13 de diciembre 2016    /   CINE/TV
por
fotografia  Manuel Montaño

El Teatro Pavón Kamikaze: donde el teatro sigue después de la función

13 de diciembre 2016    /   CINE/TV     por        fotografia  Manuel Montaño
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Desde la antigua Grecia el teatro ha sido una eficaz disciplina artística destinada a hacer sentir y pensar a la misma sociedad que le da su razón de ser, al operar como espejo fiel o deformado del gran teatro del mundo. Por eso, es una gran noticia que una ciudad recupere un espacio para un arte en vivo que sobrevive como uno de los últimos reductos analógicos cimentado en la emoción de carne y hueso.

La dicha se materializa en el Teatro Pavón de Madrid que ha reaparecido con el apellido Kamizake, nombre de la compañía de teatro que ha encontrado un lugar donde llevar la experiencia teatral más allá de la función. El añadido no pude ser más acertado porque, sin duda, es una empresa suicida hacerse cargo de un teatro en un contexto de acoso y derribo a la cultura y si, además, las intenciones artísticas están alejadas del teatro fácil y acomodaticio.

La compañía Kamikaze ha ideado un proyecto integral en la que la relación con el público continúa una vez que baja el telón. Esto se traduce en lecturas, conferencias y charlas entre actores, directores y espectadores. Esta propuesta global se completa al abordar todas las facetas relacionadas con el mundo de la tramoya.

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Así se ha comenzado a impartir talleres de formación y encuentros dirigidos a todos implicados en la puesta en escena: actores, dramaturgos, escenógrafos, iluminadores… Sin olvidar la experimentación teatral, aspecto crucial para encontrar nuevas voces y nuevas maneras de hacer teatro, laminadas por una tendencia demasiado convencional y comercial.

La creación de una escuela de experimentación posibilita disponer de tiempo para probar montajes más arriesgados y, sobre todo, conectados con la realidad que a diario viven y sufren artistas y espectadores.

Al frente de este concepto total de teatro están los cuatro fundadores de la compañía kamikaze. La dirección artística corre a cargo de Miguel del Arco, una de las mentes más lúcidas de nuestro teatro que avala una prolija trayectoria profesional —es actor, guionista, director de escena y dramaturgo—, el éxito de sus montajes, así como los premios que acumula.

Le acompaña en la dirección el actor Israel Elejalde, que ha debutado en esta nueva etapa del Pavón como director de la obra Idiota, una ácida reflexión sobre la obediencia ciega a la autoridad. En la gestión está Aitor Tejada —actor, guionista, ayudante de dirección— y Jordi Buxó con gran experiencia como director de producción. Se trata de un equipo de primera fila, con muchas horas de vuelo cuya cooperación esta focalizada a que el Pavón sea un crisol formado por todas las gentes del teatro, público incluido.

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Aunque en esta apuesta innovadora hay concomitancias con Teatre Lliure de Barcelona, el gran referente es el teatro Shaubühne de Berlín que desde los años sesenta ha sido un gran laboratorio y una sólida alternativa teatral. Este emblemático teatro lanzó, al renovar su dirección, el Manifiesto 2000: somos un equipo de jóvenes que ve el teatro como el lugar para repolitizar a una sociedad sumida en un malestar difuso y sin conciencia política.

Aunque en la dirección del teatro madrileño no existe a priori ningún planteamiento político ni afán alguno por adoctrinar al espectador. La única pretensión es generar un ágora de diálogo y debate con el público, a partir de los temas que sugieren las obras programadas y de los asuntos relevantes que la actualidad marca.

En el fondo late la reivindicación sobre lo necesario que es el teatro para la sociedad, ya que el objetivo final es convertirlo en un foro de reflexión, sin desdeñar el entretenimiento. Esta intención impone representaciones teatrales que exploren los rincones de la condición humana como vía para, más allá de lo puramente social, entender nuestro lugar en el mundo y las consecuencias de nuestros comportamientos.

