea un engaño premeditado.

A veces, a los periodistas nos jode mucho que ciertas cosas carezcan de rareza. Sobre todo, en agosto. «La imagen del superdotado en los medios tiene dos vertientes, o el tonto que se cree listo o la persona sobrenatural que casi tiene superpoderes», explica minutos antes María José para desmentirlo. «Maldita sea», pienso.

 

Quedo con María José García y Ezequiel Toledo gracias a la intermediación de Fernando Llorca, motero, barbudo, con tatuajes. Los tres forman parte de Mensa, es decir, tienen carnet de superdotados, ese del que presumió en público Lucía Etxebarría: acto por el que recibió un bufet de memes. Ella dijo que aquel linchamiento era producto de una fobia a la superdotación, pero lo más probable es que viniera estimulado por su costumbre de especular con el precio del pan.

En fin. Los entrevistados no presumen. Más bien, al contrario. En Alicante llueve, cosa más difícil que un logaritmo neperiano. Al principio de la entrevista, mientras explican la falta de consenso sobre qué significa ser superdotado, Ezequiel escruta con curiosidad la pantalla de la grabadora. Más tarde sé por qué.

Para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98, lo que significa que estás por encima del 98% de la población. La pista en la que se estaba registrando la conversación era la número 98 [esta coincidencia es la única cosa espectacular-alucinante que ocurrirá].

Como cuenta Llorca, hay agrupaciones más selectas que Mensa. Por ejemplo, la Triple Nine Society (TNS) solo acepta a quienes superan al 99,9% de la población. El umbral de 98% de los mensistas equivale en la escala Wechsler (una de las que se usa para medir el CI), a más de 130 puntos. También se puede acceder a Mensa mediante la acreditación de un profesional.

No obstante, no hay acuerdos entre comunidades autónomas sobre qué es un superdotado, lo cual menoscaba la posibilidad de aplicar programas unificados y eficaces.

El instante maravilloso

¿Cómo es el momento, el chispazo en que uno descubre que atesora un cerebro extraordinario? «En mi opinión, el suceso genial y maravilloso de tocar el piano, de pronto, con cuatro años es todo ficción», expresa Ezequiel. Además, la precocidad y las altas capacidades son atributos diferentes. Y precisa: «La imagen que tenemos de que sea tan impactante viene de cómo se muestra al superdotado en la ficción, como que es alguien que cada cosa que dice es una genialidad, y no es así para nada».

Con 20 años, María José no sospechaba nada. «Empecé a ver casos de niños superdotados y me veía identificada, en mi caso fui un poco precoz. A mí me parecía normal que andar con seis o siete meses o que, como mi madre dice, empezara a hablar con tres meses. Dije luz y todos se quedaron… Yo le decía que eso se lo habría imaginado».

El estereotipo de lo fascinante (niños virtuosos de la música, de las matemáticas o la pintura) provoca que, a veces, cueste reconocer a una mente privilegiada. «Mi madre me decía al ver documentales: nena, he visto superdotados, pero de los de verdad», ríe.

María José se adaptaba al entorno, bajaba el pistón: «Estaba harta de que la profesora dijese: alguien sabe la respuesta excepto ella».

—Menudo marcaje con esa frase…-digo.

—Es una diana—añade Ezequiel.

Una diana que María José esquivaba plegándose al ambiente y satisfaciendo sus inquietudes al margen del intinerario académico. «Eso de que todos los niños tienen problemas de adaptación no es real, yo diría [tantea, a ojo] que es un 50%. Yo de hecho iba con todo el mundo, y con macarrillas, era muy social», recuerda. Miro a Ezequiel, que niega, acodado en la mesa: «Sin palizas en el instituto», dice y suena a distinción oficial firmada por un Borbón. «Yo era frikillo majo, integrado».

Otro mito, otra codiciada rareza que cae: la superdotación no está inextricablemente anudada a los problemas para socializar o al acoso escolar. «No es raro que en Mensa haya gente con un carisma del tamaño de Teruel», señala Ezequiel.

En todo momento, ambos matizan que su visión está sesgada, advierten de que no expresan más que su análisis personal. Y dudan: hablan con precaución, sin engolamientos ni imposiciones; emplean un recital de gestos cautelosos, a veces, se disculpan con los hombros: afirman algo pero sus hombros se desmarcan. Uno se acuerda de esa gente que se lía a mamporros con la mesa para asentar sus afirmaciones.

