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19 de noviembre 2018    /   CINE/TV
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Televisión clitoriana: ¿Cómo reflejan las series la sexualidad femenina?

19 de noviembre 2018    /   CINE/TV     por          
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El clítoris fue desapareciendo de la historia sin hacer mucho ruido. Su difuminación comenzó cuando se despejó su utilidad en la ecuación de la reproducción. Surgió entonces el miedo a que el clítoris dominara al pene, a que la mujer pudiera disfrutar sin necesidad del hombre. Era algo que el heteropatriarcado no podía permitir, así que el clítoris empezó a desaparecer.

Empezó borrándose de los diccionarios. En 1900 estaba incluido en casi todos, pero fue reduciéndose hasta ausentarse por completo alrededor de los años 30 del siglo pasado. La erradicación también se dio en los manuales de medicina. En Anatomía de Gray, de 1936, el clítoris está representado, pero ya no viene etiquetado. En 1948 ya ha desaparecido totalmente. En unos años el clítoris se convirtió en tabú, una zona oscura que desapareció del vocabulario y del imaginario colectivo.

No se trata de una cuestión lingüística. Invisibilizar una palabra puede acabar invisibilizando realidades bien físicas. Lo más inquietante es que este tipo de técnicas censoras no son pretéritas, se dan, y mucho, en la actualidad. En un contexto tan cotidiano como el televisivo.

Anatomía de Grey tiene algo en común con el famoso manual de medicina, más allá de su título. La serie de médicos de Shonda Rhimes también invisibiliza el clítoris, y de paso, todo el órgano sexual femenino. En la segunda temporada su creadora se vio obligada a sustituir la palabra vagina por el término inventado vajayjay. Anatomía de Grey es una serie de médicos y en este capítulo uno de los personajes protagonistas, la doctora Miranda Bailey, estaba dando a luz.

En una entrevista, Rhimes aseguraba: «Una vez utilizamos la palabra pene 17 veces en un solo episodio y nadie se inmutó, pero si se menciona demasiado la palabra vagina, los buenos hombres que dictan las leyes audiovisuales dan botes en la sillas». Así fue como inventaron el término vajayjay, un neologismo legitimado por la presentadora Oprah Winfrey, quien lo usó a menudo en su programa y lo popularizó entre decenas de millones de espectadores. La palabra ya ha pasado a formar parte del lenguaje popular en EEUU.

Este ejemplo es uno de los muchos con los que la periodista Iris Brey va trazando una radiografía de la sexualidad femenina televisiva en el libro Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva). A través de un concienzudo análisis de series pasadas y actuales, Brey refleja la evolución, la revolución, de las sexualidades femeninas.

La revisión de lo que en su momento parecía rompedor, resulta hoy día esclarecedora y en muchos momentos de la lectura, uno pausa, rebobina, y recrea en su cabeza escenas o argumentos que en su día le parecieron naturales, incluso modernos, pero que hoy chirrían. Cabe destacar que Brey es francesa (una cultura que nunca ha tenido reparos en mostrar sexo y sexualidad en pantalla) y que su libro se centra en las producciones estadounidenses, (uno de los países más mojigatos de Occidente). Esto no hace sus reflexiones menos válidas sino más interesantes.

Uno de los grandes aciertos de Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva) es que trasciende la pantalla y pone nombre (y siglas) a los responsables de lo que vemos y oímos en la televisión. En el caso del vajayjay, la autora explica que fue la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones), un órgano creado por el Congreso estadounidense en 1934, que decide qué palabras se pueden decir y en qué contexto. En el reality The Bachelorette, en 2015, decidieron censurar con un pitido la palabra clítoris, que se pronunciaba en una clase de educación sexual.

Otro organismo, el Media Project (fundado por Kaiser Family Foundation y Advocates for Youth) fue el responsable de que en las series norteamericanas de finales de los 90 empezaran a proliferar condones, aunque se vieran disimulados en segundo plano. Esta extraña versión profiláctica de Dónde está Wally se dio en títulos como Felicity y Dawson Crece.

Sin embargo, Iris Brey es tajante al analizar estas series para adolescentes a las que acusa de promover valores conservadores. «Transmiten ciertos mensajes sobre la existencia del preservativo o de la píldora del día después (la mayoría de las veces, en caso de violación), pero vehiculan ideas que culpabilizan el placer femenino», considera, resumiendo su ideología en una frase contundente: «Una chica de bien no se corre». Brey señala cómo en estas series parece haber dos únicos arquetipos de mujer (la virgen y la zorra) y cómo «la virginidad y la fidelidad se integran en los guiones como dos valores importantes y positivos».

