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3 de noviembre 2021    /   BRANDED CONTENT
 

¿Te atreves a conocer la cara B de internet?

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Vivimos en un mundo conectado y eso nos ha hecho conseguir muchos logros. Uno de ellos es tener al alcance de nuestra mano y en un solo clic todo el conocimiento del mundo.

David Brooks, analista cultural en The New York Times, argumentaba en 2013 que en un mundo cada vez más complejo, confiar en los datos podía reducir el sesgo cognitivo y «alumbrar patrones de comportamiento que todavía no hubiéramos percibido». Brooks afirmaba que estábamos viviendo una nueva filosofía, la del dataísmo.

Lo cierto es que internet en general y el big data en particular están transformando nuestra sociedad. Todo lo medimos en códigos binarios, todo lo controla el algoritmo. Quizá deberíamos empezar a hacernos algunas preguntas: ¿qué se hace con toda esa información?, ¿quién la maneja?, ¿a quién le interesa? ¿Qué ocurriría si la red colapsara a la vez en todo el mundo? ¿Cómo se entiende la digitalización desde la filosofía?

Penguin Random House, a través de sus editoras Debate y Taurus, ha publicado una serie de libros que abordan estas cuestiones. Estos ensayos pretenden hacernos reflexionar sobre nuestro actual modelo de vida y las consecuencias de vivir en un mundo tan hiperconectado.

Dos de ellos son Error 404, de Esther Paniagua, y Privacidad es poder, de Carissa Vélez. Hemos hablado con las dos autoras y esto es lo que nos han contado.

ERROR 404. ¿PREPARADOS PARA UN MUNDO SIN INTERNET?

Esther Paniagua, periodista independiente y autora especializada en ciencia y tecnología, nos propone una reflexión: ¿qué ocurriría si un día internet cayera y no tuviéramos acceso a las redes sociales?

Penguin dataísmo

«Para que eso sucediera, tendría que darse un evento de gran magnitud, como una tormenta solar, un ataque de pulso electromagnético o un apagón eléctrico prolongado», responde Paniagua ante tan apocalíptica pregunta, dejando caer de paso, y como si tal cosa, la alerta que Austria ha lanzado sobre un posible apagón eléctrico prolongado a nivel europeo.

«En cualquiera de estos escenarios, con un apagón eléctrico que durase más de dos días, hablaríamos de caos que probablemente derivara en la lucha por la supervivencia. Las consecuencias varían entre unos y otros. Una tormenta solar podría devolvernos a niveles tecnológicos de la Edad Media, aunque afectaría de forma desigual a unos países y a otros», continúa.

En el caso de un apagón eléctrico generalizado, la situación varía. Nos enfrentaríamos, advierte, a una situación de incomunicación y en la que muchos servicios públicos imprescindibles, como hospitales, transporte público, tratamiento de aguas, etc. quedarían interrumpidos si no totalmente, al menos en parte. Tampoco funcionaría la industria ni los aeropuertos, lo que supondría una pérdida de millones de euros en cuestión de días.

«Solo por 24 horas sin internet hablamos de casi 1.400 millones de euros, según la calculadora Cost of Shutdown de la organización sin ánimo de lucro Netblocks por la libertad de internet. Pero recordemos que en estos escenarios no solo se habría caído internet, sino la electricidad al completo o, como mínimo, habrían dejado de funcionar dispositivos eléctricos y transformadores».

Pero la autora no se limita a mostrar las consecuencias de un mundo sin electricidad y sin conexión. También aprovecha para mostrar la diferencia entre lo que nos dijeron que sería internet y lo que está siendo.

Tenemos unos servicios online descentralizados y privados que violan sistemáticamente los derechos humanos; unas tecnologías que perpetúan los estereotipos y la discriminación; unas plataformas que acentúan la radicalización y el extremismo, multiplican el alcance de la desinformación y fragmentan el acceso al conocimiento

«Cuando hablamos de promesas rotas de internet en este contexto nos referimos en realidad a promesas rotas de la web (la WWW, que permitió en su día que cualquiera pudiera utilizar navegar de forma sencilla)», explica Paniagua. «Su creador, Tim Berners-Lee, la concibió con vocación de ser libre, gratuita y abierta. Quería que fuera una herramienta con la que pudiéramos resolver los mayores problemas de la humanidad y mejorar nuestros sistemas democráticos a través de una mayor participación, transparencia y rendición de cuentas».