Dudar hasta de la duda

Entre los mensistas no hay una personalidad común que pueda extrapolarse para crear una lista de ítems que definan el carácter superdotado. Son más cosas, aseguran, las que los separan que las que los unen. Pero la duda, dudar hasta de la duda, es extremadamente común.

«Hay compañeros que hacen el test y sabes de sobra que van a pasar y que igual te lo rompen por arriba y están convencidos de que ni de coña lo pasan. El síndrome del impostor está súper extendido. Si tienen éxito laboral, dicen: buah, porque no saben lo que hay detrás, se me han alineado los planetas… », desarrolla Ezequiel.

Una paradoja: la inteligencia es una pupila anchísima que te permite ver el abismo, el torrente creciente de cosas que desconoces.

Hay otro rasgo común: la curiosidad se articula en ellos como un vicio. «Nos interesan muchas cosas, no hay superdotado centrado, o igual sí, pero pocos», dice María José.

—¿Picoteáis mucho?

—¿Cuántas veces has empezado a tocar un instrumento, porque yo un montón?—pregunta Ezequiel a su compañera, riéndose como dándose por imposible.

— Me licencié en Teleco, hice un máster de Alta Dirección, uno de Gestión de Espacios Culturales y un MBA en una escuela de negocios.  Pero he de confesar que me cuesta mucho terminar las cosas, me atrae mucho empezarlas, pero terminarlas no. Empecé a estudiar solfeo, guitarra, luego como que no; empecé a trabajar en radio y estudié periodismo y no terminé…

— ¿Y por qué os pasa eso?

— Influye la curva de aprendizaje. Cuando empiezas una cosa, en nada aprendes mogollón. Puede ser una carrera o coger Star Trek y ver de qué va, investigar y saber mogollón después de dos horas. Luego, dedicas más tiempo y la curva de aprendizaje se ralentiza, te empiezas a aburrir, notas que no progresas, y lo más importante: tienes en la cabeza empezar con otra cosa.

Otra cosa, cualquier cosa. «De repente te surge una duda, te apetece saber», dice María José, y ese «te apetece» suena alimenticio, gustativo, «y digo, ay, cojo un libro de neurociencia u otro de tipos de madera». Me río, repregunto: ¿Tipos de madera? «No tiene por qué ser cosas supercultas», interviene Ezequiel, «yo tuve una época en que me dio por ver chirigotas y conozco el modelo de estructura de la chirigota, me conozco las chirigotas principales».

Por eso al principio del artículo no figura la profesión de los entrevistados, es difícil definir lo que son. María José, tras sus periplos formativos, trabaja en el Auditorio de Alicante. Ezequiel empezó Ingeniería Informática, se pasó a Publicidad, la acabó, y ahora estudia Psicología y trabaja como consultor de operaciones y procesos.

Algo no casa, ¿qué hay de los Mozart, los Picasso, los Paco de Lucía? ¿qué hay de esos personajes sublimes que tomaron una disciplina y la cambiaron para siempre?

El genio y el superdotado son especímenes diferentes, al menos en su forma de gestionar sus capacidades. «Creo que una persona superdotada tiene capacidad para hacer cosas como diría Rajoy, y un genio es el que ha conseguido aplicarse en un aspecto, llevarlo a cabo», medita en alto María José. «No es raro», aventura Ezequiel, «que el genio sea un ignorante de todo lo demás».

Mensa desarrolla tres funciones: promover la inteligencia en beneficio de la humanidad, investigar sobre la naturaleza de la inteligencia y proporcionar un entorno estimulante. Pero es, en mayor medida, un club social online y presencial, nacional e internacional. Hay 120.000 inscritos.

Las conversaciones virtuales se dividen en grupos de interés (GIES): de música clásica, de jardinería, de cocina, de matemáticas, de motos… Los miembros toman café, salen de fiesta, organizan charlas para compartir saberes o quedan para jugar a juegos de mesa y estrategia.

«Hay quien habla para aportar y quien lo hace para echarse unas risas. En la página general somos a la vez 1.000 personas, y no es serio», cuenta, divertida, María José. Entre los mensistas, comenta Ezequiel, está bastante extendido un sentido del humor peculiar. Se le saca punta a todo. «Dicen que en una reunión con N mensistas, hay N+1 opiniones», bromean.

— Y teniendo ese humor fino, de escarbar…

—Nooo—corta Ezequiel, medio descojonado, recordando a saber qué chascarrillos—, no es nada fino, puede ser simple y absurdo…

Entonces, agotado después de una hora intentando sonar ingenioso o poco convencional sin conseguirlo, empiezo a barruntar, a apretar la pólvora del último cartucho en mi búsqueda de lo extraordinario. Ningún prejuicio me ha servido hasta ahora.

