6 de julio 2017    /   IDEAS
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El padre Ángel: «No tengamos miedo a contagiarnos de los pobres»

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El próximo 14 de julio un grupo de ciudadanos tomará la plaza Mayor de Madrid. Quieren sentir la plaza, sus habitantes, sus edificios. Pretenden explorar lo que ocurre en ese lugar de paso, en esa plaza donde viven personas con hogar y sin hogar, para reflexionar sobre la convivencia en la ciudad. Por eso montarán allí unas conferencias TED sin muros, sin venta de entradas y sin elitismos.

Esa noche, la plaza Mayor será la encarnación de todas las plazas y «el lugar desde donde se lanzarán mensajes a quien está en el poder», anuncian en la presentación de TEDxMadridSalon. Porque «en las plazas se han dicho las palabras que han cambiado la historia: “No a la guerra”, “I have a dream”, “Ich bin ein Berliner”».

A la caída del sol del próximo jueves, cuya fecha coincidirá con el día en que cayó el Absolutismo y comenzó la Revolución francesa, sonarán las primeras palabras de este TED enfocado a «explorar la idea de plaza y conceptos como el espacio público, la convivencia y la ciudad», indica la organizadora, Antonella Broglia. «Por eso decimos que esa noche la plaza Mayor contendrá todas las plazas».

Ahí estará el padre Ángel, el sacerdote que monta restaurantes para que las personas sin casa puedan comer en una mesa con mantel y servilleta, y que abre la iglesia de San Antón las 24 horas del día para quien necesite un techo, un café, un ordenador o una bendición.

En este lugar por donde han pasado «los hidalgos de gotera, los hijodalgos de castillos roqueros, los galanes atisbadores de mantos con sus vistosas ropillas, (…) las damas del soplillo, las campadoras, las niñas picañas con siete dedos de tacón, guardainfantes, tontillos y tocados petulantes», según cuenta el libro Madrid Viejo (1888), el fundador de la ONG Mensajeros de la Paz hablará de algunos de los habitantes actuales de la plaza Mayor y de tantísimos lugares en el mundo: «las personas sin hogar».

Muchos han llegado a la que hace siglos fue la plaza del Arrabal por problemas familiares o porque perdieron su puesto de trabajo. Y muchos, cuenta el sacerdote diocesano, «prefieren estar ahí que en un albergue para tener más libertad y no estar sujetos a unas normas». Dice que son individuos «que están rotos por dentro y por fuera; y necesitan más comprensión que gente alrededor que quiera estructurar su vida».

Desde hace años, bajo los soportales de la plaza Mayor, se reúnen mendigos que viajan desde otras ciudades. «En Madrid hay más personas sin hogar que en localidades más pequeñas porque muchos vienen aquí creyendo que es el paraíso. Es la tierra prometida; piensan que encontrarán una situación mejor», comenta en su despacho, una habitación en la sede de Mensajeros de la Paz que parece una plaza pública por los cientos de fotos de personas que hay en las paredes y porque tiene tantas sillas y sofás que podría recibir a un barrio entero.

El padre Ángel considera que hay que tratar de entender a estos individuos. «Lo que tenemos que hacer es comprenderlos, acariciarlos. A mi modo de ver, no tenemos que intentar cambiarlos».

Sabe que lo que acaba de decir es «polémico» y así lo indica con su voz calmada y un tanto apagada por la edad. Cree que muchos piensan que «es mejor dar la caña que dar de comer». Pero él no está de acuerdo y, para otorgar autoridad a su idea, cita a la madre Teresa de Calcuta, una mujer que atiende a esta conversación desde una foto bajo el cristal de la mesa: «Ella decía: “A mí, déjenme darles de comer y ustedes, que son tan listos, sigan haciendo los proyectos para que cuando estos no se mueran puedan hacer lo que ustedes hacen”. Para hacer proyectos hay que comer, hay que dormir, hay que vestirse, hay que acariciar y hay que sentirse con dignidad».

El padre Ángel deja a la altura de la alcantarilla la palabra multitasking. Este hombre no está ocupadísimo, como los ejecutivos, saltando entre cuatrocientas ventanas de un ordenador. Él mantiene conversaciones de telegrama con varios trabajadores de su organización que pasan, a toda velocidad, por su despacho; hace llamadas rapidísimas de tres palabras mientras dialoga con otra. Hay demasiadas cosas importantes que no se pueden desatender y que imprimen velocidad a cada cosa que hace, como esta entrevista, de la que saldrá escopetado porque una niña, entre la vida y la muerte, lo espera en un hospital.