Ese potencial, argumenta la periodista, sigue ahí, pero la realidad es muy diferente a lo que Berners-Lee imaginó. En lugar de eso, tenemos unos «servicios online descentralizados y privados que violan sistemáticamente los derechos humanos; unas tecnologías que perpetúan los estereotipos y la discriminación; unas plataformas que acentúan la radicalización y el extremismo, multiplican el alcance de la desinformación y fragmentan el acceso al conocimiento. Nos enfrenta, profundiza en nuestras brechas. Por tanto, no tenemos mejores democracias, sino más de lo mismo o peor. Por eso Tim Berners-Lee reniega de su propia creación».

La pandemia ha acelerado la digitalización y el teletrabajo. Cuantos más procesos y cosas conectamos, más dependientes somos de esa conexión. Por ende, más vulnerables somos también y peor el efecto en cascada en caso de caída, debida a todas las interconexiones en el mundo conectado

Mientras que en un principio internet se vio como una herramienta para la igualdad capaz de derribar barreras geográficas, económicas, raciales y de género, hoy la brecha digital ha aumentado la desigualdad. El mundo se divide entre los que tienen acceso a una conexión de calidad y los que no. Y esto se ha visto exacerbado con la covid.

«La pandemia ha acelerado la digitalización y el teletrabajo. Cuantos más procesos y cosas conectamos, más dependientes somos de esa conexión. Por ende, más vulnerables somos también y peor el efecto en cascada en caso de caída, debida a todas las interconexiones en el mundo conectado. La tendencia a convertirlo todo en un ordenador es creciente, incluidos nuestra ropa o nuestros aparatos domésticos (la internet de las cosas o IoT), y nuestro propio cuerpo. Todos esos aparatos son nuevas puertas de entrada para ciberdelincuentes. Y cuando alguien conecta su cuerpo a través de implantes, se convierte en un objetivo pirateable».

Sin embargo, y a pesar de este lado oscuro de internet, no está todo perdido. Para Paniagua, todavía podemos encontrar soluciones que palíen el caos en caso de un apagón eléctrico y digital generalizado y prolongado en el tiempo.

Eshter Paniagua. Foto: Xavi Torres Bacchetta

«Sin duda, internet y la web nos han facilitado mucho la vida y se usan también como una fuerza para el bien. A eso le dedico un capítulo en Error 404 —avanza la autora. Por eso, incluso si la red se cayera por un tiempo prolongado, volveríamos a restaurarla. Tal vez sería, entre comillas, una oportunidad para crear una mejor internet y una mejor web desde cero».

Se necesitarían, nos cuenta Esther Paniagua, que las autoridades y empresas crearan ya protocolos específicos de actuación en caso de caída de la red. También planes de abastecimiento y suministro de alimentos, fármacos y bienes esenciales, «así como procedimientos de funcionamiento totalmente analógico en todo tipo de instituciones, hospitales, centros educativos, bancos, empresas, etc. Por otra parte, no estaría de más fijar centros de reunión, refugio y coordinación locales, a nivel de barrio. Una posibilidad es usar para ello las bibliotecas. Y algo que ya todo el mundo sabe: copias de seguridad de todo, actualizadas».

«Cada uno de nosotros tiene en su mano también mantener al día sus copias de seguridad backups de todo lo importante en sus ordenadores, móviles y en la nube (incluida nuestra base de datos de contactos); no depender de servicios esenciales únicamente digitales, y mantener el bienestar digital, limitando el tiempo de uso del ordenador y el móvil tanto a nosotros mismos como (y especialmente) a los adolescentes y a los más pequeños», concluye.

Empieza ya a leer ‘Error 404’

PRIVACIDAD ES PODER

Nuestros datos circulan por internet a diario. Para usar las aplicaciones que nos resultan útiles, nos piden aceptar sus políticas de privacidad y consentimos sin pensar qué estamos permitiendo realmente. Por si fuera poco, la pandemia ha convertido nuestra realidad en algo aún más digital y al ceder nuestros datos estamos dando a esas compañías un poder cada vez mayor sobre nosotros. Por eso es importante que recuperemos la privacidad ya que es la única manera de asumir de nuevo el control de nuestras vidas y de nuestras sociedades.

