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1 de junio 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Madre-máquina: la supermamá y superprofesional del siglo XXI

1 de junio 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Lina Meruane pidió un minuto de silencio por las madres de hoy. La escritora chilena piensa que «una silenciosa revolución moral» está cambiando el papel de los hijos. De «serviciales empleados en el proyecto familiar» han pasado a ser «personas necesitadas de servicios».

«Los hijos pasaron a ser objeto de atención desmesurada, seres sagrados dentro del orden social. (…) El deber pedagógico que antes se realizaba en las horas de la escuela, o era responsabilidad de los estudiantes, ha pasado a ser deber de superpadres y madres-ecológicas que no sólo están supuestos a sumarse a la educación, sino que proyectan en esa labor la responsabilidad por el éxito futuro de los hijos».

«No es de extrañar que los progenitores se sientan presionados por asesorar al hijo en el complimiento de una sobrecargada agenda de citas sociales y de actividades extracurriculares que mejorarán sus posibilidades en el futuro», continúa. «Ahora que la vida se entiende como ‘proyecto’, el hijo se ha convertido en uno de ellos».

Esto se suma a la rutina de las supermadres, esas mujeres entregadas a la crianza de sus hijos y también a un empleo fuera de su hogar. Esas mujeres que, según Meruane, de pronto gritan: ¡Estoy agotada!, se fugan a un centro de yoga integral o empiezan a tomar Prozac a puñados.

La escritora chilena reflexiona sobre la «creciente presión alrededor de la crianza» en su libro Contra los hijos, de Tumbona Ediciones, y se rebela ante esos ‘hijos-tiranos’ con ‘síndrome del emperador’ que han dejado la autoridad de sus padres por los suelos. «Antes eran el padre y la madre quienes detentaban el poder. Ahora son los hijos quienes mandan (…). Esa raza de hijos ya no es ‘nuestra’, sino más bien el instrumento que la sociedad ha creado para censurar como nunca nuestra libertad».

Tener hijos no es sólo una llamada biológica, según la autora. Influye también «la insistente alarma del dictado social». La posibilidad de renunciar a tener hijos, a menudo, sigue resultando sospechosa. En los países anglosajones, al menos, el idioma lo contempla. Existe una palabra para las personas que deciden esta opción: childfree o childless. En español, ni eso.

Pero la gran mayoría, las ‘mujeres-madre’, se ven ante una «nueva coartada» para llevarlas «de vuelta a sus casas», indica Meruane. «El instrumento de este contragolpe tiene un viejo apelativo: ¡Hijos!».

Hoy las madres «tienen más derechos pero también más deberes y más presencia pública, pero en lo privado se les exige también más que nunca». ¿Qué las ha traído hasta aquí?

A lo largo de la historia, en casi todas las revoluciones, las mujeres tomaron conciencia de que siempre tuvieron un papel en la sombra. «Hicieron suyo el alarido libertario, salieron a las calles y a los campos de batalla para luchar por doña Igualdad y por sí mismas. Pero que ellas pusieran el hombro junto a los hombres y el cuerpo en la línea de fuego no bastó para otorgarles derechos de ninguna clase. Con asombrosa simetría, en todos los lugares y todos los tiempos del pasado, acabada la refriega en curso, las mujeres eran llamadas de vuelta a casa sin haber logrado ninguna libertad. El sempiterno llamado a los inofensivos roles que la convención mandaba se sirvió siempre de la retórica de la maternidad».

En la sociedad victoriana, el ideal de mujer era dulce, sumisa y recatada. Era un ángel, el ángel del hogar. El poeta Coventry Patmore (1823-1896) perpetuó esa imagen para siempre en un poemario que daba consejos para construir un matrimonio feliz. El libro, titulado The Angel in the House, recogía la teoría victoriana de las dos esferas separadas. Una, la privada o doméstica, destinada a la mujer. A ella pertenecía la responsabilidad de cuidar a los hijos, al marido y el orden de la casa. La otra, la pública, estaba reservada a los hombres. Ellos tenían que salir a trabajar y cumplir con sus derechos civiles.