El placer femenino, personaje secundario

En una de las escenas más míticas de Friends, Chandler le pregunta a Monica cómo puede dar placer a una mujer. Esta hace un dibujo que muestra a Chandler y a Rachel (pero no al espectador) etiquetando siete zonas erógenas e indicando en qué orden y con qué ritmo debería estimularlas, en un discurso que inicia pausado y acaba entre gemidos y gritos. «En la serie, Chandler no termina de interiorizar la lección, y el espectador se mete en su piel, ya que tampoco tiene acceso al dibujo. Friends señala con el dedo esta falta de conocimiento, pero se guarda las respuestas, no se las da al espectador», explica Brey.

Friends fue una serie moderna en su momento. Hablaba de masturbación femenina (aunque también lo hizo Seinfield antes, dedicando todo un episodio a ello) y lo hacía con sutileza pero con normalidad. También retrataba a una pareja de lesbianas en una época en la que apenas había representación lésbica en la televisión. Sin embargo, la serie incurre en ciertos clichés que, sacados del contexto temporal en el que fue creada, chirrían por todas partes.

La reposición de la serie por parte de Netflix encendió un debate en Twitter en el que las nuevas generaciones denunciaron el sexismo y homofobia que destila la sitcom. Es cierto que Friends retrató la primera boda de lesbianas de la televisión, se trataba de la de Carol, exmujer de Ross, y Susan, su nueva pareja. Pero también es cierto que no retrató ningún beso entre ambas, a pesar de que el beso es un momento simbólico de especial relevancia en un enlace.

Habría que esperar a 2001 para ver a dos mujeres besándose en esta serie. Serán las actrices Winona Ryder y Jennifer Aniston, sin más finalidad que la de caldear a la audiencia y al personal. No fue un caso puntual, era una práctica común en las series de la época (Ally McBeal es otro ejemplo recurrente). Los besos entre mujeres eran anecdóticos, irrelevantes argumentalmente y no tenían más finalidad que la de excitar a los hombres heterosexuales.

Del feminismo rancio a la liberación de la mujer

Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva) habla mucho, y muy bien, de series actuales. Señala como Girls, Scandal, Orange is the new black o Masters of sex han ayudado a reflejar una sexualidad femenina más realista y libre de prejuicios. También denuncia como ciertas cadenas y plataformas sexualizan el cuerpo femenino, en un fenómeno denominado sexplotation y que es patente especialmente en títulos como Juego de Tronos.

Pero es cuando analiza las series antiguas cuando mayor impacto produce. Series supuestamente feministas como Sexo en Nueva York perpetúan, visto desde la perspectiva actual, un modelo caduco y rancio sobre la sexualidad femenina y los roles de género.

Brey lo resalta analizando su capítulo piloto. En él la protagonista, Carrie, es aconsejada por su amiga Samantha para que tenga relaciones sexuales «como un hombre», un consejo que la chica sigue pidiendo a su amante que le realice sexo oral y negándose después a ofrecer cierta reciprocidad. Durante todo el capítulo se perpetúa la idea de que el hombre busca su propio placer, mientras que la mujer que se acuesta con alguien solo pretende iniciar una relación. Podemos ser indulgentes y pensar que había algo de cierto en ese rol de género en los 90, y que la serie pretendía dinamitarlo, pero más bien es lo contrario. Sexo en Nueva York apuntala el estereotipo: al final del capítulo, Carrie ya no está satisfecha con su cunilingus, ella quiere más.

Carrie Bradshaw representaba en 1998 el ideal de mujer moderna. Iris Brey la define someramente como «rica, delgada, vestida por grandes diseñadores y sin mostrar nunca los pechos a la hora de mantener relaciones sexuales». A continuación, la autora la contrapone con la Hanna Hubbard de Girls, con la Virginia Johnson de Masters of Sex o con todo el elenco de Orange is the new black. Y la conclusión no es tanto cómo han mejorado los personajes, sino cómo se ha diversificado.

En la última década los papeles femeninos se han multiplicado, y su sexualidad ha pasado del oscurantismo al primer plano, convirtiéndose en parte del argumento. Hay más modelos, más formas de relacionarse con el sexo. El arquetipo de la virgen o la zorra ha reventado en mil pedazos y la televisión está ayudando a deconstruir y analizar la sexualidad femenina. Aunque a veces, para hacerlo, haya que inventarse palabras como vajayjay.

