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30 de marzo 2017    /   IDEAS
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La mejor amiga del tejo milenario

30 de marzo 2017    /   IDEAS     por          
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Había sido una noche de perros, pero nadie sospechó que fuera la última. Tenía las piernas rugosas y musculadas; también la debilidad de su edad, cuatro o cinco siglos. Cuando amaneció roto por los vientos y la lluvia del enésimo temporal del invierno del 2007, ella se derrumbó.

«Bajé aquella mañana y vi el desastre que había aquí; lloré como si hubiera sido por una persona», dice Covadonga Vejo, mujer menuda de 89 años, bajita, muy bajita, con un vozarrón de piedra. Covadonga sigue diciendo que aquel árbol a los pies de la iglesia mozárabe de Lebeña, en Liébana (Cantabria), donde ahora recita los versos que le escribió durante muchos años, es milenario.

Mantener una conversación con ella sin que su voz vaya cargada de versos no es habitual. Si le preguntas, por ejemplo, cómo fue aquella noche, ella responde con algo que escribió aquel día negro:

Si llorar por un árbol es pecado,

que me perdone Dios, pues yo he llorado

Y a la vez he sentido

mucha rabia y dolor al verle herido

Al preguntarle en un susurro qué es para ella un tejo, su sordera retuerce el sentido y cuenta cómo un día estaba limpiando el cementerio con la guadaña y se acercó una turista, que en este lugar llegan a chorro o a cuentagotas, y no vio a nadie. Ella pegó un brinco y se apareció junto a la visitante, que vio aquella señora salir de ninguna parte en un lugar donde sólo se escucha el viento, la nada. Covadonga lo recuerda ahora y se muere de la risa.

covadonga

Una risa atascada. Y una memoria prodigiosa. «Será lo único bueno que me queda», bromea ella. «¡También eres poeta!», le recuerda un vecino que la sostiene en pie. Pero ella, arañando la tradición, le dice: «Después de viejo, mandil verde». Entonces el vecino responde:

– Pero tú todavía floreces.

* * *

El tejo de Lebeña dejó de florecer hace diez años, una década de una ausencia desconocida: aquí siempre hubo un tejo. Primero fue uno que debió de plantarse hace 2.000 años y cuyo hijo le tomó el relevo hace 500. En el año 2003 un vendaval le arrancó un brazo. Covadonga lloró, y sus lágrimas fueron –claro– versos:

Oscura noche de enero,

el viento con furia brama

y del tejo milenario

desgarró la mejor rama (…)

Y en el 2007, al filo ya de la primavera, acabó por morir. La hija de Covadonga es la guía de la iglesia y llamó a Ignacio Abella para darle el parte de defunción. Ignacio, uno de esos hombres sencillos con cuyos pasos siembra árboles, le dijo que le enviara unas ramitas del tejo a su casa de Asturias. María Luisa lo metió en un sobre y le envió por correo varios tallos. Era marzo, el primer aullido de la primavera y la savia de los árboles, bombeando hacia arriba, no auguraba grandes promesas. Pero Ignacio, defensor de los bosques y de la vida, consiguió que diera el estirón en su jardín. Covadonga hizo lo propio:

De las ramas de un tejo milenario

una bolita roja desprendida,

en pequeña maceta yo coloqué enseguida

Las semillas del tejo tardan mucho en brotar, hasta tres años. Covadonga le regó a versos hasta que, año y medio después, vio asomarse unas hojas diferentes:

Sentí gran emoción y cada día,

como si fuera un niño le mimaba

y «¡crece!», le decía

para que des sombra y cobijo al caminante,

para que entre tus ramas hagan nidos los pajarillos

y que alegres canten

Hasta que diez años después, el pasado 20 de marzo, se plantó uno de esos vástagos que Ignacio ha traído hasta aquí; un grupo de escolares echa un puñadito de tierra, con sus manos, sobre el agujero. Ignacio observa en la distancia huyendo del protagonismo que toman otros –los de siempre—.

