11 abril, 2019    /   IDEAS
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La tribu que no tenía palabras para ‘guerra’ o ‘violencia’: no las necesitamos para nada

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Frente al aserto hobbesiano de que el hombre es un lobo para el hombre, solemos abrazar como última esperanza el aserto rousseauniano de que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad, y también la razón, la que acaba corrompiéndolo.

Por eso, gran parte de los habitantes del primer mundo aspira a huir de la urbe, de la modernidad, de la tecnología, del siglo XXI, para refugiarse en el ámbito de alguna isla habitada por una tribu conectada íntimamente con la natureza o alguna nación donde la tradición y lo rural continúen siendo preponderantes.

Por eso mucha gente se emocionó al descubrir que, en efecto, existía una tribu donde, por no existir, ni siquiera existían términos como guerra o violencia. Una tribu que era el paradigma de la paz y la concordia. Una tribu que demostraba el verdadero espíritu del ser humano antes de ser corrompido por la televisión, los grandes almacenes, los rascacielos y una larga lista de elementos distorsionadores, sobre todo, de la madre Tierra, Gaia, la Pachamama.

Tasaday

La tribu de los tasaday fue descubierta en lo más remoto de Filipinas en junio de 1971, en el interior de la selva de la isla de Mindanao. Eran solo 26 individuos casi completamente desnudos que vivían en cuevas, fabricaban herramientas de piedra y nunca habían tenido contacto con la civilización moderna. Su dieta básica estaba compuesta de insectos, una inestimable fuente de proteínas, y algunas ranas.

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Los tasaday se pusieron de moda y todos los medios de comunicación se hicieron eco de ellos. Eran seres humanos intocados por la cultura que nos rodeaba, así que constitutían una suerte de conejillos de indias naturales para analizar qué pasaba cuando vivías en la naturaleza, lejos de videojuegos, películas violentas y mala educación.

Lo que ocurría, a juzgar por las imágenes que se filtraban en la televisión, es que esos individuos vivían en paz y armonía. El bueno de Jean-Jacques Rousseau tenía razón. Los tasaday incluso carecían de palabras que hicieran referencia a la violencia o a la guerra, porque, como todo el mundo sabe, si uno no emplea determinadas palabras, entonces ya no comete los actos que señalan.

Uno incluso se vuelve mejor persona si no usa palabrotas. Y más respetuoso y abierto de mente si sustituye negro o nosotros con eufemismos (de color) o lenguaje inclusivo (nosotros, nosotras, nosotres).

No importaba que las hipótesis del lenguaje de Sapir-Whorf ya no tuvieran sustento en la moderna neurociencia o que existieran cosas como la rueda del eufemismo: los tasaday iban a callar todas las bocas de esos científicos, expertos y demás ralea que no tienen ni idea de cómo funciona el mundo verdadero y se empecinan en reducirlo a ensayos de doble ciego o teoremas matemáticos.

Era un hallazgo fascinante. La revista National Geographic incluso les dedicó una portada y un documental. Periodistas, actores y famosos como la actriz Gina Lollobrigida y el aviador Charles Lindbergh les visitaron para hacerse una foto con ellos.

Los tasaday eran el paradigma del «buen salvaje», podrían haber inspirado al movimiento jipi, y también fueron el mascarón de proa de antropólogos que consideraban que las sociedades se forjaban en función de la cultura vigente, y que en ello nada tenía que ver la biología (esa estúpida doble hélice del ADN, la selección natural, la evolución… estaba muy bien para todo lo que estuviera de cuello para abajo, pero el cerebro, no, el cerebro era especial y estaba a salvo de las presiones evolutivas: solo se formaba por la cultura, porque nacíamos en blanco, y todo era posible cuando nacías en blanco).

Cojámonos todos de las manos y entonemos el Cumbayá.

Fraude ‘flower power’

Pero alto. Que baje la música. Solo diez años después de su descubrimiento, se filtró que esta tribu era un fraude. La tribu existía, no obstante muchos de sus detalles fueron exagerados por su descubridor, Manuel Elizalde, quien presuntamente pagó a un puñado de lugareños para que se deshicieran de sus pantalones vaqueros y sus camisetas y los sustituyeran por taparrabos con hojas de orquídea.