De este modo, la viabilidad de este teatro se convierte en una responsabilidad de todos, hecho que se articula a través de la ‘comunidad kamikaze’. El socio ‘kamikaze’ no sólo obtiene ventajas en descuentos, inscripción preferente en talleres y acceso a ensayos, sino que con su aportación anual hace que un lugar de encuentro y comunicación independiente sea posible. Al romper las barreras entre el público y la profesión se estimula la fidelización de los espectadores que, a su vez, son conscientes de que apoyar este proyecto les empodera.

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La frenética actividad del Pavón se desarrolla en cuatro espacios en los que textos de la literatura dramática de todos los tiempos comparten tablas con dramaturgias contemporáneas diseñadas por nuevos creadores. Donde lo culto y lo popular conviven, donde la música y la danza tendrán su sitio fijo en la programación. Y con una enorme porosidad para acoger a otras compañías y establecer sinergias con otros teatros nacionales y extranjeros.

Además, el Teatro Pavón Kamikaze nace con decidida vocación pedagógica por su empeño en combatir la desafección de los jóvenes con el teatro. No sólo impartiéndoles clases de literatura e invitándoles a los ensayos, sino convirtiéndoles en protagonistas activos de lo que supone poner en pie un espectáculo. Talleres, funciones instructivas —se ha hecho un montaje sobre el acoso escolar—, trabajo previo en el aula y encuentros con el equipo técnico y artístico.Para cerrar el círculo de un teatro en 360º, se hacía indispensable la inclusión de niños y adolescentes, que al ser el público del futuro, es obligación ética alimentar su conciencia y su sensibilidad hacia el teatro.

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Es sorprendente la ausencia de apoyo institucional a esta revolucionaria propuesta teatral, un proyecto que si se consolida se convertiría en un referente imprescindible de la cultura de esta ciudad y de este país. Quizás esta aspiración de teatro para el ciudadano y con el ciudadano puede incomodar a quiénes temen que una sociedad culta y crítica pueda cuestionar el dogma de lo establecido. Algo que, por otro lado, resultaría muy sano para cualquier democracia que pretenda ser de calidad.

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La dicha se materializa en el Teatro Pavón de Madrid que ha reaparecido con el apellido Kamizake, nombre de la compañía de teatro que ha encontrado un lugar donde llevar la experiencia teatral más allá de la función. El añadido no pude ser más acertado porque, sin duda, es una empresa suicida hacerse cargo de un teatro en un contexto de acoso y derribo a la cultura y si, además, las intenciones artísticas están alejadas del teatro fácil y acomodaticio.

La compañía Kamikaze ha ideado un proyecto integral en la que la relación con el público continúa una vez que baja el telón. Esto se traduce en lecturas, conferencias y charlas entre actores, directores y espectadores. Esta propuesta global se completa al abordar todas las facetas relacionadas con el mundo de la tramoya.

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Así se ha comenzado a impartir talleres de formación y encuentros dirigidos a todos implicados en la puesta en escena: actores, dramaturgos, escenógrafos, iluminadores… Sin olvidar la experimentación teatral, aspecto crucial para encontrar nuevas voces y nuevas maneras de hacer teatro, laminadas por una tendencia demasiado convencional y comercial.

La creación de una escuela de experimentación posibilita disponer de tiempo para probar montajes más arriesgados y, sobre todo, conectados con la realidad que a diario viven y sufren artistas y espectadores.

Al frente de este concepto total de teatro están los cuatro fundadores de la compañía kamikaze. La dirección artística corre a cargo de Miguel del Arco, una de las mentes más lúcidas de nuestro teatro que avala una prolija trayectoria profesional —es actor, guionista, director de escena y dramaturgo—, el éxito de sus montajes, así como los premios que acumula.

Le acompaña en la dirección el actor Israel Elejalde, que ha debutado en esta nueva etapa del Pavón como director de la obra Idiota, una ácida reflexión sobre la obediencia ciega a la autoridad. En la gestión está Aitor Tejada —actor, guionista, ayudante de dirección— y Jordi Buxó con gran experiencia como director de producción. Se trata de un equipo de primera fila, con muchas horas de vuelo cuya cooperación esta focalizada a que el Pavón sea un crisol formado por todas las gentes del teatro, público incluido.