Y pienso: con esa tendencia natural a un humor específico, a hurgar en las cosas y voltearlas para cambiarles el sentido y convertirlas en materia cómica; con ese instinto, pienso, sus cerebros deben languidecer de hambre cuando hablan con personas de inteligencia media. Su aburrimiento, en esos casos, debe tener una textura especial, deben viajar por dentro, iniciar un relato alternativo a lo que están viviendo; debe de ser algo así como un mecanismo automático y genial.

Lo pregunto, y resulta que no, que tampoco, que se pueden aburrir pero como cualquiera. Creí que pasaría un par de horas con tres extraterrestres y me encuentro con tres personas lúcidas, afables y cercanas. Me voy pensando que me ocultan algo… Por lo menos en Alicante llueve, eso sí es raro, más que un logaritmo neperiano.

Termino la entrevista con tres personas con altas capacidades (lo que llamamos superdotados) en un bar del centro de Alicante. Ellos se quedan dentro: «Ahora es cuando vamos a hablar de política nacional», bromea Ezequiel. Yo salgo. En el umbral de la puerta, me giro, desconfiado, buscando lo extraordinario ya de un modo absurdo y desquiciado: esperando, no sé, que jueguen a hacer levitar las tazas de café y el vaso de crema de orujo o cualquier otra locura; esperando, en fin, que su absoluta normalidad sea un engaño premeditado.

A veces, a los periodistas nos jode mucho que ciertas cosas carezcan de rareza. Sobre todo, en agosto. «La imagen del superdotado en los medios tiene dos vertientes, o el tonto que se cree listo o la persona sobrenatural que casi tiene superpoderes», explica minutos antes María José para desmentirlo. «Maldita sea», pienso.

 

Quedo con María José García y Ezequiel Toledo gracias a la intermediación de Fernando Llorca, motero, barbudo, con tatuajes. Los tres forman parte de Mensa, es decir, tienen carnet de superdotados, ese del que presumió en público Lucía Etxebarría: acto por el que recibió un bufet de memes. Ella dijo que aquel linchamiento era producto de una fobia a la superdotación, pero lo más probable es que viniera estimulado por su costumbre de especular con el precio del pan.

En fin. Los entrevistados no presumen. Más bien, al contrario. En Alicante llueve, cosa más difícil que un logaritmo neperiano. Al principio de la entrevista, mientras explican la falta de consenso sobre qué significa ser superdotado, Ezequiel escruta con curiosidad la pantalla de la grabadora. Más tarde sé por qué.

Para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98, lo que significa que estás por encima del 98% de la población. La pista en la que se estaba registrando la conversación era la número 98 [esta coincidencia es la única cosa espectacular-alucinante que ocurrirá].

Como cuenta Llorca, hay agrupaciones más selectas que Mensa. Por ejemplo, la Triple Nine Society (TNS) solo acepta a quienes superan al 99,9% de la población. El umbral de 98% de los mensistas equivale en la escala Wechsler (una de las que se usa para medir el CI), a más de 130 puntos. También se puede acceder a Mensa mediante la acreditación de un profesional.

No obstante, no hay acuerdos entre comunidades autónomas sobre qué es un superdotado, lo cual menoscaba la posibilidad de aplicar programas unificados y eficaces.

El instante maravilloso

¿Cómo es el momento, el chispazo en que uno descubre que atesora un cerebro extraordinario? «En mi opinión, el suceso genial y maravilloso de tocar el piano, de pronto, con cuatro años es todo ficción», expresa Ezequiel. Además, la precocidad y las altas capacidades son atributos diferentes. Y precisa: «La imagen que tenemos de que sea tan impactante viene de cómo se muestra al superdotado en la ficción, como que es alguien que cada cosa que dice es una genialidad, y no es así para nada».

Con 20 años, María José no sospechaba nada. «Empecé a ver casos de niños superdotados y me veía identificada, en mi caso fui un poco precoz. A mí me parecía normal que andar con seis o siete meses o que, como mi madre dice, empezara a hablar con tres meses. Dije luz y todos se quedaron… Yo le decía que eso se lo habría imaginado».

El estereotipo de lo fascinante (niños virtuosos de la música, de las matemáticas o la pintura) provoca que, a veces, cueste reconocer a una mente privilegiada. «Mi madre me decía al ver documentales: nena, he visto superdotados, pero de los de verdad», ríe.

María José se adaptaba al entorno, bajaba el pistón: «Estaba harta de que la profesora dijese: alguien sabe la respuesta excepto ella».

