27 de julio 2015    /   CREATIVIDAD
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Tatuajes y abuelas raperas

27 de julio 2015    /   CREATIVIDAD     por          
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Es curioso en qué lugares puedes sacar conclusiones inesperadas, aprender cosas nuevas o incluso enfrentarte a dudas insólitas. Como solía decir el bueno de Hegel, «la vida es como un bukakke, nunca sabes de dónde te puede caer la siguiente».
Estoy seguro de que fue Hegel, lo miro luego en la Wikipedia. En esta ocasión, el momento revelador llegó hará un par de años en un estudio de tatuaje. Detesto profundamente los tatuajes pero, vaya, me encanta el barrio de Malasaña, en Madrid, y, como todo el mundo sabe, si alguien descubre que no tienes, te deportan de barrio y te confiscan la bici.
Malditos.
Y ahí estaba yo, frente al tatuador, mientras él hacía algunos cambios que le acababa de pedir. El boceto acabado lo había visto ahí por primera vez en ese momento, apenas minutos antes de que la aguja empezara a recorrer mi antebrazo.
Empecé a fantasear con algo así en mi trabajo y me reí por dentro. Ya sabes, presentarle a un cliente el guion de un anuncio cuando los actores ya están en el decorado esperando a que alguien diga «acción». En mitad de este proceso, llegó una chica joven (mucho) e insegura (muchísimo) al estudio. «Hola… Quería preguntar… Yo es que quería hacerme un triángulo en el brazo… como así de grande… y que cuánto costaría». Después de que el tipo la atendiera con amabilidad y paciencia, nos volvimos a quedar solos. Para generar un poco de complicidad, no en vano el tipo me iba a dejar algo en la piel que me iba a durar parasiemprejamás, le comenté una idea que me rondaba por la cabeza desde hacía un tiempo.
–Vosotros tenéis que escuchar ideas muy locas, no?
–Uf, ni te imaginas.
–Yo es que llevo un tiempo con una idea en la cabeza. Sería un blog en el que tatuadores envían de manera anónima las cosas más demenciales que les hayan podido pedir y se publican.
Soltó el lápiz por un momento y me miró: «Yo tengo una», dijo. «Imagínate, la típica chica a la que, a lo largo de los años, yo ya le había hecho que si un diamante aquí, un cupcake allá, una estrella… lo típico. Pero un día viene y me dice ‘Quiero tatuarme a mi abuela’. Sin problema, me enseña una foto de ella y le empiezo a preguntar si tenía algún estilo en mente, más realista, más old school, con color… Le enseño revistas y catálogos para orientarla pero ella no terminaba de sentirse cómoda con nada de lo que estaba viendo. Finalmente, la chica se recompone y pone las cosas claras:
–Verás, yo es que lo que quiero es tatuarme a mi abuela vestida de rapera.
Socorro. Bravo. Gracias. Aquello era maravilloso. ¿Qué tipo de rapera estaría pensando esa chica? ¿Vestidos de Adidas como Run DMC? ¿Con ropa de los Raiders como NWA? ¿Con traje de Armani como Puff Daddy? Puestos a elegir, me habría encantado que fuera como Kris Kross, con la ropa para atrás.
Sí, visto lo visto, mi idea del blog lo mismo podía tener su gracia pero, más allá de la anécdota, aquello me abrió los ojos sobre lo que podríamos llamar el ADN del despropósito. Me da igual si hablamos de arquitectos, diseñadores, encargados de decidir nuevos sabores de patatas fritas, creativos de publicidad o guionistas. ¿Hasta qué punto los que nos dedicamos a la cosa esta artesana de crear, inventar o imaginar por encargo no nos enfrentamos muchas veces al dilema de la abuela rapera? Imaginemos. «Caballeros, en la investigación ha salido que las croquetas y el frigopié son tendencia, así que la próxima temporada las patatas serán sabor croquetas y frigopié con lo cual para el lunes quiero que me digan si la bechamel la vamos a mezclar con jamón, pollo o bacalao. Suerte».
Qué sé yo. La barrera entre la disrupción y entre el despropósito no es fácil de dibujar. Para complicarlo todo un poco más, hace cosa de un mes volví a pasar por el tatuador, otro distinto en esta ocasión. Una vez más tocaba romper el hielo y le conté toda esta historieta que acabáis de leer buscando el jijí, jajá, la amistad, la camaradería. «¿Una abuela rapera?» preguntó. «A mí me mola».
Bien visto, ahora se me están apeteciendo unas Ruffles Croquetas Frigopié. Y la bechamel con jamón, a ser posible.