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Aunque en esta apuesta innovadora hay concomitancias con Teatre Lliure de Barcelona, el gran referente es el teatro Shaubühne de Berlín que desde los años sesenta ha sido un gran laboratorio y una sólida alternativa teatral. Este emblemático teatro lanzó, al renovar su dirección, el Manifiesto 2000: somos un equipo de jóvenes que ve el teatro como el lugar para repolitizar a una sociedad sumida en un malestar difuso y sin conciencia política.

Aunque en la dirección del teatro madrileño no existe a priori ningún planteamiento político ni afán alguno por adoctrinar al espectador. La única pretensión es generar un ágora de diálogo y debate con el público, a partir de los temas que sugieren las obras programadas y de los asuntos relevantes que la actualidad marca.

En el fondo late la reivindicación sobre lo necesario que es el teatro para la sociedad, ya que el objetivo final es convertirlo en un foro de reflexión, sin desdeñar el entretenimiento. Esta intención impone representaciones teatrales que exploren los rincones de la condición humana como vía para, más allá de lo puramente social, entender nuestro lugar en el mundo y las consecuencias de nuestros comportamientos.

De este modo, la viabilidad de este teatro se convierte en una responsabilidad de todos, hecho que se articula a través de la ‘comunidad kamikaze’. El socio ‘kamikaze’ no sólo obtiene ventajas en descuentos, inscripción preferente en talleres y acceso a ensayos, sino que con su aportación anual hace que un lugar de encuentro y comunicación independiente sea posible. Al romper las barreras entre el público y la profesión se estimula la fidelización de los espectadores que, a su vez, son conscientes de que apoyar este proyecto les empodera.

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La frenética actividad del Pavón se desarrolla en cuatro espacios en los que textos de la literatura dramática de todos los tiempos comparten tablas con dramaturgias contemporáneas diseñadas por nuevos creadores. Donde lo culto y lo popular conviven, donde la música y la danza tendrán su sitio fijo en la programación. Y con una enorme porosidad para acoger a otras compañías y establecer sinergias con otros teatros nacionales y extranjeros.

Además, el Teatro Pavón Kamikaze nace con decidida vocación pedagógica por su empeño en combatir la desafección de los jóvenes con el teatro. No sólo impartiéndoles clases de literatura e invitándoles a los ensayos, sino convirtiéndoles en protagonistas activos de lo que supone poner en pie un espectáculo. Talleres, funciones instructivas —se ha hecho un montaje sobre el acoso escolar—, trabajo previo en el aula y encuentros con el equipo técnico y artístico.Para cerrar el círculo de un teatro en 360º, se hacía indispensable la inclusión de niños y adolescentes, que al ser el público del futuro, es obligación ética alimentar su conciencia y su sensibilidad hacia el teatro.

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Es sorprendente la ausencia de apoyo institucional a esta revolucionaria propuesta teatral, un proyecto que si se consolida se convertiría en un referente imprescindible de la cultura de esta ciudad y de este país. Quizás esta aspiración de teatro para el ciudadano y con el ciudadano puede incomodar a quiénes temen que una sociedad culta y crítica pueda cuestionar el dogma de lo establecido. Algo que, por otro lado, resultaría muy sano para cualquier democracia que pretenda ser de calidad.

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Opiniones 3
  • Cuando nos hablas de falta de apoyo institucional, te refieres a la manipulación de facturas en proyectos en los que participa como teatro de la ciudad y embolsarse subvenciones que quitan a otros proyectos? Así funciona el mundo del teatro

    • ¿Solo el mundo del teatro o el de cualquier ayuda pública o contabilidad de la mayoría de empresas? No se por qué acusar a un mundo (el del teatro) y no también a otros mundos. Puede que por desconocimiento de otros mundos o puede que también sea por las ínfulas que se dan los del teatro, cuando se erigen en piezas clave de la democracia o en verdaderos agitadores de conciencias y emociones y la verdad es que el teatro importa a una minoría dentro de la minoría. Así que a los unos (teatro) menos ínfulas y más saber dónde están y a los otros (los críticos con ayudas públicas) menos indignarse por cantidades insignificantes y más analizar otros mundos. Es decir, cada cosa en su escala y ni el teatro es imprescindible y va a salvar la sociedad, ni los artistas son unos defraudadores y corruptos

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