9 de septiembre 2021    /   ENTRETENIMIENTO
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Sylvain Tesson, el rececho y la observación como estilo de vida

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Que haya tal variedad de refrescos y clases de kétchups en los supermercados hacen que Sylvain Tesson (1972, París) tenga ganas de apartarse del mundo. La última vez se fue a un montañoso, gélido y recóndito paraje del Tíbet (ahora se encuentra en algún mar navegando en solitario).

Lo hizo acompañando a su colega Vincent Munier (1976, Épinal), fotógrafo de la naturaleza, con el propósito vital y profesional de observar y fotografiar al leopardo de las nieves. Un animal que se oculta en una meseta a cinco mil metros de altitud. Un santuario natural en el que este felino, con ojos del color de la escarcha, ha encontrado la tranquilidad.

El poco tiempo que pudieron verlo y los treinta grados bajo cero que pasaron tumbados e inmóviles y durante días, al aguardo, de rececho, fue una experiencia que cada uno convirtió en un libro. El de Sylvain Tesson lleva por título El leopardo de las nieves, traducido por Juan Vivanco, dedicado a la madre de un cachorro de león y publicado por Taurus, descrito como un elogio de la paciencia, la lentitud y el silencio. Un estar en el mundo que nada tiene que ver con la tecnología, con esas pantallas que nos adentran en lo virtual y nos alejan de lo real.

El libro de Vincent Munier es El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible, traducido por Inés Clavero y publicado por Errata Naturae, incluye un epílogo firmado por el propio Sylvain Tesson. Es un relato fruto de cinco expediciones a la meseta tibetana, el refugio casi inaccesible del esquivo y mítico felino. Animal que Tesson y Munier ven como un gato fantasma, que llega como la nieve, silencioso y que se retira con sigilo, fundiéndose con la roca. Para estos dos aventureros galos el leopardo de las nieves es su Moby Dick. A diferencia del capitán Ahab, en vez de querer matar a su obsesión lo que desean es fotografiarla y contarla.

Sylvain Tesson

Sylvain Tesson es un geólogo de formación que vive de sus aventuras tan extremas como místicas que convierte en documentales, reportajes y libros. Ha dado la vuelta al mundo en bicicleta, ha recorrido a pie el Himalaya, ha seguido los oleoductos que desde Asia surten a Europa, ha pasado seis meses en una cabaña a orillas del lago Baikal, etc. Ha vivido de todo recorriendo el mundo, pero es de corazón parisino.

En su apartamento, que no una yurta de Mongolia, con vistas a la catedral de Notre Dame, disfruta de lo que echa de menos cuando está de viaje; trabajar relajado, leer y un baño de agua caliente. Es un trotamundos que venera la inmovilidad. Por culpa de la pandemia la entrevista se tuvo que hacer por teléfono, con ayuda de Susana Rodríguez, traductora que tradujo preguntas y respuestas y una despedida innegociable minutos antes de lo que pensaba el que escribe. La paciencia de la que hace gala en cuevas y cabañas le cuesta más desplegarla con una grabadora delante. Lo suyo es ver y contar la naturaleza como pintor y filósofo.

Sus respuestas, como muchos de los pasajes de su último libro, son reflexiones que retumban y se agarran en el lugar más insospechado del oído de quien le escucha con atención. Tesson hace que el conducto auditivo, el martillo, el yunque, el estribo, el tímpano y compañía trabajen a destajo.

Dice que su vida es la preparación para sus viajes, que cada viaje prepara el siguiente. No se prepara mentalmente los viajes, pero sí moralmente. «Leo mucho, me instruyo, absorbo todo lo que puedo sobre el sitio al que voy a viajar. Lo que hago es un viaje previo al viaje en sí en el plano cultural y en el espiritual. Así, cuando llego a mi destino tengo como un tesoro de referencia. Creo que hay que disponer de un conocimiento profundo del lugar al que se va a ir y después aprovechar esa riqueza, esa acumulación de saberes, para que sea como una especie de gasolina para la reflexión», comenta sobre cómo aborda un viaje.

