2 de julio 2014    /   DIGITAL
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Tener, almacenar, guardar

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Hace poco tiempo que instalé en mi móvil una aplicación gratuita que elimina la basura y los archivos inservibles: una especie de trituradora de desperdicios como las que instalan en los fregaderos de las películas norteamericanas, pero versión Android, que es más 3.0.

Hasta ahí todo bien. La App funciona de lujo y salvo alguna publicidad discreta y el antivirus fake que incorpora, no puedo ponerle ninguna pega. En cualquier momento, en cualquier lugar, cuando estoy aburrido de Facebook o de Whatsapp abro la app y ella sola escanea mi smartphone y me muestra en un gráfico muy hermoso toda la mierda que he recopilado en los últimos días.
Eso estaba haciendo yo, no sé si un día que iba en el metro o un domingo que estaba en casa, cuando puse a funcionar la maldita aplicación. Ciento cincuenta, doscientos, doscientos setenta y cinco… y así hasta setecientos setenta megas. Setecientos setenta megas de basura acumulada en apenas dos días.
Si un dispositivo pensado para funcionar en formatos lite puede acumular esa cantidad de información basura en un par de días, ¿cuánta basura generamos en todos los sistemas a nivel global? La respuesta no es fácil de hallar. Existen estudios estadísticos sobre flujos de información en la red, sobre el volumen de consultas en Google, sobre la cantidad de tráfico electrónico o sobre archivos subidos a Instagram, Flickr o Youtube, pero supongo que debe ser muy complicado evaluar qué cantidad de toda esa información y tránsito no es más que basura, porque no he conseguido dar con ninguna fuente que muestre datos fiables al respecto.
Semanas atrás leí un artículo sobre los coches autopilotados de Google. En ese artículo se hablaba de que todos los sensores y dispositivos de cada uno de estos vehículos, que no están tan lejos de ser algo común, generarán unos 2 petabytes anuales de información. Por una parte esa información será útil para el vehículo, para el sistema que lo guía y también para la compañía que construya y gestione el sistema. Pero ¿cuánta de esa información será basura? Que el sistema de guía almacene datos sobre las condiciones de una carretera comarcal por la que probablemente no vaya a volver a pasar en mi vida no sé si es útil o no. Quizá pueda serlo para otros usuarios si el sistema está pensado de modo cooperativo, por pensar en algo positivo.
Por otro lado gran parte de ese Big Data será utilizado con fines comerciales para saber qué lugares frecuentas, qué música escuchas, cuáles son tus hábitos de consumo o de conducción o incluso cuántos amigos tienes. Sin tener en cuenta lo que eso puede suponer para la privacidad de los usuarios (recordemos que tu móvil ya almacena datos en tiempo real sobre qué haces, dónde trabajas o qué es lo que compras) las propias compañías que operen el sistema o, por legación de esos datos personales, otras compañías podrán utilizar esa información para ofrecer publicidad orientada en particular a cada perfil de usuario. Conclusión: más basura.
Entiendo que la generación de basura – sea esta física o no- es inherente al propio hecho vital, y no solo al humano. Las aves carnívoras regurgitan egagrópilas con las partes indigeribles de sus víctimas del mismo modo que lo que tanto interés despierta en arqueólogos y antropólogos en la Sima de los Huesos de Atapuerca no es otra cosa que el vertedero estratificado durante cientos de años de una comunidad humana del pleistoceno medio. Por lo tanto en estos dos ejemplos queda patente que la basura es una riquísima fuente de información para ornitólogos, antropólogos, arqueólogos, patólogos, etc., del mismo modo que el Big Data actual lo es para toda una industria dedicada a gestionar, interpretar, ofrecer y orientar esos datos con un fin comercial o simplemente con un fin analítico y estadístico.
Pero existe una diferencia sutil y sustancial. Tener, guardar, almacenar.
Las egagrópilas y los restos estudiados por Arsuaga en la Sima de los huesos de Atapuerca son dos muestras de lo inútil como objeto de estudio; también son dos muestras del desecho en el sentido más absoluto del término. Y sin embargo el Big Data es un objeto (si es que algo tan intangible se puede denominar objeto) destinado a la conservación por su enorme valía comercial, estadística y probablemente estratégica.
Algo quiere decir que exista una industria latente sobre la basura digital. Algo quiere decir que nuestro tiempo y sociedad estén profundamente marcados por esa basura en binario y por el paradigma que forman tener, guardar, almacenar cuando tener es cada día más barato para aquellos que podemos tener; guardar es cada día un hecho más incierto a pesar de la gran variedad de medios y soportes en los que podemos guardar; y almacenar supone el mayor quebradero de cabeza de la industria del Big Data.
Habrá que reflexionar sobre ello. O quizá haya que eliminar este archivo.

