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2 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Tener vista de lince

2 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El DRAE dice que vista de lince es aquella «muy aguda y penetrante». Lo cierto es que los ojos de este animal, como los de todos los felinos, tienen una magia especial, una profundidad que parece calarte y que complementan a la perfección la elegancia de movimientos de estos mamíferos.

Ahora bien, ¿es realmente tan prodigiosa la visión de estos felinos como para inspirar uno de los dichos más conocidos de nuestro idioma? Si consultamos algunas páginas de cazadores –vale, no son biólogos pero también saben algo de animales–, se nos dice que la vista del lince es muy buena, sí, pero no para tanto. Le supera su oído.

¿De dónde viene pues tanta fama? En la mitología está la respuesta. Porque desde muy antiguo ya hay textos que hablan de la vista prodigiosa de los linces, como lo que escribió Antonio de Torquemada en su libro Jardín de flores curiosas, de 1573. «Hay linces, cuya vista es tan fuerte y poderosa, que traspasan con ella una pared, y ven lo que está de la otra parte». Supermán en versión felina del siglo XVI.

La cuestión es, se preguntaba José María Iribarren, si esa vista prodigiosa de la que hablan los textos de los siglos XVI y XVII se refieren a la del lince o a la de un personaje de la antigüedad llamado Lince o Linceo. Bueno, pues sí y no. Vayamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Linceo o Lince era, según la mitología griega, el hijo del rey mesenio Alfareo y uno de los aventureros que se embarcaron con Jasón en busca del vellocino de oro. De él (de Linceo, no de Jasón) se decía que tenía una vista prodigiosa, tan increíble y aguda que era capaz de ver lo que ocurría bajo tierra.

Así que lo más probable es que la frase española fuera en su origen «tener vista de Linceo», cuyo parecido con la palabra lince acabó derivando en como la conocemos hoy en día. Pero, tal y como explica Antonio Marco en su página Antiquitatem, este personaje mitológico no era muy conocido en nuestra patria, y sí lo era el lince, por lo que fue fácil cambiar a uno por el otro.

Pero si hacemos caso a lo que escribió el padre Feijoo en su obra Teatro crítico, al personaje mitológico se le atribuye esa vista prodigiosa por parecerse a la del felino.

Entonces, ¿qué versión es correcta? ¿A Linceo se le atribuye la vista del lince o al lince la de Linceo? Hagan sus apuestas. Porque esto tiene difícil resolución. Quizá averigüemos antes qué fue primero, la gallina o el huevo.

El DRAE dice que vista de lince es aquella «muy aguda y penetrante». Lo cierto es que los ojos de este animal, como los de todos los felinos, tienen una magia especial, una profundidad que parece calarte y que complementan a la perfección la elegancia de movimientos de estos mamíferos.

Ahora bien, ¿es realmente tan prodigiosa la visión de estos felinos como para inspirar uno de los dichos más conocidos de nuestro idioma? Si consultamos algunas páginas de cazadores –vale, no son biólogos pero también saben algo de animales–, se nos dice que la vista del lince es muy buena, sí, pero no para tanto. Le supera su oído.

¿De dónde viene pues tanta fama? En la mitología está la respuesta. Porque desde muy antiguo ya hay textos que hablan de la vista prodigiosa de los linces, como lo que escribió Antonio de Torquemada en su libro Jardín de flores curiosas, de 1573. «Hay linces, cuya vista es tan fuerte y poderosa, que traspasan con ella una pared, y ven lo que está de la otra parte». Supermán en versión felina del siglo XVI.

La cuestión es, se preguntaba José María Iribarren, si esa vista prodigiosa de la que hablan los textos de los siglos XVI y XVII se refieren a la del lince o a la de un personaje de la antigüedad llamado Lince o Linceo. Bueno, pues sí y no. Vayamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Linceo o Lince era, según la mitología griega, el hijo del rey mesenio Alfareo y uno de los aventureros que se embarcaron con Jasón en busca del vellocino de oro. De él (de Linceo, no de Jasón) se decía que tenía una vista prodigiosa, tan increíble y aguda que era capaz de ver lo que ocurría bajo tierra.

Así que lo más probable es que la frase española fuera en su origen «tener vista de Linceo», cuyo parecido con la palabra lince acabó derivando en como la conocemos hoy en día. Pero, tal y como explica Antonio Marco en su página Antiquitatem, este personaje mitológico no era muy conocido en nuestra patria, y sí lo era el lince, por lo que fue fácil cambiar a uno por el otro.

Pero si hacemos caso a lo que escribió el padre Feijoo en su obra Teatro crítico, al personaje mitológico se le atribuye esa vista prodigiosa por parecerse a la del felino.

Entonces, ¿qué versión es correcta? ¿A Linceo se le atribuye la vista del lince o al lince la de Linceo? Hagan sus apuestas. Porque esto tiene difícil resolución. Quizá averigüemos antes qué fue primero, la gallina o el huevo.

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