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5 de noviembre 2014    /   CIENCIA
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La razón matemática de que los hipsters se parezcan tanto entre sí

5 de noviembre 2014    /   CIENCIA     por          
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No importa a qué tribu social pertenezcamos, ni siquiera importa que optemos por vestir y usar complementos personales ajenos a cualquier moda. Al final cualquier código indumentario acaba por generalizarse y todos compartimos la misma estética de grupúsculos más o menos extendidos.
Eso también es aplicable a los hipsters, naturalmente: a pesar de que parece que recogen su ropa de los mercados de segunda mano o directamente de la basura, a pesar de que parece que visten un poco a desgana, casi por pragmatismo, a pesar, en definitiva, de que buscan ser únicos y originales, los hipsters también se parecen entre sí. Como si llevaran el uniforme de un bombero o de un camarero del McDonald’s.
De hecho, un neurocientífico matemático del Collège de France en París, Jonathan Touboul, ha dedicado a desarrollar una ecuación para demostrar por qué ocurre, precisamente en el colectivo hipster, esta tendencia a la mímesis y la uniformidad. La ecuación de marras tiene este aspecto totalmente ininteligible para profanos:
Sin título-2 copia
 
La moda de no ir a la moda y viceversa
Según las conclusiones de Toubol, un grupo de individuos que interactúa entre sí a la vez que intenta contrarrestar a la mayoría termina haciendo lo mismo porque no hay tiempo suficiente para prever lo que todo el mundo va a hacer para ser «diferente». En definitiva, Touboul sostiene que la física estadística explica cómo el inconformismo tiende al conformismo.
Si bien compañeros, amigos y allegados son bastante predecibles porque interactuamos a menudo con ellos, no sucede lo mismo con el resto de personas, así que existe la posibilidad de que todos luzcan la misma barba de Robinson Crusoe o el mismo gorro de lana en su carrera por ser exclusivo. Por muy rápido que corra el hipster, hay demasiada gente intentando ser diferente.
El estudio de Toubol, con todo, no tiene un objetivo tan banal como el que aparenta. Según el propio investigador también podría ser de utilidad para arrojar luz sobre correlaciones en otros modelos estadísticos, tales como la toma de decisiones financieras.
1moustac
La eterna carrera armamentística
En el fondo, todas las modas funcionan de un modo similar. Un grupo de personas decide escoger un código indumentario o de cualquier otra índole para destacarse del resto. Si tales personas resultan atractivas para otras, estas acabarán copiando el modelo para quedarse con parte de su molancia. Finalmente, el resto de gente, la que tarda más en enterarse de lo que está in, o sencillamente pertenece a otro grupo social, adquirirá o readaptará estos patrones. Al final, habrá tanta gente siendo igual, que el efecto inicial de descolgarse de la masa se devaluará.
Según Malcolm Gladwell en su libro La clave del éxito, estas dinámicas las producen a grandes rasgos los maven (los que facilitan la información, los enteradillos), los conectores (que conocen a mucha gente y propagan la información) y los vendedores natos (que nos convencen, como hipnotizadores sociales, de por qué nos conviene plegarnos a esa información). Lo que Toubol añade aquí es la idea de que incluso las personas que pretenden no copiar a los demás y constituirse como diferentes y únicos pueden acabar haciéndolo inadvertidamente: porque, al fin y al cabo, la mayoría de la gente se nutre de las mismas fuentes de información.
Y en cuanto haya suficientes personas yendo de contracultural, diferente, outsider o cool, como señala el filósofo Joseph Heath en su obra Rebelarse vende, la masa de gente absorberá sus signos distintivos, los tornará comerciales y masivos, hasta el punto de que el contracultural será mainstream.
Esta suerte de paradoja recursiva se produce, de hecho, en todos los rasgos que uno exhibe para mostrar que pertenece a una clase social mejor que la de los demás. Por ejemplo, en el caso de ropas de marca. Antiguamente, las leyes eran las que regulaban que los individuos pudieran llevar determinadas ropas que describieran su estatus social (en la Inglaterra renacentista, solo la nobleza estaba autorizada para vestir determinados tipos de tela).
Hoy en día, todo el mundo puede vestir como quiera, pero se han impuesto otras estrategias para evitar que alguien de clase baja o media, por ejemplo, se pueda hacer pasar por alguien de clase alta: los precios desorbitados que no describen el coste de la prenda, sino su exclusividad social. Pero el precio no es la única estrategia, también lo es el cambio de ropa por temporada (de lo que se deduce que uno no solo tiene el dinero, sino el tiempo y el interés intelectual por estar al tanto de lo que se lleva o no).
Estas estrategias están en continuo movimiento porque las clases más bajas pueden llegar a adquirir determinadas marcas (por ejemplo, a través de falsificaciones) o llevar determinada ropa de moda (cuando la información al respecto se propaga), lo que finalmente obligará a las clases pudientes a desbancarse adquiriendo cosas aún más caras o diferentes. En una eterna carrera armamentística.
Por ejemplo, Ikea ha democratizado los muebles modernos y bonitos, así que los que intentan distinguirse de la masa optan por adquirir muebles vintage: algunos son simples muebles recogidos de la basura y ligeramente restaurados que se venden a precios prohibitivos. Una estrategia, la de democratizar precios, que incluso llevan a cabo las marcas caras para seguir vendiendo exclusividad. El editor de Wired Chris Anderson lo explica así en su libro Gratis:

