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14 de septiembre 2016    /   BRANDED CONTENT
 

Clásicos que hablan de uno de los grandes temores de la humanidad: el miedo a la ciencia

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A principios del siglo XIX apareció un fenómeno que parecía explicarlo todo: la electricidad. A ella atribuyeron el origen de la vida e incluso la posibilidad de una forma de resurrección. El fisiólogo italiano Luigi Galvani había descubierto unos años antes que detrás de los impulsos nerviosos de los seres vivos había electricidad. El médico británico Erasmus Darwin especuló sobre la reanimación de microorganismos muertos.

Los intelectuales de entonces estaban entusiasmados con el hallazgo. La electricidad podía sustituir incluso al mismo dios. El tema despertaba todo tipo de teorías a favor y en contra. Abría esperanzas de un nuevo futuro más científico y provocaba terror por lo que el humano podría llegar a crear.

Una noche de tormenta, junto al lago Lemán, Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori hablaban de estos asuntos. Byron, el poeta inglés que escribió Don Juan, retó a sus amigos: «Cada uno escribirá un cuento de fantasmas».

De esa apuesta surgió una de las grandes novelas de ciencia ficción y, a la vez de amor, de los últimos siglos: Frankenstein o el moderno Prometeo. La escribió Mary Shelley, la joven de 18 años, que una noche, acostada en su cama, se enredó en las ideas de la electricidad y la vuelta a la vida a base de calambrazos. Pensaba en algo sorprendente que contó Darwin. Este fisiólogo contaba que había sido capaz de «preservar en una caja de cristal un trozo de vermicelli hasta que, por algún medio extraordinario, comenzó a moverse por voluntad propia».

«Mi imaginación, sin ser rogada, me poseyó y me guió», escribió Shelley en el prólogo de la edición de Frankenstein de 1831. «Vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida, y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento».

Desde aquel verano hasta hoy han pasado 200 años. Fundación Telefónica decidió recordar esa velada en la que se gestó el moderno Prometeo y nació la figura del científico loco con una exposición que se puede ver en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el próximo 16 de octubre.

Frankenstein, como muchas otras historias que aborda la muestra, mezcla la fascinación y el miedo que despierta la ciencia. Algo que ocurría entonces y que sucede hoy. Así lo creen los comisarios de la exposición, Miguel A. Delgado y María Santoyo. «Es un miedo muy clavado en nuestro interior. Es el antiguo mito de Prometeo, el Titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos y por eso recibió el castigo de Zeus», explica Delgado.

Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau indaga en los orígenes de los grandes temas de la ciencia ficción que siguen vigentes: la robótica, la genética y la inteligencia artificial.

Estos asuntos que siguen hoy en la mesa de los científicos hunden sus raíces, en muchos casos, en esa imagen fáustica del científico como representación última del Adán que, por su osadía de buscar el conocimiento, es expulsado del Paraíso. Esta idea ha quedado recogida en muchos de los grandes clásicos del cine y la literatura. En muchas de las obras que aborda Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau.

La muestra hace un recorrido por las novelas La isla del doctor Moreau y El hombre invisible de H. G. Wells, El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde de Robert Louis Stevenson, El hombre de la arena de E.T.A. Hoffmann y La Eva futura de Auguste Villiers de L’Isle-Adam para hablar de arquetipos como el doble, el autómata y el monstruo en sus múltiples variaciones. Obras que van desde la presentación del científico como un sujeto responsable y racional preocupado por el progreso de la humanidad hasta las que lo muestran como un personaje chiflado y delirante.

Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau reúne antiguos maniquíes de anatomía, aparatos electrónicos de principios del siglo XX, carteles de películas, lobby cards, tebeos, figuras en miniatura de algunos de esos personajes e incluso una selección de escenas de algunas de las películas surgidas de esas novelas, desde la explotación cómica de Abbott y Costello o Mel Brooks, a las versiones eróticas de Jess Franco o la poesía cinematográfica de Víctor Erice.

La exposición pretende mostrar así esa tradición milenaria que advierte del riesgo de desafiar a la divinidad con la realidad actual, en la que la ciencia debe enfrentarse no sólo a dilemas éticos, sino también a censuras basadas en supersticiones o creencias religiosas. Pues, como explicó el genetista británico J.B.S. Haldane, «no ha habido una sola gran invención, desde el fuego al vuelo, que no haya sido tildada de insulto a algún dios».

Una opinión que comparte Miguel A. Delgado cuando recuerda que, no hace tanto, técnicas que ahora resultan totalmente aceptables, como la fecundación in vitro o la investigación nuclear, en su momento fueron duramente cuestionadas.

«En los años 70 la prensa presentaba a los especialistas en este campo como científicos locos», explica el comisario. «Decían que los padres iban a querer menos a los hijos nacidos mediante esta técnica. Otro ejemplo es que, antes de que abrieran el CERN, algunos medios alertaron de que la Tierra se podía colar por un agujero negro».

Ocurre, según Delgado, que «la ciencia da miedo». Y esto se puede ver en un recorrido que viaja a la vez por la literatura, el cine y los pasillos de Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau.