En esa Inglaterra constreñida por sus ideas y sus corsés, la filósofa y defensora de los derechos de la mujer Mary Wollstonecraft (1759-1797) fue una de las primeras pensadoras que se atrevió a ridiculizar esta figura del dócil ángel del hogar.

supermamas
Mary Wollstonecraft, retratada por John Opie en 1797

La británica «denunció a la sociedad por haber criado ‘apacibles bestias domésticas’ sin educación, mujeres ‘asquerosamente sentimentales y bobas’ cuyo único destino posible era la procreación», relata Meruane. «¡Por su falta absoluta de educación, de intereses, de ambiciones!».

Wollstonecraft, la madre de la autora de Frankenstein o El moderno Prometeo, se propuso acabar con ese abuso. En 1792 reivindicó el derecho de la mujer a la educación y lo justificó con dos argumentos: las madres tenían que estar preparadas porque ellas instruían a los futuros ciudadanos (sus hijos) y, además, con cultura, «podrían salvar el matrimonio burgués del aburrimiento más absoluto».

Pero pronto acabó su labor reivindicativa. Murió a los 38 años de una infección producida en el parto de su segundo hijo y muchos dijeron que fue castigo de Dios por su atrevimiento.

La noción actual de supermadre no siempre se dio en la historia. En el siglo XIX, la ‘femme’ francesa no se veía ante todo como madre. La filósofa Élisabeth Badinter explica que incluso antes de la Revolución Francesa, «las mujeres de las clases altas y luego medias siempre contaron con nodrizas a quienes les entregaron alegremente los hijos recién nacidos». Después los criaban sus institutrices y luego iban a internados. «Se esperaba que las féminas dieran prioridad a sus maridos, a su círculo social y a sus afanes políticos e intelectuales». Así ocurría, al menos, en Francia, y también en Inglaterra hasta entrado el siglo XX.

Pero la figura de la mujer angelical «era poderosa», cuenta Meruane. «Porque, como diría Simone de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos”. (…) Las propias mujeres colaboraron en la creación y en la mantención de esa imagen que luego otras tendrían que deshacer a palos».

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Simone de Beauvoir

La dos guerras mundiales sacaron a las mujeres de sus casas. «Se arremangarán la blusa, se lanzarán al trabajo subordinándose a nuevos jefes que, aunque mal, remunerarán la labor de las nuevas mujeres-profesionales y de las mujeres-fabriles que van a suplir otras carencias y a adquirir tareas tan heroicas como inesperadas. Se tomarán de forma provisional esos puestos que significan al menos (…) un reconocimiento de la valía del trabajo femenino fuera del hogar».

Pero las contiendas mermaron la población y volvieron a ser llamadas a las filas del hogar. Era la ‘emergencia demográfica’. El ángel del hogar volvía a aparecer a mediados del siglo XX en revistas y «consultas de médicos amparados en categorías freudianas que califican de neuróticas-envidiosas-del-pene a las mujeres con ambiciones profesionales».

Esta vez venía con otro traje: la ‘heroica ama de casa’. Esas mujeres que «se aislaron en los suburbios, se encerraron en casas provistas de lavadoras, planchas, batidoras, exprimidores, aspiradoras, y se dedicaron a tener hijos y a colmarlos hasta la asfixia de mimos y de pañales».

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Guía de la buena esposa

Las últimas décadas del XX volvió a sacar a las mujeres de su hogar. Hoy se le exige ser una profesional y, a la vez, aprietan con la retórica esencialista que devuelve a la madre a las labores de hace siglos: parto sin anestesia, lactancia natural, pañal reciclable de lavar y volver a lavar, pasar el máximo tiempo posible con sus hijos…

«Las esencialistas fueron hechizadas por un ángel-materno ahora vestido de verde: renunciaron a las ventajas y descansos que consiguieron las feministas igualitarias para volver a hacerse cargo de la casa», indica la chilena. «De tan aparentemente progresistas, ellas, las madres-ecológicas, han dado la vuelta completa al círculo para regresar a la retrógrada ecuación madre = naturaleza, y a las viejas tareas maternas de las que algunas de nuestras abuelas y madres intentaron liberarse para salvarse, ellas».