También tenían que dejar de comer arroz y cerdo cuando llegaran las cámaras de televisión y llevarse a la boca bichos diversos, de los que no suelen generar empatía por nuestro sistema nervioso antropocéntrico (ya sabéis, no nos duelen prendas en pisar una cucaracha, pero sí a cualquier animal que se parezca a un bebé o que emita quejidos y gritos que nos recuerdan a los bebés, con independencia de que su sistema nervioso esté más o menos desarrollado).

¿Cómo era posible que tantos periodistas, medios de comunicación de prestigio y famosos fueran engañados con tanta facilidad? Lo de los famosos no merece mucha más investigación. Lo de los periodistas y medios de comunicación (como se sabe por el filtro de atención por el que miramos el mundo) tampoco merece mucha más, y debemos invocar el principio de Hanlon.

La cuestión fundamental es que hubo un engaño colectivo porque todos queríamos creer en él y porque daba la razón a lo que el Romanticismo había puesto de moda, sobre todo entre los occidentales más burgueses (o directamente pijos). Tal y como abunda en ello el profesor de biología evolutiva humana de Harvard Daniel E. Lieberman en su libro La historia del cuerpo humano:

Creo que el fraude de los tasaday engañó a todo el mundo porque el retrato que orquestó Elizalde de la sociedad humana primitiva era justamente lo que muchos deseaban ver y oír durante la guerra de Vietnam.

Los tasaday también ponían en evidencia que la vida, en la Edad de Piedra, era más relajada que ahora. Que en realidad no hemos progresado, sino que hemos involucionado. Y que no existen los universales culturales, es decir, que no hay genes que nos predisponen a la violencia u otras conductas. También eran, de paso, la demostración de que debemos conservar a toda costa hasta la más mínima diversidad cultural porque sin ella podríamos estar perdiendo para siempre algo fundamental para el devenir de nuestra especie.

Los tasaday eran, por qué no decirlo también, parte del combustible propagandístico que, a rebufo del mayo del 68, convirtió el posmodernismo en la gran ola ideológica que está arrasando los últimos rescoldos de la Ilustración, y que domina el panorama universitario a pesar de sus múltiples escándalos, como este en el que se demostró que la vacuidad intelectual se puede compensar con el discurso críptico y pagado de sí mismo.

El problema es que los datos al respecto sugieren que el mundo funciona de forma muy diferente a cómo se acaba de detallar. Sí que hemos progresado. Sí que hay culturas que han encontrado formas más eficaces de resolver sus problemas. Sí que existen universales culturales que nacen, ¡oh, sorpresa!, de los genes (o más bien de la interacción inextricable genes-ambiente).

No nacemos en blanco, sino con un buen puñado de instrucciones ya escritas. Porcentualmente, los índices de homicidios suelen ser más altos en las culturas más aisladas, más conectadas con la naturaleza y menos imbricadas en lo que hemos venido a llamar el Primer Mundo (vamos, que es más peligroso vivir en una isla idílica con una tribu prehistórica que en el Bronx). Incluso, ya puestos, podemos decir que porcentualmente un individuo que vivía en la Edad de Hierro contaminaba más que una persona que vive en una gran ciudad actual.

Tanto Hobbes como Rousseau se equivocaban. Ambos carecían de datos estadísticos para sostener su pensamiento. Sin embargo, poco ha importado eso para que repitamos sus ideas. Seguramente porque la Ilustración está de capa caída y lo que triunfa hoy en día, sobre todo en determinado espectro político, es el derrotismo romántico y la idealización del pasado, como ya explicamos en Por qué mola tanto ser alternativo y antiprogreso si no suele ofrecer soluciones mejores.

Ahora, sin embargo, sabemos que el pasado era una mierda y que los tasaday, de existir, serían una rareza estadística que no influiría en el hecho de que cada vez somos más respetuosos con los demás y hay menos homófobos, machistas y racistas, que cada año que transcurre hay menos homicidios, y que cada día que pasa hay 137.000 personas menos en la pobreza extrema, es decir, que solo en 12 años llegaremos a 0% de pobres extremos en el mundo cuando hace solo 200 años lo era el 95%.

