16 de febrero 2018    /   CINE/TV
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‘The End of the F***ing World’: el amor en un mundo demasiado grande y feo

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Planos generales de The End of the F***ing World  muestran diminutos a los adolescentes protagonistas atravesando la pantalla de izquierda a derecha o acercándose a ella. Apenas puntos en el horizonte.

 

La cámara nos pone en la piel de Alyssa y James. Estos jóvenes están confusos en un mundo que les viene grande. Son frágiles. Nadie los ampara. Excepto el uno al otro como los nuevos Martin Sheen y Sissy Spacek de Malas tierras.

La cámara refuerza el guion de la actriz y guionista Charlie Covell basado en la novela gráfica de Charles S. Forsman: nosotros contra el mundo. Nosotros los enamorados. Porque el amor es en muchos casos OPOSICIÓN conjunta al orden establecido. Por esto, The End of the F***ing World no es una historia para adolescentes como pudiera pensarse: es una serie de carretera, de autoconocimiento y de dos amantes a la fuga.

No necesitas tener 16 años para enamorarte de los personajes. Basta con haber pasado por ellos aunque queden lejanos. Lo que no debe olvidarse es la sensación de haber amado en la edad de los granos, el cuerpo a medio hacer y los andares sin armonía. Esos tiempos en los que tu madre te decía «péinate» y tu padre te torturaba preguntándote: «¿Estás saliendo con alguien?».

La edad en que uno se creía el ser más extraño que había sobre la tierra. Tanto como James y Alyssa.

Alyssa (Jessica Barden), belleza enfurruñada, niña vintage (ni móvil ni música YouTube), rebelde con causa: contra los convencionalismos y las falsas apariencias (representados por los adultos). A veces antipática con quien no lo merece, como la sufrida camarera. Desea experimentar el sexo, pero no está construída como una fantasía sexual para los adultos.

James (Alex Lawther) tiene ese aire circunspecto tan británico propio de un héroe romántico torpe y adorable. (El actor podría pasar por hijo de Hugh Grant). Y tampoco tiene teléfono móvil. Se presenta como «posiblemente psicópata». Una serie de escenas nos muestra su preparación como asesino: se deshace de gatos y otras pequeñas criaturas inocentes. (Adoramos a los gatitos).

Con estos protagonistas, The End of the F***ing World es un riesgo creativo. La serie no toma como héroes románticos a personajes que necesariamente caen simpáticos desde la primera escena. El guion invita a que conozcamos por qué son como son a lo largo de los breves e intensos capítulos en los que los personajes, al conocerse, se encuentran a sí mismos. Este es otro de los temas que desarrolla la serie.

Los recurrentes y brevísimos flashbacks e imágenes de las ensoñaciones nos acercan aún más a los personajes. Ayuda a que comprendamos que ellos no olvidan fácilmente qué les perturba el ánimo.

Frente a ellos, o más bien contra ellos, adultos: los hay mezquinos y grotescos, y depredadores sexuales. Tan solo dos adultos (una inspectora de policía y un vigilante de bazar) se salvan al comprender qué solos están los protagonistas.

Con Alyssa y James recorremos una Inglaterra que por momentos mezcla una parodia de alta sociedad («¿Por qué hablas como en Downton Abbey, mamá?», dice Alyssa) con un remedo de la América profunda con sabor a country y cerveza caliente.

En todos estos ambientes, los adolescentes se encuentran fuera de lugar. Lo raro no es que se fugaran: lo raro es que no lo intentaran antes, cada uno por su cuenta. Quizá porque estaban esperándose el uno al otro y no lo sabían.

La cámara realza la idea de que los adultos son difíciles u opresores aplastando a los personajes contra paredes o muebles. Estos planos sugieren que estos chicos no tienen escapatoria:

 

 

 

 

 

 

James y Alyssa aparecen por lo general centrados en la pantalla en los planos individuales:

Ligeramente descentrados cuando están molestos, furiosos o confusos:

Hay retazos de Wes Anderson y el Truffaut de Jules et Jim y Los cuatrocientos golpes.

