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24 de octubre 2017    /   CINE/TV
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‘The deuce’: ambición y sexo en la sucia Nueva York

24 de octubre 2017    /   CINE/TV     por          
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Uno de los mejores finales de Mad Men tiene lugar en la quinta temporada. A Sally, la hija de Don Draper, le preguntan por teléfono cómo es la ciudad. Con su mirada adolescente, le basta una palabra para definirla: sucia. Luego, corte a negro. La joven hablaba, claro, de Nueva York. La magnífica serie sobre publicistas retrataba una urbe amoral a través de oficinas elegantes y señores trajeados bebiendo caros licores. The Deuce transcurre pocos años más tarde, pero ni siquiera concede esa tregua estilística.

La nueva apuesta de David Simon para HBO exhibe la Nueva York más fea que se recuerda. Antros y calles oscuras que ensucian la mirada de cualquiera. Tanto que cuando excepcionalmente le amanece a un personaje, el contraste convierte en espectaculares los rayos de sol. El creador de The Wire dispone un universo que comparte trasfondo; aquí todos quieren sacar tajada. Y da igual cuántas objeciones morales presenten, la realidad les acabará pasando por encima.

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La serie presenta muchos elementos independientes, que van creciendo a su ritmo y a su modo, hasta conformar una red urbana. Algunos se desarrollan a fuego lento paralelamente y a veces convergen. Hay una cafetería y, sobre todo un bar de copas, por donde desfilan multitud de personajes de toda condición. Y aparecen de forma orgánica, sin que al espectador le chirríe la coincidencia, que en ningún momento parece fruto de un relato forzado.

En la base de la estructura, las más desprotegidas, de las que todo el mundo se aprovecha. Las putas viven explotadas por sus chulos, que a la vez lidian con agentes de policía movidos por sobornos que han de acatar órdenes de sus superiores. Esas órdenes están dictadas en connivencia con los dos poderes, el institucional y el fáctico, los políticos y la mafia. La corrupción como telón de fondo, hecha la ley, hecha la trampa; la ambición confundida con avaricia.

The Deuce la firman a dúo Simon y el novelista George Pelecanos, pareja que ya colaboró en aquella mítica crónica de Baltimore The Wire y en Treme. Ambos tejen incontables ramificaciones, suministrando pequeñas dosis de información para cimentar personajes y subtramas. La niña de papá que cambia intelectualidad por vida nocturna. El camarero gay que se enfrenta a detenciones por su condición sexual. La periodista, que tarda en aparecer, pero que el reportero que Simon fue no puede evitar introducir. Y, por supuesto, todo lo que rodea a la pornografía.

La serie detalla el nacimiento de la industria del cine para adultos. La ilegalidad de las películas explícitas las convertía en clandestinas, por lo que solo las prostitutas accedían a protagonizarlas. Mientras en Europa ya era posible su libre distribución, en Estados Unidos los jueces aún dictaminaban penas de cárcel. Quizás otros apostarían por un punto de partida menos arriesgado, pero The Deuce echa la mirada atrás sin importar la crudeza que rezume la prostitución, el germen de la industria. A partir de ahí vendría su legalización e inmediato auge en suelo norteamericano, algo que la serie mostrará en futuras temporadas.

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Pese a ser coral, en el reparto destacan un par de rostros. James Franco no desentona, y eso que da vida a dos gemelos que, además, comparten numerosas escenas. Vincent Martino es un barman que sabe lidiar con toda clase de clientes, centrado y reflexivo. En cambio, Frankie es un bala perdida que malvive entre deudas. Aunque por motivos muy distintos, ambos desearán (sin éxito) mantenerse alejados de la mafia. James Franco se multiplica en esta serie, ya que además del doble trabajo interpretativo, dirige dos episodios.

Maggie Gyllenhaal interpreta a Candy, cuyo nombre podría haberse inspirado en el papel que tiene entre manos. Sobre ella recae el personaje con mayor potencia dramática de The Deuce, una prostituta que rechaza el yugo de los proxenetas. Tiene un hijo que desconoce su profesión, ya que vive con su abuela. Harta de poner en peligro su vida en la calle, Candy pronto se interesará por el incipiente cine porno como fuente de ingresos.