A principios del siglo XIX apareció un fenómeno que parecía explicarlo todo: la electricidad. A ella atribuyeron el origen de la vida e incluso la posibilidad de una forma de resurrección. El fisiólogo italiano Luigi Galvani había descubierto unos años antes que detrás de los impulsos nerviosos de los seres vivos había electricidad. El médico británico Erasmus Darwin especuló sobre la reanimación de microorganismos muertos.

Los intelectuales de entonces estaban entusiasmados con el hallazgo. La electricidad podía sustituir incluso al mismo dios. El tema despertaba todo tipo de teorías a favor y en contra. Abría esperanzas de un nuevo futuro más científico y provocaba terror por lo que el humano podría llegar a crear.

Una noche de tormenta, junto al lago Lemán, Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori hablaban de estos asuntos. Byron, el poeta inglés que escribió Don Juan, retó a sus amigos: «Cada uno escribirá un cuento de fantasmas».

De esa apuesta surgió una de las grandes novelas de ciencia ficción y, a la vez de amor, de los últimos siglos: Frankenstein o el moderno Prometeo. La escribió Mary Shelley, la joven de 18 años, que una noche, acostada en su cama, se enredó en las ideas de la electricidad y la vuelta a la vida a base de calambrazos. Pensaba en algo sorprendente que contó Darwin. Este fisiólogo contaba que había sido capaz de «preservar en una caja de cristal un trozo de vermicelli hasta que, por algún medio extraordinario, comenzó a moverse por voluntad propia».

«Mi imaginación, sin ser rogada, me poseyó y me guió», escribió Shelley en el prólogo de la edición de Frankenstein de 1831. «Vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida, y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento».

Desde aquel verano hasta hoy han pasado 200 años. Fundación Telefónica decidió recordar esa velada en la que se gestó el moderno Prometeo y nació la figura del científico loco con una exposición que se puede ver en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el próximo 16 de octubre.

Frankenstein, como muchas otras historias que aborda la muestra, mezcla la fascinación y el miedo que despierta la ciencia. Algo que ocurría entonces y que sucede hoy. Así lo creen los comisarios de la exposición, Miguel A. Delgado y María Santoyo. «Es un miedo muy clavado en nuestro interior. Es el antiguo mito de Prometeo, el Titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos y por eso recibió el castigo de Zeus», explica Delgado.

Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau indaga en los orígenes de los grandes temas de la ciencia ficción que siguen vigentes: la robótica, la genética y la inteligencia artificial.

Estos asuntos que siguen hoy en la mesa de los científicos hunden sus raíces, en muchos casos, en esa imagen fáustica del científico como representación última del Adán que, por su osadía de buscar el conocimiento, es expulsado del Paraíso. Esta idea ha quedado recogida en muchos de los grandes clásicos del cine y la literatura. En muchas de las obras que aborda Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau.

La muestra hace un recorrido por las novelas La isla del doctor Moreau y El hombre invisible de H. G. Wells, El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde de Robert Louis Stevenson, El hombre de la arena de E.T.A. Hoffmann y La Eva futura de Auguste Villiers de L’Isle-Adam para hablar de arquetipos como el doble, el autómata y el monstruo en sus múltiples variaciones. Obras que van desde la presentación del científico como un sujeto responsable y racional preocupado por el progreso de la humanidad hasta las que lo muestran como un personaje chiflado y delirante.

Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau reúne antiguos maniquíes de anatomía, aparatos electrónicos de principios del siglo XX, carteles de películas, lobby cards, tebeos, figuras en miniatura de algunos de esos personajes e incluso una selección de escenas de algunas de las películas surgidas de esas novelas, desde la explotación cómica de Abbott y Costello o Mel Brooks, a las versiones eróticas de Jess Franco o la poesía cinematográfica de Víctor Erice.

La exposición pretende mostrar así esa tradición milenaria que advierte del riesgo de desafiar a la divinidad con la realidad actual, en la que la ciencia debe enfrentarse no sólo a dilemas éticos, sino también a censuras basadas en supersticiones o creencias religiosas. Pues, como explicó el genetista británico J.B.S. Haldane, «no ha habido una sola gran invención, desde el fuego al vuelo, que no haya sido tildada de insulto a algún dios».

Una opinión que comparte Miguel A. Delgado cuando recuerda que, no hace tanto, técnicas que ahora resultan totalmente aceptables, como la fecundación in vitro o la investigación nuclear, en su momento fueron duramente cuestionadas.

«En los años 70 la prensa presentaba a los especialistas en este campo como científicos locos», explica el comisario. «Decían que los padres iban a querer menos a los hijos nacidos mediante esta técnica. Otro ejemplo es que, antes de que abrieran el CERN, algunos medios alertaron de que la Tierra se podía colar por un agujero negro».

Ocurre, según Delgado, que «la ciencia da miedo». Y esto se puede ver en un recorrido que viaja a la vez por la literatura, el cine y los pasillos de Terror en el laboratorio: de Frankenstein al doctor Moreau.

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