Relacionado: ¿Cuánto contaminad Internet?

Hace poco tiempo que instalé en mi móvil una aplicación gratuita que elimina la basura y los archivos inservibles: una especie de trituradora de desperdicios como las que instalan en los fregaderos de las películas norteamericanas, pero versión Android, que es más 3.0.

Hasta ahí todo bien. La App funciona de lujo y salvo alguna publicidad discreta y el antivirus fake que incorpora, no puedo ponerle ninguna pega. En cualquier momento, en cualquier lugar, cuando estoy aburrido de Facebook o de Whatsapp abro la app y ella sola escanea mi smartphone y me muestra en un gráfico muy hermoso toda la mierda que he recopilado en los últimos días.
Eso estaba haciendo yo, no sé si un día que iba en el metro o un domingo que estaba en casa, cuando puse a funcionar la maldita aplicación. Ciento cincuenta, doscientos, doscientos setenta y cinco… y así hasta setecientos setenta megas. Setecientos setenta megas de basura acumulada en apenas dos días.
Si un dispositivo pensado para funcionar en formatos lite puede acumular esa cantidad de información basura en un par de días, ¿cuánta basura generamos en todos los sistemas a nivel global? La respuesta no es fácil de hallar. Existen estudios estadísticos sobre flujos de información en la red, sobre el volumen de consultas en Google, sobre la cantidad de tráfico electrónico o sobre archivos subidos a Instagram, Flickr o Youtube, pero supongo que debe ser muy complicado evaluar qué cantidad de toda esa información y tránsito no es más que basura, porque no he conseguido dar con ninguna fuente que muestre datos fiables al respecto.
Semanas atrás leí un artículo sobre los coches autopilotados de Google. En ese artículo se hablaba de que todos los sensores y dispositivos de cada uno de estos vehículos, que no están tan lejos de ser algo común, generarán unos 2 petabytes anuales de información. Por una parte esa información será útil para el vehículo, para el sistema que lo guía y también para la compañía que construya y gestione el sistema. Pero ¿cuánta de esa información será basura? Que el sistema de guía almacene datos sobre las condiciones de una carretera comarcal por la que probablemente no vaya a volver a pasar en mi vida no sé si es útil o no. Quizá pueda serlo para otros usuarios si el sistema está pensado de modo cooperativo, por pensar en algo positivo.
Por otro lado gran parte de ese Big Data será utilizado con fines comerciales para saber qué lugares frecuentas, qué música escuchas, cuáles son tus hábitos de consumo o de conducción o incluso cuántos amigos tienes. Sin tener en cuenta lo que eso puede suponer para la privacidad de los usuarios (recordemos que tu móvil ya almacena datos en tiempo real sobre qué haces, dónde trabajas o qué es lo que compras) las propias compañías que operen el sistema o, por legación de esos datos personales, otras compañías podrán utilizar esa información para ofrecer publicidad orientada en particular a cada perfil de usuario. Conclusión: más basura.
Entiendo que la generación de basura – sea esta física o no- es inherente al propio hecho vital, y no solo al humano. Las aves carnívoras regurgitan egagrópilas con las partes indigeribles de sus víctimas del mismo modo que lo que tanto interés despierta en arqueólogos y antropólogos en la Sima de los Huesos de Atapuerca no es otra cosa que el vertedero estratificado durante cientos de años de una comunidad humana del pleistoceno medio. Por lo tanto en estos dos ejemplos queda patente que la basura es una riquísima fuente de información para ornitólogos, antropólogos, arqueólogos, patólogos, etc., del mismo modo que el Big Data actual lo es para toda una industria dedicada a gestionar, interpretar, ofrecer y orientar esos datos con un fin comercial o simplemente con un fin analítico y estadístico.
Pero existe una diferencia sutil y sustancial. Tener, guardar, almacenar.
Las egagrópilas y los restos estudiados por Arsuaga en la Sima de los huesos de Atapuerca son dos muestras de lo inútil como objeto de estudio; también son dos muestras del desecho en el sentido más absoluto del término. Y sin embargo el Big Data es un objeto (si es que algo tan intangible se puede denominar objeto) destinado a la conservación por su enorme valía comercial, estadística y probablemente estratégica.
Algo quiere decir que exista una industria latente sobre la basura digital. Algo quiere decir que nuestro tiempo y sociedad estén profundamente marcados por esa basura en binario y por el paradigma que forman tener, guardar, almacenar cuando tener es cada día más barato para aquellos que podemos tener; guardar es cada día un hecho más incierto a pesar de la gran variedad de medios y soportes en los que podemos guardar; y almacenar supone el mayor quebradero de cabeza de la industria del Big Data.
Habrá que reflexionar sobre ello. O quizá haya que eliminar este archivo.

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