8 de septiembre 2022    /   SOSTENIBILIDAD
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¿De verdad el teletrabajo es más sostenible?

Sus ventajas en la conciliación entre vida laboral y personal son evidentes, pero ¿puede afirmarse que es más eficiente desde el punto de vista económico y medioambiental?

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Antes de la pandemia el teletrabajo parecía un sueño del futuro, ciencia ficción, una nueva forma de ganarse la vida que solucionaría muchos de los problemas del mundo laboral. Cuando llegara, nuestra vida cambiaría, disfrutaríamos de mucho más tiempo libre y nos libraríamos de atascos y, por qué no decirlo, de tener que aguantar a algún molesto compañero. Además, sería posible vivir en cualquier lugar, dejar las grandes ciudades y llevar una vida más respetuosa con la naturaleza. De cualquier manera, a la mayoría esa perspectiva le resultaba todavía muy lejana.

Poco después, el coronavirus lo cambió todo: millones de personas se tuvieron que ir a casa y comenzar a trabajar desde allí de un día para otro. En general, el cambio, a pesar de que tampoco resultó ser la panacea que nos habíamos imaginado, nos pareció bastante positivo. Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE), los teletrabajadores afirman que esta nueva forma de realizar su jornada evita desplazamientos, facilita la gestión del tiempo de trabajo, hace posible la conciliación con la vida personal y permite aprovechar más el tiempo.

No parece estar tan claro si resulta una forma más económica de trabajar o no ya que el cálculo es bastante complicado. Existen muchos gastos que son difíciles de estimar, como el consumo eléctrico adicional, el de agua o el de comida. Un ejemplo respecto a este último aspecto: imaginemos a un trabajador que cada día iba a comer un menú del día a un bar junto a su oficina. Obviamente, al comenzar a teletrabajar es muy posible que se ahorre ese dinero y coma en casa, lo que a priori debería resultar más barato. Pero también es posible que, ya que pasa más tiempo en casa, decida adquirir alimentos de más calidad o caprichos que no solía comprar antes, con lo que estimar si existe un ahorro o no ya no resulta tan sencillo.

Pero dejando aparte los beneficios para el trabajador, en la actualidad, y una vez que este cambio ya se ha asentado, algunos expertos están intentando averiguar si, además de estas supuestas ventajas personales, existe un impacto positivo o negativo desde el punto de vista medioambiental. El cálculo, como veremos, también resulta mucho más complejo de lo que podría parecer.

«Para realizar este cálculo es interesante consultar un informe de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo (Eurofound) publicado recientemente, que destaca que la evaluación de los beneficios medioambientales del teletrabajo es una tarea difícil», afirma Eva Rimbau, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC y experta en recursos humanos y teletrabajo.

«Aumentar el teletrabajo supone una serie de cambios en las vidas y las actividades cotidianas de los individuos, y conlleva decisiones en el ámbito de la empresa que pueden influir de forma positiva o negativa en el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero».

Según la profesora, entre los factores que más pueden influir en el balance final podemos encontrar «la frecuencia del teletrabajo (si se realiza uno o dos días a la semana, o más habitualmente), la distancia recorrida y la duración del viaje al trabajo, la intensidad de emisión del medio de transporte utilizado (no es lo mismo un coche diésel o gasolina que el transporte público) y la ocupación del coche durante los desplazamientos (si el conductor va solo o comparte)».

«Es evidente, por ejemplo, que quien teletrabaje más frecuentemente generará menos emisiones de gases de efecto invernadero que quien viaje solo en un coche de gasolina y recorra una larga distancia», afirma la experta.

Pero el teletrabajo también tiene por sí mismo una serie de efectos negativos sobre el medioambiente que contrarrestan o superan en ocasiones a los positivos. «El más evidente es el aumento del uso de energía en los hogares», destaca Rimbau. «Los teletrabajadores tienen más necesidad de calefacción, refrigeración, iluminación, internet, cocina o material de oficina. Además, la posibilidad de aprovechar el teletrabajo y evitar los viajes algunos días a la semana podría hacer que los trabajadores estuvieran más dispuestos a aceptar una mayor distancia de desplazamiento los días que van a la oficina. Esto podría llegar a compensar el ahorro de emisiones que habrían conseguido los días de teletrabajo».