También cuenta el elenco con guiños para los admiradores (y por tanto nostálgicos) de The Wire. Salta a la vista Lawrence Gilliard, que pasa de interpretar a D’Angelo Barksdale a un policía enamoradizo. Y, por supuesto, Chris Bauer, el carismático Frank Sobotka. Aquí también es sindicalista, solo que pronto abandonará su rectitud para dedicarse a otros negocios. Además, hay sitio para Gbenga Akinnagbe (que interpretaba a Chris Partlow) y Anwan Glover, así como el rapero Method Man, presente también en ambas producciones. Finalmente, Michael Kostroff cambia al abogado Maurice Levy por un jefe de policía.

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The Deuce va con todo, también a la hora de retratar la desnudez. Sin embargo, no se limita al cuerpo de las actrices; también aparecen penes cuando es necesario, sin reparo alguno. Además, la mirada femenina está muy presente detrás de las cámaras. Puede extrañar por la temática, pero hasta cuatro de sus ocho capítulos están dirigidos por mujeres. Basta un vistazo al resto del panorama televisivo actual para comprobar la anomalía que esto, desgraciadamente, aún supone.

Otra característica es su precisión extrema, algo muy habitual en los productos que llevan la firma de Simon. Pero no el detalle que divaga, sino el que completa el cuadro, el que convence al espectador de que los narradores saben (o aparentan saber) de lo que hablan. Las falsas eyaculaciones en el porno, las involuntarias muecas de la prostituta tras una raya de cocaína, los vericuetos legales que usa un policía para cobrar más horas extra… Pormenores que no desarrollan la trama, pero que la engrandecen.

Todo transcurre al inicio de la década de los 70, fecha en la que Leonard Cohen hablaba de los que perseguían el dinero y la carne en Nueva York. Los creadores ya han anunciado que la idea es avanzar en el tiempo, que los personajes evolucionen y que la industria pornográfica se agigante. El relato terminaría a mediados de los 80, dentro de un proyecto inicial de tres temporadas. Por el momento, HBO ya les ha renovado y dado carta blanca para la segunda.

Y, por último, una recomendación. El anterior trabajo de David Simon con la prestigiosa cadena por cable fue una pequeña joya de seis episodios que pasó más desapercibida de la cuenta. Una radiografía racial llamada Show me a hero, liderada por un imponente Oscar Isaac. Por si acaso a alguien The Deuce se le ha hecho corta.

Uno de los mejores finales de Mad Men tiene lugar en la quinta temporada. A Sally, la hija de Don Draper, le preguntan por teléfono cómo es la ciudad. Con su mirada adolescente, le basta una palabra para definirla: sucia. Luego, corte a negro. La joven hablaba, claro, de Nueva York. La magnífica serie sobre publicistas retrataba una urbe amoral a través de oficinas elegantes y señores trajeados bebiendo caros licores. The Deuce transcurre pocos años más tarde, pero ni siquiera concede esa tregua estilística.

La nueva apuesta de David Simon para HBO exhibe la Nueva York más fea que se recuerda. Antros y calles oscuras que ensucian la mirada de cualquiera. Tanto que cuando excepcionalmente le amanece a un personaje, el contraste convierte en espectaculares los rayos de sol. El creador de The Wire dispone un universo que comparte trasfondo; aquí todos quieren sacar tajada. Y da igual cuántas objeciones morales presenten, la realidad les acabará pasando por encima.

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La serie presenta muchos elementos independientes, que van creciendo a su ritmo y a su modo, hasta conformar una red urbana. Algunos se desarrollan a fuego lento paralelamente y a veces convergen. Hay una cafetería y, sobre todo un bar de copas, por donde desfilan multitud de personajes de toda condición. Y aparecen de forma orgánica, sin que al espectador le chirríe la coincidencia, que en ningún momento parece fruto de un relato forzado.

En la base de la estructura, las más desprotegidas, de las que todo el mundo se aprovecha. Las putas viven explotadas por sus chulos, que a la vez lidian con agentes de policía movidos por sobornos que han de acatar órdenes de sus superiores. Esas órdenes están dictadas en connivencia con los dos poderes, el institucional y el fáctico, los políticos y la mafia. La corrupción como telón de fondo, hecha la ley, hecha la trampa; la ambición confundida con avaricia.