«Me di cuenta de que el tiempo que pasa inmóvil en ese tipo de paisaje nos puede aportar mucha más variedad y emoción que la rapidez del viaje»

El medio año que pasó en una cabaña a orillas del lago Baikal, un puesto de observación para captar los estremecimientos de la naturaleza, le sirvió como un depósito y un entrenamiento moral y espiritual para poder estarse quieto y tumbado en esa gruta del Tíbet mientras esperaba a que apareciera el leopardo de las nieves.

Cuenta que el pueblo más cercano estaba a 120 kilómetros, que no tenía vecinos, tampoco rutas de acceso. En invierno las temperaturas alcanzaban los 30 grados centígrados bajo cero y en verano los osos merodeaban en la ribera. Un destino complicado de colocar en un folleto de viajes de luna de miel. En aquella soledad siberiana en la que se inventó una vida mínima y bella, aprendió la paciencia, la lentitud, la rusticidad, sobriedad y se dio cuenta de que es mejor interpelar a un paisaje fijo y móvil, que aporta todos los matices posibles en torno a la luz, que viajar, hacer miles de kilómetros y pedirle esto al desplazamiento, a la rapidez, porque eso no tiene ningún tipo de diversidad.

«Me di cuenta de que el tiempo que pasa inmóvil en ese tipo de paisaje nos puede aportar mucha más variedad y emoción que la rapidez del viaje»; estas palabras suyas no significan que no aprecie el viaje en sí mismo.

Cuando empezó a viajar, Tesson se percató de que el mundo moderno, a causa de la aceleración, de la masificación, de la industrialización, transformación digital, así como del crecimiento demográfico exponencial, ha creado un tipo de hombre que ya no es libre. Según sus propias palabras, el ser humano ha renunciado a aquello que los animales encarnan: la voluptuosidad, la libertad y la autonomía. Y a esa tranquilidad con la que el leopardo de las nieves alterna las carnicerías con las siestas placenteras. Tesson escribe que la muerte no es más que una comida.

En su libro se lee que el leopardo está seguro de su absolutismo. Que descansa relajado porque es intocable. Casi tanto como invisible. Y es que la distancia que hay entre el animal y el hombre es infranqueable, irreconciliable e incomprensible. Es el límite de nuestro conocimiento del animal, según este Ulises moderno. Ver al leopardo de las nieves para Tesson fue un cara a cara entre la admiración hacia él y la indiferencia del animal. Un cruce de miradas efímero. Una visión de segundos que requiere mucho tiempo y esfuerzo para poder contemplarla. Rececho es la palabra que resume su estancia en la meseta tibetana.

Hay que convertir el rececho en un estilo de vida, en una línea de conducta. Como si la vida fuera un gran safari

Para Tesson el rececho, además de un método para descubrir a un animal, una apuesta, una fe modesta, también es una práctica vital. Es un instrumento y es un estado. El estado del ser. También es un método y un comportamiento. Igual que estamos al acecho, esperando, inmóviles a un animal, lo estamos en la vida en general.

Dice que el rececho hay que convertirlo en un estilo de vida, en una línea de conducta. Como si la vida fuera un gran safari. Los safaris a los que estamos acostumbrados no tienen espacio para las máximas budistas. Si no vemos a un león, no nos felicitamos por su ausencia, no nos vale con que su realidad es su supremacía, como parece que sí le vale a Tesson, que tampoco.

Aunque dice que el felino no visto se convierte en símbolo de aceptación del destino, en expresión de la paz y el vacío interior y en vía para meditar sobre el sufrimiento, la pérdida y su reparación, no verlo hubiera sido una decepción. Lo vio durante poco tiempo, lo que dura un encuentro fugaz, pero se queda con la intensidad de ese instante. De no haber visto al leopardo hubiera regresado a Francia y hubiera vuelto después a las montañas nevadas del Tíbet de las que es custodio a probar suerte de nuevo. El leopardo de las nieves es su Moby Dick.

En este punto el señor Tesson decidió cortar la entrevista con un au revoir que no hizo falta que Susana tradujera. Me quedé sin preguntarle, en caso de que tuviera que elegir a qué donar dinero, ¿qué escogería, la reconstrucción de la catedral de Notre Dame o la conservación del leopardo de las nieves? Le envíe la pregunta por correo electrónico. Lo único que he sabido de él hasta ahora es que sigue errante.