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Ahora el árbol son apenas 70 centímetros de agujas verdes enroscadas a una caña de bambú. «La tradición es futuro», dice Ignacio, barba cana de carpintero de otro siglo, humilde, amable, escritor, caminante. «Acabamos de inventar la inmortalidad, que es transmitir el conocimiento a las generaciones futuras. Por un día los héroes no son los grandes, los poderosos, los conquistadores», explica triunfante al grupo de niños de un colegio de Potes.

El viejo tejo de Lebeña era un coloso. Bajo su copa, una maraña verde donde anidaban los pájaros —«canta tú, pajarillo,/mientras yo rezo», le escribió Covadonga a un petirrojo—, se celebraban los concejos de los pueblos. Lo consuetudinario también talló los deseos de los habitantes de Lebeña, que quisieron descansar la eternidad bajo el tejo. Y, así, de puro amor, nació el cementerio.

Por aquellos brazos fornidos y alargados los mozos trepaban hasta la torre de la iglesia para tocar las campanas. Mientras unos llegaban al cielo por las ramas, Covadonga lo hacía por su tronco. «Me entendía con él mucho mejor que con muchas personas», bromea ahora junto a los restos, todo cáscara y memoria, que protege al nieto recién sembrado. «Yo escribía en mis ratos libres», explica sentada y de pie, «y las rimas salían todas seguidas». A él le contó todas sus penas, sus confesiones, sus secretos. Por su muerte ella murió un poquito.

Covadonga nació en Caloca, un pueblo de Liébana a más de 1.000 metros de altura donde hoy apenas vive medio centenar de personas. Pero se casó, bajó a Lebeña en los años cincuenta y comenzó su relación con el tejo. «Le quería de verdad…», susurra.

Desde que Covadonga vino a vivir aquí cuidó a ratos la iglesia y el cementerio, pero siempre el árbol. «Yo no sé por qué le cogí tanto cariño…», duda un momento. «Porque me recordaba a mi pueblo», aclara convencida después.

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Cuando era joven, esta mujer de pelo nevado tenía una labor en las brañas donde pastaban las vacas: ponerse delante de los tejos y ahuyentarlas para que no se zamparan las bolitas rojas que les hinchaban la barriga. «Las viejas lo sabían, pero las novillas no», aclara.

Así que cuando plantó un esqueje del viejo tejo en un prado cercano a la iglesia y alguien le pidió permiso para que sus vacas pastaran, ella sólo le puso una condición: que protegiera al joven árbol. Un día se acercó y comprobó que sí, que el tejo estaba rodeado para que las vacas jóvenes no lo rumiaran.

* * *

El tejo es un símbolo en Cantabria, aunque crece en todo el arco atlántico. El viejo tejo «milenario» (aunque era centenario), el que absorbió las voces de Lebeña en cinco siglos de asambleas y confesiones, estaba en el número diez de un registro de árboles singulares en Cantabria. Cualquier buen cántabro, dicen, tiene que tener un tejo en el jardín: no importa si no lo plantó quien habita esa casa, ya que estos árboles pueden llegar a los 2.000 o 3.000 años.

El tejo, además de estar en la sangre de la simbología celta que descendió como una suave brisa al norte de la península Ibérica, también lo está en la historia de los cántabros, que durante las guerras que mantuvieron contra el Imperio Romano en estas montañas lo usaron a modo de venganza. Varios cronistas romanos nos hablan de ello, pero es Lucio Aneo Floro quien más extensamente nos lo relata, cuando escribe que «aquellos bárbaros [los cántabros], al ver llegado el fin de sus resistencia, a porfía se dan muerte con el fuego y con el hierro, en medio de una comida, con un veneno que allí se extrae comúnmente del tejo, librándose así la mayor parte de una esclavitud que a una gente hasta entonces indómita parecía más intolerable que la muerte».