O sea, tasaday, quedaos allí, no os necesitamos, pero tenéis la puerta abierta a nuestro mundo el día que os apetezca vivir un poco mejor de lo que vivís. ¿Qué tal una lavadora, como diría Hans Rosling?

Frente al aserto hobbesiano de que el hombre es un lobo para el hombre, solemos abrazar como última esperanza el aserto rousseauniano de que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad, y también la razón, la que acaba corrompiéndolo.

Por eso, gran parte de los habitantes del primer mundo aspira a huir de la urbe, de la modernidad, de la tecnología, del siglo XXI, para refugiarse en el ámbito de alguna isla habitada por una tribu conectada íntimamente con la natureza o alguna nación donde la tradición y lo rural continúen siendo preponderantes.

Por eso mucha gente se emocionó al descubrir que, en efecto, existía una tribu donde, por no existir, ni siquiera existían términos como guerra o violencia. Una tribu que era el paradigma de la paz y la concordia. Una tribu que demostraba el verdadero espíritu del ser humano antes de ser corrompido por la televisión, los grandes almacenes, los rascacielos y una larga lista de elementos distorsionadores, sobre todo, de la madre Tierra, Gaia, la Pachamama.

Tasaday

La tribu de los tasaday fue descubierta en lo más remoto de Filipinas en junio de 1971, en el interior de la selva de la isla de Mindanao. Eran solo 26 individuos casi completamente desnudos que vivían en cuevas, fabricaban herramientas de piedra y nunca habían tenido contacto con la civilización moderna. Su dieta básica estaba compuesta de insectos, una inestimable fuente de proteínas, y algunas ranas.

Los tasaday se pusieron de moda y todos los medios de comunicación se hicieron eco de ellos. Eran seres humanos intocados por la cultura que nos rodeaba, así que constitutían una suerte de conejillos de indias naturales para analizar qué pasaba cuando vivías en la naturaleza, lejos de videojuegos, películas violentas y mala educación.

Artículo relacionado

Lo que ocurría, a juzgar por las imágenes que se filtraban en la televisión, es que esos individuos vivían en paz y armonía. El bueno de Jean-Jacques Rousseau tenía razón. Los tasaday incluso carecían de palabras que hicieran referencia a la violencia o a la guerra, porque, como todo el mundo sabe, si uno no emplea determinadas palabras, entonces ya no comete los actos que señalan.

Uno incluso se vuelve mejor persona si no usa palabrotas. Y más respetuoso y abierto de mente si sustituye negro o nosotros con eufemismos (de color) o lenguaje inclusivo (nosotros, nosotras, nosotres).

No importaba que las hipótesis del lenguaje de Sapir-Whorf ya no tuvieran sustento en la moderna neurociencia o que existieran cosas como la rueda del eufemismo: los tasaday iban a callar todas las bocas de esos científicos, expertos y demás ralea que no tienen ni idea de cómo funciona el mundo verdadero y se empecinan en reducirlo a ensayos de doble ciego o teoremas matemáticos.

Era un hallazgo fascinante. La revista National Geographic incluso les dedicó una portada y un documental. Periodistas, actores y famosos como la actriz Gina Lollobrigida y el aviador Charles Lindbergh les visitaron para hacerse una foto con ellos.

Los tasaday eran el paradigma del «buen salvaje», podrían haber inspirado al movimiento jipi, y también fueron el mascarón de proa de antropólogos que consideraban que las sociedades se forjaban en función de la cultura vigente, y que en ello nada tenía que ver la biología (esa estúpida doble hélice del ADN, la selección natural, la evolución… estaba muy bien para todo lo que estuviera de cuello para abajo, pero el cerebro, no, el cerebro era especial y estaba a salvo de las presiones evolutivas: solo se formaba por la cultura, porque nacíamos en blanco, y todo era posible cuando nacías en blanco).

Cojámonos todos de las manos y entonemos el Cumbayá.

Fraude ‘flower power’

Pero alto. Que baje la música. Solo diez años después de su descubrimiento, se filtró que esta tribu era un fraude. La tribu existía, no obstante muchos de sus detalles fueron exagerados por su descubridor, Manuel Elizalde, quien presuntamente pagó a un puñado de lugareños para que se deshicieran de sus pantalones vaqueros y sus camisetas y los sustituyeran por taparrabos con hojas de orquídea.

