3 de febrero 2017    /   CINE/TV
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Los superhéroes son la Cenicienta de los hombres

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Escribo una lista de libros, películas y series que han influido en otras narraciones. Por supuesto, incluyo La Cenicienta. Recuerdo decenas de películas de Hollywood (muchas de los 80 y los 90) y telenovelas latinoamericanas que recrean el cuento.

La Cenicienta pertenece a tiempos difíciles para las mujeres. Ellas no podían aspirar a valerse por sí mismas sin fortuna propia (heredada de un varón). Sin oficio ni medios, una mujer sola estaba condenada a una vida de penurias. El matrimonio, aun infeliz, era una alternativa a la miseria. Por esto, un casamiento con un príncipe es la recompensa en los cuentos. La pobreza de Cenicienta no es un obstáculo: se piensa que una mujer bonita vale tanto como un hombre rico.

Aunque hoy en Occidente las mujeres son autosuficientes, Hollywood saca beneficios al cuento. Bastan retoques cosméticos. Está la Cenicienta colegiala, criada, camarera, periodista, prostituta… El príncipe es el artista exitoso, el militar condecorado, el tiburón financiero… que no devuelve la zapatilla sino que atiza con una fusta.

Una prueba de la pervivencia del cuento son las reposiciones de Pretty Woman en las televisiones (El hada madrina y el príncipe se reunifican en Richard Gere). En cualquier caso, la conclusión del relato es satisfactoria: el personaje deja atrás una vida complicada. Es difícil oponerse a un mensaje tan sencillo. Un final, aunque feliz, con el que los hombres no llegan a identificarse del todo. A las mujeres se les ha enseñado que el día más feliz de su vida es el de su boda. A los hombres se les ha enseñado, con chistes, que una boda es una ejecución. Cenicienta es un mito para las mujeres.

El premio para Cenicienta sería un demérito para un personaje masculino. Un pobre que pretende a una mujer acaudalada es un cazafortunas. Se ve obligado a buscar un tesoro o matar a un monstruo para que consienta la relación el padre o hermano mayor de la pretendida. Así vende la ficción que el valor de un hombre sin dinero vale tanto como la fortuna de una mujer.

Estas historias están protagonizadas por emprendedores, no por sirvientes ni indeseados hijastros. Hay una idea perniciosa: Cenicienta recibe una ayuda mágica no solicitada. Aladino o Simbad reciben la ayuda de un genio encontrado en la aventura. El lugar de las niñas es la casa; el lugar de los niños, la calle.

Edmundo Dantés, futuro conde de Montecristo, sí está cercano a Cenicienta. En esta historia, el hada madrina es el viejo prisionero que revela al héroe dónde está su fortuna. Pero esta Cenicienta para hombres no es fácil de replicar.

La Cenicienta ha cambiado y cambiará. Edmundo Dantés no puede trasplantarse a Nueva York, 2016, sin haber pasado por la cárcel. La industria necesita mitos que puedan clonarse y adaptarse sin dificultad a los públicos. Así llegaron los superhéroes como alternativa, para los hombres, a los cuentos de hadas. Hulk, Spiderman, Ant Man… son las cenicientas de los hombres.

La Cenicienta apela al miedo femenino, arcaico, de enfrentarse sola a la vida. Los superhéroes apelan al miedo masculino, eterno, de la la debilidad física. En la infancia y la adolescencia ser menos fuerte que, más bajito que… ha asustado, inquietado, molestado a los hombres más que ser más tonto que… El miedo a la debilidad lleva a los gimnasios, al culto a los deportistas y a los superhéroes. No es raro que estos personajes sigan el esquema de La Cenicienta: de la debilidad a la fuerza pasando por la magia o un sustituto (habrá protestas: «El superhéroe sigue el viaje del héroe», dirán algunos. Pero el héroe parte a la aventura por propia iniciativa, como Ulises, Simbad o Luke Skywalker. No leemos que la Cenicienta parta a la aventura, aunque mostrará un interés en ir al baile).

