28 de octubre 2019    /   IDEAS
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De hilos y tramas están hechas todas las historias

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Entre los meses de octubre de 2016 y enero de 2017, 7.000 arañas de la especie Parawixia bistriata tejieron en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la mayor tela de araña que jamás se haya construido en un recinto cerrado. Se trataba de parte de una obra del artista argentino Tomás Saraceno, uno de esos seres que nos ayudan a explorar el mundo con los ojos mezclados del arte y de la ciencia, una de esas personas que nos hacen preguntas que nos permiten asomarnos a la comprensión.

Las arañas llevan en la tierra más de 140 millones de años urdiendo redes que son habitáculo y trampa. Las telarañas son estructuras comunitarias que nos precedieron y seguramente nos sobrevivirán. Son frágiles y a la vez indestructibles, son cotidianas y suaves y para nosotros son terror y abandono. No hay casa encantada que no las tenga ni pozo seco que no tenga la boca cubierta por ellas. Pero en el otro extremo, las telarañas sirven a Saraceno para expresar «esa red infinitamente compleja de individuos, especies y elementos que compone el universo».

Nosotros no tejemos telarañas, o sí. Llamamos web al que posiblemente es el mayor esfuerzo tecnológico colectivo de esta especie joven a la que pertenecemos. Miles de millones de máquinas conectadas, cada vez más, a nuestra cotidianidad y a nuestro interior. Habitáculo y trampa. La informática fue lo que es cuando se hizo red, cuando aprendió a conectarnos. 

Cuando Kahn y Cerf idearon el protocolo TCP/IP, que es la forma que tenemos de tejer nuestra telaraña global, y Berners-Lee le puso el hilo creando la World Wide Web, nuestro mundo pasó a otra fase de civilización, como pasar de nivel en esos juegos de diseñar mundos. Nos conectó a un nivel sin precedentes, nos tejió un poquito más.

Tejemos telarañas hace milenios. De hilos y tramas están hechas todas las historias que nos contamos y que son nuestra identidad a todos los niveles. Desde las que se iniciaron en cuevas antiguas a las que vemos ahora en 8K. De hilos de palabras, pero también de hilos de personas y tribus y grupos y comunidades.

Los científicos los sabemos tan bien como los cuenteros y los músicos: no hay comienzo absoluto ni novedad que no haya nacido de alguna forma en los nudos de los que tejieron antes. Las primeras palabras y los primeros números del altiplano andino fueron nudos en cuerdas, lo que llaman quipus. Pero no solo los incas, todos hemos construido siempre el conocimiento anudando cuerdas sueltas.

Por eso es tan importante contar las historias de cómo hemos llegado hasta aquí y por qué y por quiénes. Porque nuestra consciencia es red. Porque en la narrativa de la ciencia y de la tecnología y de lo que hacemos con ellas está el sentido de quiénes somos como colectivo. Porque al final no somos más que 7.000 arañas tejiendo una obra de arte.

Entre los meses de octubre de 2016 y enero de 2017, 7.000 arañas de la especie Parawixia bistriata tejieron en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la mayor tela de araña que jamás se haya construido en un recinto cerrado. Se trataba de parte de una obra del artista argentino Tomás Saraceno, uno de esos seres que nos ayudan a explorar el mundo con los ojos mezclados del arte y de la ciencia, una de esas personas que nos hacen preguntas que nos permiten asomarnos a la comprensión.

Las arañas llevan en la tierra más de 140 millones de años urdiendo redes que son habitáculo y trampa. Las telarañas son estructuras comunitarias que nos precedieron y seguramente nos sobrevivirán. Son frágiles y a la vez indestructibles, son cotidianas y suaves y para nosotros son terror y abandono. No hay casa encantada que no las tenga ni pozo seco que no tenga la boca cubierta por ellas. Pero en el otro extremo, las telarañas sirven a Saraceno para expresar «esa red infinitamente compleja de individuos, especies y elementos que compone el universo».

Nosotros no tejemos telarañas, o sí. Llamamos web al que posiblemente es el mayor esfuerzo tecnológico colectivo de esta especie joven a la que pertenecemos. Miles de millones de máquinas conectadas, cada vez más, a nuestra cotidianidad y a nuestro interior. Habitáculo y trampa. La informática fue lo que es cuando se hizo red, cuando aprendió a conectarnos. 

Cuando Kahn y Cerf idearon el protocolo TCP/IP, que es la forma que tenemos de tejer nuestra telaraña global, y Berners-Lee le puso el hilo creando la World Wide Web, nuestro mundo pasó a otra fase de civilización, como pasar de nivel en esos juegos de diseñar mundos. Nos conectó a un nivel sin precedentes, nos tejió un poquito más.

Tejemos telarañas hace milenios. De hilos y tramas están hechas todas las historias que nos contamos y que son nuestra identidad a todos los niveles. Desde las que se iniciaron en cuevas antiguas a las que vemos ahora en 8K. De hilos de palabras, pero también de hilos de personas y tribus y grupos y comunidades.

Los científicos los sabemos tan bien como los cuenteros y los músicos: no hay comienzo absoluto ni novedad que no haya nacido de alguna forma en los nudos de los que tejieron antes. Las primeras palabras y los primeros números del altiplano andino fueron nudos en cuerdas, lo que llaman quipus. Pero no solo los incas, todos hemos construido siempre el conocimiento anudando cuerdas sueltas.

Por eso es tan importante contar las historias de cómo hemos llegado hasta aquí y por qué y por quiénes. Porque nuestra consciencia es red. Porque en la narrativa de la ciencia y de la tecnología y de lo que hacemos con ellas está el sentido de quiénes somos como colectivo. Porque al final no somos más que 7.000 arañas tejiendo una obra de arte.

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