«La posibilidad de aprovechar el teletrabajo y evitar los viajes algunos días a la semana podría hacer que los trabajadores estuvieran más dispuestos a aceptar una mayor distancia de desplazamiento los días que van a la oficina. Esto podría llegar a compensar el ahorro de emisiones que habrían conseguido los días de teletrabajo»

Otro tema más de fondo son las limitaciones que tiene el despliegue de este tipo de trabajo. Tras el bum inicial, el número de teletrabajadores se ha reducido. «En 2021, el 17,6 % de las personas empleadas de 16 a 74 años teletrabajó, de acuerdo con la Encuesta sobre equipamiento y uso de tecnologías de información y comunicación en los hogares», explica la profesora.

«Esta cifra todavía es superior a la registrada antes de la pandemia, pero a lo largo del año el teletrabajo fue disminuyendo gradualmente, tanto en la modalidad habitual como en la modalidad ocasional. En nuestro país hay doce millones de personas (el 65% de la población empleada) con un trabajo que no les permite teletrabajar, bien porque se trata de un puesto de producción de bienes materiales como la agricultura, la industria manufacturera o la construcción; o bien porque es un sector en el que prevalece la atención física al público, como la hostelería y el comercio». El que solo un 17% de los trabajadores (o menos, si las empresas les siguen pidiendo que vuelvan a las oficinas) lo haga desde su hogar no parece que vaya a tener un gran impacto en la mejora del medioambiente.

Este número de teletrabajadores en retroceso hace pensar que quizá el auge de esta modalidad laboral fue simplemente una ilusión y que poco a poco nos estamos volviendo a situar en el punto de partida.

«Parece que nos estamos estabilizando en datos algo superiores a los de la situación prepandémica, pero no mucho», afirma la profesora, que con la perspectiva que tenemos ahora del cambio concluye que «en realidad, este reajuste era de esperar porque el aumento del teletrabajo se produjo por razones de necesidad y no estaba acompañado ni de una planificación ni de un cambio de mentalidad. Se trató solo de un parche de emergencia. Y mientras no haya un cambio de mentalidad en los directivos, en la sociedad y en los gobiernos, que se den cuenta de que el teletrabajo tiene muchas cosas buenas que aportar si se planifica correctamente y que hay que ayudar a las empresas a hacer esa adaptación, no podremos afirmar que se ha hecho un despliegue real del mismo ni podremos aprovecharnos plenamente de sus ventajas».

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Antes de la pandemia el teletrabajo parecía un sueño del futuro, ciencia ficción, una nueva forma de ganarse la vida que solucionaría muchos de los problemas del mundo laboral. Cuando llegara, nuestra vida cambiaría, disfrutaríamos de mucho más tiempo libre y nos libraríamos de atascos y, por qué no decirlo, de tener que aguantar a algún molesto compañero. Además, sería posible vivir en cualquier lugar, dejar las grandes ciudades y llevar una vida más respetuosa con la naturaleza. De cualquier manera, a la mayoría esa perspectiva le resultaba todavía muy lejana.

Poco después, el coronavirus lo cambió todo: millones de personas se tuvieron que ir a casa y comenzar a trabajar desde allí de un día para otro. En general, el cambio, a pesar de que tampoco resultó ser la panacea que nos habíamos imaginado, nos pareció bastante positivo. Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE), los teletrabajadores afirman que esta nueva forma de realizar su jornada evita desplazamientos, facilita la gestión del tiempo de trabajo, hace posible la conciliación con la vida personal y permite aprovechar más el tiempo.

No parece estar tan claro si resulta una forma más económica de trabajar o no ya que el cálculo es bastante complicado. Existen muchos gastos que son difíciles de estimar, como el consumo eléctrico adicional, el de agua o el de comida. Un ejemplo respecto a este último aspecto: imaginemos a un trabajador que cada día iba a comer un menú del día a un bar junto a su oficina. Obviamente, al comenzar a teletrabajar es muy posible que se ahorre ese dinero y coma en casa, lo que a priori debería resultar más barato. Pero también es posible que, ya que pasa más tiempo en casa, decida adquirir alimentos de más calidad o caprichos que no solía comprar antes, con lo que estimar si existe un ahorro o no ya no resulta tan sencillo.

Pero dejando aparte los beneficios para el trabajador, en la actualidad, y una vez que este cambio ya se ha asentado, algunos expertos están intentando averiguar si, además de estas supuestas ventajas personales, existe un impacto positivo o negativo desde el punto de vista medioambiental. El cálculo, como veremos, también resulta mucho más complejo de lo que podría parecer.