Privacidad es poder, de Carissa Véliz, editora del Oxford Handbook of Digital Ethics, trata del estado actual de la privacidad, de cómo se creó la economía de la vigilancia, de por qué debemos poner fin al comercio de datos personales y de cómo hacerlo.

Debemos reflexionar muy en serio sobre el tipo de mundo en el que queremos vivir cuando se aleje la pandemia. Un mundo sin privacidad es un mundo peligroso. ¿Cuáles son esas reflexiones que debemos hacernos, en qué dirección?

Tenemos que pensar, por una parte, en qué es la privacidad, por qué es importante (por ejemplo, por qué forma parte de la Declaración de los Derechos Humanos), y cuáles son las consecuencias de perder privacidad como la estamos perdiendo. Por otra parte, tenemos que pensar en diseñar la sociedad en la que queremos vivir a largo plazo.

¿Queremos vivir en un mundo en el que cada mensaje, cada conversación, cada búsqueda por internet, cada interacción, se registra, se comercializa, y a menudo se acaba usando en nuestra contra? ¿O queremos vivir en un mundo en el podamos disfrutar de intimidad, de tiempo y espacio e interacciones lejos de las cámaras y los micrófonos?

La pescadilla que se muerde la cola: no queremos dar permiso para usar nuestros datos, pero sin eso no podemos acceder a servicios, aplicaciones, webs, etc. Las empresas siguen teniendo el control en el capitalismo de datos. ¿Qué podemos hacer los consumidores y usuarios, si no podemos prescindir de esos servicios?

Para empezar, es posible que haya servicios alternativos. No todas las empresas te piden tus datos. En vez de usar Google Search, usa DuckDuckGo. En vez de WhatsApp, Signal. En vez de Gmail, ProtonMail.

En Privacy Tools, por ejemplo, se pueden encontrar muchas alternativas respetuosas de la privacidad. Y cuando no queda de otra que usar un servicio que recolecta tus datos, pídele a esa empresa una vez al año que los borre. Es tu derecho como ciudadana europea. Incluso si fallas (si la empresa te marea y no borra tus datos), esa petición crea evidencia, un rastro de papel para que los reguladores puedan multar a esa compañía cuando la investiguen.

Carissa Véliz

¿Cuándo empezó ese capitalismo de datos? ¿Cuándo y cómo se dieron cuenta las empresas de que el verdadero valor estaba en nuestros datos, no en nuestro dinero?

Fue Google, por ahí del año 2000, 2001, el que se dio cuenta de que podía usar los datos de sus usuarios para financiarse. Hasta ese momento, Google era otra start-up más sin un modelo de negocio sostenible. Los inversores estaban perdiendo la paciencia, y bajo la presión, Google decidió traicionar sus ideales de no depender de anuncios (porque esa dependencia siempre conlleva a un conflicto de intereses, ya que los usuarios dejan de ser tus clientes) y basar su modelo de negocio en anuncios personalizados.

¿Por qué les resultan tan valiosos nuestros datos?

Porque sirven, por una parte, para la publicidad y el contenido personalizado. Saber qué te interesa, qué te preocupa, cuánto ganas, y demás, les sirve a las empresas para mostrarte anuncios y contenido que te enganche. Lo triste es que hay maneras de enseñarle a la gente publicidad relevante sin robar sus datos. Por ejemplo, si buscas un libro por internet, podemos enseñarte anuncios de libros parecidos sin saber cosas tan personales como tus inclinaciones políticas, tu religión, y tus prácticas sexuales, que es el tipo de datos con el que se comercia hoy en día, entre otros.

Por otra parte, los datos sirven porque se pueden vender a terceras partes: aseguradoras, bancos, posibles empleadores, campañas políticas, gobiernos… Todos quieren nuestros datos para intentar adivinar y modificar nuestro comportamiento. Nos tratan como si fuéramos marionetas.

Lo primero es darnos cuenta de que no somos ni tan pequeños ni tan indefensos. La economía de datos depende enteramente de nuestra cooperación. Si les quitamos los datos a algunas empresas, están acabadas

Nos alientas a recuperar el poder sobre nuestros datos, a acabar con la economía de la vigilancia. Pero ¿cómo podemos hacerlo si seguimos sintiéndonos tan indefensos y pequeños ante esto?