El clítoris fue desapareciendo de la historia sin hacer mucho ruido. Su difuminación comenzó cuando se despejó su utilidad en la ecuación de la reproducción. Surgió entonces el miedo a que el clítoris dominara al pene, a que la mujer pudiera disfrutar sin necesidad del hombre. Era algo que el heteropatriarcado no podía permitir, así que el clítoris empezó a desaparecer.

Empezó borrándose de los diccionarios. En 1900 estaba incluido en casi todos, pero fue reduciéndose hasta ausentarse por completo alrededor de los años 30 del siglo pasado. La erradicación también se dio en los manuales de medicina. En Anatomía de Gray, de 1936, el clítoris está representado, pero ya no viene etiquetado. En 1948 ya ha desaparecido totalmente. En unos años el clítoris se convirtió en tabú, una zona oscura que desapareció del vocabulario y del imaginario colectivo.

No se trata de una cuestión lingüística. Invisibilizar una palabra puede acabar invisibilizando realidades bien físicas. Lo más inquietante es que este tipo de técnicas censoras no son pretéritas, se dan, y mucho, en la actualidad. En un contexto tan cotidiano como el televisivo.

Anatomía de Grey tiene algo en común con el famoso manual de medicina, más allá de su título. La serie de médicos de Shonda Rhimes también invisibiliza el clítoris, y de paso, todo el órgano sexual femenino. En la segunda temporada su creadora se vio obligada a sustituir la palabra vagina por el término inventado vajayjay. Anatomía de Grey es una serie de médicos y en este capítulo uno de los personajes protagonistas, la doctora Miranda Bailey, estaba dando a luz.

En una entrevista, Rhimes aseguraba: «Una vez utilizamos la palabra pene 17 veces en un solo episodio y nadie se inmutó, pero si se menciona demasiado la palabra vagina, los buenos hombres que dictan las leyes audiovisuales dan botes en la sillas». Así fue como inventaron el término vajayjay, un neologismo legitimado por la presentadora Oprah Winfrey, quien lo usó a menudo en su programa y lo popularizó entre decenas de millones de espectadores. La palabra ya ha pasado a formar parte del lenguaje popular en EEUU.

Este ejemplo es uno de los muchos con los que la periodista Iris Brey va trazando una radiografía de la sexualidad femenina televisiva en el libro Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva). A través de un concienzudo análisis de series pasadas y actuales, Brey refleja la evolución, la revolución, de las sexualidades femeninas.

La revisión de lo que en su momento parecía rompedor, resulta hoy día esclarecedora y en muchos momentos de la lectura, uno pausa, rebobina, y recrea en su cabeza escenas o argumentos que en su día le parecieron naturales, incluso modernos, pero que hoy chirrían. Cabe destacar que Brey es francesa (una cultura que nunca ha tenido reparos en mostrar sexo y sexualidad en pantalla) y que su libro se centra en las producciones estadounidenses, (uno de los países más mojigatos de Occidente). Esto no hace sus reflexiones menos válidas sino más interesantes.

Uno de los grandes aciertos de Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva) es que trasciende la pantalla y pone nombre (y siglas) a los responsables de lo que vemos y oímos en la televisión. En el caso del vajayjay, la autora explica que fue la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones), un órgano creado por el Congreso estadounidense en 1934, que decide qué palabras se pueden decir y en qué contexto. En el reality The Bachelorette, en 2015, decidieron censurar con un pitido la palabra clítoris, que se pronunciaba en una clase de educación sexual.

Otro organismo, el Media Project (fundado por Kaiser Family Foundation y Advocates for Youth) fue el responsable de que en las series norteamericanas de finales de los 90 empezaran a proliferar condones, aunque se vieran disimulados en segundo plano. Esta extraña versión profiláctica de Dónde está Wally se dio en títulos como Felicity y Dawson Crece.

Sin embargo, Iris Brey es tajante al analizar estas series para adolescentes a las que acusa de promover valores conservadores. «Transmiten ciertos mensajes sobre la existencia del preservativo o de la píldora del día después (la mayoría de las veces, en caso de violación), pero vehiculan ideas que culpabilizan el placer femenino», considera, resumiendo su ideología en una frase contundente: «Una chica de bien no se corre». Brey señala cómo en estas series parece haber dos únicos arquetipos de mujer (la virgen y la zorra) y cómo «la virginidad y la fidelidad se integran en los guiones como dos valores importantes y positivos».