En el siglo XXI ha surgido una nueva mujer: «la sacrificada e infatigable supermadre». Es «la madre-máquina, de existencia cronometrada que sale temprano en un auto utilitario y multifuncional como ella. Va algo despeinada pero cuidadosamente vestida. Deja a los hijos en el colegio y sigue camino. Si va algo tarde o tiene que ausentarse unas horas para la infaltable reunión de apoderados, nunca usa a los hijos como disculpa: repone las horas perdidas y acepta todos los desafíos laborales para ‘probar’ (este es su verbo favorito) que ser madre no es una desventaja en su desempeño. Al revés, diría la supermadre supurando adrenalina: mis hijos son mi capital».

«(…) Camino a casa, tras ocho o 10 o 12 horas de trabajo intensivo (precedido, si alcanzó, por una madrugada en el gimnasio), acelera para cumplir el ‘tiempo de calidad’ que los colegios han inventado para sobrecargarla. Porque no se trata sólo de llegar a casa y conversar con los hijos, preguntarles cómo fue su día e interesarse por lo que están estudiando. Consiste, sobre todo, en participar de la labor docente revisando o peor, empezando y finalizando, tareas cada vez más difíciles (menos apropiadas para la edad) que los colegios asignan (…)».

«La supermujer ha olvidado cómo eran las cosas antes, cómo procedía su madre o su madrastra o su abuela o su tía cuando ella, de niña, llegaba con tareas. Ella no cuestiona las cosas como son hoy. Ella vive en el presente de la necesidad y por eso, en vez de pensar en la carga extraordinaria que está asumiendo, se distrae recordando que falta papel lustre, cartón fino y goma de pegar además de pinceles. (…) No conoce todavía la palabra ‘agotamiento’, siempre llega fresca al fin de semana y no se desvela: cuando pone la cabeza en la almohada, más que dormirse, cae desmayada».

Lina Meruane pidió un minuto de silencio por las madres de hoy. La escritora chilena piensa que «una silenciosa revolución moral» está cambiando el papel de los hijos. De «serviciales empleados en el proyecto familiar» han pasado a ser «personas necesitadas de servicios».

«Los hijos pasaron a ser objeto de atención desmesurada, seres sagrados dentro del orden social. (…) El deber pedagógico que antes se realizaba en las horas de la escuela, o era responsabilidad de los estudiantes, ha pasado a ser deber de superpadres y madres-ecológicas que no sólo están supuestos a sumarse a la educación, sino que proyectan en esa labor la responsabilidad por el éxito futuro de los hijos».

«No es de extrañar que los progenitores se sientan presionados por asesorar al hijo en el complimiento de una sobrecargada agenda de citas sociales y de actividades extracurriculares que mejorarán sus posibilidades en el futuro», continúa. «Ahora que la vida se entiende como ‘proyecto’, el hijo se ha convertido en uno de ellos».

Esto se suma a la rutina de las supermadres, esas mujeres entregadas a la crianza de sus hijos y también a un empleo fuera de su hogar. Esas mujeres que, según Meruane, de pronto gritan: ¡Estoy agotada!, se fugan a un centro de yoga integral o empiezan a tomar Prozac a puñados.

La escritora chilena reflexiona sobre la «creciente presión alrededor de la crianza» en su libro Contra los hijos, de Tumbona Ediciones, y se rebela ante esos ‘hijos-tiranos’ con ‘síndrome del emperador’ que han dejado la autoridad de sus padres por los suelos. «Antes eran el padre y la madre quienes detentaban el poder. Ahora son los hijos quienes mandan (…). Esa raza de hijos ya no es ‘nuestra’, sino más bien el instrumento que la sociedad ha creado para censurar como nunca nuestra libertad».