La poesía visual acompaña un drama que no carece de humor. Al finalizar la travesía, Alyssa y James no son dos adolescentes más: son nuestros Alyssa y James.

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La cámara nos pone en la piel de Alyssa y James. Estos jóvenes están confusos en un mundo que les viene grande. Son frágiles. Nadie los ampara. Excepto el uno al otro como los nuevos Martin Sheen y Sissy Spacek de Malas tierras.

La cámara refuerza el guion de la actriz y guionista Charlie Covell basado en la novela gráfica de Charles S. Forsman: nosotros contra el mundo. Nosotros los enamorados. Porque el amor es en muchos casos OPOSICIÓN conjunta al orden establecido. Por esto, The End of the F***ing World no es una historia para adolescentes como pudiera pensarse: es una serie de carretera, de autoconocimiento y de dos amantes a la fuga.

No necesitas tener 16 años para enamorarte de los personajes. Basta con haber pasado por ellos aunque queden lejanos. Lo que no debe olvidarse es la sensación de haber amado en la edad de los granos, el cuerpo a medio hacer y los andares sin armonía. Esos tiempos en los que tu madre te decía «péinate» y tu padre te torturaba preguntándote: «¿Estás saliendo con alguien?».

La edad en que uno se creía el ser más extraño que había sobre la tierra. Tanto como James y Alyssa.

Alyssa (Jessica Barden), belleza enfurruñada, niña vintage (ni móvil ni música YouTube), rebelde con causa: contra los convencionalismos y las falsas apariencias (representados por los adultos). A veces antipática con quien no lo merece, como la sufrida camarera. Desea experimentar el sexo, pero no está construída como una fantasía sexual para los adultos.

James (Alex Lawther) tiene ese aire circunspecto tan británico propio de un héroe romántico torpe y adorable. (El actor podría pasar por hijo de Hugh Grant). Y tampoco tiene teléfono móvil. Se presenta como «posiblemente psicópata». Una serie de escenas nos muestra su preparación como asesino: se deshace de gatos y otras pequeñas criaturas inocentes. (Adoramos a los gatitos).

Con estos protagonistas, The End of the F***ing World es un riesgo creativo. La serie no toma como héroes románticos a personajes que necesariamente caen simpáticos desde la primera escena. El guion invita a que conozcamos por qué son como son a lo largo de los breves e intensos capítulos en los que los personajes, al conocerse, se encuentran a sí mismos. Este es otro de los temas que desarrolla la serie.

Los recurrentes y brevísimos flashbacks e imágenes de las ensoñaciones nos acercan aún más a los personajes. Ayuda a que comprendamos que ellos no olvidan fácilmente qué les perturba el ánimo.

Frente a ellos, o más bien contra ellos, adultos: los hay mezquinos y grotescos, y depredadores sexuales. Tan solo dos adultos (una inspectora de policía y un vigilante de bazar) se salvan al comprender qué solos están los protagonistas.

Con Alyssa y James recorremos una Inglaterra que por momentos mezcla una parodia de alta sociedad («¿Por qué hablas como en Downton Abbey, mamá?», dice Alyssa) con un remedo de la América profunda con sabor a country y cerveza caliente.

En todos estos ambientes, los adolescentes se encuentran fuera de lugar. Lo raro no es que se fugaran: lo raro es que no lo intentaran antes, cada uno por su cuenta. Quizá porque estaban esperándose el uno al otro y no lo sabían.

La cámara realza la idea de que los adultos son difíciles u opresores aplastando a los personajes contra paredes o muebles. Estos planos sugieren que estos chicos no tienen escapatoria:

 

 

 

 

 

 

James y Alyssa aparecen por lo general centrados en la pantalla en los planos individuales:

Ligeramente descentrados cuando están molestos, furiosos o confusos:

Hay retazos de Wes Anderson y el Truffaut de Jules et Jim y Los cuatrocientos golpes.

La poesía visual acompaña un drama que no carece de humor. Al finalizar la travesía, Alyssa y James no son dos adolescentes más: son nuestros Alyssa y James.

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