Lo primero es darnos cuenta de que no somos ni tan pequeños ni tan indefensos. La economía de datos depende enteramente de nuestra cooperación. Si les quitamos los datos a algunas empresas, están acabadas.

Facebook gasta tantos millones en publicidad y cabildeo porque le aterra que se nos ocurra ponerle una traba a un modelo de negocio que es tóxico para la sociedad. Sin datos, Facebook no es nada. No vende un producto físico ni un software sofisticado. Apple o Amazon podrían sobrevivir sin datos. Facebook y Google no.

Y ni siquiera hace falta que una mayoría de la gente se rebele ante la economía de datos para cambiar las cosas. La historia muestra que con que un 5 o 15% de la gente oponga cierta resistencia, las cosas pueden cambiar. Si a eso añadimos el apoyo de los reguladores, no hay razones para ser derrotistas. Hemos regulado (a veces mejor, a veces peor) muchas otras industrias antes que esta: desde los automóviles hasta los aviones, los fármacos, la comida…

La industria de las grandes tecnológicas no es más complicada, y no hay razón alguna por la que no podamos regularla. Nuestros padres y abuelos regularon las industrias de su tiempo. Esta es la tarea de nuestro tiempo. En mi libro presento los pasos exactos, tanto para ciudadanos ordinarios como para reguladores, que tenemos que tomar para llegar ahí.

¿Quieres leer ya ‘Privacidad es poder’?

Estos son solo dos ejemplos de la serie sobre big data y redes sociales que ha publicado Penguin Random House. Los títulos que la completan son No-cosas, de Byung-Chul Han; El enemigo conoce el sistema, de Marta Peirano y Manipulados, de Sheera Frenkel y Cecilia Kang.

Hay quien dice que el dataísmo, más que una tendencia, es una filosofía, casi una religión. Tú decides si la profesas sin más o si prefieres, antes de creer a ciegas, conocerla desde todos los ángulos. Puede que algunos de estos títulos puedan sonar a distopía, pero ya sabes: que el futuro nos pille bien informados.
Descubre la serie completa sobre dataísmo

Vivimos en un mundo conectado y eso nos ha hecho conseguir muchos logros. Uno de ellos es tener al alcance de nuestra mano y en un solo clic todo el conocimiento del mundo.

David Brooks, analista cultural en The New York Times, argumentaba en 2013 que en un mundo cada vez más complejo, confiar en los datos podía reducir el sesgo cognitivo y «alumbrar patrones de comportamiento que todavía no hubiéramos percibido». Brooks afirmaba que estábamos viviendo una nueva filosofía, la del dataísmo.

Lo cierto es que internet en general y el big data en particular están transformando nuestra sociedad. Todo lo medimos en códigos binarios, todo lo controla el algoritmo. Quizá deberíamos empezar a hacernos algunas preguntas: ¿qué se hace con toda esa información?, ¿quién la maneja?, ¿a quién le interesa? ¿Qué ocurriría si la red colapsara a la vez en todo el mundo? ¿Cómo se entiende la digitalización desde la filosofía?

Penguin Random House, a través de sus editoras Debate y Taurus, ha publicado una serie de libros que abordan estas cuestiones. Estos ensayos pretenden hacernos reflexionar sobre nuestro actual modelo de vida y las consecuencias de vivir en un mundo tan hiperconectado.

Dos de ellos son Error 404, de Esther Paniagua, y Privacidad es poder, de Carissa Vélez. Hemos hablado con las dos autoras y esto es lo que nos han contado.

ERROR 404. ¿PREPARADOS PARA UN MUNDO SIN INTERNET?

Esther Paniagua, periodista independiente y autora especializada en ciencia y tecnología, nos propone una reflexión: ¿qué ocurriría si un día internet cayera y no tuviéramos acceso a las redes sociales?

Penguin dataísmo

«Para que eso sucediera, tendría que darse un evento de gran magnitud, como una tormenta solar, un ataque de pulso electromagnético o un apagón eléctrico prolongado», responde Paniagua ante tan apocalíptica pregunta, dejando caer de paso, y como si tal cosa, la alerta que Austria ha lanzado sobre un posible apagón eléctrico prolongado a nivel europeo.