«Para realizar este cálculo es interesante consultar un informe de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo (Eurofound) publicado recientemente, que destaca que la evaluación de los beneficios medioambientales del teletrabajo es una tarea difícil», afirma Eva Rimbau, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC y experta en recursos humanos y teletrabajo.

«Aumentar el teletrabajo supone una serie de cambios en las vidas y las actividades cotidianas de los individuos, y conlleva decisiones en el ámbito de la empresa que pueden influir de forma positiva o negativa en el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero».

Según la profesora, entre los factores que más pueden influir en el balance final podemos encontrar «la frecuencia del teletrabajo (si se realiza uno o dos días a la semana, o más habitualmente), la distancia recorrida y la duración del viaje al trabajo, la intensidad de emisión del medio de transporte utilizado (no es lo mismo un coche diésel o gasolina que el transporte público) y la ocupación del coche durante los desplazamientos (si el conductor va solo o comparte)».

«Es evidente, por ejemplo, que quien teletrabaje más frecuentemente generará menos emisiones de gases de efecto invernadero que quien viaje solo en un coche de gasolina y recorra una larga distancia», afirma la experta.

Pero el teletrabajo también tiene por sí mismo una serie de efectos negativos sobre el medioambiente que contrarrestan o superan en ocasiones a los positivos. «El más evidente es el aumento del uso de energía en los hogares», destaca Rimbau. «Los teletrabajadores tienen más necesidad de calefacción, refrigeración, iluminación, internet, cocina o material de oficina. Además, la posibilidad de aprovechar el teletrabajo y evitar los viajes algunos días a la semana podría hacer que los trabajadores estuvieran más dispuestos a aceptar una mayor distancia de desplazamiento los días que van a la oficina. Esto podría llegar a compensar el ahorro de emisiones que habrían conseguido los días de teletrabajo».

«La posibilidad de aprovechar el teletrabajo y evitar los viajes algunos días a la semana podría hacer que los trabajadores estuvieran más dispuestos a aceptar una mayor distancia de desplazamiento los días que van a la oficina. Esto podría llegar a compensar el ahorro de emisiones que habrían conseguido los días de teletrabajo»

Otro tema más de fondo son las limitaciones que tiene el despliegue de este tipo de trabajo. Tras el bum inicial, el número de teletrabajadores se ha reducido. «En 2021, el 17,6 % de las personas empleadas de 16 a 74 años teletrabajó, de acuerdo con la Encuesta sobre equipamiento y uso de tecnologías de información y comunicación en los hogares», explica la profesora.

«Esta cifra todavía es superior a la registrada antes de la pandemia, pero a lo largo del año el teletrabajo fue disminuyendo gradualmente, tanto en la modalidad habitual como en la modalidad ocasional. En nuestro país hay doce millones de personas (el 65% de la población empleada) con un trabajo que no les permite teletrabajar, bien porque se trata de un puesto de producción de bienes materiales como la agricultura, la industria manufacturera o la construcción; o bien porque es un sector en el que prevalece la atención física al público, como la hostelería y el comercio». El que solo un 17% de los trabajadores (o menos, si las empresas les siguen pidiendo que vuelvan a las oficinas) lo haga desde su hogar no parece que vaya a tener un gran impacto en la mejora del medioambiente.

Este número de teletrabajadores en retroceso hace pensar que quizá el auge de esta modalidad laboral fue simplemente una ilusión y que poco a poco nos estamos volviendo a situar en el punto de partida.

«Parece que nos estamos estabilizando en datos algo superiores a los de la situación prepandémica, pero no mucho», afirma la profesora, que con la perspectiva que tenemos ahora del cambio concluye que «en realidad, este reajuste era de esperar porque el aumento del teletrabajo se produjo por razones de necesidad y no estaba acompañado ni de una planificación ni de un cambio de mentalidad. Se trató solo de un parche de emergencia. Y mientras no haya un cambio de mentalidad en los directivos, en la sociedad y en los gobiernos, que se den cuenta de que el teletrabajo tiene muchas cosas buenas que aportar si se planifica correctamente y que hay que ayudar a las empresas a hacer esa adaptación, no podremos afirmar que se ha hecho un despliegue real del mismo ni podremos aprovecharnos plenamente de sus ventajas».

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