—Menudo marcaje con esa frase…-digo.

—Es una diana—añade Ezequiel.

Una diana que María José esquivaba plegándose al ambiente y satisfaciendo sus inquietudes al margen del intinerario académico. «Eso de que todos los niños tienen problemas de adaptación no es real, yo diría [tantea, a ojo] que es un 50%. Yo de hecho iba con todo el mundo, y con macarrillas, era muy social», recuerda. Miro a Ezequiel, que niega, acodado en la mesa: «Sin palizas en el instituto», dice y suena a distinción oficial firmada por un Borbón. «Yo era frikillo majo, integrado».

Otro mito, otra codiciada rareza que cae: la superdotación no está inextricablemente anudada a los problemas para socializar o al acoso escolar. «No es raro que en Mensa haya gente con un carisma del tamaño de Teruel», señala Ezequiel.

En todo momento, ambos matizan que su visión está sesgada, advierten de que no expresan más que su análisis personal. Y dudan: hablan con precaución, sin engolamientos ni imposiciones; emplean un recital de gestos cautelosos, a veces, se disculpan con los hombros: afirman algo pero sus hombros se desmarcan. Uno se acuerda de esa gente que se lía a mamporros con la mesa para asentar sus afirmaciones.

Dudar hasta de la duda

Entre los mensistas no hay una personalidad común que pueda extrapolarse para crear una lista de ítems que definan el carácter superdotado. Son más cosas, aseguran, las que los separan que las que los unen. Pero la duda, dudar hasta de la duda, es extremadamente común.

«Hay compañeros que hacen el test y sabes de sobra que van a pasar y que igual te lo rompen por arriba y están convencidos de que ni de coña lo pasan. El síndrome del impostor está súper extendido. Si tienen éxito laboral, dicen: buah, porque no saben lo que hay detrás, se me han alineado los planetas… », desarrolla Ezequiel.

Una paradoja: la inteligencia es una pupila anchísima que te permite ver el abismo, el torrente creciente de cosas que desconoces.

Hay otro rasgo común: la curiosidad se articula en ellos como un vicio. «Nos interesan muchas cosas, no hay superdotado centrado, o igual sí, pero pocos», dice María José.

—¿Picoteáis mucho?

—¿Cuántas veces has empezado a tocar un instrumento, porque yo un montón?—pregunta Ezequiel a su compañera, riéndose como dándose por imposible.

— Me licencié en Teleco, hice un máster de Alta Dirección, uno de Gestión de Espacios Culturales y un MBA en una escuela de negocios.  Pero he de confesar que me cuesta mucho terminar las cosas, me atrae mucho empezarlas, pero terminarlas no. Empecé a estudiar solfeo, guitarra, luego como que no; empecé a trabajar en radio y estudié periodismo y no terminé…

— ¿Y por qué os pasa eso?

— Influye la curva de aprendizaje. Cuando empiezas una cosa, en nada aprendes mogollón. Puede ser una carrera o coger Star Trek y ver de qué va, investigar y saber mogollón después de dos horas. Luego, dedicas más tiempo y la curva de aprendizaje se ralentiza, te empiezas a aburrir, notas que no progresas, y lo más importante: tienes en la cabeza empezar con otra cosa.

Otra cosa, cualquier cosa. «De repente te surge una duda, te apetece saber», dice María José, y ese «te apetece» suena alimenticio, gustativo, «y digo, ay, cojo un libro de neurociencia u otro de tipos de madera». Me río, repregunto: ¿Tipos de madera? «No tiene por qué ser cosas supercultas», interviene Ezequiel, «yo tuve una época en que me dio por ver chirigotas y conozco el modelo de estructura de la chirigota, me conozco las chirigotas principales».

Por eso al principio del artículo no figura la profesión de los entrevistados, es difícil definir lo que son. María José, tras sus periplos formativos, trabaja en el Auditorio de Alicante. Ezequiel empezó Ingeniería Informática, se pasó a Publicidad, la acabó, y ahora estudia Psicología y trabaja como consultor de operaciones y procesos.

Algo no casa, ¿qué hay de los Mozart, los Picasso, los Paco de Lucía? ¿qué hay de esos personajes sublimes que tomaron una disciplina y la cambiaron para siempre?

El genio y el superdotado son especímenes diferentes, al menos en su forma de gestionar sus capacidades. «Creo que una persona superdotada tiene capacidad para hacer cosas como diría Rajoy, y un genio es el que ha conseguido aplicarse en un aspecto, llevarlo a cabo», medita en alto María José. «No es raro», aventura Ezequiel, «que el genio sea un ignorante de todo lo demás».

