Publicado: 02 de julio 2013 03:36  /   ENTRETENIMIENTO
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Los lanzadores de fuego de Tezutsu Hanabi

Publicado: 02 de julio 2013 03:36  /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Cada año, el cielo de Toyohashi se pinta de llamas en una hemorragia  ardiente de fuegos artificiales. El color de la noche no deja de ser muy distinto al de Valencia el 19 de marzo o al de la playas de Alicante el 24 de junio. Sí cambia, y mucho, la manera en que se lanzan esos ingenios de pólvora. Japón es diferente para todo, hasta para hacer arder las llamas.
Percibimos el asunto como muy cercano. Todos los años ocurre algún accidente en las fiestas que, sobre todo en el entorno de la cosa oriental de la península, hacen del fuego y la pólvora la principal esencia de su identidad. Todos los años, cuando ocurre, salen voces que reaccionan ante el peligro y solicitan cambios. Pero la pólvora se sigue consumiendo. Peligro mediante, lo cierto es que en lo que no hay cambios es en el poder hipnótico del fuego y su crepitar, del agresivo y poderoso soplo de las llamas ardiendo a tope.
Toyohashi celebra cada año desde hace más de tres siglos su festividad grande, el Tezutsu Hanabi. En ella, un grupo de fornidos y valerosos ciudadanos japoneses cargan grandes tubos de bambú cargados de pólvora. El efecto es visualmente impactante y los aguerridos portadores parecen aliviar la tensión contenida en el mismo infierno a través de estas válvulas de escape que proyectan fuego y chispas hacia el cielo.
La tradición, según se puede leer en la fuente de esta noticia, en Oddity Central, cuenta con varios siglos de antigüedad. Las cañas de bambú con pólvora se utilizaban como medio de comunicación a larga distancia. Recibían el nombre de Noroshi. Posteriormente, su uso fue religioso en el templo sagrado de Yoshida, en la misma ciudad de Toyohashi. A partir de ahí, se convirtieron en herramientas para la creación de fuegos artificiales.
Los cañones, cuyas llamaradas pueden alcanzar los 20 metros de altura, están fabricados por los mismos portadores. Estos protegen su cuerpo con ropa especial pero mantienen sus cabezas al aire.
La idea era que la visión de estos vídeos a esta hora, en el comienzo de la tarde, fuera relajante e hipnótica. Es posible, sin embargo, que el efecto sea el contrario. Tratad de disfrutarlo.




Visto en Oddity Central.

Cada año, el cielo de Toyohashi se pinta de llamas en una hemorragia  ardiente de fuegos artificiales. El color de la noche no deja de ser muy distinto al de Valencia el 19 de marzo o al de la playas de Alicante el 24 de junio. Sí cambia, y mucho, la manera en que se lanzan esos ingenios de pólvora. Japón es diferente para todo, hasta para hacer arder las llamas.
Percibimos el asunto como muy cercano. Todos los años ocurre algún accidente en las fiestas que, sobre todo en el entorno de la cosa oriental de la península, hacen del fuego y la pólvora la principal esencia de su identidad. Todos los años, cuando ocurre, salen voces que reaccionan ante el peligro y solicitan cambios. Pero la pólvora se sigue consumiendo. Peligro mediante, lo cierto es que en lo que no hay cambios es en el poder hipnótico del fuego y su crepitar, del agresivo y poderoso soplo de las llamas ardiendo a tope.
Toyohashi celebra cada año desde hace más de tres siglos su festividad grande, el Tezutsu Hanabi. En ella, un grupo de fornidos y valerosos ciudadanos japoneses cargan grandes tubos de bambú cargados de pólvora. El efecto es visualmente impactante y los aguerridos portadores parecen aliviar la tensión contenida en el mismo infierno a través de estas válvulas de escape que proyectan fuego y chispas hacia el cielo.
La tradición, según se puede leer en la fuente de esta noticia, en Oddity Central, cuenta con varios siglos de antigüedad. Las cañas de bambú con pólvora se utilizaban como medio de comunicación a larga distancia. Recibían el nombre de Noroshi. Posteriormente, su uso fue religioso en el templo sagrado de Yoshida, en la misma ciudad de Toyohashi. A partir de ahí, se convirtieron en herramientas para la creación de fuegos artificiales.
Los cañones, cuyas llamaradas pueden alcanzar los 20 metros de altura, están fabricados por los mismos portadores. Estos protegen su cuerpo con ropa especial pero mantienen sus cabezas al aire.
La idea era que la visión de estos vídeos a esta hora, en el comienzo de la tarde, fuera relajante e hipnótica. Es posible, sin embargo, que el efecto sea el contrario. Tratad de disfrutarlo.




Visto en Oddity Central.

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