La paradoja surge del dilema básico que sustenta la economía de la moda: a los consumidores tienen que gustarles los diseños de este año, pero también deben quedar rápidamente insatisfechos con ellos para que compren los diseños del año siguiente. A diferencia de la tecnología, por ejemplo, las empresas de ropa no pueden argumentar que los diseños del año siguiente son funcionalmente mejores, solo parecen diferentes. De manera que necesitan alguna otra razón para conseguir que los consumidores pierdan su encaprichamiento con los modelos de este año. La solución: una copia masiva que convierta un diseño exclusivo en un artículo de mercado masificado. La mística del diseñador queda destruida por la ubicuidad barata, y los consumidores con criterio deben empezar la búsqueda de algo exclusivo y nuevo.


Referencia: The hipster effect: When anticonformists all look the same
Fotos: Shutterstock

No importa a qué tribu social pertenezcamos, ni siquiera importa que optemos por vestir y usar complementos personales ajenos a cualquier moda. Al final cualquier código indumentario acaba por generalizarse y todos compartimos la misma estética de grupúsculos más o menos extendidos.
Eso también es aplicable a los hipsters, naturalmente: a pesar de que parece que recogen su ropa de los mercados de segunda mano o directamente de la basura, a pesar de que parece que visten un poco a desgana, casi por pragmatismo, a pesar, en definitiva, de que buscan ser únicos y originales, los hipsters también se parecen entre sí. Como si llevaran el uniforme de un bombero o de un camarero del McDonald’s.
De hecho, un neurocientífico matemático del Collège de France en París, Jonathan Touboul, ha dedicado a desarrollar una ecuación para demostrar por qué ocurre, precisamente en el colectivo hipster, esta tendencia a la mímesis y la uniformidad. La ecuación de marras tiene este aspecto totalmente ininteligible para profanos:
Sin título-2 copia
 