Mensa desarrolla tres funciones: promover la inteligencia en beneficio de la humanidad, investigar sobre la naturaleza de la inteligencia y proporcionar un entorno estimulante. Pero es, en mayor medida, un club social online y presencial, nacional e internacional. Hay 120.000 inscritos.

Las conversaciones virtuales se dividen en grupos de interés (GIES): de música clásica, de jardinería, de cocina, de matemáticas, de motos… Los miembros toman café, salen de fiesta, organizan charlas para compartir saberes o quedan para jugar a juegos de mesa y estrategia.

«Hay quien habla para aportar y quien lo hace para echarse unas risas. En la página general somos a la vez 1.000 personas, y no es serio», cuenta, divertida, María José. Entre los mensistas, comenta Ezequiel, está bastante extendido un sentido del humor peculiar. Se le saca punta a todo. «Dicen que en una reunión con N mensistas, hay N+1 opiniones», bromean.

— Y teniendo ese humor fino, de escarbar…

—Nooo—corta Ezequiel, medio descojonado, recordando a saber qué chascarrillos—, no es nada fino, puede ser simple y absurdo…

Entonces, agotado después de una hora intentando sonar ingenioso o poco convencional sin conseguirlo, empiezo a barruntar, a apretar la pólvora del último cartucho en mi búsqueda de lo extraordinario. Ningún prejuicio me ha servido hasta ahora.

Y pienso: con esa tendencia natural a un humor específico, a hurgar en las cosas y voltearlas para cambiarles el sentido y convertirlas en materia cómica; con ese instinto, pienso, sus cerebros deben languidecer de hambre cuando hablan con personas de inteligencia media. Su aburrimiento, en esos casos, debe tener una textura especial, deben viajar por dentro, iniciar un relato alternativo a lo que están viviendo; debe de ser algo así como un mecanismo automático y genial.

Lo pregunto, y resulta que no, que tampoco, que se pueden aburrir pero como cualquiera. Creí que pasaría un par de horas con tres extraterrestres y me encuentro con tres personas lúcidas, afables y cercanas. Me voy pensando que me ocultan algo… Por lo menos en Alicante llueve, eso sí es raro, más que un logaritmo neperiano.

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Opiniones 37
  • Por la pista en la que se grababa la conversación:”Para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98, lo que significa que estás por encima del 98% de la población. La pista en la que se estaba registrando la conversación era la número 98 [esta coincidencia es la única cosa espectacular-alucinante que ocurrirá]”

  • Qué rollo de artículo. Aún no sé qué interés tiene el saber si pep@ tenía 20 ó 100 si no inventó nada que a otro le sirva. Hasta un profesor mediocre de inglés te puede servir para algo, pero est@s del superpencil para qué?, normalmente para que les es tengas que escuchar 14 veces al día que ya dijeron hola a la comadrona el día que nacieron.

  • Porque casualmente aparecía el número 98, que es el percentil necesario para superar la prueba de acceso a Mensa. Es decir, tus resultados en el test de acceso deben ser estadísticamente mejores que los del 98% de la población.

  • Creo que lo pone justo después: para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98 y la pista en la que se estaba registrando la conversación era la número 98

  • Por el 98. “Para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98, lo que significa que estás por encima del 98% de la población. La pista en la que se estaba registrando la conversación era la número 98 [esta coincidencia es la única cosa espectacular-alucinante que ocurrirá].“

  • A mi me parece absurdo perder el tiempo haciendo test de “inteligencia”.
    Para empezar esta mas que demostrado que cualquiera de los test existentes estan muy influidos por el origen socio-económico y cultural.
    Y lo peor de todo es que ni siquiera hay una definición consensuada de inteligencia, como narices puedes pensar que se puede medir, si no nos ponemos de acuerdo en que es.

    Y a parte los “superdotados” de la entrevista que no se pueden concentrar en nada y según avanzan en la curva de aprendizaje les parece que ni avanzan, son más bien síntomas de que no son tan inteligentes como ellos creen y que el tema se les ha quedado grande.
    Menos test y más aprender un poco de disciplina y autocontrol, algo que es una parte importante de la inteligencia según varias de las teorías existentes.

  • Porque “La pista en la que se estaba registrando la conversación (en la grabadora) era la número 98”, y “Para entrar en Mensa se requiere una puntuación en la prueba de acceso igual o superior al percentil 98”. La coincidencia de daba en el número 98, y eso le llamaba la atención.

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