Aunque en las inmediaciones de la iglesia el tejo rivalizaba con un olivo centenario que plantó también el conde Alfonso —quien ordenó levantar la iglesia alrededor del año 925—, esa inclinación instintivamente cántabra fue la que le ató a su amado tejo. Por eso, cuando el árbol ya agonizaba —por edad, por descuido, por las agresiones— escribió unos aullidos defendiéndolo de aquella mala fama —esta vez sí— milenaria:

Algunos sin compasión

mis raíces machacaron

y para burla mayor

venenoso me llamaron

Covadonga escribe poemas desde hace muchos años. Su amor por el viejo tejo viene de antes y por eso su voz reverberó tan fuerte en el cuaderno, donde tiene anotados más de cien poemas: al tejo, a los pájaros que se posan en el tejo, a los muertos bajo el tejo, a los viajeros que descansan a la sombra del tejo, a las penas que ella le contó al tejo —«mudo testigo de mis penas»—, las que el tejo también le contó a ella —«a la vez que yo las tuyas comprendía»—. Hasta a los políticos, dice.

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Quizás porque ella comprendía las penas del árbol, llevaba muchos años, décadas, pidiendo auxilio entre las paredes de su cuaderno. Sus versos clamando por una ayuda no llegaron al alma popular, a las instituciones, a la sensibilidad de quienes ignoraron sus heridas y, a veces, lo hirieron más.

Ahora, el bautizo del nuevo árbol finaliza con un par de canciones tradicionales, interpretadas por dos mujeres cántabras hasta los tuétanos, con el pito y el tambor. Ya desmenuzados los sonidos, dicen que le regalan a Covadonga las baquetas con las que han aporreado el tambor. Su hija las recoge y lo agradece, y se acerca a su madre con los palillos. Ella los agarra con una sobria felicidad, pero no los suelta: sabe que están hechos de los huesos del tejo. «La voz del tejo de Lebeña a través de las baquetas…», cuenta, alegre, Ignacio Abella.

Pasa un rato y Covadonga se sugiere a sí misma. «Habrá que irse a casa, ¿no?». Su deseo está cumplido. «¡Pero que le pongan una buena protección!». Y comienza a dar pasitos de hormiga cuesta arriba.

Había sido una noche de perros, pero nadie sospechó que fuera la última. Tenía las piernas rugosas y musculadas; también la debilidad de su edad, cuatro o cinco siglos. Cuando amaneció roto por los vientos y la lluvia del enésimo temporal del invierno del 2007, ella se derrumbó.

«Bajé aquella mañana y vi el desastre que había aquí; lloré como si hubiera sido por una persona», dice Covadonga Vejo, mujer menuda de 89 años, bajita, muy bajita, con un vozarrón de piedra. Covadonga sigue diciendo que aquel árbol a los pies de la iglesia mozárabe de Lebeña, en Liébana (Cantabria), donde ahora recita los versos que le escribió durante muchos años, es milenario.

Mantener una conversación con ella sin que su voz vaya cargada de versos no es habitual. Si le preguntas, por ejemplo, cómo fue aquella noche, ella responde con algo que escribió aquel día negro:

Si llorar por un árbol es pecado,

que me perdone Dios, pues yo he llorado

Y a la vez he sentido

mucha rabia y dolor al verle herido

Al preguntarle en un susurro qué es para ella un tejo, su sordera retuerce el sentido y cuenta cómo un día estaba limpiando el cementerio con la guadaña y se acercó una turista, que en este lugar llegan a chorro o a cuentagotas, y no vio a nadie. Ella pegó un brinco y se apareció junto a la visitante, que vio aquella señora salir de ninguna parte en un lugar donde sólo se escucha el viento, la nada. Covadonga lo recuerda ahora y se muere de la risa.

covadonga

Una risa atascada. Y una memoria prodigiosa. «Será lo único bueno que me queda», bromea ella. «¡También eres poeta!», le recuerda un vecino que la sostiene en pie. Pero ella, arañando la tradición, le dice: «Después de viejo, mandil verde». Entonces el vecino responde:

– Pero tú todavía floreces.