«En cualquiera de estos escenarios, con un apagón eléctrico que durase más de dos días, hablaríamos de caos que probablemente derivara en la lucha por la supervivencia. Las consecuencias varían entre unos y otros. Una tormenta solar podría devolvernos a niveles tecnológicos de la Edad Media, aunque afectaría de forma desigual a unos países y a otros», continúa.

En el caso de un apagón eléctrico generalizado, la situación varía. Nos enfrentaríamos, advierte, a una situación de incomunicación y en la que muchos servicios públicos imprescindibles, como hospitales, transporte público, tratamiento de aguas, etc. quedarían interrumpidos si no totalmente, al menos en parte. Tampoco funcionaría la industria ni los aeropuertos, lo que supondría una pérdida de millones de euros en cuestión de días.

«Solo por 24 horas sin internet hablamos de casi 1.400 millones de euros, según la calculadora Cost of Shutdown de la organización sin ánimo de lucro Netblocks por la libertad de internet. Pero recordemos que en estos escenarios no solo se habría caído internet, sino la electricidad al completo o, como mínimo, habrían dejado de funcionar dispositivos eléctricos y transformadores».

Pero la autora no se limita a mostrar las consecuencias de un mundo sin electricidad y sin conexión. También aprovecha para mostrar la diferencia entre lo que nos dijeron que sería internet y lo que está siendo.

Tenemos unos servicios online descentralizados y privados que violan sistemáticamente los derechos humanos; unas tecnologías que perpetúan los estereotipos y la discriminación; unas plataformas que acentúan la radicalización y el extremismo, multiplican el alcance de la desinformación y fragmentan el acceso al conocimiento

«Cuando hablamos de promesas rotas de internet en este contexto nos referimos en realidad a promesas rotas de la web (la WWW, que permitió en su día que cualquiera pudiera utilizar navegar de forma sencilla)», explica Paniagua. «Su creador, Tim Berners-Lee, la concibió con vocación de ser libre, gratuita y abierta. Quería que fuera una herramienta con la que pudiéramos resolver los mayores problemas de la humanidad y mejorar nuestros sistemas democráticos a través de una mayor participación, transparencia y rendición de cuentas».

Ese potencial, argumenta la periodista, sigue ahí, pero la realidad es muy diferente a lo que Berners-Lee imaginó. En lugar de eso, tenemos unos «servicios online descentralizados y privados que violan sistemáticamente los derechos humanos; unas tecnologías que perpetúan los estereotipos y la discriminación; unas plataformas que acentúan la radicalización y el extremismo, multiplican el alcance de la desinformación y fragmentan el acceso al conocimiento. Nos enfrenta, profundiza en nuestras brechas. Por tanto, no tenemos mejores democracias, sino más de lo mismo o peor. Por eso Tim Berners-Lee reniega de su propia creación».

La pandemia ha acelerado la digitalización y el teletrabajo. Cuantos más procesos y cosas conectamos, más dependientes somos de esa conexión. Por ende, más vulnerables somos también y peor el efecto en cascada en caso de caída, debida a todas las interconexiones en el mundo conectado

Mientras que en un principio internet se vio como una herramienta para la igualdad capaz de derribar barreras geográficas, económicas, raciales y de género, hoy la brecha digital ha aumentado la desigualdad. El mundo se divide entre los que tienen acceso a una conexión de calidad y los que no. Y esto se ha visto exacerbado con la covid.

«La pandemia ha acelerado la digitalización y el teletrabajo. Cuantos más procesos y cosas conectamos, más dependientes somos de esa conexión. Por ende, más vulnerables somos también y peor el efecto en cascada en caso de caída, debida a todas las interconexiones en el mundo conectado. La tendencia a convertirlo todo en un ordenador es creciente, incluidos nuestra ropa o nuestros aparatos domésticos (la internet de las cosas o IoT), y nuestro propio cuerpo. Todos esos aparatos son nuevas puertas de entrada para ciberdelincuentes. Y cuando alguien conecta su cuerpo a través de implantes, se convierte en un objetivo pirateable».