El superhéroe clásico comienza como un hombre mediocre o débil, pasto de bromas y explotado en el trabajo. Es un hombre bondadoso. Un pringao. Un pagafantas. (Pocos superhéroes escapan al tópico. Entre ellos, Batman e Iron Man, que nacieron ricos y representan al empresario americano como Henry Ford. Otro es Superman, que emula al Dios de la Biblia bajó del cielo para salvarnos). Si Cenicienta sueña con el príncipe, el futuro superhéroe sueña con la reina del baile o la compañera estrella profesional.

El hada madrina es el científico que busca el supersoldado, un mentor místico o el ricacho que da una armadura al héroe. Un traje marcial. El traje de la Cenicienta. Otras veces, el hada es una radiación o una sustancia extraterrestre o un animal que inocula sus cualidades al héroe. Así, el pagafantas pasa a ser admirado por todos, cual Cenicienta en el baile, aunque no lleve máscara. Nadie había reparado antes en él.

Siguiendo el esquema de la Cenicienta, el superhéroe pierde la zapatilla, pierde la magia. El poder mengua, el traje tiene defectos, el pueblo no cree en el héroe. (Es un hombre y necesita de la admiración y la atención ajenas). El superhéroe se vuelve vulnerable.

El emisario del príncipe que busca a la Cenicienta es el niño enfermo —«yo creo en ti»— o el quiosquero de la Quinta Avenida —«estés dónde estés, te necesitamos»—. Surgen los imitadores. Las hermanastras que se prueban zapatos que no son de su talla. Los imitadores no dan la talla.

Finalmente, el superhéroe regresa recuperado con sus galas. Y, como en el cuento no adulterado, emplea la violencia contra sus enemigos. Las palomas comen los ojos a la madrastra y las hermanastras; el superhéroe emplea su poder, de menos a más, para extender el final, pero no derrama sangre. Aparte de esto, la mayor diferencia entre La Cenicienta para mujeres y para hombres es que el superhéroe no acaba en el altar. Nunca fue su prioridad la reina del baile ni la compañera de trabajo. Lo que quería era ser fuerte. La reina del baile es un complemento.

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Escribo una lista de libros, películas y series que han influido en otras narraciones. Por supuesto, incluyo La Cenicienta. Recuerdo decenas de películas de Hollywood (muchas de los 80 y los 90) y telenovelas latinoamericanas que recrean el cuento.

La Cenicienta pertenece a tiempos difíciles para las mujeres. Ellas no podían aspirar a valerse por sí mismas sin fortuna propia (heredada de un varón). Sin oficio ni medios, una mujer sola estaba condenada a una vida de penurias. El matrimonio, aun infeliz, era una alternativa a la miseria. Por esto, un casamiento con un príncipe es la recompensa en los cuentos. La pobreza de Cenicienta no es un obstáculo: se piensa que una mujer bonita vale tanto como un hombre rico.

Aunque hoy en Occidente las mujeres son autosuficientes, Hollywood saca beneficios al cuento. Bastan retoques cosméticos. Está la Cenicienta colegiala, criada, camarera, periodista, prostituta… El príncipe es el artista exitoso, el militar condecorado, el tiburón financiero… que no devuelve la zapatilla sino que atiza con una fusta.

Una prueba de la pervivencia del cuento son las reposiciones de Pretty Woman en las televisiones (El hada madrina y el príncipe se reunifican en Richard Gere). En cualquier caso, la conclusión del relato es satisfactoria: el personaje deja atrás una vida complicada. Es difícil oponerse a un mensaje tan sencillo. Un final, aunque feliz, con el que los hombres no llegan a identificarse del todo. A las mujeres se les ha enseñado que el día más feliz de su vida es el de su boda. A los hombres se les ha enseñado, con chistes, que una boda es una ejecución. Cenicienta es un mito para las mujeres.

El premio para Cenicienta sería un demérito para un personaje masculino. Un pobre que pretende a una mujer acaudalada es un cazafortunas. Se ve obligado a buscar un tesoro o matar a un monstruo para que consienta la relación el padre o hermano mayor de la pretendida. Así vende la ficción que el valor de un hombre sin dinero vale tanto como la fortuna de una mujer.