Pero nunca pierde el hilo y en medio de sus tareas sigue la conversación como si nada: «Creo que lo más importante para estas personas es que tengan dignidad. El papa Francisco lo dice muchas veces: “Podéis ser pobres, pero no podéis ser esclavos. No perdáis nunca la dignidad”. Uno puede ser pobre pero no tiene que aguantar que lo pisoteen o lo traten como una alpargata. No le pueden escupir; no le pueden menospreciar; no podemos mirar a otra parte».

Eso es lo habitual. El presidente de Mensajeros de la Paz comenta que «cuando pasamos junto a ellos, ni los vemos. No los miramos a la cara». Lo hizo hasta un candidato en campaña. El padre Ángel recuerda que «hubo una polémica con un político por este tema. Iba dando la mano a la gente, pero cuando se la daba a un pobre, a un pordiosero, después se intentaba lavar la mano. ¿Por qué? Porque tiene miedo a contagiarse. Ojalá la sociedad pierda el miedo a contagiarse de esta gente».

Esa idea de la dignidad está en la base de los proyectos de la ONG. La llevan a sus restaurantes, como el famoso Robin Hood, que, aunque se llame así, no es «para robar a los ricos y dárselo a los pobres; es para decir que los que tienen mucho deben compartir con los que no tienen nada», indica el sacerdote. «En vez de los comedores sociales habituales, hemos montado unos restaurantes para que las personas sin hogar puedan comer como las que tienen medios: con servilletas, platos de cristal y manteles. Queremos cambiar la idea actual de comedores sociales».

La ONG también ha puesto a rodar un autobús por las ciudades españolas: el Pelobús, una peluquería para individuos cuya billetera no les da ni para que les haga un trasquilón. Pero, en cuanto el vehículo sale a la conversación, interrumpe y aclara: «No es para dar mensajes ni para hacerte oír ni dejarte de oír; sino para cortar el pelo, para poner a la gente guapa. Porque la gente, además de comer, quiere estar digna».

En su charla de TEDXMadridSalón hablará sobre todo esto: «Voy a pedir que no tengamos miedo a contagiarnos de los pobres. Voy a decir que las personas podrán ser pobres pero no esclavas. Y voy a decir que no solo hemos de ponernos la corbata para ir a la Casa Real. También tenemos que vestirla cuando vamos a las chabolas. Hay gente que dice: “como voy a esta barriada, voy hecha un asco y no me pinto, no me lavo y no me echo colonia”».

El padre Ángel lo cuenta sentado en su sillón, peinado impecable, elegante, con una corbata roja, como le gusta vestir siempre, para afrontar así su jornada laboral, en un edificio donde acuden personas sin recursos, con ropas gastadas y los restregones que dejan en el gesto una vida áspera.

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Esa noche, la plaza Mayor será la encarnación de todas las plazas y «el lugar desde donde se lanzarán mensajes a quien está en el poder», anuncian en la presentación de TEDxMadridSalon. Porque «en las plazas se han dicho las palabras que han cambiado la historia: “No a la guerra”, “I have a dream”, “Ich bin ein Berliner”».

A la caída del sol del próximo jueves, cuya fecha coincidirá con el día en que cayó el Absolutismo y comenzó la Revolución francesa, sonarán las primeras palabras de este TED enfocado a «explorar la idea de plaza y conceptos como el espacio público, la convivencia y la ciudad», indica la organizadora, Antonella Broglia. «Por eso decimos que esa noche la plaza Mayor contendrá todas las plazas».

Ahí estará el padre Ángel, el sacerdote que monta restaurantes para que las personas sin casa puedan comer en una mesa con mantel y servilleta, y que abre la iglesia de San Antón las 24 horas del día para quien necesite un techo, un café, un ordenador o una bendición.

En este lugar por donde han pasado «los hidalgos de gotera, los hijodalgos de castillos roqueros, los galanes atisbadores de mantos con sus vistosas ropillas, (…) las damas del soplillo, las campadoras, las niñas picañas con siete dedos de tacón, guardainfantes, tontillos y tocados petulantes», según cuenta el libro Madrid Viejo (1888), el fundador de la ONG Mensajeros de la Paz hablará de algunos de los habitantes actuales de la plaza Mayor y de tantísimos lugares en el mundo: «las personas sin hogar».

Muchos han llegado a la que hace siglos fue la plaza del Arrabal por problemas familiares o porque perdieron su puesto de trabajo. Y muchos, cuenta el sacerdote diocesano, «prefieren estar ahí que en un albergue para tener más libertad y no estar sujetos a unas normas». Dice que son individuos «que están rotos por dentro y por fuera; y necesitan más comprensión que gente alrededor que quiera estructurar su vida».