* * *

El tejo de Lebeña dejó de florecer hace diez años, una década de una ausencia desconocida: aquí siempre hubo un tejo. Primero fue uno que debió de plantarse hace 2.000 años y cuyo hijo le tomó el relevo hace 500. En el año 2003 un vendaval le arrancó un brazo. Covadonga lloró, y sus lágrimas fueron –claro– versos:

Oscura noche de enero,

el viento con furia brama

y del tejo milenario

desgarró la mejor rama (…)

Y en el 2007, al filo ya de la primavera, acabó por morir. La hija de Covadonga es la guía de la iglesia y llamó a Ignacio Abella para darle el parte de defunción. Ignacio, uno de esos hombres sencillos con cuyos pasos siembra árboles, le dijo que le enviara unas ramitas del tejo a su casa de Asturias. María Luisa lo metió en un sobre y le envió por correo varios tallos. Era marzo, el primer aullido de la primavera y la savia de los árboles, bombeando hacia arriba, no auguraba grandes promesas. Pero Ignacio, defensor de los bosques y de la vida, consiguió que diera el estirón en su jardín. Covadonga hizo lo propio:

De las ramas de un tejo milenario

una bolita roja desprendida,

en pequeña maceta yo coloqué enseguida

Las semillas del tejo tardan mucho en brotar, hasta tres años. Covadonga le regó a versos hasta que, año y medio después, vio asomarse unas hojas diferentes:

Sentí gran emoción y cada día,

como si fuera un niño le mimaba

y «¡crece!», le decía

para que des sombra y cobijo al caminante,

para que entre tus ramas hagan nidos los pajarillos

y que alegres canten

Hasta que diez años después, el pasado 20 de marzo, se plantó uno de esos vástagos que Ignacio ha traído hasta aquí; un grupo de escolares echa un puñadito de tierra, con sus manos, sobre el agujero. Ignacio observa en la distancia huyendo del protagonismo que toman otros –los de siempre—.

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Ahora el árbol son apenas 70 centímetros de agujas verdes enroscadas a una caña de bambú. «La tradición es futuro», dice Ignacio, barba cana de carpintero de otro siglo, humilde, amable, escritor, caminante. «Acabamos de inventar la inmortalidad, que es transmitir el conocimiento a las generaciones futuras. Por un día los héroes no son los grandes, los poderosos, los conquistadores», explica triunfante al grupo de niños de un colegio de Potes.

El viejo tejo de Lebeña era un coloso. Bajo su copa, una maraña verde donde anidaban los pájaros —«canta tú, pajarillo,/mientras yo rezo», le escribió Covadonga a un petirrojo—, se celebraban los concejos de los pueblos. Lo consuetudinario también talló los deseos de los habitantes de Lebeña, que quisieron descansar la eternidad bajo el tejo. Y, así, de puro amor, nació el cementerio.

Por aquellos brazos fornidos y alargados los mozos trepaban hasta la torre de la iglesia para tocar las campanas. Mientras unos llegaban al cielo por las ramas, Covadonga lo hacía por su tronco. «Me entendía con él mucho mejor que con muchas personas», bromea ahora junto a los restos, todo cáscara y memoria, que protege al nieto recién sembrado. «Yo escribía en mis ratos libres», explica sentada y de pie, «y las rimas salían todas seguidas». A él le contó todas sus penas, sus confesiones, sus secretos. Por su muerte ella murió un poquito.

Covadonga nació en Caloca, un pueblo de Liébana a más de 1.000 metros de altura donde hoy apenas vive medio centenar de personas. Pero se casó, bajó a Lebeña en los años cincuenta y comenzó su relación con el tejo. «Le quería de verdad…», susurra.

Desde que Covadonga vino a vivir aquí cuidó a ratos la iglesia y el cementerio, pero siempre el árbol. «Yo no sé por qué le cogí tanto cariño…», duda un momento. «Porque me recordaba a mi pueblo», aclara convencida después.

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Cuando era joven, esta mujer de pelo nevado tenía una labor en las brañas donde pastaban las vacas: ponerse delante de los tejos y ahuyentarlas para que no se zamparan las bolitas rojas que les hinchaban la barriga. «Las viejas lo sabían, pero las novillas no», aclara.