Sin embargo, y a pesar de este lado oscuro de internet, no está todo perdido. Para Paniagua, todavía podemos encontrar soluciones que palíen el caos en caso de un apagón eléctrico y digital generalizado y prolongado en el tiempo.

Eshter Paniagua. Foto: Xavi Torres Bacchetta

«Sin duda, internet y la web nos han facilitado mucho la vida y se usan también como una fuerza para el bien. A eso le dedico un capítulo en Error 404 —avanza la autora. Por eso, incluso si la red se cayera por un tiempo prolongado, volveríamos a restaurarla. Tal vez sería, entre comillas, una oportunidad para crear una mejor internet y una mejor web desde cero».

Se necesitarían, nos cuenta Esther Paniagua, que las autoridades y empresas crearan ya protocolos específicos de actuación en caso de caída de la red. También planes de abastecimiento y suministro de alimentos, fármacos y bienes esenciales, «así como procedimientos de funcionamiento totalmente analógico en todo tipo de instituciones, hospitales, centros educativos, bancos, empresas, etc. Por otra parte, no estaría de más fijar centros de reunión, refugio y coordinación locales, a nivel de barrio. Una posibilidad es usar para ello las bibliotecas. Y algo que ya todo el mundo sabe: copias de seguridad de todo, actualizadas».

«Cada uno de nosotros tiene en su mano también mantener al día sus copias de seguridad backups de todo lo importante en sus ordenadores, móviles y en la nube (incluida nuestra base de datos de contactos); no depender de servicios esenciales únicamente digitales, y mantener el bienestar digital, limitando el tiempo de uso del ordenador y el móvil tanto a nosotros mismos como (y especialmente) a los adolescentes y a los más pequeños», concluye.

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PRIVACIDAD ES PODER

Nuestros datos circulan por internet a diario. Para usar las aplicaciones que nos resultan útiles, nos piden aceptar sus políticas de privacidad y consentimos sin pensar qué estamos permitiendo realmente. Por si fuera poco, la pandemia ha convertido nuestra realidad en algo aún más digital y al ceder nuestros datos estamos dando a esas compañías un poder cada vez mayor sobre nosotros. Por eso es importante que recuperemos la privacidad ya que es la única manera de asumir de nuevo el control de nuestras vidas y de nuestras sociedades.

Privacidad es poder, de Carissa Véliz, editora del Oxford Handbook of Digital Ethics, trata del estado actual de la privacidad, de cómo se creó la economía de la vigilancia, de por qué debemos poner fin al comercio de datos personales y de cómo hacerlo.

Debemos reflexionar muy en serio sobre el tipo de mundo en el que queremos vivir cuando se aleje la pandemia. Un mundo sin privacidad es un mundo peligroso. ¿Cuáles son esas reflexiones que debemos hacernos, en qué dirección?

Tenemos que pensar, por una parte, en qué es la privacidad, por qué es importante (por ejemplo, por qué forma parte de la Declaración de los Derechos Humanos), y cuáles son las consecuencias de perder privacidad como la estamos perdiendo. Por otra parte, tenemos que pensar en diseñar la sociedad en la que queremos vivir a largo plazo.

¿Queremos vivir en un mundo en el que cada mensaje, cada conversación, cada búsqueda por internet, cada interacción, se registra, se comercializa, y a menudo se acaba usando en nuestra contra? ¿O queremos vivir en un mundo en el podamos disfrutar de intimidad, de tiempo y espacio e interacciones lejos de las cámaras y los micrófonos?

La pescadilla que se muerde la cola: no queremos dar permiso para usar nuestros datos, pero sin eso no podemos acceder a servicios, aplicaciones, webs, etc. Las empresas siguen teniendo el control en el capitalismo de datos. ¿Qué podemos hacer los consumidores y usuarios, si no podemos prescindir de esos servicios?

Para empezar, es posible que haya servicios alternativos. No todas las empresas te piden tus datos. En vez de usar Google Search, usa DuckDuckGo. En vez de WhatsApp, Signal. En vez de Gmail, ProtonMail.

En Privacy Tools, por ejemplo, se pueden encontrar muchas alternativas respetuosas de la privacidad. Y cuando no queda de otra que usar un servicio que recolecta tus datos, pídele a esa empresa una vez al año que los borre. Es tu derecho como ciudadana europea. Incluso si fallas (si la empresa te marea y no borra tus datos), esa petición crea evidencia, un rastro de papel para que los reguladores puedan multar a esa compañía cuando la investiguen.