Tener hijos no es sólo una llamada biológica, según la autora. Influye también «la insistente alarma del dictado social». La posibilidad de renunciar a tener hijos, a menudo, sigue resultando sospechosa. En los países anglosajones, al menos, el idioma lo contempla. Existe una palabra para las personas que deciden esta opción: childfree o childless. En español, ni eso.

Pero la gran mayoría, las ‘mujeres-madre’, se ven ante una «nueva coartada» para llevarlas «de vuelta a sus casas», indica Meruane. «El instrumento de este contragolpe tiene un viejo apelativo: ¡Hijos!».

Hoy las madres «tienen más derechos pero también más deberes y más presencia pública, pero en lo privado se les exige también más que nunca». ¿Qué las ha traído hasta aquí?

A lo largo de la historia, en casi todas las revoluciones, las mujeres tomaron conciencia de que siempre tuvieron un papel en la sombra. «Hicieron suyo el alarido libertario, salieron a las calles y a los campos de batalla para luchar por doña Igualdad y por sí mismas. Pero que ellas pusieran el hombro junto a los hombres y el cuerpo en la línea de fuego no bastó para otorgarles derechos de ninguna clase. Con asombrosa simetría, en todos los lugares y todos los tiempos del pasado, acabada la refriega en curso, las mujeres eran llamadas de vuelta a casa sin haber logrado ninguna libertad. El sempiterno llamado a los inofensivos roles que la convención mandaba se sirvió siempre de la retórica de la maternidad».

En la sociedad victoriana, el ideal de mujer era dulce, sumisa y recatada. Era un ángel, el ángel del hogar. El poeta Coventry Patmore (1823-1896) perpetuó esa imagen para siempre en un poemario que daba consejos para construir un matrimonio feliz. El libro, titulado The Angel in the House, recogía la teoría victoriana de las dos esferas separadas. Una, la privada o doméstica, destinada a la mujer. A ella pertenecía la responsabilidad de cuidar a los hijos, al marido y el orden de la casa. La otra, la pública, estaba reservada a los hombres. Ellos tenían que salir a trabajar y cumplir con sus derechos civiles.

En esa Inglaterra constreñida por sus ideas y sus corsés, la filósofa y defensora de los derechos de la mujer Mary Wollstonecraft (1759-1797) fue una de las primeras pensadoras que se atrevió a ridiculizar esta figura del dócil ángel del hogar.

supermamas
Mary Wollstonecraft, retratada por John Opie en 1797

La británica «denunció a la sociedad por haber criado ‘apacibles bestias domésticas’ sin educación, mujeres ‘asquerosamente sentimentales y bobas’ cuyo único destino posible era la procreación», relata Meruane. «¡Por su falta absoluta de educación, de intereses, de ambiciones!».

Wollstonecraft, la madre de la autora de Frankenstein o El moderno Prometeo, se propuso acabar con ese abuso. En 1792 reivindicó el derecho de la mujer a la educación y lo justificó con dos argumentos: las madres tenían que estar preparadas porque ellas instruían a los futuros ciudadanos (sus hijos) y, además, con cultura, «podrían salvar el matrimonio burgués del aburrimiento más absoluto».

Pero pronto acabó su labor reivindicativa. Murió a los 38 años de una infección producida en el parto de su segundo hijo y muchos dijeron que fue castigo de Dios por su atrevimiento.

La noción actual de supermadre no siempre se dio en la historia. En el siglo XIX, la ‘femme’ francesa no se veía ante todo como madre. La filósofa Élisabeth Badinter explica que incluso antes de la Revolución Francesa, «las mujeres de las clases altas y luego medias siempre contaron con nodrizas a quienes les entregaron alegremente los hijos recién nacidos». Después los criaban sus institutrices y luego iban a internados. «Se esperaba que las féminas dieran prioridad a sus maridos, a su círculo social y a sus afanes políticos e intelectuales». Así ocurría, al menos, en Francia, y también en Inglaterra hasta entrado el siglo XX.