La moda de no ir a la moda y viceversa
Según las conclusiones de Toubol, un grupo de individuos que interactúa entre sí a la vez que intenta contrarrestar a la mayoría termina haciendo lo mismo porque no hay tiempo suficiente para prever lo que todo el mundo va a hacer para ser «diferente». En definitiva, Touboul sostiene que la física estadística explica cómo el inconformismo tiende al conformismo.
Si bien compañeros, amigos y allegados son bastante predecibles porque interactuamos a menudo con ellos, no sucede lo mismo con el resto de personas, así que existe la posibilidad de que todos luzcan la misma barba de Robinson Crusoe o el mismo gorro de lana en su carrera por ser exclusivo. Por muy rápido que corra el hipster, hay demasiada gente intentando ser diferente.
El estudio de Toubol, con todo, no tiene un objetivo tan banal como el que aparenta. Según el propio investigador también podría ser de utilidad para arrojar luz sobre correlaciones en otros modelos estadísticos, tales como la toma de decisiones financieras.
1moustac
La eterna carrera armamentística
En el fondo, todas las modas funcionan de un modo similar. Un grupo de personas decide escoger un código indumentario o de cualquier otra índole para destacarse del resto. Si tales personas resultan atractivas para otras, estas acabarán copiando el modelo para quedarse con parte de su molancia. Finalmente, el resto de gente, la que tarda más en enterarse de lo que está in, o sencillamente pertenece a otro grupo social, adquirirá o readaptará estos patrones. Al final, habrá tanta gente siendo igual, que el efecto inicial de descolgarse de la masa se devaluará.
Según Malcolm Gladwell en su libro La clave del éxito, estas dinámicas las producen a grandes rasgos los maven (los que facilitan la información, los enteradillos), los conectores (que conocen a mucha gente y propagan la información) y los vendedores natos (que nos convencen, como hipnotizadores sociales, de por qué nos conviene plegarnos a esa información). Lo que Toubol añade aquí es la idea de que incluso las personas que pretenden no copiar a los demás y constituirse como diferentes y únicos pueden acabar haciéndolo inadvertidamente: porque, al fin y al cabo, la mayoría de la gente se nutre de las mismas fuentes de información.
Y en cuanto haya suficientes personas yendo de contracultural, diferente, outsider o cool, como señala el filósofo Joseph Heath en su obra Rebelarse vende, la masa de gente absorberá sus signos distintivos, los tornará comerciales y masivos, hasta el punto de que el contracultural será mainstream.
Esta suerte de paradoja recursiva se produce, de hecho, en todos los rasgos que uno exhibe para mostrar que pertenece a una clase social mejor que la de los demás. Por ejemplo, en el caso de ropas de marca. Antiguamente, las leyes eran las que regulaban que los individuos pudieran llevar determinadas ropas que describieran su estatus social (en la Inglaterra renacentista, solo la nobleza estaba autorizada para vestir determinados tipos de tela).
Hoy en día, todo el mundo puede vestir como quiera, pero se han impuesto otras estrategias para evitar que alguien de clase baja o media, por ejemplo, se pueda hacer pasar por alguien de clase alta: los precios desorbitados que no describen el coste de la prenda, sino su exclusividad social. Pero el precio no es la única estrategia, también lo es el cambio de ropa por temporada (de lo que se deduce que uno no solo tiene el dinero, sino el tiempo y el interés intelectual por estar al tanto de lo que se lleva o no).
Estas estrategias están en continuo movimiento porque las clases más bajas pueden llegar a adquirir determinadas marcas (por ejemplo, a través de falsificaciones) o llevar determinada ropa de moda (cuando la información al respecto se propaga), lo que finalmente obligará a las clases pudientes a desbancarse adquiriendo cosas aún más caras o diferentes. En una eterna carrera armamentística.
Por ejemplo, Ikea ha democratizado los muebles modernos y bonitos, así que los que intentan distinguirse de la masa optan por adquirir muebles vintage: algunos son simples muebles recogidos de la basura y ligeramente restaurados que se venden a precios prohibitivos. Una estrategia, la de democratizar precios, que incluso llevan a cabo las marcas caras para seguir vendiendo exclusividad. El editor de Wired Chris Anderson lo explica así en su libro Gratis:

La paradoja surge del dilema básico que sustenta la economía de la moda: a los consumidores tienen que gustarles los diseños de este año, pero también deben quedar rápidamente insatisfechos con ellos para que compren los diseños del año siguiente. A diferencia de la tecnología, por ejemplo, las empresas de ropa no pueden argumentar que los diseños del año siguiente son funcionalmente mejores, solo parecen diferentes. De manera que necesitan alguna otra razón para conseguir que los consumidores pierdan su encaprichamiento con los modelos de este año. La solución: una copia masiva que convierta un diseño exclusivo en un artículo de mercado masificado. La mística del diseñador queda destruida por la ubicuidad barata, y los consumidores con criterio deben empezar la búsqueda de algo exclusivo y nuevo.


Referencia: The hipster effect: When anticonformists all look the same
Fotos: Shutterstock

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