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Que haya tal variedad de refrescos y clases de kétchups en los supermercados hacen que Sylvain Tesson (1972, París) tenga ganas de apartarse del mundo. La última vez se fue a un montañoso, gélido y recóndito paraje del Tíbet (ahora se encuentra en algún mar navegando en solitario).

Lo hizo acompañando a su colega Vincent Munier (1976, Épinal), fotógrafo de la naturaleza, con el propósito vital y profesional de observar y fotografiar al leopardo de las nieves. Un animal que se oculta en una meseta a cinco mil metros de altitud. Un santuario natural en el que este felino, con ojos del color de la escarcha, ha encontrado la tranquilidad.

El poco tiempo que pudieron verlo y los treinta grados bajo cero que pasaron tumbados e inmóviles y durante días, al aguardo, de rececho, fue una experiencia que cada uno convirtió en un libro. El de Sylvain Tesson lleva por título El leopardo de las nieves, traducido por Juan Vivanco, dedicado a la madre de un cachorro de león y publicado por Taurus, descrito como un elogio de la paciencia, la lentitud y el silencio. Un estar en el mundo que nada tiene que ver con la tecnología, con esas pantallas que nos adentran en lo virtual y nos alejan de lo real.

El libro de Vincent Munier es El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible, traducido por Inés Clavero y publicado por Errata Naturae, incluye un epílogo firmado por el propio Sylvain Tesson. Es un relato fruto de cinco expediciones a la meseta tibetana, el refugio casi inaccesible del esquivo y mítico felino. Animal que Tesson y Munier ven como un gato fantasma, que llega como la nieve, silencioso y que se retira con sigilo, fundiéndose con la roca. Para estos dos aventureros galos el leopardo de las nieves es su Moby Dick. A diferencia del capitán Ahab, en vez de querer matar a su obsesión lo que desean es fotografiarla y contarla.

Sylvain Tesson

Sylvain Tesson es un geólogo de formación que vive de sus aventuras tan extremas como místicas que convierte en documentales, reportajes y libros. Ha dado la vuelta al mundo en bicicleta, ha recorrido a pie el Himalaya, ha seguido los oleoductos que desde Asia surten a Europa, ha pasado seis meses en una cabaña a orillas del lago Baikal, etc. Ha vivido de todo recorriendo el mundo, pero es de corazón parisino.

En su apartamento, que no una yurta de Mongolia, con vistas a la catedral de Notre Dame, disfruta de lo que echa de menos cuando está de viaje; trabajar relajado, leer y un baño de agua caliente. Es un trotamundos que venera la inmovilidad. Por culpa de la pandemia la entrevista se tuvo que hacer por teléfono, con ayuda de Susana Rodríguez, traductora que tradujo preguntas y respuestas y una despedida innegociable minutos antes de lo que pensaba el que escribe. La paciencia de la que hace gala en cuevas y cabañas le cuesta más desplegarla con una grabadora delante. Lo suyo es ver y contar la naturaleza como pintor y filósofo.

Sus respuestas, como muchos de los pasajes de su último libro, son reflexiones que retumban y se agarran en el lugar más insospechado del oído de quien le escucha con atención. Tesson hace que el conducto auditivo, el martillo, el yunque, el estribo, el tímpano y compañía trabajen a destajo.

Dice que su vida es la preparación para sus viajes, que cada viaje prepara el siguiente. No se prepara mentalmente los viajes, pero sí moralmente. «Leo mucho, me instruyo, absorbo todo lo que puedo sobre el sitio al que voy a viajar. Lo que hago es un viaje previo al viaje en sí en el plano cultural y en el espiritual. Así, cuando llego a mi destino tengo como un tesoro de referencia. Creo que hay que disponer de un conocimiento profundo del lugar al que se va a ir y después aprovechar esa riqueza, esa acumulación de saberes, para que sea como una especie de gasolina para la reflexión», comenta sobre cómo aborda un viaje.