Pero la figura de la mujer angelical «era poderosa», cuenta Meruane. «Porque, como diría Simone de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos”. (…) Las propias mujeres colaboraron en la creación y en la mantención de esa imagen que luego otras tendrían que deshacer a palos».

supermamas
Simone de Beauvoir

La dos guerras mundiales sacaron a las mujeres de sus casas. «Se arremangarán la blusa, se lanzarán al trabajo subordinándose a nuevos jefes que, aunque mal, remunerarán la labor de las nuevas mujeres-profesionales y de las mujeres-fabriles que van a suplir otras carencias y a adquirir tareas tan heroicas como inesperadas. Se tomarán de forma provisional esos puestos que significan al menos (…) un reconocimiento de la valía del trabajo femenino fuera del hogar».

Pero las contiendas mermaron la población y volvieron a ser llamadas a las filas del hogar. Era la ‘emergencia demográfica’. El ángel del hogar volvía a aparecer a mediados del siglo XX en revistas y «consultas de médicos amparados en categorías freudianas que califican de neuróticas-envidiosas-del-pene a las mujeres con ambiciones profesionales».

Esta vez venía con otro traje: la ‘heroica ama de casa’. Esas mujeres que «se aislaron en los suburbios, se encerraron en casas provistas de lavadoras, planchas, batidoras, exprimidores, aspiradoras, y se dedicaron a tener hijos y a colmarlos hasta la asfixia de mimos y de pañales».

supermamás
Guía de la buena esposa

Las últimas décadas del XX volvió a sacar a las mujeres de su hogar. Hoy se le exige ser una profesional y, a la vez, aprietan con la retórica esencialista que devuelve a la madre a las labores de hace siglos: parto sin anestesia, lactancia natural, pañal reciclable de lavar y volver a lavar, pasar el máximo tiempo posible con sus hijos…

«Las esencialistas fueron hechizadas por un ángel-materno ahora vestido de verde: renunciaron a las ventajas y descansos que consiguieron las feministas igualitarias para volver a hacerse cargo de la casa», indica la chilena. «De tan aparentemente progresistas, ellas, las madres-ecológicas, han dado la vuelta completa al círculo para regresar a la retrógrada ecuación madre = naturaleza, y a las viejas tareas maternas de las que algunas de nuestras abuelas y madres intentaron liberarse para salvarse, ellas».

En el siglo XXI ha surgido una nueva mujer: «la sacrificada e infatigable supermadre». Es «la madre-máquina, de existencia cronometrada que sale temprano en un auto utilitario y multifuncional como ella. Va algo despeinada pero cuidadosamente vestida. Deja a los hijos en el colegio y sigue camino. Si va algo tarde o tiene que ausentarse unas horas para la infaltable reunión de apoderados, nunca usa a los hijos como disculpa: repone las horas perdidas y acepta todos los desafíos laborales para ‘probar’ (este es su verbo favorito) que ser madre no es una desventaja en su desempeño. Al revés, diría la supermadre supurando adrenalina: mis hijos son mi capital».

«(…) Camino a casa, tras ocho o 10 o 12 horas de trabajo intensivo (precedido, si alcanzó, por una madrugada en el gimnasio), acelera para cumplir el ‘tiempo de calidad’ que los colegios han inventado para sobrecargarla. Porque no se trata sólo de llegar a casa y conversar con los hijos, preguntarles cómo fue su día e interesarse por lo que están estudiando. Consiste, sobre todo, en participar de la labor docente revisando o peor, empezando y finalizando, tareas cada vez más difíciles (menos apropiadas para la edad) que los colegios asignan (…)».

«La supermujer ha olvidado cómo eran las cosas antes, cómo procedía su madre o su madrastra o su abuela o su tía cuando ella, de niña, llegaba con tareas. Ella no cuestiona las cosas como son hoy. Ella vive en el presente de la necesidad y por eso, en vez de pensar en la carga extraordinaria que está asumiendo, se distrae recordando que falta papel lustre, cartón fino y goma de pegar además de pinceles. (…) No conoce todavía la palabra ‘agotamiento’, siempre llega fresca al fin de semana y no se desvela: cuando pone la cabeza en la almohada, más que dormirse, cae desmayada».