También tenían que dejar de comer arroz y cerdo cuando llegaran las cámaras de televisión y llevarse a la boca bichos diversos, de los que no suelen generar empatía por nuestro sistema nervioso antropocéntrico (ya sabéis, no nos duelen prendas en pisar una cucaracha, pero sí a cualquier animal que se parezca a un bebé o que emita quejidos y gritos que nos recuerdan a los bebés, con independencia de que su sistema nervioso esté más o menos desarrollado).

¿Cómo era posible que tantos periodistas, medios de comunicación de prestigio y famosos fueran engañados con tanta facilidad? Lo de los famosos no merece mucha más investigación. Lo de los periodistas y medios de comunicación (como se sabe por el filtro de atención por el que miramos el mundo) tampoco merece mucha más, y debemos invocar el principio de Hanlon.

La cuestión fundamental es que hubo un engaño colectivo porque todos queríamos creer en él y porque daba la razón a lo que el Romanticismo había puesto de moda, sobre todo entre los occidentales más burgueses (o directamente pijos). Tal y como abunda en ello el profesor de biología evolutiva humana de Harvard Daniel E. Lieberman en su libro La historia del cuerpo humano:

Creo que el fraude de los tasaday engañó a todo el mundo porque el retrato que orquestó Elizalde de la sociedad humana primitiva era justamente lo que muchos deseaban ver y oír durante la guerra de Vietnam.

Los tasaday también ponían en evidencia que la vida, en la Edad de Piedra, era más relajada que ahora. Que en realidad no hemos progresado, sino que hemos involucionado. Y que no existen los universales culturales, es decir, que no hay genes que nos predisponen a la violencia u otras conductas. También eran, de paso, la demostración de que debemos conservar a toda costa hasta la más mínima diversidad cultural porque sin ella podríamos estar perdiendo para siempre algo fundamental para el devenir de nuestra especie.

Los tasaday eran, por qué no decirlo también, parte del combustible propagandístico que, a rebufo del mayo del 68, convirtió el posmodernismo en la gran ola ideológica que está arrasando los últimos rescoldos de la Ilustración, y que domina el panorama universitario a pesar de sus múltiples escándalos, como este en el que se demostró que la vacuidad intelectual se puede compensar con el discurso críptico y pagado de sí mismo.

El problema es que los datos al respecto sugieren que el mundo funciona de forma muy diferente a cómo se acaba de detallar. Sí que hemos progresado. Sí que hay culturas que han encontrado formas más eficaces de resolver sus problemas. Sí que existen universales culturales que nacen, ¡oh, sorpresa!, de los genes (o más bien de la interacción inextricable genes-ambiente).

No nacemos en blanco, sino con un buen puñado de instrucciones ya escritas. Porcentualmente, los índices de homicidios suelen ser más altos en las culturas más aisladas, más conectadas con la naturaleza y menos imbricadas en lo que hemos venido a llamar el Primer Mundo (vamos, que es más peligroso vivir en una isla idílica con una tribu prehistórica que en el Bronx). Incluso, ya puestos, podemos decir que porcentualmente un individuo que vivía en la Edad de Hierro contaminaba más que una persona que vive en una gran ciudad actual.

Tanto Hobbes como Rousseau se equivocaban. Ambos carecían de datos estadísticos para sostener su pensamiento. Sin embargo, poco ha importado eso para que repitamos sus ideas. Seguramente porque la Ilustración está de capa caída y lo que triunfa hoy en día, sobre todo en determinado espectro político, es el derrotismo romántico y la idealización del pasado, como ya explicamos en Por qué mola tanto ser alternativo y antiprogreso si no suele ofrecer soluciones mejores.

Ahora, sin embargo, sabemos que el pasado era una mierda y que los tasaday, de existir, serían una rareza estadística que no influiría en el hecho de que cada vez somos más respetuosos con los demás y hay menos homófobos, machistas y racistas, que cada año que transcurre hay menos homicidios, y que cada día que pasa hay 137.000 personas menos en la pobreza extrema, es decir, que solo en 12 años llegaremos a 0% de pobres extremos en el mundo cuando hace solo 200 años lo era el 95%.

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