Es curioso en qué lugares puedes sacar conclusiones inesperadas, aprender cosas nuevas o incluso enfrentarte a dudas insólitas. Como solía decir el bueno de Hegel, «la vida es como un bukakke, nunca sabes de dónde te puede caer la siguiente».
Estoy seguro de que fue Hegel, lo miro luego en la Wikipedia. En esta ocasión, el momento revelador llegó hará un par de años en un estudio de tatuaje. Detesto profundamente los tatuajes pero, vaya, me encanta el barrio de Malasaña, en Madrid, y, como todo el mundo sabe, si alguien descubre que no tienes, te deportan de barrio y te confiscan la bici.
Malditos.
Y ahí estaba yo, frente al tatuador, mientras él hacía algunos cambios que le acababa de pedir. El boceto acabado lo había visto ahí por primera vez en ese momento, apenas minutos antes de que la aguja empezara a recorrer mi antebrazo.
Empecé a fantasear con algo así en mi trabajo y me reí por dentro. Ya sabes, presentarle a un cliente el guion de un anuncio cuando los actores ya están en el decorado esperando a que alguien diga «acción». En mitad de este proceso, llegó una chica joven (mucho) e insegura (muchísimo) al estudio. «Hola… Quería preguntar… Yo es que quería hacerme un triángulo en el brazo… como así de grande… y que cuánto costaría». Después de que el tipo la atendiera con amabilidad y paciencia, nos volvimos a quedar solos. Para generar un poco de complicidad, no en vano el tipo me iba a dejar algo en la piel que me iba a durar parasiemprejamás, le comenté una idea que me rondaba por la cabeza desde hacía un tiempo.
–Vosotros tenéis que escuchar ideas muy locas, no?
–Uf, ni te imaginas.
–Yo es que llevo un tiempo con una idea en la cabeza. Sería un blog en el que tatuadores envían de manera anónima las cosas más demenciales que les hayan podido pedir y se publican.
Soltó el lápiz por un momento y me miró: «Yo tengo una», dijo. «Imagínate, la típica chica a la que, a lo largo de los años, yo ya le había hecho que si un diamante aquí, un cupcake allá, una estrella… lo típico. Pero un día viene y me dice ‘Quiero tatuarme a mi abuela’. Sin problema, me enseña una foto de ella y le empiezo a preguntar si tenía algún estilo en mente, más realista, más old school, con color… Le enseño revistas y catálogos para orientarla pero ella no terminaba de sentirse cómoda con nada de lo que estaba viendo. Finalmente, la chica se recompone y pone las cosas claras:
–Verás, yo es que lo que quiero es tatuarme a mi abuela vestida de rapera.
Socorro. Bravo. Gracias. Aquello era maravilloso. ¿Qué tipo de rapera estaría pensando esa chica? ¿Vestidos de Adidas como Run DMC? ¿Con ropa de los Raiders como NWA? ¿Con traje de Armani como Puff Daddy? Puestos a elegir, me habría encantado que fuera como Kris Kross, con la ropa para atrás.
Sí, visto lo visto, mi idea del blog lo mismo podía tener su gracia pero, más allá de la anécdota, aquello me abrió los ojos sobre lo que podríamos llamar el ADN del despropósito. Me da igual si hablamos de arquitectos, diseñadores, encargados de decidir nuevos sabores de patatas fritas, creativos de publicidad o guionistas. ¿Hasta qué punto los que nos dedicamos a la cosa esta artesana de crear, inventar o imaginar por encargo no nos enfrentamos muchas veces al dilema de la abuela rapera? Imaginemos. «Caballeros, en la investigación ha salido que las croquetas y el frigopié son tendencia, así que la próxima temporada las patatas serán sabor croquetas y frigopié con lo cual para el lunes quiero que me digan si la bechamel la vamos a mezclar con jamón, pollo o bacalao. Suerte».
Qué sé yo. La barrera entre la disrupción y entre el despropósito no es fácil de dibujar. Para complicarlo todo un poco más, hace cosa de un mes volví a pasar por el tatuador, otro distinto en esta ocasión. Una vez más tocaba romper el hielo y le conté toda esta historieta que acabáis de leer buscando el jijí, jajá, la amistad, la camaradería. «¿Una abuela rapera?» preguntó. «A mí me mola».
Bien visto, ahora se me están apeteciendo unas Ruffles Croquetas Frigopié. Y la bechamel con jamón, a ser posible.

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