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Opiniones 10
  • La lucha de cada una en cada casa es fundamental… y cuando digo lucha lo digo porque con 35 años a mi alrededor no encuentro todavía, salvo excepciones, un reparto de las tareas del hogar, la educación de los hijos, la organización de todo lo que conlleva una casa, familia, etc.

    Parece que recae el peso en la responsabilidad de la mujer y cuando intentas vivir feliz, despreocupándote un poco para no caer enferma, te das cuenta de que eso no es lo que se espera de ti, y estás dejando de atender a tu hijo, tu marido, tus amigos, a tu casa o lo que sea….

    Me gustaría llegar al 2030 sana y salva, criando a mi hijo de ahora 5 meses de una manera diferente. Yo acepto el reto, y cada una debemos poner de nuestra parte, valorar todo lo que hacemos, querernos, pedir ayuda y exigir un reparto de la responsabilidad para liberar ese estrés del día a día. ¿Lo conseguiremos?

  • FELIZ SIGLO DE LA MUJER-MADRE-MUJER. Ya ha llegado el siglo en el que «empieza» a considerarse a la mujer – madre – mujer, por igual o mejor que el hombre. Esta claro que hasta ahora entre iglesia, curas, fuerza bruta y mentes obtusas y machistas estaban desconsideradas y menospreciadas… Cuánto tiempo…., cuanta evolución perdida…
    Siempre he pensado que de volver a nacer sería mujer… Pero de momento soy sólo lesbiano!

    Felicidades MUJER MADRE MUJER

  • ¡¡Cómo me ha gustado leer este post!!! Me siento reconfortada, alguien sabe lo que nos (me) está pasando… ¿En serio? Qué alivio: lo siguiente será hacer algo para solucionar esta situación que, os lo juro por mis niños, parece irresoluble.

  • Es un punto de vista interesante con el que estoy parcialmente de acuerdo.

    No obstante, efectivamente, parte de culpa la tenemos nosotras una vez más.

    Afortunadamente, los padres se implican bastante más que antes y a veces son ellos los que dan un toque para volver a la realidad: «no hay leche ecológica pero no se va a morir por usar la Bienal»; «Mira, ya hemos probado estos pañales desechables y será mejor que volvamos a los otros, porque estamos que nos caemos»; «¿No deberías tomarte un descanso del curro».

    Otras veces es el propio cansancio. Es falso que seamos súper mujeres y por eso al final tenemos que elegir, priorizar tareas si no queremos volvernos locas.

    En fin, buen artículo para la reflexión.

  • Lo siento, no contaré algo bonito. Casualmente en la noche reflexionada sobre este tema. Sobre la maternidad como una pena de muerte. Porque soy madre, y aunque no soy una super mama, en el sentido que me tomo mi tiempo para mi misma y si la casa se cae, me vale un zacatal, sin embargo me siento atada. No tengo la libertad de salir, si no tengo con quien dejar al nene, no puedo pensar en irme de viaje porque la plata no alcanza, no me he tomado la libertad de tener pareja porque me da miedo le pase algo al niño,me siento aprisionada. No puedo ser yo misma en las calles, porque en este país tercermundista de mierda, todo te agarran y llevan al juzgado para joder, porque los padres no es que quieran criar, sino lo que quieren es joder. Y luego viene el dilema, porque al final amas a tu hijo, y sin embargo siento que me dieron vuelta. Que al final me lograron amarrar, me lograron ‘estancar’, y una lucha y lucha por demostrarse a una misma que puede aun dedicarse tiempo a una misma, pero es así de agotador. Así que al final, siento que perdí, y aunque quisiéra sentirme ganadora como dice el mundo: «tene sun hijo, su amor, su cariño’, pues no lo siento de tal forma, y me afecta por mi hijo. No se porque hago toda esta confesiòn, quizàs ando al borde, pero asi me siento casi siempre. Es lo que pienso y seguro si logrito, seré una mala madre.

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