Estas historias están protagonizadas por emprendedores, no por sirvientes ni indeseados hijastros. Hay una idea perniciosa: Cenicienta recibe una ayuda mágica no solicitada. Aladino o Simbad reciben la ayuda de un genio encontrado en la aventura. El lugar de las niñas es la casa; el lugar de los niños, la calle.

Edmundo Dantés, futuro conde de Montecristo, sí está cercano a Cenicienta. En esta historia, el hada madrina es el viejo prisionero que revela al héroe dónde está su fortuna. Pero esta Cenicienta para hombres no es fácil de replicar.

La Cenicienta ha cambiado y cambiará. Edmundo Dantés no puede trasplantarse a Nueva York, 2016, sin haber pasado por la cárcel. La industria necesita mitos que puedan clonarse y adaptarse sin dificultad a los públicos. Así llegaron los superhéroes como alternativa, para los hombres, a los cuentos de hadas. Hulk, Spiderman, Ant Man… son las cenicientas de los hombres.

La Cenicienta apela al miedo femenino, arcaico, de enfrentarse sola a la vida. Los superhéroes apelan al miedo masculino, eterno, de la la debilidad física. En la infancia y la adolescencia ser menos fuerte que, más bajito que… ha asustado, inquietado, molestado a los hombres más que ser más tonto que… El miedo a la debilidad lleva a los gimnasios, al culto a los deportistas y a los superhéroes. No es raro que estos personajes sigan el esquema de La Cenicienta: de la debilidad a la fuerza pasando por la magia o un sustituto (habrá protestas: «El superhéroe sigue el viaje del héroe», dirán algunos. Pero el héroe parte a la aventura por propia iniciativa, como Ulises, Simbad o Luke Skywalker. No leemos que la Cenicienta parta a la aventura, aunque mostrará un interés en ir al baile).

El superhéroe clásico comienza como un hombre mediocre o débil, pasto de bromas y explotado en el trabajo. Es un hombre bondadoso. Un pringao. Un pagafantas. (Pocos superhéroes escapan al tópico. Entre ellos, Batman e Iron Man, que nacieron ricos y representan al empresario americano como Henry Ford. Otro es Superman, que emula al Dios de la Biblia bajó del cielo para salvarnos). Si Cenicienta sueña con el príncipe, el futuro superhéroe sueña con la reina del baile o la compañera estrella profesional.

El hada madrina es el científico que busca el supersoldado, un mentor místico o el ricacho que da una armadura al héroe. Un traje marcial. El traje de la Cenicienta. Otras veces, el hada es una radiación o una sustancia extraterrestre o un animal que inocula sus cualidades al héroe. Así, el pagafantas pasa a ser admirado por todos, cual Cenicienta en el baile, aunque no lleve máscara. Nadie había reparado antes en él.

Siguiendo el esquema de la Cenicienta, el superhéroe pierde la zapatilla, pierde la magia. El poder mengua, el traje tiene defectos, el pueblo no cree en el héroe. (Es un hombre y necesita de la admiración y la atención ajenas). El superhéroe se vuelve vulnerable.

El emisario del príncipe que busca a la Cenicienta es el niño enfermo —«yo creo en ti»— o el quiosquero de la Quinta Avenida —«estés dónde estés, te necesitamos»—. Surgen los imitadores. Las hermanastras que se prueban zapatos que no son de su talla. Los imitadores no dan la talla.

Finalmente, el superhéroe regresa recuperado con sus galas. Y, como en el cuento no adulterado, emplea la violencia contra sus enemigos. Las palomas comen los ojos a la madrastra y las hermanastras; el superhéroe emplea su poder, de menos a más, para extender el final, pero no derrama sangre. Aparte de esto, la mayor diferencia entre La Cenicienta para mujeres y para hombres es que el superhéroe no acaba en el altar. Nunca fue su prioridad la reina del baile ni la compañera de trabajo. Lo que quería era ser fuerte. La reina del baile es un complemento.

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Opiniones 1
  • Impecable, a traves de sus afinadas analogias se logra comprender desde una perspectiva efectiva.

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