Desde hace años, bajo los soportales de la plaza Mayor, se reúnen mendigos que viajan desde otras ciudades. «En Madrid hay más personas sin hogar que en localidades más pequeñas porque muchos vienen aquí creyendo que es el paraíso. Es la tierra prometida; piensan que encontrarán una situación mejor», comenta en su despacho, una habitación en la sede de Mensajeros de la Paz que parece una plaza pública por los cientos de fotos de personas que hay en las paredes y porque tiene tantas sillas y sofás que podría recibir a un barrio entero.

El padre Ángel considera que hay que tratar de entender a estos individuos. «Lo que tenemos que hacer es comprenderlos, acariciarlos. A mi modo de ver, no tenemos que intentar cambiarlos».

Sabe que lo que acaba de decir es «polémico» y así lo indica con su voz calmada y un tanto apagada por la edad. Cree que muchos piensan que «es mejor dar la caña que dar de comer». Pero él no está de acuerdo y, para otorgar autoridad a su idea, cita a la madre Teresa de Calcuta, una mujer que atiende a esta conversación desde una foto bajo el cristal de la mesa: «Ella decía: “A mí, déjenme darles de comer y ustedes, que son tan listos, sigan haciendo los proyectos para que cuando estos no se mueran puedan hacer lo que ustedes hacen”. Para hacer proyectos hay que comer, hay que dormir, hay que vestirse, hay que acariciar y hay que sentirse con dignidad».

El padre Ángel deja a la altura de la alcantarilla la palabra multitasking. Este hombre no está ocupadísimo, como los ejecutivos, saltando entre cuatrocientas ventanas de un ordenador. Él mantiene conversaciones de telegrama con varios trabajadores de su organización que pasan, a toda velocidad, por su despacho; hace llamadas rapidísimas de tres palabras mientras dialoga con otra. Hay demasiadas cosas importantes que no se pueden desatender y que imprimen velocidad a cada cosa que hace, como esta entrevista, de la que saldrá escopetado porque una niña, entre la vida y la muerte, lo espera en un hospital.

Pero nunca pierde el hilo y en medio de sus tareas sigue la conversación como si nada: «Creo que lo más importante para estas personas es que tengan dignidad. El papa Francisco lo dice muchas veces: “Podéis ser pobres, pero no podéis ser esclavos. No perdáis nunca la dignidad”. Uno puede ser pobre pero no tiene que aguantar que lo pisoteen o lo traten como una alpargata. No le pueden escupir; no le pueden menospreciar; no podemos mirar a otra parte».

Eso es lo habitual. El presidente de Mensajeros de la Paz comenta que «cuando pasamos junto a ellos, ni los vemos. No los miramos a la cara». Lo hizo hasta un candidato en campaña. El padre Ángel recuerda que «hubo una polémica con un político por este tema. Iba dando la mano a la gente, pero cuando se la daba a un pobre, a un pordiosero, después se intentaba lavar la mano. ¿Por qué? Porque tiene miedo a contagiarse. Ojalá la sociedad pierda el miedo a contagiarse de esta gente».

Esa idea de la dignidad está en la base de los proyectos de la ONG. La llevan a sus restaurantes, como el famoso Robin Hood, que, aunque se llame así, no es «para robar a los ricos y dárselo a los pobres; es para decir que los que tienen mucho deben compartir con los que no tienen nada», indica el sacerdote. «En vez de los comedores sociales habituales, hemos montado unos restaurantes para que las personas sin hogar puedan comer como las que tienen medios: con servilletas, platos de cristal y manteles. Queremos cambiar la idea actual de comedores sociales».

La ONG también ha puesto a rodar un autobús por las ciudades españolas: el Pelobús, una peluquería para individuos cuya billetera no les da ni para que les haga un trasquilón. Pero, en cuanto el vehículo sale a la conversación, interrumpe y aclara: «No es para dar mensajes ni para hacerte oír ni dejarte de oír; sino para cortar el pelo, para poner a la gente guapa. Porque la gente, además de comer, quiere estar digna».

En su charla de TEDXMadridSalón hablará sobre todo esto: «Voy a pedir que no tengamos miedo a contagiarnos de los pobres. Voy a decir que las personas podrán ser pobres pero no esclavas. Y voy a decir que no solo hemos de ponernos la corbata para ir a la Casa Real. También tenemos que vestirla cuando vamos a las chabolas. Hay gente que dice: “como voy a esta barriada, voy hecha un asco y no me pinto, no me lavo y no me echo colonia”».

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