«Me di cuenta de que el tiempo que pasa inmóvil en ese tipo de paisaje nos puede aportar mucha más variedad y emoción que la rapidez del viaje»

El medio año que pasó en una cabaña a orillas del lago Baikal, un puesto de observación para captar los estremecimientos de la naturaleza, le sirvió como un depósito y un entrenamiento moral y espiritual para poder estarse quieto y tumbado en esa gruta del Tíbet mientras esperaba a que apareciera el leopardo de las nieves.

Cuenta que el pueblo más cercano estaba a 120 kilómetros, que no tenía vecinos, tampoco rutas de acceso. En invierno las temperaturas alcanzaban los 30 grados centígrados bajo cero y en verano los osos merodeaban en la ribera. Un destino complicado de colocar en un folleto de viajes de luna de miel. En aquella soledad siberiana en la que se inventó una vida mínima y bella, aprendió la paciencia, la lentitud, la rusticidad, sobriedad y se dio cuenta de que es mejor interpelar a un paisaje fijo y móvil, que aporta todos los matices posibles en torno a la luz, que viajar, hacer miles de kilómetros y pedirle esto al desplazamiento, a la rapidez, porque eso no tiene ningún tipo de diversidad.

«Me di cuenta de que el tiempo que pasa inmóvil en ese tipo de paisaje nos puede aportar mucha más variedad y emoción que la rapidez del viaje»; estas palabras suyas no significan que no aprecie el viaje en sí mismo.

Cuando empezó a viajar, Tesson se percató de que el mundo moderno, a causa de la aceleración, de la masificación, de la industrialización, transformación digital, así como del crecimiento demográfico exponencial, ha creado un tipo de hombre que ya no es libre. Según sus propias palabras, el ser humano ha renunciado a aquello que los animales encarnan: la voluptuosidad, la libertad y la autonomía. Y a esa tranquilidad con la que el leopardo de las nieves alterna las carnicerías con las siestas placenteras. Tesson escribe que la muerte no es más que una comida.

En su libro se lee que el leopardo está seguro de su absolutismo. Que descansa relajado porque es intocable. Casi tanto como invisible. Y es que la distancia que hay entre el animal y el hombre es infranqueable, irreconciliable e incomprensible. Es el límite de nuestro conocimiento del animal, según este Ulises moderno. Ver al leopardo de las nieves para Tesson fue un cara a cara entre la admiración hacia él y la indiferencia del animal. Un cruce de miradas efímero. Una visión de segundos que requiere mucho tiempo y esfuerzo para poder contemplarla. Rececho es la palabra que resume su estancia en la meseta tibetana.

Hay que convertir el rececho en un estilo de vida, en una línea de conducta. Como si la vida fuera un gran safari

Para Tesson el rececho, además de un método para descubrir a un animal, una apuesta, una fe modesta, también es una práctica vital. Es un instrumento y es un estado. El estado del ser. También es un método y un comportamiento. Igual que estamos al acecho, esperando, inmóviles a un animal, lo estamos en la vida en general.

Dice que el rececho hay que convertirlo en un estilo de vida, en una línea de conducta. Como si la vida fuera un gran safari. Los safaris a los que estamos acostumbrados no tienen espacio para las máximas budistas. Si no vemos a un león, no nos felicitamos por su ausencia, no nos vale con que su realidad es su supremacía, como parece que sí le vale a Tesson, que tampoco.

Aunque dice que el felino no visto se convierte en símbolo de aceptación del destino, en expresión de la paz y el vacío interior y en vía para meditar sobre el sufrimiento, la pérdida y su reparación, no verlo hubiera sido una decepción. Lo vio durante poco tiempo, lo que dura un encuentro fugaz, pero se queda con la intensidad de ese instante. De no haber visto al leopardo hubiera regresado a Francia y hubiera vuelto después a las montañas nevadas del Tíbet de las que es custodio a probar suerte de nuevo. El leopardo de las nieves es su Moby Dick.

En este punto el señor Tesson decidió cortar la entrevista con un au revoir que no hizo falta que Susana tradujera. Me quedé sin preguntarle, en caso de que tuviera que elegir a qué donar dinero, ¿qué escogería, la reconstrucción de la catedral de Notre Dame o la conservación del leopardo de las nieves? Le envíe la pregunta por correo electrónico. Lo único que he sabido de él hasta ahora es que sigue errante.

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