Carissa Véliz

¿Cuándo empezó ese capitalismo de datos? ¿Cuándo y cómo se dieron cuenta las empresas de que el verdadero valor estaba en nuestros datos, no en nuestro dinero?

Fue Google, por ahí del año 2000, 2001, el que se dio cuenta de que podía usar los datos de sus usuarios para financiarse. Hasta ese momento, Google era otra start-up más sin un modelo de negocio sostenible. Los inversores estaban perdiendo la paciencia, y bajo la presión, Google decidió traicionar sus ideales de no depender de anuncios (porque esa dependencia siempre conlleva a un conflicto de intereses, ya que los usuarios dejan de ser tus clientes) y basar su modelo de negocio en anuncios personalizados.

¿Por qué les resultan tan valiosos nuestros datos?

Porque sirven, por una parte, para la publicidad y el contenido personalizado. Saber qué te interesa, qué te preocupa, cuánto ganas, y demás, les sirve a las empresas para mostrarte anuncios y contenido que te enganche. Lo triste es que hay maneras de enseñarle a la gente publicidad relevante sin robar sus datos. Por ejemplo, si buscas un libro por internet, podemos enseñarte anuncios de libros parecidos sin saber cosas tan personales como tus inclinaciones políticas, tu religión, y tus prácticas sexuales, que es el tipo de datos con el que se comercia hoy en día, entre otros.

Por otra parte, los datos sirven porque se pueden vender a terceras partes: aseguradoras, bancos, posibles empleadores, campañas políticas, gobiernos… Todos quieren nuestros datos para intentar adivinar y modificar nuestro comportamiento. Nos tratan como si fuéramos marionetas.

Lo primero es darnos cuenta de que no somos ni tan pequeños ni tan indefensos. La economía de datos depende enteramente de nuestra cooperación. Si les quitamos los datos a algunas empresas, están acabadas

Nos alientas a recuperar el poder sobre nuestros datos, a acabar con la economía de la vigilancia. Pero ¿cómo podemos hacerlo si seguimos sintiéndonos tan indefensos y pequeños ante esto?

Lo primero es darnos cuenta de que no somos ni tan pequeños ni tan indefensos. La economía de datos depende enteramente de nuestra cooperación. Si les quitamos los datos a algunas empresas, están acabadas.

Facebook gasta tantos millones en publicidad y cabildeo porque le aterra que se nos ocurra ponerle una traba a un modelo de negocio que es tóxico para la sociedad. Sin datos, Facebook no es nada. No vende un producto físico ni un software sofisticado. Apple o Amazon podrían sobrevivir sin datos. Facebook y Google no.

Y ni siquiera hace falta que una mayoría de la gente se rebele ante la economía de datos para cambiar las cosas. La historia muestra que con que un 5 o 15% de la gente oponga cierta resistencia, las cosas pueden cambiar. Si a eso añadimos el apoyo de los reguladores, no hay razones para ser derrotistas. Hemos regulado (a veces mejor, a veces peor) muchas otras industrias antes que esta: desde los automóviles hasta los aviones, los fármacos, la comida…

La industria de las grandes tecnológicas no es más complicada, y no hay razón alguna por la que no podamos regularla. Nuestros padres y abuelos regularon las industrias de su tiempo. Esta es la tarea de nuestro tiempo. En mi libro presento los pasos exactos, tanto para ciudadanos ordinarios como para reguladores, que tenemos que tomar para llegar ahí.

¿Quieres leer ya ‘Privacidad es poder’?

Estos son solo dos ejemplos de la serie sobre big data y redes sociales que ha publicado Penguin Random House. Los títulos que la completan son No-cosas, de Byung-Chul Han; El enemigo conoce el sistema, de Marta Peirano y Manipulados, de Sheera Frenkel y Cecilia Kang.

Hay quien dice que el dataísmo, más que una tendencia, es una filosofía, casi una religión. Tú decides si la profesas sin más o si prefieres, antes de creer a ciegas, conocerla desde todos los ángulos. Puede que algunos de estos títulos puedan sonar a distopía, pero ya sabes: que el futuro nos pille bien informados.
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