The Deuce la firman a dúo Simon y el novelista George Pelecanos, pareja que ya colaboró en aquella mítica crónica de Baltimore The Wire y en Treme. Ambos tejen incontables ramificaciones, suministrando pequeñas dosis de información para cimentar personajes y subtramas. La niña de papá que cambia intelectualidad por vida nocturna. El camarero gay que se enfrenta a detenciones por su condición sexual. La periodista, que tarda en aparecer, pero que el reportero que Simon fue no puede evitar introducir. Y, por supuesto, todo lo que rodea a la pornografía.

La serie detalla el nacimiento de la industria del cine para adultos. La ilegalidad de las películas explícitas las convertía en clandestinas, por lo que solo las prostitutas accedían a protagonizarlas. Mientras en Europa ya era posible su libre distribución, en Estados Unidos los jueces aún dictaminaban penas de cárcel. Quizás otros apostarían por un punto de partida menos arriesgado, pero The Deuce echa la mirada atrás sin importar la crudeza que rezume la prostitución, el germen de la industria. A partir de ahí vendría su legalización e inmediato auge en suelo norteamericano, algo que la serie mostrará en futuras temporadas.

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Pese a ser coral, en el reparto destacan un par de rostros. James Franco no desentona, y eso que da vida a dos gemelos que, además, comparten numerosas escenas. Vincent Martino es un barman que sabe lidiar con toda clase de clientes, centrado y reflexivo. En cambio, Frankie es un bala perdida que malvive entre deudas. Aunque por motivos muy distintos, ambos desearán (sin éxito) mantenerse alejados de la mafia. James Franco se multiplica en esta serie, ya que además del doble trabajo interpretativo, dirige dos episodios.

Maggie Gyllenhaal interpreta a Candy, cuyo nombre podría haberse inspirado en el papel que tiene entre manos. Sobre ella recae el personaje con mayor potencia dramática de The Deuce, una prostituta que rechaza el yugo de los proxenetas. Tiene un hijo que desconoce su profesión, ya que vive con su abuela. Harta de poner en peligro su vida en la calle, Candy pronto se interesará por el incipiente cine porno como fuente de ingresos.

También cuenta el elenco con guiños para los admiradores (y por tanto nostálgicos) de The Wire. Salta a la vista Lawrence Gilliard, que pasa de interpretar a D’Angelo Barksdale a un policía enamoradizo. Y, por supuesto, Chris Bauer, el carismático Frank Sobotka. Aquí también es sindicalista, solo que pronto abandonará su rectitud para dedicarse a otros negocios. Además, hay sitio para Gbenga Akinnagbe (que interpretaba a Chris Partlow) y Anwan Glover, así como el rapero Method Man, presente también en ambas producciones. Finalmente, Michael Kostroff cambia al abogado Maurice Levy por un jefe de policía.

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The Deuce va con todo, también a la hora de retratar la desnudez. Sin embargo, no se limita al cuerpo de las actrices; también aparecen penes cuando es necesario, sin reparo alguno. Además, la mirada femenina está muy presente detrás de las cámaras. Puede extrañar por la temática, pero hasta cuatro de sus ocho capítulos están dirigidos por mujeres. Basta un vistazo al resto del panorama televisivo actual para comprobar la anomalía que esto, desgraciadamente, aún supone.

Otra característica es su precisión extrema, algo muy habitual en los productos que llevan la firma de Simon. Pero no el detalle que divaga, sino el que completa el cuadro, el que convence al espectador de que los narradores saben (o aparentan saber) de lo que hablan. Las falsas eyaculaciones en el porno, las involuntarias muecas de la prostituta tras una raya de cocaína, los vericuetos legales que usa un policía para cobrar más horas extra… Pormenores que no desarrollan la trama, pero que la engrandecen.

Todo transcurre al inicio de la década de los 70, fecha en la que Leonard Cohen hablaba de los que perseguían el dinero y la carne en Nueva York. Los creadores ya han anunciado que la idea es avanzar en el tiempo, que los personajes evolucionen y que la industria pornográfica se agigante. El relato terminaría a mediados de los 80, dentro de un proyecto inicial de tres temporadas. Por el momento, HBO ya les ha renovado y dado carta blanca para la segunda.

Y, por último, una recomendación. El anterior trabajo de David Simon con la prestigiosa cadena por cable fue una pequeña joya de seis episodios que pasó más desapercibida de la cuenta. Una radiografía racial llamada Show me a hero, liderada por un imponente Oscar Isaac. Por si acaso a alguien The Deuce se le ha hecho corta.

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