El placer femenino, personaje secundario

En una de las escenas más míticas de Friends, Chandler le pregunta a Monica cómo puede dar placer a una mujer. Esta hace un dibujo que muestra a Chandler y a Rachel (pero no al espectador) etiquetando siete zonas erógenas e indicando en qué orden y con qué ritmo debería estimularlas, en un discurso que inicia pausado y acaba entre gemidos y gritos. «En la serie, Chandler no termina de interiorizar la lección, y el espectador se mete en su piel, ya que tampoco tiene acceso al dibujo. Friends señala con el dedo esta falta de conocimiento, pero se guarda las respuestas, no se las da al espectador», explica Brey.

Friends fue una serie moderna en su momento. Hablaba de masturbación femenina (aunque también lo hizo Seinfield antes, dedicando todo un episodio a ello) y lo hacía con sutileza pero con normalidad. También retrataba a una pareja de lesbianas en una época en la que apenas había representación lésbica en la televisión. Sin embargo, la serie incurre en ciertos clichés que, sacados del contexto temporal en el que fue creada, chirrían por todas partes.

La reposición de la serie por parte de Netflix encendió un debate en Twitter en el que las nuevas generaciones denunciaron el sexismo y homofobia que destila la sitcom. Es cierto que Friends retrató la primera boda de lesbianas de la televisión, se trataba de la de Carol, exmujer de Ross, y Susan, su nueva pareja. Pero también es cierto que no retrató ningún beso entre ambas, a pesar de que el beso es un momento simbólico de especial relevancia en un enlace.

Habría que esperar a 2001 para ver a dos mujeres besándose en esta serie. Serán las actrices Winona Ryder y Jennifer Aniston, sin más finalidad que la de caldear a la audiencia y al personal. No fue un caso puntual, era una práctica común en las series de la época (Ally McBeal es otro ejemplo recurrente). Los besos entre mujeres eran anecdóticos, irrelevantes argumentalmente y no tenían más finalidad que la de excitar a los hombres heterosexuales.

Del feminismo rancio a la liberación de la mujer

Sexo y series (las sexualidades femeninas, una revolución televisiva) habla mucho, y muy bien, de series actuales. Señala como Girls, Scandal, Orange is the new black o Masters of sex han ayudado a reflejar una sexualidad femenina más realista y libre de prejuicios. También denuncia como ciertas cadenas y plataformas sexualizan el cuerpo femenino, en un fenómeno denominado sexplotation y que es patente especialmente en títulos como Juego de Tronos.

Pero es cuando analiza las series antiguas cuando mayor impacto produce. Series supuestamente feministas como Sexo en Nueva York perpetúan, visto desde la perspectiva actual, un modelo caduco y rancio sobre la sexualidad femenina y los roles de género.

Brey lo resalta analizando su capítulo piloto. En él la protagonista, Carrie, es aconsejada por su amiga Samantha para que tenga relaciones sexuales «como un hombre», un consejo que la chica sigue pidiendo a su amante que le realice sexo oral y negándose después a ofrecer cierta reciprocidad. Durante todo el capítulo se perpetúa la idea de que el hombre busca su propio placer, mientras que la mujer que se acuesta con alguien solo pretende iniciar una relación. Podemos ser indulgentes y pensar que había algo de cierto en ese rol de género en los 90, y que la serie pretendía dinamitarlo, pero más bien es lo contrario. Sexo en Nueva York apuntala el estereotipo: al final del capítulo, Carrie ya no está satisfecha con su cunilingus, ella quiere más.

Carrie Bradshaw representaba en 1998 el ideal de mujer moderna. Iris Brey la define someramente como «rica, delgada, vestida por grandes diseñadores y sin mostrar nunca los pechos a la hora de mantener relaciones sexuales». A continuación, la autora la contrapone con la Hanna Hubbard de Girls, con la Virginia Johnson de Masters of Sex o con todo el elenco de Orange is the new black. Y la conclusión no es tanto cómo han mejorado los personajes, sino cómo se ha diversificado.

En la última década los papeles femeninos se han multiplicado, y su sexualidad ha pasado del oscurantismo al primer plano, convirtiéndose en parte del argumento. Hay más modelos, más formas de relacionarse con el sexo. El arquetipo de la virgen o la zorra ha reventado en mil pedazos y la televisión está ayudando a deconstruir y analizar la sexualidad femenina. Aunque a veces, para hacerlo, haya que inventarse palabras como vajayjay.

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