Así que cuando plantó un esqueje del viejo tejo en un prado cercano a la iglesia y alguien le pidió permiso para que sus vacas pastaran, ella sólo le puso una condición: que protegiera al joven árbol. Un día se acercó y comprobó que sí, que el tejo estaba rodeado para que las vacas jóvenes no lo rumiaran.

* * *

El tejo es un símbolo en Cantabria, aunque crece en todo el arco atlántico. El viejo tejo «milenario» (aunque era centenario), el que absorbió las voces de Lebeña en cinco siglos de asambleas y confesiones, estaba en el número diez de un registro de árboles singulares en Cantabria. Cualquier buen cántabro, dicen, tiene que tener un tejo en el jardín: no importa si no lo plantó quien habita esa casa, ya que estos árboles pueden llegar a los 2.000 o 3.000 años.

El tejo, además de estar en la sangre de la simbología celta que descendió como una suave brisa al norte de la península Ibérica, también lo está en la historia de los cántabros, que durante las guerras que mantuvieron contra el Imperio Romano en estas montañas lo usaron a modo de venganza. Varios cronistas romanos nos hablan de ello, pero es Lucio Aneo Floro quien más extensamente nos lo relata, cuando escribe que «aquellos bárbaros [los cántabros], al ver llegado el fin de sus resistencia, a porfía se dan muerte con el fuego y con el hierro, en medio de una comida, con un veneno que allí se extrae comúnmente del tejo, librándose así la mayor parte de una esclavitud que a una gente hasta entonces indómita parecía más intolerable que la muerte».

Aunque en las inmediaciones de la iglesia el tejo rivalizaba con un olivo centenario que plantó también el conde Alfonso —quien ordenó levantar la iglesia alrededor del año 925—, esa inclinación instintivamente cántabra fue la que le ató a su amado tejo. Por eso, cuando el árbol ya agonizaba —por edad, por descuido, por las agresiones— escribió unos aullidos defendiéndolo de aquella mala fama —esta vez sí— milenaria:

Algunos sin compasión

mis raíces machacaron

y para burla mayor

venenoso me llamaron

Covadonga escribe poemas desde hace muchos años. Su amor por el viejo tejo viene de antes y por eso su voz reverberó tan fuerte en el cuaderno, donde tiene anotados más de cien poemas: al tejo, a los pájaros que se posan en el tejo, a los muertos bajo el tejo, a los viajeros que descansan a la sombra del tejo, a las penas que ella le contó al tejo —«mudo testigo de mis penas»—, las que el tejo también le contó a ella —«a la vez que yo las tuyas comprendía»—. Hasta a los políticos, dice.

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Quizás porque ella comprendía las penas del árbol, llevaba muchos años, décadas, pidiendo auxilio entre las paredes de su cuaderno. Sus versos clamando por una ayuda no llegaron al alma popular, a las instituciones, a la sensibilidad de quienes ignoraron sus heridas y, a veces, lo hirieron más.

Ahora, el bautizo del nuevo árbol finaliza con un par de canciones tradicionales, interpretadas por dos mujeres cántabras hasta los tuétanos, con el pito y el tambor. Ya desmenuzados los sonidos, dicen que le regalan a Covadonga las baquetas con las que han aporreado el tambor. Su hija las recoge y lo agradece, y se acerca a su madre con los palillos. Ella los agarra con una sobria felicidad, pero no los suelta: sabe que están hechos de los huesos del tejo. «La voz del tejo de Lebeña a través de las baquetas…», cuenta, alegre, Ignacio Abella.

Pasa un rato y Covadonga se sugiere a sí misma. «Habrá que irse a casa, ¿no?». Su deseo está cumplido. «¡Pero que le pongan una buena protección!». Y comienza a dar pasitos de hormiga cuesta arriba.

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Opiniones 2
  • «Si llorar por un árbol es pecado,

    que me perdone Dios, pues yo he llorado…» Si no amamos la naturaleza difícilmente amaremos a nuestros semejantes.

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